Cabeza de Vaca
Capítulo 9
9
Las vacas corcovadas
Yo las he visto tres veces y he comido de ellas, y parésceme que serán del tamaño de las de España, tienen los cuernos pequeños como moriscas, y el pelo muy largo, merino, como una bernia: unas son pardillas y otras negras y a mi parecer tienen mejor y más gruesa carne que las de acá. De las que no son grandes hacen los indios mantas para cubrirse y de las mayores hacen zapatos y rodelas.
CABEZA DE VACA, Naufragios
Cuando Álvar vio en la llanura el gran rebaño de vacas corcovadas supo que
había llegado a los cazaderos de aquellos indios orgullosos que tan bien les
habían tratado, y con quienes él había hecho particular amistad, antes de las
desgracias que les aguardaban en la isla del Mal Hado. Desde entonces había
pasado largos años de sufrimiento y muertes, tantas que de los que ellos
habían socorrido tras el hundimiento de su barca tan solo quedaban cuatro. No
obstante, Cabeza de Vaca estaba seguro de que en caso de reencontrarles los
recordarían y los acogerían. Él desde luego recordaba muy bien al Jefe Joven,
al Hombre Espíritu y al muchachillo que le había rescatado el tubo donde
llevaba sus escritos.
En el poco tiempo que estuvo junto a ellos, esos nativos no habían dejado
de hablar de aquellos animales a los que se referían con reverencial respeto y
que eran sustento, vivienda, abrigo, defensa y calzado para ellos. «¡Tatanka!
¡Tatanka!», exclamaban mientras con los brazos imitaban un semicírculo
cerrándose y con los dedos simulaban las puntas de los cuernos, con un pie
haciendo el ademán de escarbar con furia la tierra y la boca profiriendo un
bufido. Una gran y poderosa bestia tan determinante en sus vidas que muchos
llevaban pintado el animal como símbolo en sus escudos y que también
decoraba las pieles curtidas con las que se vestían o con las que cubrían sus
tiendas.
Ya entonces, por sus gestos y descripciones, había entendido que eran
parecidos a los toros de las dehesas de su tierra, pero que estos caminaban
libres por las inmensas llanuras en enormes rebaños. Ahora, tan atónito como
sus tres compañeros, los tenía ante sí. Un mar inmenso de animales en movimiento que se extendía por toda la pradera hasta donde abarcaban sus
ojos. Eran enormes, sobre todo los grandes machos, más grandes que el más
poderoso toro que se hubiera visto, mucho más peludos y de color más oscuro
que las hembras, pero ninguno llegaba al negro zaino de los astados hispanos
y otros eran más claros, con tonos marrones y toques rojizos. Las hembras y
los terneros eran de capa más clara que los machos. Lo que más les chocó a
los castellanos fue su giba, que tanto los distinguía de las reses que conocían.
A causa de ello, y tras comentar las diferencias y parecidos, y reírse incluso
de Cabeza de Vaca haciendo broma de su apellido, pero todos alegres y en
chanza porque su sola visión les levantaba el ánimo y les infundía esperanza
de lograr sobrevivir a todas sus penurias, acabaron por llamarlas vacas
corcovadas, precisamente por aquella joroba que en cuanto dejaban de ser
recentales comenzaban a echar y que era enorme sobre todo en los grandes
machos que señoreaban el rebaño. Caminaban y pastaban tranquilos,
parsimoniosos, dueños de la tierra.
Cabeza de Vaca quiso creer que sus indios amigos no debían estar lejos y
confió en dar con ellos y que les acogieran tan bien como la vez anterior. Que
atrás fueran quedando las terribles penalidades pasadas, las hambrunas, los
golpes, los maltratos, las desnudeces y el frío. Porque desde que huyeron de
los últimos indios que los habían tenido cautivos, aunque la vida les había ido
algo mejor, estas no habían desaparecido en absoluto y un día tras otro solo
había significado un esfuerzo continuo para lograr pasarlo y sobrevivir hasta
el siguiente. Y siempre, siempre, el hambre. El hambre como sensación y
pensamiento único. Cuando está ahí cada día, de continuo, sin dar tregua al
estómago, tampoco la da a la mente y en ninguna otra cosa puede pensarse.
