Cabeza de Vaca

Antonio Perez Henares · Capítulo 33 de 35

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Cabeza de Vaca

Capítulo 21

21

 

Nadie le esperaba y nada traía…

 

solo una historia que contar

 

Y llegamos al puerto de Lisbona a 9 de agosto, víspera del señor San Laurencio, año de 1537.

 

CABEZA DE VACA, Naufragios

 

Álvar quiso volver a España cuanto antes, pero hubo de esperar casi un año

para hacerlo. Nada más llegar a la capital mexicana comenzó a organizar los

preparativos para embarcarse y lo tenía ya todo listo para hacerlo en octubre

en compañía de Dorantes. El capitán Castillo tenía ya decidido no regresar

sino fincar allí y en eso estaba; incluso en casarse. Cabeza de Vaca era el más

decidido a partir. Sin embargo, el navío en que iban a embarcar dio de través

y se hundió y viendo el invierno encima decidió, junto a Dorantes, que mejor

pasar allí el invierno y no exponerse gratuitamente a más peligros, que

demasiados ya habían sorteado. Bien podían esperar unos meses quienes

habían pasado más de nueve años sin saber siquiera si tendrían oportunidad

de emprender regreso alguno.

Aprovechó aquello Álvar para intentar descifrar un enigma. ¿Qué había

sido de los barcos que Narváez había despedido y que él le había profetizado

que no vería ya nunca más en vida? Hubo de indagar un poco porque aquello

había sucedido muchos años atrás, pero consiguió al fin enterarse, y no solo

eso, sino que pudo hablar con hombres que habían quedado en ellos y

sobrevivido. Algunos vivían en la Nueva España y visitó a varios.

Le contaron que habían salido en tres barcos, pues el cuarto se había

perdido de inmediato antes casi de separarse de la costa. Que entre todos

sumaban un centenar de los que diez eran mujeres casadas, pero cuyos

hombres se habían ido metidos en las selvas con Narváez.

Fue una de estas mujeres la que dio a Cabeza de Vaca el mejor relato de

lo sucedido a partir de aquello. Era una mujer muy brava y decidida, a la que

recordaba bien, pues había venido a decirle al gobernador Narváez, cuando se

empeñó en adentrarse en la selva sin saber hacia dónde iba, que no hiciera lo

que a la postre hizo y costó tantas vidas, entre ellas la propia. La mujer vino a argüir casi lo mismo que había dicho Álvar, que de aquello no saldría nadie

vivo.

Al ver en persona a Álvar entendió, pues sabedora de la noticia de que

estaba vivo se había negado a creerla, que aquello era cosa de milagro y

rompió a dar grandes gritos pregonándolo. Ya más calmada, Álvar le contó

quiénes con él se habían salvado y de los dos que habían visto por última vez

vivos y habían quedado atrás, el asturiano Lope y Figueroa, que se volvieron

esclavos a la isla del Mal Hado, y de los que tenían muy pocas esperanzas de

que siguieran vivos.

La mujer le dijo a Cabeza de Vaca que sabía que morirían tantos porque

ya antes de salir de Castilla se lo había profetizado una mora de Hornachuelos

que veía el futuro. Eso creyó ella siempre, por mucho que el gobernador se

esforzase en decirle que algunos morirían pero que los que consiguieran la

conquista volverían ricos y con gran honor y fama, pues él tenía sabido que en

aquella tierra había grandes riquezas.

Embarcados en los tres navíos, que fueron al mando de un tal Carvallo,

natural de la villa de Huete, en Cuenca, al que Narváez dejó por su teniente y

capitán de todas las naos, este demostró tener más juicio que quien antes

mandaba. Como le había sido ordenado, puso rumbo a Pánuco, o al menos

donde creían que Pánuco se hallaba, costeando y sin perder de vista la tierra.

Buscaban el puerto, atracar en él y esperar a los de la entrada. Una vez más no

lograron dar con él, y siguieron hasta que Carvallo entendió que era mejor

volver atrás y buscar hacia el otro lado. Así fue a dar con un lugar donde toda

la hueste de Pánfilo ya había andado, el sitio en el que hallaron las cajas de

madera hechas en Castilla, con cristianos muertos dentro, y que entraba unas

siete leguas tierra adentro. Allí se quedaron un buen tiempo y se juntaron con

el otro barco que había ido a La Habana y el bergantín que fue a buscarlo. En

total cinco barcos, pero ahora con mayores bastimentos, pues los que vinieron

de Cuba los trajeron.

