Cabeza de Vaca

Antonio Perez Henares · Capítulo 23 de 35

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Cabeza de Vaca

Capítulo 11

11

 

El gran chamán blanco

 

Esta cura nos dio entre ellos tanto crédito por toda la tierra, cuanto ellos podían y sabían estimar y encarescer.

 

CABEZA DE VACA, Naufragios

 

Fue aquel un tiempo feliz, un pequeño remanso tras las tempestades terribles

por las que habían pasado. Sin embargo, ya estaba entrando el otoño y en

poco empezaría a asomar el invierno y ya no podrían moverse. Álvar era el

más inclinado a partir cuanto antes, pero los otros remoloneaban. Compartían

la vida de los indios y con ellos cazaban, pescaban, se ejercitaban. Castillo los

admiraba por su destreza con la lanza, y los castellanos habían conseguido un

rango apreciado en la tribu que los acogía. Tener a los blancos suponía

además para ellos un estatus que los enaltecía sobre los demás, y les

dispensaban el mejor trato. Recuperar fuerzas no les haría mal alguno y quizá

pudieran tener alguna noticia de cristianos, pues hasta el momento carecían de

ellas, que les permitiera fijar el rumbo, ya que tan solo tenían como indicativo

el caminar hacia poniente como única referencia.

Cabeza de Vaca lo aceptó. Él también se sentía bien entre ellos y quizá era

el que más gustaba de su compañía y de su estancia, pues raro era el día que

no aprendía una cosa nueva sobre aquellas gentes, sus costumbres, sus

creencias en el Gran Espíritu, que a él le parecía que se asemejaba mucho al

Dios cristiano. Entendió, además, que sería mejor partir cuando volviera el

tiempo de la hierba nueva, hubiera abundante caza y pudieran marchar bien

abastecidos. Sería también cuestión importante indagar en lo posible y en

todas las tribus de aquel pueblo, que se nombraban a sí mismos como lakotas,

si por algún lugar había señal de barbudos como ellos.

El hecho de quedarse y pasar además el invierno, cuando la actividad

decrecía y se hacía vida sobre todo en el campamento, permitió a Álvar

aprender de aquellas Gentes de las Vacas[33] muchas cosas y hasta sentirse en

ocasiones parte de ellos. Otro tanto sucedía con los dos castellanos y el

Negro. Lo primero es que a los tres, menos a Estebanico, les dio por el tabaco.

Lo habían visto fumar y hasta probado en ocasiones, pero allí pudieron ya degustarlo a sus anchas. Fumar las pipas les procuraba una sensación de

bienestar y, como decía Dorantes, que se hizo más aficionado que ninguno,

era como emborracharse con humo. Las hojas que se utilizaban resultaban

muy preciadas y los indios daban cualquier cosa por ellas, pues se traían de

lugares alejados y no siempre las había, aunque el chamán disponía siempre

de una buena provisión, puesto que resultaba imprescindible en los consejos y

para iniciar muchas de las ceremonias.

Eran aquellas gentes muy avezadas sobre todo en el arte de la caza y de la

guerra, y el arco y las flechas, una prolongación de sus brazos. Permanecían

siempre muy alerta y tenían excelentes oído y vista para detectar cualquier

movimiento; eran tan diestros en esconderse que cuando se deslizaban entre

los matojos y las hierbas acechando a los animales resultaba casi imposible

distinguirlos en sus aproximaciones.

Si percibían peligro en el campamento a nada estaban en pie y en el

campo con sus armas prestas. Pues también era muy cierto que estaban

siempre en guerra con las tribus contrarias; de continuo se hacían entradas y

se herían y mataban por robarse cosas y cogerse como cautivos los unos a los

otros. Varias de las mujeres del campamento en realidad eran prisioneras de

incursiones en otros pueblos de otras lenguas y linajes. Algunas tenían ya

hijos con los de la tribu, pero seguían tratándolas, sobre todo las otras

mujeres, como a gentes inferiores y ellas si podían huían. No solían escaparse

porque si se fugaban solas sabían que o bien las cogerían, y entonces

acostumbraban hacerles daño y hasta lisiarlas para que no volvieran a

intentarlo, o bien al caminar solas y sin comida morirían. Eso sucedía si eran

ya mayores cuando las habían cautivado; si tan solo eran niños o niñas cuando

los cogían, los cuidaban como propios y acababan por convertirse en parte de

ellos mismos.