Habían pasado mucha desde que se habían reagrupado y perpetrado la
huida entre los cuatro, tras admitir todos como cosa natural que Álvar llevaría
el mando y la dirección del grupo. Fue él quien ideó la fuga y logró poner
toda la distancia posible de por medio antes de que la detectaran los indios
para que no les dieran caza. Esperaron a que llegara el tiempo de las tunas[31],
a las que son tan querenciosos los indígenas, pues era ese tiempo del año en
que no pasaban hambre y se mostraban más contentos. Tenían sus captores
sus sitios conocidos de generaciones por la abundancia de frutos a los que
cada año acudían, y cuando muchos de ellos se desplazaron hasta un lugar de
aquellos y los españoles quedaron en la otra punta más al oeste del territorio
con un pequeño grupo, fue cuando decidieron emprender la fuga. Álvar, de
sus viajes como buhonero y traficante, conocía ya aquella zona y, lo que era
más importante, en otros poblados de otros linajes indios lo conocían también a él. Era preciso poner tierra de por medio con sus actuales amos y topar con
las tribus colindantes antes de que les dieran alcance.
La fuga resultó bien y pasaron algunos días y sus noches, en las que no se
atrevieron a encender fuego, pues los indios olían a gran distancia los humos.
Temiendo que en cualquier momento les cayeran encima dieron ellos al fin,
también por los humos que se elevaban en unos claros de selva, con otros
nativos, y se acercaron a ellos con mucha precaución y antes de dejarse ver
comprobaron que no eran de los mismos clanes de aquellos de quienes se
habían escapado.
Primero dieron con un indio que iba solo y que al descubrirlos salió
huyendo, pero mandaron al Negro tras él. Al comprobar que tan solo le seguía
uno, el indígena le esperó y viéndole sin armas y curioso por su color hizo
lenguaje de manos con él. Acabó por entender que no tenían intención de
hacerles daño y, como eran tan pocos, accedió a guiarlos hasta el poblado y
avisar de su llegada para que no salieran contra ellos en guerra. Así lo hizo, y
cuando estuvieron al borde de la zona despejada de árboles donde tenían sus
chozas comprobaron que los estaban esperando con gestos amistosos y
comida preparada en señal de bienvenida.
Unos y otros se mostraban, sin embargo, medrosos y precavidos. Más los
castellanos, que eran muchos menos y desarmados. Los indios, aunque no
conocían a Álvar, habían oído hablar del brujo blanco que viajaba de tribu en
tribu con conchas y collares y que, sobre todo, sanaba a las gentes de sus
males. Les habían dicho que viajaba solo, pero ahora venían otros con él y
uno de color muy diferente al de todos, al suyo y al de los barbudos.
Pronto se tranquilizaron todos y los indios se hicieron entre ellos muchas
muecas alegres. Estaban contentos de tenerlos con ellos. Se sentían muy
honrados de que estuvieran en su poblado. Su chamán, que llevaba la voz
cantante, fue quien condujo hasta su choza a Álvar y a Castillo, como señal de
su rango, mientras que a Dorantes y a Estebanico les ofrecieron otra de
alguien también que parecía más principal entre ellos.
Esos gestos y su manera de comportarse, respetuosa y atenta, como si
vieran en ellos seres superiores y benéficos, les hizo entender a los castellanos
que eran bien recibidos y estaban a salvo. Pudieron respirar aún más
tranquilos cuando les dijeron que aquellos de los que huían eran sus peores
enemigos, pero que ellos eran más fuertes que los otros y los protegerían.
Asimismo, les explicaron que desde allí hacia el oeste las otras gentes eran de
su mismo linaje y no debían temer de ellos.
