Cabeza de Vaca

Antonio Perez Henares · Capítulo 31 de 35

Páginas del PDF

Cabeza de Vaca

Capítulo 19

19

 

El virrey Mendoza

 

Del visorrey y del marqués del Valle fuimos muy bien tratados y con gran placer recibidos. Nos dieron de vestir y ofrecieron todo lo que tenían, y el día de Santiago hubo fiesta y juego de cañas y toros.

 

CABEZA DE VACA, Naufragios

 

Quienes ahora, a su paso, salían a verles a los caminos, daban vítores y a Dios

loaban eran los cristianos que en cada lugar querían hacerles agasajos e

invitarles a sus casas. La fama de su hazaña no dejaba de crecer y todos

querían, ansiosos, oírla de su boca. Cada alcalde había dispuesto una fiesta

para recibirlos y con ello el viaje hacia la capital fue lento y en ocasiones ya

incomodaba a los cuatro, pero no podían quejarse tras las calamidades

pasadas. Así, se dejaban querer.

Por fin el día 23 de julio de 1536, la antevíspera de la fiesta del Apóstol

Santiago, llegaron a México capital, donde los recibió con mucha deferencia

el virrey, que estaba casi recién llegado, don Antonio de Mendoza. Rivalizó

con él en agasajarlos el marqués del Valle de Oaxaca, don Hernán Cortés, el

conquistador de Tenochtitlán y de todo el imperio de los mexicas, que fue el

primero que quiso tener de ellos el relato completo de sus hazañas. Los

convidó a su palacio para cuando la festividad de Santiago hubiera pasado y

en la que los cuatro, el negro Estebanico también, tuvieron en la plaza mayor

un lugar destacado para que pudieran disfrutar de los festejos y los cristianos

de verlos a ellos.

Para ello el virrey les proveyó de vestidos, calzado y dineros para que no

les faltara de nada mientras estuvieran en la Nueva España. Al lado de la

plaza donde se celebraban los juegos de cañas y se alanceaban los toros, podía

verse el templo mayor de los paganos, donde Cortés había derribado los

ídolos y donde estos sacrificaban por miles a sus prisioneros arrancándoles el

corazón. También lo habían hecho con centenares de castellanos a los que

habían podido capturar. Ahora tenía una cruz en lo alto y una estatua de la

Virgen, pero el lugar era siniestro y las gentes cristianas no querían ni siquiera pasar junto a él. Estaba ya medio derruido a pesar de que tan solo habían

transcurrido diecisiete años desde que los de Cortés se apoderaron de él.

El marqués del Valle hubo de esperar a su turno para poderlos recibir en

su casa, pues el virrey, y no era algo de su placer, pero no tenía más remedio

que acatarlo, tenía prioridad y la ejerció.

Don Antonio de Mendoza y Pacheco era vástago del largo y poderoso

linaje de los Mendoza, duques del Infantado, más largo y encumbrado si se

quiere incluso que el de los Medina Sidonia. Era nieto del marqués de

Santillana, culto, poeta, diplomático y hábil político, y sobrino de quien fuera

llamado el tercer rey de España, Pedro González de Mendoza, el Gran

Cardenal. Su padre no quedaba atrás en merecimientos, ya que era el Gran

Tendilla, segundo conde de este nombre y primer marqués de Mondéjar, Íñigo

de Mendoza y Quiñones, el jefe de las tropas castellanas que tomaron

Granada. Fue el Tendilla quien izó el pendón de Castilla en lo alto de la

Alhambra y el primer alcaide cristiano de su ciudad. Los Reyes Católicos le

nombraron capitán general del reino de Granada. Fue un alcaide bueno y un

gobernante tolerante y de su labor quedó rastro de afecto, pues preservó los

palacios y jardines de los nazaríes impidiendo que la Alhambra y el

Generalife se perdieran.

Antonio, su hijo, el niño de Mondéjar, localidad alcarreña donde nació,

señorío de su familia como tantas otras por toda Guadalajara, vivió en

aquellos palacios de los reyes musulmanes, rodeado de moriscos recién

convertidos, entre arabescos, celosías y fuentes, y forjó, a semejanza de su

padre, un talante tolerante y conciliador. Vestía tan al uso moro que vez hubo

que hubo de ser avisado a cambiarse de traje, pues venían a ver a su padre

eclesiásticos que no veían bien tales costumbres. En la guerra de las

Comunidades había tenido, por el motivo aquel de que doña María Pacheco,

la mujer de Juan Padilla, era su hermana[52], sus más y sus menos, pero a la

postre formó en el bando realista y capitaneó un ejército de cuatro mil

hombres, vestidos al estilo morisco, pues moriscos eran; venció a castellanos

viejos y eclesiásticos comuneros en las batallas de Huéscar, Baza y la Puebla

de Don Fadrique[53], a los que castigó con dureza.