Hombres cautivos no había apenas ninguno, pues con los guerreros de

otros clanes, sobre todo unos a los que llamaban chippewas, eran mucho más

despiadados. Los tenían atados y los sometían a pruebas que solían terminar

con su muerte, como la de dejar escapar al prisionero y darle una cierta

distancia para cazarlo luego la tribu entera y rendir gran homenaje a quien lo

mataba. A los que retenían como prisioneros y no les ofrecían esa prueba, en

la que alguno incluso podía salir vivo y escapar de ellos, si lo intentaban por

su cuenta, de atraparlos, también solían darles muerte. En el campamento

había uno, un chippewa, a quien habían perdonado la vida tras agarrarlo, pero

le habían cortado los tendones de una pierna para que no tuviera oportunidad de intentarlo de nuevo. Era ahora un esclavo y las mujeres se cebaban en

acosarle de toda forma y manera.

Sobre ello y muchas otras cosas de sus costumbres entendieron Álvar y

los demás castellanos que era mejor no decir nada ni poner reparo. Entre otras

razones porque entre ellos en España también cocían habas y no había sino

que pensar en el Negro.

Hubo una cuestión que levantó entre los castellanos tanto estupor como

cierta ira, y el propio Álvar lo consideró cosa del diablo. El asunto era que

había algunos hombres casados con otros hombres y que vestían como

mujeres y hacían labores propias de ellas. Estos hombres dejaban el arco y

cargaban leña, pero no eran en absoluto débiles, al contrario, algunos eran

muy membrudos y fuertes y ni el resto de los cazadores ni nadie reprochaba

su comportamiento. Los cristianos sí lo hicieron y fueron con la queja de ser

contra toda natura y algo que les provocaba asco a Álvar, para que este, con

su rango ante los jefes y el chamán, les dijera que aquello era contrario a Dios

y a las leyes de los hombres y de la naturaleza. Álvar les respondió que era

mejor dejarlo estar, pues eran ellos los que estaban en su casa y no ellos en la

suya.

—Cosa del diablo es sin duda, y muy reprochable, pero son sus tierras

donde estamos y sus costumbres. Nada podemos nosotros hacer para

prohibirlas ni cambiarlas. Y, además, no es pecado que solo estas gentes

cometen. ¿O acaso no hemos visto en nuestra Castilla y en todos los lugares

tales y nefandos extravíos? Si los frailes todos no hubieran perecido, entonces

tal vez pudieran predicarles y conseguir que todas estas gentes fueran

bautizadas y entraran a la fe de Cristo. Entonces sería el caso de reprenderles

por estas cosas y otras muchas, pero ahora ya bastante hacemos con

santiguarlos y bendecirlos, que ellos piensan que es maravilla, y Dios sin

duda nos concede tal merced y sanan. Enfrentarnos a ellos por tal cosa no nos

acarreará sino disgustos. No quisiera yo verme como el pobre chippewa.

La fama de sanadores, sobre todo de Castillo y aún mucho mayor de

Álvar, no había dejado de crecer y esa era su ocupación principal. Las madres

solían traer a sus pequeños para que los santiguaran y su nombre iba

corriendo de campamento en campamento. De uno llegó precisamente uno de

sus jefes y con él portaba en angarilla junto a sus cazadores a su hijo mayor,

un joven que debió ser muy recio y vigoroso pero que tras recibir una herida

en un combate hacía ya bastantes lunas había ido quedando cada vez más

postrado y siempre estaba enfermo y se lo veía muy débil. Moriría aquel

invierno, sin duda. Era muy querido y celebrado porque había demostrado desde muchacho ser un cazador bueno y un guerrero valiente. Lanza Larga y

Hermano de Lobos les pidieron que lo sanaran, pero su daño tenía muy mal

remedio.

Castillo al ver la herida declinó el hacerlo y hubo de ser Álvar quien lo

intentara; sin embargo, para aquello no valían santiguos ni rezos. El guerrero

había recibido un flechazo por la espalda y la punta de la flecha, que por poco

no había tropezado el corazón y lo había matado, se le había quedado un poco

por encima de este y sobre la tetilla izquierda, aunque sin llegar a salir por el

pecho. Al palpar la zona Cabeza de Vaca la notó y vio que la tenía atravesada

por la ternilla.