La voz de que al poblado habían llegado grandes brujos barbudos que
curaban corrió por la selva, y primero las gentes del poblado y luego otras que
venían por los senderos de los bosques comenzaron, en los siguientes días y
semanas, a llegar hasta ellos.
Le tocó al principio a Castillo oficiar con ellos, y el serio salmantino
realizó tan bien la ceremonia, rezando el paternóster y el avemaría con las
manos extendidas hacia el cielo, que los que habían venido a buscar su
remedio quedaron muy impresionados. Cuando uno a uno les fue santiguando
e imponiéndoles las manos en nombre de Jesús dijeron sentirse mucho mejor
y que sus dolores habían desaparecido.
El indígena brujo, acompañado de Álvar, que se mantuvo en silencio pero
pareciendo dirigir todo el rito, también participó en los cultos y les sopló a los
pacientes el humo de aquella planta que quemaban en sus pipas y se tragaban
con gran fruición, haciéndolo inclusive con los cuatro visitantes en señal de
bendición y de limpiar sus cuerpos de malos humores y espíritus malignos.
Los que se sintieron sanados se mostraron muy agradecidos, y tanto los de
aquel poblado como más tarde los de los vecinos reaparecieron ante la choza
donde estaban Álvar y Castillo portando cestos con frutos, nueces, tunas y
hasta un pernil de venado.
En aquel poblado los cuatro se recuperaron mucho, recobraron las fuerzas
y echaron algo de cuerpo, pues estaban en los puros huesos. Después de tanto
tiempo se sintieron más a salvo y animados en lograr su propósito de volver
con los suyos. La noticia de sus curaciones se fue propalando cada vez más
lejos y muchos venían pidiéndoles que fueran con ellos hacia sus lugares.
Como aquello convenía en mucho con sus planes, decidieron aceptar las
invitaciones y se pusieron de nuevo en camino, aunque esta vez con mucho
pesar de los que dejaban atrás, que se habían sentido mucho más poderosos
que sus vecinos teniéndoles con ellos.
Fueron hacia el oeste, alejándose ya definitivamente de la costa, de los
flecheros tatuados de la floresta, de aquellos otros que les habían tenido
cautivos tras salir de Mal Hado y de los que después habían acabado con los
supervivientes de las otras barcas y los que quedaron de las suyas. Empezaron
a transitar por unas tierras de selvas menos impensables y que daban
paulatinamente paso a extensiones más abiertas y en ocasiones a grandes
espacios alomados de praderas. Lo que más les ayudó fue que desde aquel
contacto amistoso con los primeros que les habían acogido y durante todo el
tiempo que pasaron entre aquellas tribus[32] nunca les mostraron hostilidad
sino creciente respeto. Así, su vida mejoró bastante, llegando incluso a la abundancia, pues al extenderse la noticia de que los dolores desaparecían en
las manos de los chamanes blancos cada uno traía lo mejor que tenía y
muchos carne, sobre todo de venado, que era lo más preciado, y llegaron a
tener tanta que hasta dieron de ella a los indios que los acogían en sus casas.
Hicieron gran fiesta por ello con bailes y músicas, y pasaron días alegres,
pero no tardó en volver la necesidad, pues bastante tenían los indios con
intentar sobrevivir y encontrar comida.
El alimento era la obsesión continua de aquellas tribus, sobre todo en las
épocas peores del frío. Álvar había comprobado que estos indios no tenían
plantaciones de maíz como sí las había en Apalache, y que vivían solo de lo
que cazaban y de las plantas, raíces y frutos que podían recolectar en su
temporada. Ello les suponía estar siempre al albur y a sufrir grandes
hambrunas cuando este no les era propicio. Sobre todo cuando llegaba la
estación fría y ya no encontraban vegetales que comer y la caza se hacía muy
escasa y difícil.
Entonces comían todo lo que caía en sus manos y ellos, aunque ya estaban
acostumbrados a eso por los años de penuria, aprendieron a comer también
cualquier cosa y todo tipo de bichos por inmundos que al principio les
parecieran. Como seguían recibiendo obsequios tampoco dudaban en
conseguir a través de trueque la poca carne que podían hallar, como cuando
adquirieron dos perros que les ofrecieron a cambio de una piel de venado, con
los que los cuatro se solazaron mucho.
