Cabeza de Vaca

Antonio Perez Henares · Capítulo 30 de 35

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Cabeza de Vaca

Capítulo 18

18

 

El gran tirano

 

Si por él fuera se perdiera la Nueva España.

 

BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO

 

Este gran tirano comenzó a hacer las maldades y crueldades que solía, y que todos allá tienen de costumbre y muchas más, por conseguir el fin que tienen por Dios, que es el oro.

 

FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS,

Brevísima relación de la destrucción de las Indias

 

Aquella noche Álvar dijo primero a Castillo y luego a Dorantes, que fueran

por la mañana, de amanecida y con algunos indios de andar ligero que les

acompañaran, y procuraran alcanzar con presteza a los cristianos que iban por

delante y que les dieran aviso para que les esperaran. Álvar, con toda la gente

que lo seguía, y con la que continuaría, avanzaba más lentamente y cada vez

le sacarían más distancia. Ambos se negaron aduciendo el mucho trabajo y la

mucha fatiga que traían, aunque Álvar era más viejo que ellos y ellos más

fuertes y más mozos. No porfió Cabeza de Vaca, pues se malició que las

excusas de sus compañeros escondían otro pensamiento y comprendió sus

razones sin necesidad de que se las dijeran. Alonso del Castillo al final se lo

confesó en privado.

—Es más conveniente que seáis vos por rango y apellido quien

establezcáis el primer contacto. A vos os tomarán más en cuenta y sabréis

explicaros mejor que nosotros.

Lo entendió, pues mucho se temía que aquello iba a ser asaz complicado,

no exento de peligro. No cabía duda de que produciría una gran sorpresa ver

venir un castellano vestido de aquella guisa, rodeado de indios, tras tanto

tiempo desaparecido y después de tan luenga peripecia. Un hidalgo que,

además, traía la embajada de que no podían herrar ni cautivar a los indios que

con ellos iban sino hacerles promesa de que respetarían sus poblados y

cosechas. Así que al amanecer del siguiente día cogió al Negro y a once

indios y se puso en camino con toda la velocidad a la que alcanzaba su

andada.

La compañía de jinetes no iba rápida, sino que se demoraba mucho y

acampaba pronto dejando un rastro muy claro de su paso que los indios

seguían con gran facilidad. Pasaron por tres lugares donde los otros habían

hecho fuego y dormido. No tardaron sino un par de días en alcanzar a cuatro

de ellos a caballo, que iban retrasados de los otros. Álvar les dio gritos en

castellano para que se pararan y ellos se volvieron sobresaltados al verlo, pues

les pareció que era un indio hasta que se fijaron en sus barbas y su rostro.

Luego aún se quedaron todavía más perplejos al ver al Negro y cuando los

contemplaron rodeados de los indios su estupor alcanzó el límite. Lo

estuvieron mirando largo tiempo, atónitos y sin saber qué hacer, si acercarse o

poner los caballos al galope y alcanzar a los que iban delante. No hablaban ni

atinaban a decirle nada y él hubo de caminar hacia ellos y decirles su nombre

y su rango.

—Soy Álvar Núñez Cabeza de Vaca, alguacil mayor de la armada que

don Pánfilo de Narváez llevó a la Tierra Florida, y este es Estebanico. Dos

capitanes castellanos vienen tras nosotros.

Seguían sin reaccionar, y entonces les conminó a que les llevaran ante su

capitán, que ya alcanzaron a decir que se llamaba Diego de Alcaraz.

Álvar, utilizando la perentoria manera de hablar de los capitanes a sus

soldados, les ordenó que lo condujeran hasta él. Ellos le obedecieron sin

rechistar poniendo en marcha al paso sus caballos para que Álvar, el Negro y

los indios pudieran seguirles. Uno de los de a caballo se adelantó al rato para

ir a avisar a Diego de Alcaraz, así que cuando llegaron este ya estaba sobre

aviso y no se sobresaltó tanto.

Todos se hicieron cruces al contar Álvar y Estebanico de dónde venían y

quiénes eran. El capitán les dijo que estaban en la Nueva Galicia, que era una

gobernación al norte de la Nueva España que mandaba don Beltrán Nuño de

Guzmán y que este se encontraba en San Miguel, una localidad que distaba de

allí unas treinta leguas. Álvar le pidió que le dijera y diera testimonio del mes

y año en que estaban, pues no lo sabía con certeza, y Alcaraz le dijo que

estaban ya en abril del año 1536. Álvar entendió que estaban al cumplirse los

nueve años desde que salieron de Sanlúcar y los ocho desde que llegaron a la

Florida.