Fue entonces cuando la mujer esta, que se decía vidente o que tenía una

mora que lo era, reunió a las diez casadas que iban con ellos y les dijo que sus

maridos no regresarían nunca. Por tanto debían darlos por muertos y

amancebarse o casarse con los que había en los barcos; eso era lo mejor que

podía hacerse y ella misma lo haría de inmediato. Puesto que sus maridos

habían decidido entrar tierra adentro y ponerse en extremo peligro y las

habían traído hasta allí para dejarlas así de esta manera, más valía que no

hicieran para nada cuenta de ellos, porque tampoco iban a volver a verlos. Ella ya había buscado y apalabrado su emparejamiento y no demoró ni una

noche en hacerlo. A poco le fueron siguiendo todas.

Le contó a Álvar que aún duraron un año por aquellas costas, pues

Carvallo así decidió que era su deber hacerlo, pero pasado este plazo puso

rumbo a la Nueva España y dieron a los que quedaban atrás por bien muertos.

Resuelto aquello, Álvar quiso visitar a Castillo. Algo le rondaba desde

hacía muchos años por la cabeza, desde aquel día en los barcos cuando venían

desde Sanlúcar rumbo a La Española y que en alguna ocasión el discreto

capitán salmantino le había parecido en trance de contarle. La última vez en

que a Cabeza de Vaca le pareció que el capitán había estado a punto de

sincerarse fue cuando se despidieron pensando que Álvar ya se embarcaba de

vuelta a España. Pero tampoco se había decidido y una vez más el capitán se

había comido las palabras antes de que brotaran de su boca.

Vivía este ahora por Tehuacán, en Puebla, en una hacienda, casado con

una viuda española que había heredado la encomienda de su marido. Le

recibió con mucho afecto y cortesía; él era con quien había tenido más y

mejor trato de los tres con que había hecho el viaje, y se profesaban una

amistad casi fraternal. Como amigos hablaron y Álvar se quedó invitado en su

casa varios días. Conversando una noche, al fin el capitán Alonso del Castillo

Maldonado descubrió su secreto, aquel por el cual los ojos se le habían

humedecido cuando Álvar recordó la batalla y el cadalso de Villalar.

Lo que tanto había callado, y ocultado a todos, brotó de golpe de su boca.

—Muchas veces hemos combatido juntos, muchas hemos conseguido

unidos salvar nuestras vidas. Pero hubo un día, Álvar, que tú y yo estuvimos

el uno frente al otro. Fue aquel día en Villalar. Quizá uno entonces pudo

matar al otro. Nos salvamos ambos. Yo hui. Los tuyos vencieron. Y llevaron

al cadalso a mi tío, Francisco Maldonado.

Álvar permaneció en silencio. No era algo que le extrañara sino que se

había barruntado. Aun así, no había querido jamás preguntar por ello hasta

que el otro decidiera contárselo por su propia voluntad. Alonso, abierta la

espita del recuerdo y la tristeza nunca compartida, prosiguió su relato.

—Era el hermano de doña Aldonza, mi madre. Aquel día yo salí con él

desde Toro con un pequeño destacamento de caballería para apoyar a Padilla,

que venía huyendo de los realistas. Conoces bien lo sucedido. Yo fui de los

que lograron escapar. Pude ponerme a salvo con unos pocos retornando a

Toro y luego me marché para huir de la cárcel. Era muy joven, nadie

relevante y tampoco fui buscado. A mi tío le cortaron la cabeza en vez de a un

primo suyo y también pariente, don Pedro Maldonado Pimentel, que con él mandaba las tropas comuneras salmantinas e iba a ser en principio el

ajusticiado. No lo fue porque intercedió el conde de Benavente, que era su tío

carnal, hermano de su madre, Juana Pimentel. En su lugar ajusticiaron a

Francisco, pero eso no salvó la vida a Pedro tampoco. El rey Carlos decretó al

año el perdón para todos, excepto para los nobles que habían secundado la

rebelión, al considerar que esta condición suya los hacía doblemente

traidores, y esta vez Benavente ya no consiguió salvarle el cuello. Lo

ajusticiaron en Simancas. Yo encontré entonces primero en Italia y luego en

las Indias el único lugar en que poder salir hacia delante. No quiero volver a

España, nada me ata a ella. Ahora esta es mi tierra; aquí está mi hogar y aquí

haré mi familia[57].

Se echaron ambos un trago de vino al coleto. Se miraron. Álvar se

levantó. También lo hizo Alonso. Luego se abrazaron. El abrazo de dos

hermanos. Sin decir palabra, volvieron a sentarse y llenaron de nuevo los

vasos.

Rompió el silencio Cabeza de Vaca.

—¡Y te lo has callado diez años!

—No soy de los de dar cuartos al pregonero, Álvar, bien lo sabes.

Además, Dorantes también es salmantino, de Béjar, y su familia no estuvo

precisamente con los comuneros. A ti había pensado habértelo puesto alguna

vez por escrito, aunque percibí que algo de ello te maliciabas. Mejor así, y

haberlo hecho en persona. Hacía mucho que quería decírtelo, pero nunca vi el

momento.

