Cabeza de Vaca
Capítulo 11
11
El gran chamán blanco
Esta cura nos dio entre ellos tanto crédito por toda la tierra, cuanto ellos podían y sabían estimar y encarescer.
CABEZA DE VACA, Naufragios
Fue aquel un tiempo feliz, un pequeño remanso tras las tempestades terribles
por las que habían pasado. Sin embargo, ya estaba entrando el otoño y en
poco empezaría a asomar el invierno y ya no podrían moverse. Álvar era el
más inclinado a partir cuanto antes, pero los otros remoloneaban. Compartían
la vida de los indios y con ellos cazaban, pescaban, se ejercitaban. Castillo los
admiraba por su destreza con la lanza, y los castellanos habían conseguido un
rango apreciado en la tribu que los acogía. Tener a los blancos suponía
además para ellos un estatus que los enaltecía sobre los demás, y les
dispensaban el mejor trato. Recuperar fuerzas no les haría mal alguno y quizá
pudieran tener alguna noticia de cristianos, pues hasta el momento carecían de
ellas, que les permitiera fijar el rumbo, ya que tan solo tenían como indicativo
el caminar hacia poniente como única referencia.
Cabeza de Vaca lo aceptó. Él también se sentía bien entre ellos y quizá era
el que más gustaba de su compañía y de su estancia, pues raro era el día que
no aprendía una cosa nueva sobre aquellas gentes, sus costumbres, sus
creencias en el Gran Espíritu, que a él le parecía que se asemejaba mucho al
Dios cristiano. Entendió, además, que sería mejor partir cuando volviera el
tiempo de la hierba nueva, hubiera abundante caza y pudieran marchar bien
abastecidos. Sería también cuestión importante indagar en lo posible y en
todas las tribus de aquel pueblo, que se nombraban a sí mismos como lakotas,
si por algún lugar había señal de barbudos como ellos.
El hecho de quedarse y pasar además el invierno, cuando la actividad
decrecía y se hacía vida sobre todo en el campamento, permitió a Álvar
aprender de aquellas Gentes de las Vacas[33] muchas cosas y hasta sentirse en
ocasiones parte de ellos. Otro tanto sucedía con los dos castellanos y el
Negro. Lo primero es que a los tres, menos a Estebanico, les dio por el tabaco.
Lo habían visto fumar y hasta probado en ocasiones, pero allí pudieron ya degustarlo a sus anchas. Fumar las pipas les procuraba una sensación de
bienestar y, como decía Dorantes, que se hizo más aficionado que ninguno,
era como emborracharse con humo. Las hojas que se utilizaban resultaban
muy preciadas y los indios daban cualquier cosa por ellas, pues se traían de
lugares alejados y no siempre las había, aunque el chamán disponía siempre
de una buena provisión, puesto que resultaba imprescindible en los consejos y
para iniciar muchas de las ceremonias.
Eran aquellas gentes muy avezadas sobre todo en el arte de la caza y de la
guerra, y el arco y las flechas, una prolongación de sus brazos. Permanecían
siempre muy alerta y tenían excelentes oído y vista para detectar cualquier
movimiento; eran tan diestros en esconderse que cuando se deslizaban entre
los matojos y las hierbas acechando a los animales resultaba casi imposible
distinguirlos en sus aproximaciones.
Si percibían peligro en el campamento a nada estaban en pie y en el
campo con sus armas prestas. Pues también era muy cierto que estaban
siempre en guerra con las tribus contrarias; de continuo se hacían entradas y
se herían y mataban por robarse cosas y cogerse como cautivos los unos a los
otros. Varias de las mujeres del campamento en realidad eran prisioneras de
incursiones en otros pueblos de otras lenguas y linajes. Algunas tenían ya
hijos con los de la tribu, pero seguían tratándolas, sobre todo las otras
mujeres, como a gentes inferiores y ellas si podían huían. No solían escaparse
porque si se fugaban solas sabían que o bien las cogerían, y entonces
acostumbraban hacerles daño y hasta lisiarlas para que no volvieran a
intentarlo, o bien al caminar solas y sin comida morirían. Eso sucedía si eran
ya mayores cuando las habían cautivado; si tan solo eran niños o niñas cuando
los cogían, los cuidaban como propios y acababan por convertirse en parte de
ellos mismos.