Comunicó también a Alcaraz que tras él venían, a poco más de diez

leguas, los capitanes Dorantes y Castillo, con gran número de indios a los que

no se debía causar daño. Diego de Alcaraz calló a eso y envió hacia allá tres

de a caballo y cincuenta de los indios que iban con ellos como aliados en la

guerra y que eran de otras sierras, combatían del lado de los castellanos y les ayudaban a cazar a los de estas tierras, con los que tenían pendencias

anteriores y muchos rencores.

El negro Estebanico volvió con ellos para guiarlos. Alcaraz se dolió ante

Álvar de que estaban muy escasos de víveres y que llevaban días pasando ya

necesidad y hambre.

A los cinco días regresaron y con ellos venían Dorantes y Castillo y una

multitud de indios que les seguían, aunque no todos ya que no pocos al irse

Álvar se habían vuelto a sus tierras y algunos a esconderse en los montes. No

se fiaban de los de a caballo y aún menos cuando vieron que otros indios de

los que les hacían daños estaban con ellos. Aun así, la mayoría quiso llegar

hasta donde se hallaba Álvar porque confiaban en el gran chamán blanco.

Al comienzo Diego de Alcaraz se mostró prudente y respetuoso con Álvar

y con los indios. Aún más, le pidió a Cabeza de Vaca al ver su predicamento

con ellos que enviara emisarios por los pueblos de las riberas de aquel río y

que los indios se volvieran a bajar a ellos y retornaran a sus cultivos y que les

llevaran comida; estaban muy necesitados de ella. Y dicho esto por Álvar

fueron y al cabo los indios volvieron con muchas ollas de maíz, tapadas con

barro, pues las habían enterrado y escondido para que no se las quitaran, y

otras viandas. Ahora, por voluntad de Álvar, se las entregaban de a buenas.

No obstante, se las daban a Cabeza de Vaca, y este vio que para sus

necesidades lo que traían resultaba excesivo y que se quedarían ellos muy

escasos. Entonces les hizo recoger parte de lo traído y volvérselo a llevar para

su mantenimiento. El resto, que era bastante, se lo dio a los cristianos. Estos

se solazaron y comieron.

Sin embargo, a partir de estar comidos y ya viéndose fuertes y al ver lo

pacíficos que eran los indios de Álvar y que no tenían armas, perpetraron en

secreto el cogerlos y herrarlos. Pudo saberlo Álvar a tiempo por el vivaz

Estebanico, que le avisó de aquellas intenciones. Al saber lo que pensaban

hacerles se produjo un gran tumulto, griteríos y voces. Álvar, Castillo y

Dorantes se enfrentaron bravamente a Alcaraz. Este se atribuló un tanto y

comenzó a dar excusas de que no era tal su deseo, sino que eran las órdenes

que del gobernador don Beltrán traía y que esperaría a que le fueran

confirmadas. Pero ya no se fiaban de él y, además, en medio del alboroto los

indios se habían enardecido y aunque apenas sin armas eran muchos y estaban

entremezclados. Algunos aún tenían arcos y flechas y en los zurrones de

Álvar y los otros había también muchas flechas de las que les regalaban y las

cogieron para defenderse.

Cabeza de Vaca intentó a toda costa evitar la contienda, sabedor de que

los cristianos a caballo y los indios serranos que los acompañaban harían de

producirse gran matanza entre sus protegidos. Álvar, atribulado y temeroso

por ellos, incluso les dijo que tal vez lo mejor que podrían hacer en ese trance

era alejarse, pero ellos entonces se resistieron a abandonarlo y dejarlo solo.

Clamaron que con él como su protector no les tenían miedo a los otros y que

estando con él se enfrentarían a sus espadas y sus lanzas. Se negaron a

escapar a pesar de que Álvar se lo porfiaba, pues tenía para sí que más pronto

o más tarde Alcaraz y sus soldados e indios aliados los atacarían para cautivar

al mayor número de ellos que pudieran.