El invierno se iba echando encima y al preguntar qué otras gentes había
por delante de sus tierras los indios les dijeron que ninguna mejor que la suya,
donde había muchas tunas y animales, pero que su tiempo ya había pasado,
que ya habían recogido todas y había habido gran reunión de todos; quizá
antes hubieran podido partir con los que vinieron del oeste, mas ya cada cual
se había ido a su casa y ahora se preparaban a invernar. Decidieron entonces
quedarse allí con ellos, pues lo otro sería ponerse en grave riesgo, y mejor
esperar al buen tiempo para seguir avanzando.
Fue en aquella invernada cuando de nuevo Álvar estuvo a punto de
perecer. Los indios les dijeron que iban a dejar su campamento en las
montañas en que estaban e instalarlo en otro lugar más propicio, cerca de un
caudaloso río, porque en aquel lugar había más caza y más árboles que tenían
nueces y frutos secos. Que allí, además, y cercanas, habría gentes de otras
lenguas que vivían más hacia el oeste y que llegado luego el buen tiempo
podrían ir con ellos.
Desmontaron todo su campamento y caminaron durante cinco días, en los
que pasaron bastante necesidad y hambre, pero al fin llegaron al río y
plantaron allí sus viviendas. Era territorio muy montaraz y quebrado. Un día
cuando salió con un grupo de indios en busca de comida, Álvar se demoró
recogiendo frutos en una zona del bosque muy tupida y se perdió. Le llegó la
noche sin poder dar con ellos y estuvo a punto de sucumbir de frío, pues ya lo
hacía y muy intenso y no llevaba consigo útiles para prender una hoguera. Al
día siguiente seguía perdido, pero tuvo la suerte de hallar un árbol que había
ardido a causa del impacto de un rayo y mantenía rescoldos en su tocón.
Cogió aquellos tizones todavía con ascua sabiendo que eran su mayor tesoro e
hizo todo lo preciso para conservarla. Se puso a caminar en la dirección en
que creyó que daría con los otros, llevando un recipiente que había hecho para
preservar las ascuas y un pequeño haz de leña a cuestas para poder encenderlo
si no hallaba después buena leña con qué hacerlo.
Antes de que se pusiera el sol buscó unas matas para resguardarse e hizo
un hoyo con un gran pedernal que le habían regalado por una curación. En él
echó una gran cantidad de leña, que había en abundancia en aquellos montes,
aunque él seguía precavido con su gavilla a cuestas, y la prendió hasta hacer
buen rescoldo que mantuviera caliente el agujero. Encendió también otros
cuatro fuegos en las esquinas del hoyo, en otros más pequeños, para
ahuyentar a fieras y alimañas, y el grande lo cubrió con una capa de tierra.
Luego extendió su piel de venado y se echó a dormir tapado además con
brazadas de hierbas largas que le ayudaban a resistir la helada. Lo hizo dos
noches y pudo dormir sin congelarse, pero la tercera el fuego de una de las
esquinas cayó por el viento sobre el hoyo donde estaba acostado y prendió en
la paja con la que se cubría. Esta comenzó a arder reciamente y, aunque salió
a escape, acabó con los cabellos chamuscados y perdiendo la piel de venado
que llevaba y que no pudo salvar del incendio. Hubo entonces de caminar ya
sin ningún abrigo y durante un par de días más, hasta que dio con la huella de
los otros y al fin logró dar con ellos y con sus tres compañeros. Estos le daban
ya por muerto, pensando que alguna víbora de aquellas tan mortales le había
mordido, y todos dieron las gracias al Señor por hallarlo vivo aunque
hambriento y aterido.
Se cobijó en los fuegos y tuvo desde entonces mucha precaución para no
separarse de los demás y nunca ponerse a caminar solo por aquellos lugares.