Hombres cautivos no había apenas ninguno, pues con los guerreros de
otros clanes, sobre todo unos a los que llamaban chippewas, eran mucho más
despiadados. Los tenían atados y los sometían a pruebas que solían terminar
con su muerte, como la de dejar escapar al prisionero y darle una cierta
distancia para cazarlo luego la tribu entera y rendir gran homenaje a quien lo
mataba. A los que retenían como prisioneros y no les ofrecían esa prueba, en
la que alguno incluso podía salir vivo y escapar de ellos, si lo intentaban por
su cuenta, de atraparlos, también solían darles muerte. En el campamento
había uno, un chippewa, a quien habían perdonado la vida tras agarrarlo, pero
le habían cortado los tendones de una pierna para que no tuviera oportunidad de intentarlo de nuevo. Era ahora un esclavo y las mujeres se cebaban en
acosarle de toda forma y manera.
Sobre ello y muchas otras cosas de sus costumbres entendieron Álvar y
los demás castellanos que era mejor no decir nada ni poner reparo. Entre otras
razones porque entre ellos en España también cocían habas y no había sino
que pensar en el Negro.
Hubo una cuestión que levantó entre los castellanos tanto estupor como
cierta ira, y el propio Álvar lo consideró cosa del diablo. El asunto era que
había algunos hombres casados con otros hombres y que vestían como
mujeres y hacían labores propias de ellas. Estos hombres dejaban el arco y
cargaban leña, pero no eran en absoluto débiles, al contrario, algunos eran
muy membrudos y fuertes y ni el resto de los cazadores ni nadie reprochaba
su comportamiento. Los cristianos sí lo hicieron y fueron con la queja de ser
contra toda natura y algo que les provocaba asco a Álvar, para que este, con
su rango ante los jefes y el chamán, les dijera que aquello era contrario a Dios
y a las leyes de los hombres y de la naturaleza. Álvar les respondió que era
mejor dejarlo estar, pues eran ellos los que estaban en su casa y no ellos en la
suya.
—Cosa del diablo es sin duda, y muy reprochable, pero son sus tierras
donde estamos y sus costumbres. Nada podemos nosotros hacer para
prohibirlas ni cambiarlas. Y, además, no es pecado que solo estas gentes
cometen. ¿O acaso no hemos visto en nuestra Castilla y en todos los lugares
tales y nefandos extravíos? Si los frailes todos no hubieran perecido, entonces
tal vez pudieran predicarles y conseguir que todas estas gentes fueran
bautizadas y entraran a la fe de Cristo. Entonces sería el caso de reprenderles
por estas cosas y otras muchas, pero ahora ya bastante hacemos con
santiguarlos y bendecirlos, que ellos piensan que es maravilla, y Dios sin
duda nos concede tal merced y sanan. Enfrentarnos a ellos por tal cosa no nos
acarreará sino disgustos. No quisiera yo verme como el pobre chippewa.
La fama de sanadores, sobre todo de Castillo y aún mucho mayor de
Álvar, no había dejado de crecer y esa era su ocupación principal. Las madres
solían traer a sus pequeños para que los santiguaran y su nombre iba
corriendo de campamento en campamento. De uno llegó precisamente uno de
sus jefes y con él portaba en angarilla junto a sus cazadores a su hijo mayor,
un joven que debió ser muy recio y vigoroso pero que tras recibir una herida
en un combate hacía ya bastantes lunas había ido quedando cada vez más
postrado y siempre estaba enfermo y se lo veía muy débil. Moriría aquel
invierno, sin duda. Era muy querido y celebrado porque había demostrado desde muchacho ser un cazador bueno y un guerrero valiente. Lanza Larga y
Hermano de Lobos les pidieron que lo sanaran, pero su daño tenía muy mal
remedio.
Castillo al ver la herida declinó el hacerlo y hubo de ser Álvar quien lo
intentara; sin embargo, para aquello no valían santiguos ni rezos. El guerrero
había recibido un flechazo por la espalda y la punta de la flecha, que por poco
no había tropezado el corazón y lo había matado, se le había quedado un poco
por encima de este y sobre la tetilla izquierda, aunque sin llegar a salir por el
pecho. Al palpar la zona Cabeza de Vaca la notó y vio que la tenía atravesada
por la ternilla.