—Está muy mala de sacar —le reveló a Castillo—. Y puede que al abrirlo

se desangre o que le tropiece el corazón y muera.

Eso mismo le dijo a su padre, al jefe y al chamán, temeroso que de

morírsele le murieran a él luego. Hermano de Lobos lo tranquilizó y le

confesó que él había intentado sanarlo, pero que no se había atrevido y que de

no remediarlo todos sabían que moriría. Álvar, a pesar de sus palabras, no las

tenía todas consigo y no dejó de pensar que tal vez su vida dependería de

salvar la otra.

Con un buen cuchillo de pedernal muy largo, de limpios filos y punta muy

fina, entró en su carne y le abrió el pecho hasta el lugar donde estaba la

flecha, tras haberle dado antes sustancias que lo adormecieran y un palo para

que lo mordiera. Era muy importante que se estuviera bien quieto y Castillo,

Dorantes y Hermano de Lobos le sujetaron fuertemente para que no se

moviera.

La punta de flecha estaba, en efecto, muy mala de sacar y ya muy

enquistada, y hubo de profundizar aún más dentro, pues además era una punta

muy alargada y el haberse pegado ya a la ternilla complicó mucho la labor.

Pero al fin, con gran esfuerzo y la frente llena de sudores, Álvar logró soltarla

y extrajo la flecha. A continuación, lo que había temido se produjo, la sangre

no se detenía y amenazaba con perdérsele por allí el herido. Con un cuero de

venado y polvos que había preparado con el chamán y apretando con las

manos consiguió al fin que cesara bastante la hemorragia. Aun así, había que

hacer algo más para detenerla del todo y para ello, por fortuna en este caso, no

hubo que recurrir a la manteca de muerto, como ocurrió en Aute. Ya habían

encontrado el modo de hacerlo con las de un venado recién cazado cuyo sebo

se había encargado de ir raspando Castillo y luego ponerlo a hervir en cuenco

de barro. Cuando la manteca lo hizo hasta licuarse y parecer ya aceite, que era

lo que en Castilla se utilizaba para ello, tras haber antes cosido con una aguja de hueso de ave zancuda y dar los puntos para que se juntaran los labios de la

herida, se vertió hirviendo sobre el daño para cauterizarlo. Luego se lavó toda

aquella parte de su cuerpo y le aplicaron algunos ungüentos antes de vendarlo

fuertemente. El muchacho para entonces ya estaba desmayado pero seguía

respirando. Álvar entonces enseñó la larga punta ovalada de pedernal que le

había extraído y todos quedaron admirados. El padre del enfermo se la pidió y

él se la entregó. Lo había hecho, pero de la muerte no estaba ni mucho menos

a salvo.

Sin embargo, el herido durmió aquella noche y al amanecer estaba aún

vivo. Le dieron de beber y de comer y comió ese día y ya más a los

siguientes. Fue recuperándose poco a poco hasta que Álvar comprendió que

podía quitarle los dos puntos al indio. Este se levantó enseguida y andaba por

el poblado mostrando la herida a todos y que acabó por ser sobre su pecho

como una raya que se asemejaba a las de las palmas de la mano, aunque más

ancha y larga.

Aquello significó la mayor fama y renombre. La flecha era mostrada a

todos y se hicieron fiestas y bailes para celebrarlo. El crédito de Cabeza de

Tatanka como gran chamán corrió por toda la tierra entera entre las tribus

lakota pero también entre las de sus enemigos. El padre del que había salvado

y el joven mismo le agasajaron con todo lo que tenían y le dijeron que habría

de ir con ellos porque habían sabido de su viaje y ellos vivían hacia donde el

sol se ponía y sabían que era hacia donde querían caminar el hombre blanco y

sus compañeros. Con ellos viajarían seguros y en sus poblados les darían el

mejor de los recibimientos.

Le preguntó al padre si había oído hablar de otros hombres como ellos y

él contestó que nunca; ellos eran los primeros que veía y de los primeros que

había oído hablar también. Entonces Álvar sacó el cascabel de oro, aquel que

habían cogido en uno de los primeros poblados y que el jerezano había

llevado siempre guardado donde tenía sus escritos, y se lo mostró al jefe

diciéndole si existía un lugar donde hubiera aquello. Él dijo que más allá de

sus gentes y ya en otra tierra que no era como la suya había muchas planchas

de aquello enterradas y gentes que vivían en casas de piedra y que llevaban

colgantes de aquello que brillaban mucho.