Aquello último hizo ya brotar la carcajada. Nueve años solos en medio de

la nada y entre indios, y Castillo no había encontrado ocasión de contarlo. En

fin, así era el salmantino.

Álvar aprovechó el invierno, y empleó casi todo su tiempo en ir

ordenando los pocos escritos que había salvado y rebuscando en su memoria

para ir añadiendo otros nuevos con que llenar los grandes vacíos que entre

ellos había. Confuso en muchas ocasiones, consiguió poco a poco ir

aderezando su relato, aunque a veces se le confundían los años en lo que

había sido antes o después y en otros casos una y otra tribu de tantas como

había conocido. En otras ocasiones no podía siquiera recordar, pues hubo

tiempos olvidados a causa de la fiebre o la tortura del hambre. No obstante,

consiguió completar al menos un esbozo más o menos fiel, con lo que su

memoria alcanzaba a situar, de su recorrido y su peripecia.

Era ya llegada la Cuaresma del año siguiente cuando al fin él y Dorantes

dejaron la capital y marcharon a Veracruz, donde les esperaban los barcos con los que retornarían a España. Subieron a bordo el Domingo de Ramos, pero

no zarparon. Pasaron quince días de mal tiempo y en el navío que estaban

Álvar comprobó que entraba mucha agua, por lo que intentó cambiar de nao y

consiguió hacerlo. Dorantes no quiso y se quedó en el que iba. El 10 de abril

partieron al fin las tres naos que iban a hacer juntas la travesía y navegaron en

escuadra ciento cincuenta leguas, pero las dos que venían detrás de la de

Álvar, en una de las cuales iba Dorantes, hacían tanta agua que sus pilotos

decidieron dar la vuelta y volver a puerto. No estaban en condiciones de

atravesar con ellas el Atlántico. Por la mañana la nave de Álvar ya no los vio

y no supo qué había sido de ellos, aunque mala mar no había ni tampoco

tempestad que les hubiera echado a pique. Continuaron hasta La Habana,

donde llegaron el 4 de mayo; allí estuvieron esperando a los otros dos navíos

hasta el 2 de junio. Visto que no aparecían, cogieron rumbo a las Españas.

Álvar sabría más tarde que las dos naos desaparecidas lograron volver a

Veracruz y que Dorantes, como un día hizo Trifón, decidió no tentar ya más a

su suerte.

Andrés Dorantes, al igual que Castillo, se casó con una viuda española,

pues quedaban como tal bastantes, doña María de la Torre, que había

heredado de su marido muerto varias encomiendas con indios. Muerta esta, se

casó con otra, de la misma condición que la anterior, pero en este caso prima

suya, doña Paula Dorantes, viuda de Antonio Gómez de la Corona, a quien

tampoco le faltaban bienes.

El viaje de Álvar hacia España estuvo lleno de vicisitudes y poco faltó

para que acabara muy mal. Justo cuando tan cerca estaba de poder regresar a

España y suponía pasados los peores peligros estuvo en varias ocasiones a

punto de caer en ellos e incluso de sucumbir. Ya de inicio partieron de La

Habana con mucho temor, pues allí solo se hablaba de piratas franceses que

habían apresado tres barcos españoles y acechaban a los que emprendían el

viaje de vuelta presuponiendo que iban bien cargados de oro y plata.

De salida no se apreció pirata alguno, pero sí la consabida tormenta al

andar por la cercanía de las islas Bermudas, que los tuvo en muy mal trance y

que una vez más hizo rezar a Álvar. La noche en que los alcanzó de lleno

estuvo en un tris de que se perdiera la nave y ellos ya no vieran más la luz del

día. Felizmente les volvió a reír el alba, amainó el temporal y ya pudieron dar

a Dios las gracias. Cabeza de Vaca con mayor empeño que nadie, pues le

corroía el alma que tras las fatigas vividas fuera a sucederle tan mala cosa

precisamente cuando estaba ya cerca de volver a casa. O al menos a la tierra

de nacida.

Pasaba justo el mes desde que habían dejado La Habana cuando la

amenaza pirata se concretó en unas velas. Eran franceses y traían ya cogida

una carabela portuguesa. Los divisaron a mediodía, y los franceses

comenzaron la caza. Se fueron acercando, pero antes de que la tarde cayera

del todo, vieron en la lejanía nueve velas más que también estaban sobre sus

estelas, aunque muy alejadas incluso para distinguir si eran portuguesas y

amigas o también de los enemigos que les acosaban. Ya habían conseguido

llegar a aguas de las Azores y estaban próximos a la isla que llaman del

Cuervo.