Álvar marchó entonces a parlamentar con Alcaraz y Dorantes y Castillo se

quedaron intentando convencer a los indios. Álvar le dio al capitán muchas

cosas que tenía, entre ellas mantas de vaca y otras cosas que traían y que

también le entregaron para ver si con ello se conformaba. Entre los zurrones

que se llevaron estaban incluso las turquesas y las cinco esmeraldas, de las

que ya jamás supo e incluso en medio de la confusión y zozobra tampoco las

echó en falta. Al cabo se trataba de lo único de algún valor que había

atesorado en toda su aventura.

Diego de Alcaraz quiso entonces dirigirse al gentío, que seguía muy

arremolinado. Hizo que un lengua que traía les dijera que él y los de a caballo

eran de la misma estirpe que los que venían con ellos. Pero que ellos eran de

mayor condición y aquellos a los que obedecían, que Álvar y los suyos eran

gente de menor suerte, valor y condición. Que ellos eran ahora los señores de

aquella tierra y a quienes a partir de ahora debían obedecer y acatar lo que les

dijeran.

Aquello no hizo sino airar a los indios, que prorrumpieron en gran

griterío. Contestaron al lengua de Alcaraz que era gran falsedad y mentira. Le

dijeron también, pues lo habían platicado y acordado entre ellos, que no eran

iguales unos blancos y los otros, pues los que con ellos venían habían llegado

desde el sol naciente y ellos venían desde otro lado. Los suyos, además,

sanaban a los enfermos y ellos mataban a los que estaban sanos; unos venían

descalzos y desnudos y ellos a caballo y con lanzas; unos no tenían codicia de

las cosas y los otros no querían sino robar todo lo que hallaban y no daban

nunca nada a cambio.

Todas esas cosas le respondieron al lengua de Alcaraz y este hubo de ir al

capitán a decírselo. Sin embargo, los que venían con Álvar aún hicieron más,

pues hablaron con los indios que traían de aliados y les relataron el gran poder

que los chamanes tenían y que hasta por su voluntad si quisieran podrían hacer que enfermaran y murieran con solo desearlo. Que lo mismo que

sanaban podían matarlos. Los indios serranos, que algunos habían oído hablar

de aquello, se asustaron y ya no tenían tantas ganas de atacarlos.

Al fin Álvar, tras mucho hablar y porfiar con Alcaraz, logró que este

desistiera de herrarlos. Concluyeron en que Álvar les dijera que volvieran a

sus pueblos y a plantar sus cosechas, que bajaran de los montes y volvieran a

habitar sus casas. Era una tierra tan fértil que hasta tres cosechas al año se

plantaban, pero que aquellas persecuciones la estaban haciendo ser

abandonada y cubrirse de matojos. Álvar los bendijo por última vez a todos

ellos y con él lo hicieron también Dorantes y Castillo, que elevando las manos

al cielo rezaron el padrenuestro. Después santiguaron y bendijeron a la

multitud, que elevó también las manos en silencio y comenzaron a marcharse,

no sin pena y pesadumbre por tener que abandonarlos.

La tropa de a caballo no pudo sino sobrecogerse ante lo que veía y

quedaron mudamente mirándolos mientras desaparecían en diferentes

direcciones en triste silencio y volviendo en varias ocasiones la cabeza

esperando que tal vez Álvar los seguiría y regresaría con ellos. Al cabo todos

se fueron perdiendo para siempre en el horizonte y a quien invadió la mayor

pena entonces fue a Cabeza de Vaca, quien no pudo contener las lágrimas y

lloró toda la noche, en la que no quiso compartir cena con aquellos cristianos

ni ir a la tienda del capitán Alcaraz.

Al día siguiente sí acudió a ella para completar lo hablado y pactado. Los

indios regresarían a sus poblados si los cristianos les dejaban hacerlo en su

paz, y Álvar le afirmó como cierto y hasta se lo juró por Nuestro Señor

Jesucristo que los indios cumplirían el acuerdo y que si no, sería por culpa de

los cristianos que ahora tenían aquella provincia.

Diego de Alcaraz calló y convino con su silencio en ello, afirmando con la

cabeza, pero ya tenía muy en su corazón e intenciones el no hacer sino sacar

tajada de aquello, aunque ahora se le hubiera escapado la presa de la mano

cuando ya creía tener a tantos cientos listos para herrarlos y esclavizarlos tal y

como quería su señor y gobernador don Beltrán Nuño de Guzmán, pues con él

tenía muy buen trato y llevaba ya años cumpliendo sus órdenes y designios.