El indio los llevaría en aquella dirección, pero para llegar hasta donde

querían, deberían luego pasar el gran río, el mismo pero más arriba, y luego

habrían de bajar hacia el sur y hacia el poniente para dar con aquellas gentes

que no vivían en los tipis sino en chozas hechas con piedras.

Lo dicho por aquel jefe encendió los ojos de los castellanos. Todos

entonces quisieron que llegara cuanto antes el tiempo de partir, pues el ansia

del oro había vuelto a aparecer en sus corazones; aquella señal de ciudades y

de muchas casas y palacios hizo que volviera a prender en todos ellos la

codicia.

Así que ya no les sirvió que por aquella curación su crédito se extendiera

por todas las tribus, que todas las madres trajeran a sus hijos y que por

doquier acudieran gentes a pedirles que los santiguaran, les soplaran y les

dijeran sus rezos y que por ello los obsequiaran con comida, cueros, arcos,

flechas, pedernales. Estaban cada vez más ansiosos por partir. El jefe, su hijo

y quienes les acompañaban les dijeron que lo harían en cuanto pudieran, ya

que ellos también deseaban regresar a su poblado.

Álvar volvió a insistirles sobre las gentes de casas de piedra entendiendo

que podían estar cerca de la Nueva España y que de ser así alguna señal de

cristianos blancos habrían de tener y quizá no quisieran decírselo. Por más

que porfió, encontró siempre la negativa más rotunda. Entonces el hijo del

jefe acertó a decir algo. Que tal vez los que vivían en casas de piedra supieran

algo de ello, porque sus gentes residían mucho más al norte que ellos. A

continuación, contó una novedad que de inmediato hizo que Álvar pusiera

toda su atención en sus palabras y que aquello le interesara casi tanto como lo

del oro. Era que aquellas gentes que no vivían en tipis ni cambiaban de sitio, y

eso lo sabía porque había llegado a verlo ya que fue donde recibió el flechazo,

sembraban plantas y comían de ellas.

Álvar comprendió que había reencontrado el camino del maíz, que por él

llegaría a los suyos, así que decidió ponerse de nuevo en marcha sin demora.

Dejaron al poco los cuatro a aquellas gentes que tan bien les habían

tratado y enseñado tantas cosas, y él la tienda donde había convivido con

aquella mujer, que no hizo gesto de tristeza alguno ni él lo tuvo tampoco con

ella; era algo que ambos sabían que un día pasaría. Álvar le dejó a ella

muchas cosas de las que les habían dado y les seguían ahora trayendo y que

no podían llevar con ellos en el viaje.

Al irse con sus nuevos amigos, algunos del poblado, junto a Después del

Alba, Lanza Larga y Hermano de Lobos, quisieron acompañarles un poco

más allá del campamento, hasta una loma que había. Cuando ya iban a dar la

vuelta para retornar hacia los tipis, el chamán indio sacó algo que llevaba

enrollado y se lo ofreció a Álvar con mucha gravedad y ceremonia. El

jerezano lo desenrolló. Era un cuero de venado, muy fino y bien curtido y

alisado. En él habían pintado en vivos colores algo que reconoció de inmediato como su propia historia con ellos; la suya, la de los demás y el

Negro, la caza de tatanka, sus ritos, sus rezos y la punta de flecha que había

sacado. Era la piel la que lo contaba. Allí se contaba todo. Aún había más.

Hermano de Lobos le mostró otra igual, gemela de la que le había entregado.

—Guardaremos una cada uno, para nosotros y para nuestros dos pueblos.

Así sabrán por ella lo sucedido y que somos amigos. Déjala en tu pueblo

cuando llegues, y si volvéis aquí tú o los tuyos traedla con vosotros. Así seréis

recibidos como hermanos.

Dicho esto, y antes de darse la vuelta definitivamente para partir, extrajo

una pequeña bolsa de cuero y se la ofreció con una sonrisa.

—Para que no te falte en la pipa. Los que te llevan contigo no tienen

tabaco bueno.