Cuando cayó la noche, los piratas los tenían a tiro de lombarda. Pese a que

el capitán español buscó en la oscuridad cambiar la derrota y despistar, el

francés iba tan cerca que no se les despegaba aunque lo intentaron varias

veces. Parecía que jugaba con ellos al gato y el ratón y tan solo esperaba que

llegara la alborada para abordarlos.

Quien se llevó la gran sorpresa fue el corsario cuando ya creía que los

tenía en sus manos, pues al hacerse la luz sobre el océano, resultó que cazador

y presa estaban rodeados por las nueve velas que por la tarde habían divisado

en lontananza y que eran de la armada portuguesa que venía sobre el francés.

Una vez más hubo de dar gracias al Altísimo Álvar. De nuevo y viendo ya

tierra amiga pensaba que podía destruirse su empeño de llegar a poner pie en

la propia si aquellos franceses le tomaban cautivo y volvía a ser preso como

lo había sido de los indios.

Sin embargo, ahora quienes estaban en apuros eran los galos. Pero el

capitán francés tenía ingenio. Soltó la carabela que tenía prendida y que venía

cargada de esclavos negros de África. Después les dijo a su piloto y al

maestre que la otra nave española era también de la flota pirata. Cuando la

escuadra portuguesa llegó a la carabela sus compatriotas señalaron a la nao

donde iba Álvar como enemiga y del mismo negocio que el francés, y los

portugueses se lanzaron raudos a abordarla. Es más, al dirigirse la nave

española hacia ellos creyeron que iba en ofensiva y estuvieron a punto de

liarse a cañonazos. Por fortuna y ya cerca vieron su error al reconocerla

española y amiga. Se sintieron burlados, eso también, pues aprovechando

aquello el pirata francés había puesto mientras tanto todo el mar que pudo de

por medio a fuerza de remos y vela.

El capitán de la armada portuguesa lanzó cuatro de sus carabelas tras él,

pero ya fue inútil; el barco francés era muy marinero y los dejó atrás sin

demasiado problema. Amuró el portugués a la nao española y se presentó

como Diego Silveira. Preguntó de dónde venían y qué mercadería traía el barco. Se le respondió que de la Nueva España y que era de plata y oro la

carga. Es más, el maestre señaló que en trescientos mil castellanos estaría

valorado el precio del metal que había a bordo. Entonces el capitán portugués,

tras soltar una carcajada, no pudo contenerse y espetó a voces y en su

particular idioma, que todos en el mar entendían:

—Boa fe que venis muito ricos, pero tracedes muy ruin navío y muito ruin

artilleria. ¡O hi de puta! Can á renegado frances, y que bon bocado perdio,

vota Deus. Ora sus pos vos abedes escapado, regime, y non vos apartades de

mí, que con ayuda de deus, eu vos porné en Castella.

Respiraron todos con el mayor alivio y desde luego ninguno pensó en

separarse de la estela del galeón portugués y de aquel buen capitán Diego

Silveira, a quien Dios concediera las mejores venturas. Se juntaron a su

armada, que venía de escolta de tres naos suyas que llegaban de la especiería

cargadas también de tantas riquezas como la castellana. Las especias aún más

que el oro valían.

Llegaron a una de sus islas, llamada Tercera, y allí esperaron, fondeados y

reposando, quince días, pues aguardaban a una cuarta nao de carga que

también venía, algo rezagada, desde la India. Llegó al fin y con ello ya

hicieron el último cabotaje de la Brescia hasta llegar al puerto de Lisboa,

donde arribaron el 9 de agosto de 1537. Habían pasado diez años y cincuenta

y tres días desde que Álvar Núñez Cabeza de Vaca salió de Sanlúcar de

Barrameda. Él ya había cumplido los cincuenta.

Estaba vivo. Milagrosamente vivo. Gracias a Dios, vivo. Solo a Dios,

pensó al pisar tierra, se lo debía. Solo a él estaría por siempre agradecido.

Nada tenía, nada había conseguido, ni oro ni plata ni hacienda. Lo que llevaba

puesto era lo que le habían regalado quienes sí lo habían conseguido.

Tampoco sabía a quién encontraría en su tierra, quién seguiría allí, quién

habría muerto, si su abuela, su mujer, su tía, sus primos. Quién estaría al

frente de la casa de los Medina Sidonia, quién viviría ahora en la suya de

Jerez. Nada sabía. Nada tenía. Sin embargo, en su tubo de madera estaban los

escritos, ya casi acabados, ya casi hechos libro. Tenía una historia y la

contaría. No a cualquiera sino al rey Carlos, pues solo él podría ponerla en

valor y dárselo. El que mereciera su historia y el que mereciera él mismo por

haberla vivido. Tenía ya puesto el título: Naufragios.