Discreto y cortés, agradó mucho a la emperatriz Isabel cuando en viaje de

bodas y al lado de su augusto esposo Carlos V, recorrió las posesiones

andaluzas y tanto su hermano mayor, Luis, nuevo capitán general de Granada,

como él se ganaron su gracia y sus favores. Ahí comenzó su carrera

diplomática y política, pues fue primero nombrado embajador en Hungría,

donde reinaba el hermano menor de Carlos, Fernando I de Habsburgo, criado en Medina del Campo. Su labor fue apreciada, así como su tacto para resolver

los más complicados problemas y enfrentamientos. En la Nueva España, al

igual que cuando había de lidiar con moriscos recientemente conquistados,

esas dotes eran primordiales y aún más la diplomacia, pues no dejaba de ser

inmensa la sombra de Cortés, de causar gran daño los desmanes de Beltrán

Nuño de Guzmán o de sobrecoger las crueldades que relataba fray Bartolomé

de las Casas.

Con Hernán Cortés había logrado un buen ten con ten, tras algunos

choques iniciales, pues el extremeño era el conquistador, pero tras pasar juicio

de residencia, por la inquina de Nuño Beltrán de Guzmán, primer presidente

de la primera Audiencia de México entre los años 1527 y 1529, se le dio tan

solo el cargo de capitán general y de marqués del Valle de Oaxaca, pero a

Antonio de Mendoza se le otorgó el virreinato y por tanto superior autoridad a

la suya.

Cortés, listo, acató la orden y el virrey lo supo conllevar bien. Propició sus

nuevas exploraciones y acabó por escuchar tanto su clamor, en este caso con

tintes vengativos, contra su paisano don Nuño, ambos eran guadalajareños,

como el de los demás, fray Bartolomé y el primer obispo de México, fray

Juan de Zumárraga, y finalmente el del nuevo gobernador de Nueva Galicia,

Diego Pérez de la Torre, al que se esperaba que de un momento a otro llegara

de España con el nombramiento que desposeía al otro del cargo y con

instrucciones del propio rey de juzgar a don Beltrán y a todos sus oficiales.

Precisamente sobre aquello le interesaba en grado sumo al virrey

conversar con Álvar y sus compañeros. Así que los llamó de inmediato a

palacio. Tras recibirlos con gran cordialidad quiso saber todo lo que les había

ocurrido en las tierras de Nueva Galicia, pues ya estaba enterado de muchas

cosas pero quería saber más. Aquella situación se le había ido tiempo hacía de

las manos y estaba decidido a volverla firmemente a sujetar.

Álvar le hizo un relato completo de lo que les sucedió cuando al entrar y

reencontrarse con cristianos fue tan alevosa la felonía con los indios que les

acompañaban y tan desabrido el trato con ellos hasta que hallaron a don

Melchor, alcalde mayor de Culiacán, a quien salvaron de la acusación,

relatándole también la solución paliativa que entre ambos habían hallado y

que mucho satisfizo a don Antonio. Por el contrario, incluyeron en su mala

opinión a los demás, especialmente al capitán Alcaraz y el alcalde Cebreros.

El gobernador, confesaron, a ellos sí los había tratado bien, dado vestidos y

escolta, pero que en nada habían de estas cosas conversado con él y que se le

veía huidizo y mohíno.

—Tanto que ya no es gobernador. Antes de que lleve a la ruina total a su

provincia se ha nombrado, y en estos días de vuestro viaje de allí hasta acá,

para ello de manera provisional a don Cristóbal de Oñate. Está viniendo de

España y a punto de arribar el licenciado Diego Pérez de la Torre, para

hacerse cargo de esa gobernación y de la Audiencia y proceder a juzgar a don

Nuño Beltrán de Guzmán y a todos quienes con él han cometido tantas

fechorías. Por lo que vos, don Álvar, y los demás es bueno que dejéis

testimonio de lo sucedido para yo podérselo dar a ellos cuando se abra la

audiencia contra él. Pero don Nuño se resiste a venir aquí, a México, pues se

llevan años instándole a que comparezca y él, encastillado en aquellas tierras,

se niega a acudir. Sin embargo, habrá de hacerlo o iremos a por él. Aunque

tenga que enviar a Cortés.