Lo que hizo después fue enviar a los cuatro españoles, mediante engaños

y falsas historias, procurando que fueran por rutas en las que no se toparan

con pueblos ni indios ni más gentes, con un tal Cebreros, que era alcalde de

un pueblo cercano y con otros cuantos hombres bien armados. A poco Álvar y

los suyos comprendieron que más que haber dado con los suyos, la libertad y

volver a estar a salvo, como estaban era en sus manos. Más que llevarlos custodiados como los llevaban era presos. Hablaron entre ellos y coincidieron

en que aquel Alcaraz no tenía la más mínima intención de dar paz a sus

indios, sino que en cuanto los había separado de ellos lo que habría hecho era

comenzar a perseguirlos para capturar a todos los que pudiera. Luego

supieron que eso era lo que había hecho, aunque no con demasiado fruto

porque, escarmentados, los indígenas huyeron a los altos y a las sierras

despoblando aquella fértil tierra, que con ello quedó empobrecida y vacía de

gentes, de frutos y cultivos. Al gobernador Nuño de Guzmán aquello no le

interesaba en absoluto, pues lo que él buscaba era vender los indios que

capturaba y aumentar su fortuna en oro, que ya era muy grande. Desde que

había llegado a Pánuco, se había dedicado por entero a ello. Álvar eso

entonces aún no lo sabía, aunque comenzaba a sospecharlo por la crueldad y

acciones de quienes le servían.

Cabizbajo, anduvo el camino Álvar meditando. Al cabo, pesaroso y triste

se dirigió al leal Castillo y le dijo:

—En cuánto se engañan los pensamientos de los hombres, Alonso.

Nosotros andábamos en buscarles la libertad y cuando pensábamos que la

teníamos, sucedió tal al contrario, porque tenían acordado de ir a dar en los

indios que enviábamos asegurados y de paz, para ponerles el hierro y así

como lo pensaron lo hicieron. Tampoco nosotros podemos en nada sentirnos

libres, pues aunque cadenas no nos han puesto vigilados nos llevan.

Ansiábamos encontrarnos con los nuestros para recuperar la libertad que en la

Tierra Florida perdimos y resulta que es cuando la siento en verdad perdida.

Asintió Castillo sin despegar los labios y en silencio continuaron

caminando, sintiendo fijos en ellos los ojos de los jinetes que los conducían,

atentos a cualquiera de sus movimientos, más como prisioneros que como

compañeros.

Quizá fuera castigo divino, Álvar así lo pensó desde luego, el que se

abatió sobre quienes así los llevaban, pues perdieron el rumbo y como no

había indios que los guiaran estuvieron días sin encontrar agua. Los cuatro

caminantes, acostumbrados a esas y mucho mayores privaciones, aguantaron

y hasta fueron los primeros en hallar donde beber, pero otros no lo hicieron y

siete hombres murieron antes de encontrar agua y no les dio compasión

alguna que ese mal les alcanzara.

Pasado aquel trance, al fin el alcalde, el tal Cebreros, los dejó en un

pequeño pueblo, custodiados por algunos soldados, y él siguió adelante hacia

Culiacán, donde estaba el alcalde mayor. Este, Melchor Díaz, capitán de

aquella provincia, reaccionó de muy diferente manera, sobrecogido ante la noticia de la aparición de aquellos cuatro a quienes como a todos los de

Narváez se había dado hacía mucho por muertos. Sabedor del rango de Álvar

y de los capitanes, a toda prisa montó en su cabalgadura y se fue a ver a los

que acababan de llegar después de tan tremenda peripecia. Era hombre

prudente, de buen entender, buenas lecturas y relaciones y no mal corazón.

Sabía que de la nefasta expedición de Narváez nadie, excepto los que habían

quedado en unos barcos, había regresado. Se quedó atónito al conocer y ver

aparecer en aquellas tierras, encabezando unas grandes aglomeraciones de

indios que les seguían como si fueran sus pastores, a cuatro supervivientes de

aquellos desastres, ocurridos ya tantos años antes, vestidos como los propios

indígenas y a quienes todos habían dado por más que muertos.