Cuando pasó lo peor del invierno los indios trasladaron un poco más río arriba
su campamento a un pequeño valle donde ya comenzaba a anunciarse la primavera y en el que no faltaba el sustento. Los días empezaron a alargarse,
el sol a calentar algo más la tierra y con ella su ánimo.
Fue por entonces cuando un sanamiento de alguien a quien se había dado
por muerto, estaba ya tapado incluso y aparentemente sin vida puesto que no
respiraba, le trajo una gran fama nunca antes conseguida. Álvar detectó en el
supuesto cadáver algo de pulso e hizo que lo movieran. Él mismo le dio
algunos meneos y masajes mientras hacía sus rezos, y de repente el muerto
revivió con gran espanto y, a la vez, alegría de todos. Aquello hizo que se le
comenzara a considerar como un enviado de los dioses o algo parecido. Su
fama corrió cada vez mayor por todos los asentamientos y les llamaban de
continuo. El momento de reiniciar el viaje había llegado, y ahora lo podían
proseguir en las mejores condiciones.
Iban de un poblado a otro, pero siempre hacia el oeste, y en todos eran
muy bien recibidos y agasajados. Ahora ya no les faltaba la comida, de la que
llegaron a tener en abundancia, pues era lo que más les traían a cambio de sus
imposiciones de manos y rezos. Otros les entregaban un arco y flechas, y ellos
las trocaban por vituallas y algunas pieles, pero lo cierto es que según
avanzaba el buen tiempo los indios tendían a la desnudez y ellos mismos
también adquirieron esos hábitos.
Ahora su principal tortura, como lo había sido en muchas ocasiones
tiempo atrás, eran los mosquitos. Resultaba terrible su acoso y desesperante el
agobio. Debían hacer grandes fuegos con brozas húmedas o ramas verdes
para que produjeran mucho humo para así lograr sacudirse por algunos
momentos su martirio. Sin embargo, si lo hacían en las casas el humo se
convertía por sí mismo en un problema. Los mosquitos casi llevaban a la
desesperación a los hombres y a las bestias, pues nada parecía escapar a su
acoso.
Álvar solía buscar algún remedio embadurnándose la piel con diversos
productos que los indios le decían que los ahuyentaban, pero su eficacia era
muy limitada y además su efecto duraba poco. Los indígenas los soportaban
mejor que los blancos. Parecía que quien mejor y más estoicamente los sufría
era el negro Estebanico, o tal vez con su piel se cebaban menos.
Sin embargo, comparadas con las angustias y penas anteriores, estas
adversidades les parecían muy menores, aunque eran conscientes de que en
aquella forma de vida lo que ahora era un período de cierta abundancia podía
ser el preludio de una gran hambruna. Llegaron finalmente a las orillas de un
gran río, mucho más extenso que el anterior al lado del cual habían pasado el
invierno y como no habían visto otro igual con la excepción de aquel en cuya desembocadura habían estado en la Tierra Florida. Álvar se alegró
sobremanera de dar con él, pues era una de las indicaciones que los indios que
estaban buscando le habían dado como enclave donde ellos cazaban a las
vacas corcovadas.
Preguntaron a la tribu con la que estaban y ellos les confirmaron que
aquellos a los que buscaban solían frecuentar aquellas orillas y las praderas
que se extendían en sus cercanías. Pero a Cabeza de Vaca le pareció detectar
que al tiempo que asentían se turbaban un poco y que, sin querer demostrarlo,
se atisbaba en ellos cierto aire de retraimiento y temor. No parecía que
tuvieran muchas ganas de encontrarse con los otros. Ello se hizo todavía más
patente cuando dieron a entender que estaban llegando a los límites de su
territorio, que parecían ser marcados por el propio río, y que no deseaban
traspasarlos ni seguir más adelante. Se establecieron en la margen este y
estuvo muy claro que no tenían intención de cruzar al otro lado.
Los castellanos se mantuvieron con ellos algunas semanas, pero
finalmente Álvar convenció a los otros de que, teniendo cierta provisión de
comida para algunas jornadas, debían intentarlo y conectar con la siguiente
tribu, que esperaban fuera la de los nativos que buscaban.