Les alegró oír tales propósitos. A todos pero muy en particular a Álvar,

que seguía sintiéndose responsable de la suerte de los numerosos indios que le

habían seguido y la traición y maldad que contra ellos se había cometido; no

se olvidaba de la larga recua de ellos que llevaban herrados cuando estaban al

llegar a Santiago. Álvar, desde que salieron de allí, había indagado bastante

sobre el personaje y su actual situación y cada cosa que le decían sobre él era

aún peor que la anterior. Al principio, el propio virrey, por cierto, de la misma

edad que Cabeza de Vaca, y a causa del paisanaje y de que su padre había

sido en Guadalajara, la ciudad de los Mendoza, el primer corregidor, se

mostró condescendiente con él. Pero aquella primera simpatía a nada se

disipó, pues el talante y la actitud de los dos no podría ser más dispar, y las

noticias que de don Beltrán tenían eran cada vez peores y prueba continua de

su mala condición.

El virrey quería tener pruebas de ello y, conocedor de que Álvar había

logrado ir apuntando sus peripecias, y tenía escrito de todo ello, le instó a que

de lo sucedido en su gobernación creara documento y se lo hiciera llegar.

Pero, además, quería saberlo todo también de su increíble viaje y muy

excitado por lo que contaban de las ciudades de piedra, grandes cultivos y

valles feraces en el norte de su territorio, por el que no había andado cristiano

hasta ellos, se hizo repetir el relato en varias ocasiones y llamó incluso a sus

capitanes y a varios clérigos para que lo escucharan también.

Muchos de ellos, y hasta quien más el propio virrey, quisieron entender

que aquellas tierras podían guardar riquezas y hasta ser réplica de otro gran

imperio como el que había conquistado Hernán Cortés. El mito de las Siete

Ciudades de Cíbola, así llamadas por el relato de aquellas vacas corcovadas que algunas tribus nombraban como cíbolos, empezó a correr por toda la

ciudad de México.

Contaban de aquello Álvar, Dorantes y Castillo, pero quien más énfasis

hacía en las maravillas vistas era Estebanico, que seguía siendo siervo de

Dorantes, pues a tal condición, de la que no había alcanzado del todo a salir

en el viaje, había vuelto a su regreso. El virrey propuso primero a Álvar y

luego a Castillo que acompañaran a la expedición que tenía pensado enviar

hacia donde ellos habían venido, pero los dos primeros declinaron su oferta.

El tercero, Dorantes, también rehusó, pero ofreció en su lugar a Estebanico

para que los acompañara. Así fue como este partió con fray Marcos de Niza, a

quien aseguró, y Dorantes lo certificó, que había hecho grandes amigos entre

todos aquellos indios y todos lo conocían. Por ello serían bien recibidos donde

quiera que fueran.

Ambos comenzaron a hacer los preparativos para emprender cuanto antes

el viaje. El fraile estaba muy deseoso de partir, al hablarle Álvar del carácter

pacífico de aquellas gentes, de su predisposición a hacerse cristianos y cómo

habían rezado con ellos elevando las manos a Dios. El virrey anhelaba que le

descubrieran y conquistaran toda una gran y rica región y los capitanes solo

pensaban en retornar cargados de oro[54].

El virrey habría deseado que Álvar, Castillo y Dorantes se embarcaran de

nuevo en la aventura, no obstante don Antonio entendió que tras aquella

milagrosa supervivencia quisieran reposar. Álvar quería a toda costa retornar

cuanto antes a España y lo mismo deseaba Dorantes. Castillo comenzó a

encontrarse bien en la ciudad de México y a hacer amigos en la Nueva España

y no tenía tan claro el partir. Se acogieron todos a las bondades del virrey, que

los mantuvo a su costa y dándoles de todo durante el tiempo que allí se

quedaron. Un tiempo que Álvar comenzó a aprovechar en sacar su tubo de

madera donde había guardado los escritos y recuerdos que había conseguido

salvar. Pidió recado de escribir para empezar a ponerlos en pergamino y a

ordenar en lo que pudiera vivencias y pensamientos. Además hubo de visitar,

y lo hizo con gran gusto, a todos cuantos le invitaban y querían conocerle. Él

también deseaba ir sabiendo qué había pasado en aquellas tierras y en España

durante los años en que había estado perdido y sin noticias de su tierra.

Con quien, de inicio, hizo las mejores migas fue con el marqués Hernán

Cortés. Entre los dos hombres surgió el placer de conversar y uno y otro se

contaron muchas cosas que a ambos les vino muy bien conocer. Para Álvar,

además, resultaba un privilegio que el héroe de tan gran empresa como la

realizada por Cortés le prestara su atención y fuera su amigo. Pues amigo acabó siendo, salvadas las distancias, que el extremeño redujo a casi nada, por

ser el otro también de condición hidalga.