Lo que Cebreros le contó con algunos balbuceos y contradicciones no le

dejó, además, en nada satisfecho. Aunque este le hurtó en buena parte lo que

habían tramado él y Alcaraz de ir a herrar a todos los indios que pudiesen, tras

haberles prometido dejarlos en paz, Melchor los conocía bien y captó mucho

más de lo que quería decirle. Se llegó a uña de caballo y con una escolta

donde estaban Álvar y los otros. Tras abrazarlos y dar todos juntos loas a Dios

por tan milagrosa salvación, Cabeza de Vaca lo vio pronto como hombre

cabal y le relató de inmediato lo sucedido. El alcalde Díaz se dolió de aquella

mala acogida que les habían dispensado y el incumplimiento de la palabra

dada de no apresar ni esclavizar a los indios. Aseguró a Álvar que de haberse

hallado él allí y como alcalde mayor y capitán no hubiera permitido que tal

cosa se hiciera con ellos, pues, como Álvar, entendía que no era la manera

justa. Además con ello lo único que se conseguía era despoblar la tierra,

yermarla y convertirla en erial. Porque todos concluyeron que tras la traición

los indios habían vuelto a los montes y ya estarían muy reacios a regresar.

Melchor Díaz dijo hablar en su nombre y en el del gobernador, don

Beltrán, pero Álvar se percató de que lo hacía por obligación y no tanto por

devoción. Resultaba patente que alguna fuerte reserva tenía, por el tono que

empleaba y su empeño en resolver lo que era un verdadero y cruel

despropósito que no conduciría a nada bueno ni para cristianos ni para indios.

El alcalde mayor de Culiacán quiso ponerle remedio a lo que Cebreros y

Alcaraz habían torcido e intentó buscar una solución. Sabedor del

predicamento de Álvar con los huidos, le exhortó a que de nuevo mandara

llamarlos y dijo que esta vez el fedatario sería él. Álvar contestó que ningún

indio de los suyos tenía ya a su lado, pues los habían separado a todos de él.

Don Melchor ofreció entonces liberar dos cautivos que de aquellos pueblos

tenían y que fueran estos los emisarios y que hablaran en nombre de Álvar y de él. Otros más del propio Culiacán se unieron a ellos para todos ir en

comitiva a las sierras por donde andaban alzados y por las riberas del río y

decirles que Álvar y los chamanes que con él iban les llamaban.

—No querrán venir tras lo sucedido, don Melchor —adelantó Castillo y

secundó Dorantes—. No se fiarán ya.

Entonces Cabeza de Vaca les entregó una señal, un calabazo que estaba

grabado con el signo de la cruz que era una principal insignia que los indios

conocían bien. De ese modo sabrían que era Álvar quien los enviaba.

Partieron y tardaron siete días en regresar. No venía multitud con ellos sino

tres señores de los alzados de los montes y quince que los acompañaban para

su protección. Los mensajeros dijeron que a los del río no los pudieron hallar

y los pocos a los que encontraron no quisieron venir, pues los cristianos

habían ido a cogerlos contra todo lo dicho y se habían refugiado también en

las escarpaduras.

Don Melchor les platicó, a través de un lengua, de cosas de Dios, de su

premio a los buenos y su castigo a los malos que no cumplieran su voluntad.

Y que si tal hacían desobedeciéndole, acabarían debajo de la tierra,

arrebatados por demonios y ardiendo en un gran fuego que para siempre les

consumiría. Terminó diciéndoles que si ellos quisieran ser cristianos y servir a

Dios de la manera que les mandasen, los tendrían entonces por hermanos y

los tratarían bien, no los sacarían de las tierras y podrían vivir en paz, pero

que de no hacerlo y alzarse los tratarían muy mal y se los llevarían de

esclavos a otras tierras.

Esto último los indios, la amenaza, es lo que entendieron mejor y no

pusieron buen gesto. Para lo anterior hubo de hablarles Álvar y entonces lo

comprendieron un poco más. Álvar les dijo que ellos ya creían en realidad en

ese Dios, pues ese mismo era al que ellos imploraban, el que traía la lluvia y

todas las cosas buenas que sobre la tierra hay. Eso era lo que les habían

enseñado sus padres y sus abuelos y él, Álvar, sabía bien de ello, puesto que

lo había hablado con muchos de sus hombres espíritu y llegado a esa

conclusión. En suma, aquello que ellos decían y en lo que creían era lo que

los cristianos llamaban Dios.