—Está muy mala de sacar —le reveló a Castillo—. Y puede que al abrirlo
se desangre o que le tropiece el corazón y muera.
Eso mismo le dijo a su padre, al jefe y al chamán, temeroso que de
morírsele le murieran a él luego. Hermano de Lobos lo tranquilizó y le
confesó que él había intentado sanarlo, pero que no se había atrevido y que de
no remediarlo todos sabían que moriría. Álvar, a pesar de sus palabras, no las
tenía todas consigo y no dejó de pensar que tal vez su vida dependería de
salvar la otra.
Con un buen cuchillo de pedernal muy largo, de limpios filos y punta muy
fina, entró en su carne y le abrió el pecho hasta el lugar donde estaba la
flecha, tras haberle dado antes sustancias que lo adormecieran y un palo para
que lo mordiera. Era muy importante que se estuviera bien quieto y Castillo,
Dorantes y Hermano de Lobos le sujetaron fuertemente para que no se
moviera.
La punta de flecha estaba, en efecto, muy mala de sacar y ya muy
enquistada, y hubo de profundizar aún más dentro, pues además era una punta
muy alargada y el haberse pegado ya a la ternilla complicó mucho la labor.
Pero al fin, con gran esfuerzo y la frente llena de sudores, Álvar logró soltarla
y extrajo la flecha. A continuación, lo que había temido se produjo, la sangre
no se detenía y amenazaba con perdérsele por allí el herido. Con un cuero de
venado y polvos que había preparado con el chamán y apretando con las
manos consiguió al fin que cesara bastante la hemorragia. Aun así, había que
hacer algo más para detenerla del todo y para ello, por fortuna en este caso, no
hubo que recurrir a la manteca de muerto, como ocurrió en Aute. Ya habían
encontrado el modo de hacerlo con las de un venado recién cazado cuyo sebo
se había encargado de ir raspando Castillo y luego ponerlo a hervir en cuenco
de barro. Cuando la manteca lo hizo hasta licuarse y parecer ya aceite, que era
lo que en Castilla se utilizaba para ello, tras haber antes cosido con una aguja de hueso de ave zancuda y dar los puntos para que se juntaran los labios de la
herida, se vertió hirviendo sobre el daño para cauterizarlo. Luego se lavó toda
aquella parte de su cuerpo y le aplicaron algunos ungüentos antes de vendarlo
fuertemente. El muchacho para entonces ya estaba desmayado pero seguía
respirando. Álvar entonces enseñó la larga punta ovalada de pedernal que le
había extraído y todos quedaron admirados. El padre del enfermo se la pidió y
él se la entregó. Lo había hecho, pero de la muerte no estaba ni mucho menos
a salvo.
Sin embargo, el herido durmió aquella noche y al amanecer estaba aún
vivo. Le dieron de beber y de comer y comió ese día y ya más a los
siguientes. Fue recuperándose poco a poco hasta que Álvar comprendió que
podía quitarle los dos puntos al indio. Este se levantó enseguida y andaba por
el poblado mostrando la herida a todos y que acabó por ser sobre su pecho
como una raya que se asemejaba a las de las palmas de la mano, aunque más
ancha y larga.
Aquello significó la mayor fama y renombre. La flecha era mostrada a
todos y se hicieron fiestas y bailes para celebrarlo. El crédito de Cabeza de
Tatanka como gran chamán corrió por toda la tierra entera entre las tribus
lakota pero también entre las de sus enemigos. El padre del que había salvado
y el joven mismo le agasajaron con todo lo que tenían y le dijeron que habría
de ir con ellos porque habían sabido de su viaje y ellos vivían hacia donde el
sol se ponía y sabían que era hacia donde querían caminar el hombre blanco y
sus compañeros. Con ellos viajarían seguros y en sus poblados les darían el
mejor de los recibimientos.
Le preguntó al padre si había oído hablar de otros hombres como ellos y
él contestó que nunca; ellos eran los primeros que veía y de los primeros que
había oído hablar también. Entonces Álvar sacó el cascabel de oro, aquel que
habían cogido en uno de los primeros poblados y que el jerezano había
llevado siempre guardado donde tenía sus escritos, y se lo mostró al jefe
diciéndole si existía un lugar donde hubiera aquello. Él dijo que más allá de
sus gentes y ya en otra tierra que no era como la suya había muchas planchas
de aquello enterradas y gentes que vivían en casas de piedra y que llevaban
colgantes de aquello que brillaban mucho.
