Cabeza de Vaca
Epílogo
El libro Naufragios despertó gran admiración en todos y le supuso la gracia
del rey Carlos. Álvar Núñez Cabeza de Vaca regresó por ella a las Américas
como gobernador y adelantado. Pero no lo hizo a los territorios que había
recorrido, aunque Hernando de Soto le propuso que le acompañara a su
expedición a la Florida, donde este acabó por ir a morir donde casi había
sucumbido él mismo, a orillas del Mississippi, sino mucho más al sur, al Río
de la Plata.
En aquellos territorios del actual Brasil, Paraguay y Argentina descubrió
las fabulosas cataratas del Iguazú, que dejan pequeña a su cascada de
Basaseachic.
Por seguir fiel y honrado en la defensa de los indios que estaban bajo su
gobernación y tutela, se enfrentó a otros conquistadores y fue por ello
apresado por estos y enviado encadenado a España. Pudo defenderse de los
cargos que le hacían, aunque recibió leve condena, ser desterrado pero al
mando de una pequeña tropa en Orán, a donde no llegó a ir siquiera. Al leer el
hijo de Carlos, el rey Felipe, la narración de lo sucedido en su segunda
aventura americana se conmovió tanto que le rehabilitó del todo y le concedió
dineros para su manutención, pues había vuelto tan pobre como de la primera.
Álvar, ya vencido por la edad y la vida, profesó de monje y acabó sus días
en un convento en la ciudad en la que había nacido, en Jerez de la Frontera,
donde murió «manso, derrotado y solo».
Pero eso sería ya una nueva historia que tal vez haya que contar otro día.