Los tres jefes entonces asintieron con la cabeza, porque Álvar además les

hablaba en su lengua y también con los signos que ellos entendían. Don

Melchor comprendió que aquel era mejor camino que el que había cogido él.

Así que prometió que lo que Álvar decía él lo haría cumplir y que, si bajaban

a los pueblos, cultivaban la tierra y vivían en paz, ya no les harían más daño

ni los llevarían en cadenas.

A ambos, además, tanto al alcalde como a Cabeza de Vaca, se les ocurrió

una forma de identificarlos y protegerlos. Poner a la entrada de sus poblados

una cruz y hacer en ellos una casa para el dios cristiano. Esa sería la señal de

que estaban en paz. Para ellos sería muy bueno también, les aconsejaron, que

los principales trajeran a sus hijos pequeños para bautizarlos; luego sería

conveniente que a su tiempo lo fueran haciendo todos los demás. Los tres

señores aceptaron y en buena señal se marcharon llevando con ellos a los

cautivos liberados, que habían ido como mensajeros en prueba de que se

cumpliría lo acordado.

Álvar señaló entonces a don Melchor que como ellos deberían partir

pronto, y para que quedara constancia de aquello, debería el escribano del

alcalde dar fe de ello, al igual que muchos testigos que allí estaban. Aceptó el

alcalde mayor y capitán don Melchor Díaz e hizo pleito en homenaje a Dios

de no hacer ni consentir entrada ninguna, ni tomar esclavo por la tierra y de

las gentes que allí se había asegurado y que esto guardaría hasta que Su

Majestad o el gobernador Nuño de Guzmán o el virrey en su nombre

proveyesen después.

Todo quedó avenido, pero Álvar hizo algo más. Obligó a que Alcaraz

bajara de donde estaba y se comprometiera a cumplir lo acordado y no hiciera

como la vez anterior. Regresó Alcaraz y ante don Melchor mostró muy otra

actitud. Contó que al llegar a los pueblos se había encontrado cruces a las

entradas y que lejos de huir les dieron de comer y les hicieron dormir dentro

del lugar. Alcaraz aseguró que ante ello él no les había causado ya ningún mal

y que tampoco lo haría ya en los lugares que tuvieran puesta la cruz.

El hidalgo jerezano empezó a entender entonces un poco el juego que se

traía don Melchor, así como a barruntarse que algo más había en la cabeza del

alcalde mayor y que él desconocía. Le beneficiaba tener a los pueblos de su

distrito activos y poblados, sin guerrear, y además así cumpliría con las leyes

de la Corona. Por ahí comenzó a abrírsele la sospecha de que había por parte

de esta algo en marcha y cuando don Melchor mencionó en un par de

ocasiones al virrey de la Nueva España, don Antonio de Mendoza, como

referente máximo le pareció que aquella no era la misma senda que por la que

transitaba el gobernador. Algo se estaba cociendo, sin duda.

No obstante, ahora lo importante era poner en lo posible a sus indios a

salvo y Cabeza de Vaca entendió la necesidad de que fueran bautizados, pues

entonces además de súbditos de la Corona, como ya había dicho la reina

Isabel, serían también cristianos y como tal no podían ser esclavizados ni

violentados. Porque si, por el contrario, los indios se resistían al dominio, hacían guerra y no se cristianaban ni reconocían al rey de España como señor,

entonces podían ser convertidos en esclavos, vendidos y expulsados de sus

tierras.

La continua trampa a la Corona de los conquistadores para tener cuantos

indios quisieran como esclavos en sus propiedades y dominios o para

venderlos era señalarlos como alzados aunque fueran pacíficos; con eso ya

tenían resuelto el asunto y podían hacer de ellos lo que les viniese en gana.

Los abusos y los desmanes que se cometían se hacían a espaldas de la Corona

e intentando burlar sus leyes; de ahí que lo que temieran fueran los juicios de

residencia y que se les acusara de tales delitos. En algún trance de esos

empezó a sospechar Álvar que podía estar metido, o a punto de meterse, el

gobernador, y que don Melchor sabía más de lo que decía, pero como lo

urgente era intentar poner remedio a lo inmediato entendió que el único

refugio que podía dejarles a sus indios era aquella cruz a la entrada de sus

poblados, pues así no podrían aducir que estaban alzados. Su voz se extendió

por aquellas tierras y muchos la escucharon.