El indio los llevaría en aquella dirección, pero para llegar hasta donde
querían, deberían luego pasar el gran río, el mismo pero más arriba, y luego
habrían de bajar hacia el sur y hacia el poniente para dar con aquellas gentes
que no vivían en los tipis sino en chozas hechas con piedras.
Lo dicho por aquel jefe encendió los ojos de los castellanos. Todos
entonces quisieron que llegara cuanto antes el tiempo de partir, pues el ansia
del oro había vuelto a aparecer en sus corazones; aquella señal de ciudades y
de muchas casas y palacios hizo que volviera a prender en todos ellos la
codicia.
Así que ya no les sirvió que por aquella curación su crédito se extendiera
por todas las tribus, que todas las madres trajeran a sus hijos y que por
doquier acudieran gentes a pedirles que los santiguaran, les soplaran y les
dijeran sus rezos y que por ello los obsequiaran con comida, cueros, arcos,
flechas, pedernales. Estaban cada vez más ansiosos por partir. El jefe, su hijo
y quienes les acompañaban les dijeron que lo harían en cuanto pudieran, ya
que ellos también deseaban regresar a su poblado.
Álvar volvió a insistirles sobre las gentes de casas de piedra entendiendo
que podían estar cerca de la Nueva España y que de ser así alguna señal de
cristianos blancos habrían de tener y quizá no quisieran decírselo. Por más
que porfió, encontró siempre la negativa más rotunda. Entonces el hijo del
jefe acertó a decir algo. Que tal vez los que vivían en casas de piedra supieran
algo de ello, porque sus gentes residían mucho más al norte que ellos. A
continuación, contó una novedad que de inmediato hizo que Álvar pusiera
toda su atención en sus palabras y que aquello le interesara casi tanto como lo
del oro. Era que aquellas gentes que no vivían en tipis ni cambiaban de sitio, y
eso lo sabía porque había llegado a verlo ya que fue donde recibió el flechazo,
sembraban plantas y comían de ellas.
Álvar comprendió que había reencontrado el camino del maíz, que por él
llegaría a los suyos, así que decidió ponerse de nuevo en marcha sin demora.
Dejaron al poco los cuatro a aquellas gentes que tan bien les habían
tratado y enseñado tantas cosas, y él la tienda donde había convivido con
aquella mujer, que no hizo gesto de tristeza alguno ni él lo tuvo tampoco con
ella; era algo que ambos sabían que un día pasaría. Álvar le dejó a ella
muchas cosas de las que les habían dado y les seguían ahora trayendo y que
no podían llevar con ellos en el viaje.
Al irse con sus nuevos amigos, algunos del poblado, junto a Después del
Alba, Lanza Larga y Hermano de Lobos, quisieron acompañarles un poco
más allá del campamento, hasta una loma que había. Cuando ya iban a dar la
vuelta para retornar hacia los tipis, el chamán indio sacó algo que llevaba
enrollado y se lo ofreció a Álvar con mucha gravedad y ceremonia. El
jerezano lo desenrolló. Era un cuero de venado, muy fino y bien curtido y
alisado. En él habían pintado en vivos colores algo que reconoció de inmediato como su propia historia con ellos; la suya, la de los demás y el
Negro, la caza de tatanka, sus ritos, sus rezos y la punta de flecha que había
sacado. Era la piel la que lo contaba. Allí se contaba todo. Aún había más.
Hermano de Lobos le mostró otra igual, gemela de la que le había entregado.
—Guardaremos una cada uno, para nosotros y para nuestros dos pueblos.
Así sabrán por ella lo sucedido y que somos amigos. Déjala en tu pueblo
cuando llegues, y si volvéis aquí tú o los tuyos traedla con vosotros. Así seréis
recibidos como hermanos.
Dicho esto, y antes de darse la vuelta definitivamente para partir, extrajo
una pequeña bolsa de cuero y se la ofreció con una sonrisa.
—Para que no te falte en la pipa. Los que te llevan contigo no tienen
tabaco bueno.