Álvar y los demás se reconfortaron en parte de los disgustos sufridos al

reencontrarse con los suyos, aunque en el jerezano seguía instalada la

desazón. Entendía él que aquellas gentes debían ser ellas mismas y sin ser

amenazadas y a entera voluntad quienes se sujetaran por propia voluntad al

verdadero Dios. Estaba muy seguro de que ello lo harían más por la bondad

que por el castigo y el miedo.

Se quedaron bastantes días en Culiacán, hasta ya mediados de mayo, bien

atendidos por don Melchor. Álvar aprovechó para en las pláticas con él irse

enterando de cosas que entendía debía saber después de tan largo tiempo sin

noticia alguna de lo que sucedía ni en España ni en las Indias ni tampoco en

aquella Nueva España.

Algunas cosas, a pesar de la prudencia y reticencia de don Melchor, fue

conociendo. Confirmó su barrunto sobre lo del virrey y los motivos de su

venida; también tuvo noticia de la vuelta de don Hernán Cortés con el título

de marqués y tras un juicio de residencia que le había levantado precisamente

don Beltrán, muy enemistado con él y al que ahora su regreso tenía en un

sinvivir. Al fin el alcalde Díaz y tras mucho circunloquio le vino a confesar

que era ahora Nuño de Guzmán quien estaba requerido para ir a México a

presentar cuentas y que se resistía a hacerlo; aunque creía que podría

convencer a Mendoza, sabía que con Cortés no tendría entrada alguna. Lo

cierto era que el capitán Cortés ya había venido una vez contra él porque se

había metido en sus dominios y le hizo salir de ellos a escape; ahora le pedía cuentas y reparaciones por los daños causados. Melchor Díaz debía

obediencia al gobernador, pero dejaba vislumbrar que la tendría hasta que

hubiera de dejarla de tener y que tal vez prefería que esa situación se

produjera cuanto antes, pues sin llegar a criticarlos directamente no parecía

estar muy de acuerdo con ciertas formas y métodos de don Beltrán.

No le hacía falta a Cabeza de Vaca que le dijeran aquello. Por lo que

había visto por sí mismo, aquel gobernador tenía muy arrasada su

gobernación y hombres como Alcaraz o Cebreros eran quienes demostraban

mejor cuál era su manera de actuar y de tratar a los indios. En verdad, si

tardaron en salir de Culiacán tanto tiempo fue porque desde allí hasta

Compostela[51], donde en ese momento residía don Beltrán, el camino estaba

peligroso, pues por sus entradas, herrajes y caza de esclavos la zona

permanecía levantada. Hubieron de ir con escolta de veinte de a caballo, y

esta tardó en poder reunirse. Cuando ya estuvieron cerca de la población lo

primero con que toparon fue con una gran recua de indios, no menos de

quinientos, que una tropa de soldados a caballo llevaba cautivos hacia allí.

Llegados a Compostela, don Beltrán Nuño de Guzmán, muy informado de

sus nombres y hechos, y sabedor de que la noticia había corrido y llegado ya

al mismo México, los trató muy bien. Los aposentó en sus propias casas, les

proporcionó buenos vestidos y ropas cristianas y les puso buenas camas para

dormir. Pero los primeros días no sabían Álvar ni ninguno de los otros dos, ya

que Estebanico sí se amoldó desde el primer día, dormir sino en el suelo, y las

ropas, tanto tiempo desnudos o acostumbrados a las vestimentas indias, les

raspaban y hacían sentir como apretados y que les estorbaban. Tan solo diez

días después de llegar a Compostela, y con buen acompañamiento, monturas

y vituallas, partieron rumbo a la capital de la Nueva España. Cabeza de Vaca

tuvo desde que llegó urgencia por marchar de allí.

Le aliviaba dejar atrás a Beltrán Nuño de Guzmán. En aquellos días y a

pesar del buen trato recibido, había percibido que en todo ello había

impostura y doblez. Aquel hombre estaba corroído, por un lado, por el temor

de que le vinieran a apresar y hacerle rendir cuentas y, por el otro, por una

ambición que aún le podía más y se desbordaba en su semblante y gestos por

más que procurara embridarla. A pesar de sus esfuerzos, al estar con ellos no

podía ocultar del todo su crueldad y ello se notaba sobre todo en el terror que

causaba en todos a su alrededor y el pánico total que le tenían los esclavos

indios a su servicio.