—Si en unos días no damos con ellos ni hallamos señal alguna de su
presencia, siempre podemos volver atrás y reencontrarnos con los indios que
nos han traído hasta aquí.
Estos les habían manifestado su voluntad de permanecer allí durante
bastante tiempo, pues el lugar era abundoso en frutas y en caza; también
pescaban en algunas pozas con una fórmula que Dorantes aseguró que él
había visto hacer a ciertas gentes humildes de su tierra. Cogían unas plantas
de los taludes, las machacaban y luego las sumergían en algún lugar donde el
agua se remansaba y no tenía corriente. Al rato los peces comenzaban a
boquear subiendo hasta la superficie atontados, y los indios los capturaban
con cestos o si el pez era grande ensartándolo con una lanza.
—En mi tierra eso se llama embarbascar el agua, porque la planta que allí
usan es el barbasco —les dijo Dorantes, quien también les tranquilizó
asegurándoles que los peces podían comerse sin cuidado, pues en su pueblo lo
hacían sin problemas al igual que aquellos indios.
Al cabo se decidieron a partir y, tras adentrarse por las llanuras, con cierto
miedo de perderse y no saber hallar el camino de regreso, fueron viendo aquí
y allá muestras de paso de gentes por algunos fuegos ya bastante viejos. Justo
comenzaba ya a adueñarse de ellos la idea de emprender la vuelta cuando se toparon no con los indios que buscaban sino con aquel inmenso rebaño de
enormes animales.
—Si las vacas corcovadas están aquí, seguro que los indios que los cazan
no estarán lejos. Esos fuegos que hemos visto serán de exploradores suyos
que también andan buscando a las vacas. Encendamos uno nosotros y quizá
vengan a nuestro encuentro.
Tal hicieron, y aquella noche los cuatro pudieron por ello perder sus
vidas.
Habían encendido una gran hoguera y se echaron a dormir al raso junto a
ella. Quedaba poco tiempo ya para el alba cuando los indios cayeron sobre los
españoles, y antes casi de que estos pudieran despertar de su sueño habían
sido cogidos presos. Estebanico, que había sido el primero en levantarse,
había sido derribado por un golpe en la cabeza de un hacha de piedra, por
fortuna para él dada de plano, y Álvar, Castillo y Dorantes fueron
inmovilizados antes de poder siquiera incorporarse y atados de pies y manos.
Un nutrido grupo de indios, de soberbia estampa y que lanzaban grandes
gritos y alaridos, los rodeaban y los amenazaban con clavarles sus lanzas y
sus flechas.
También les observaban con curiosidad, les tocaban las barbas y les
frotaban la piel al tiempo que lanzaban exclamaciones y gritos señalándose
los unos a los otros. El que parecía ser su jefe hizo que los arrastraran al lado
del fuego, que avivaron para poder verlos mejor. Luego, ya más calmados, los
dejaron allí tirados al cuidado y vigilancia de varios de ellos, mientras que los
otros se alejaron, encendieron otros fuegos y allí se sentaron a decidir su
suerte en tanto que acababa de asomar la amanecida.
Al reír el alba se acercaron a ellos de nuevo, con el jefe delante. Este los
interpeló dándoles perentorias voces en una lengua que ni siquiera Álvar
alcanzaba a comprender. Por los gestos entendió que le conminaba a decir de
dónde venían y qué hacían en sus tierras. Las voces eran muy estentóreas y
amenazadoras, pero Cabeza de Vaca vio que ya no blandían sus armas ni
hacían ademanes de asestarlas contra ellos.
Álvar intentó hacerse entender, pese a que no podía utilizar el lenguaje de
los signos, pues tenía las manos atadas a la espalda. Al ver el jefe indio sus
esfuerzos, pareció comprenderlo. Sacó de su vaina un cuchillo de pedernal y
con un tajo le liberó de las ataduras mientras dos de ellos apuntaban hacia él
sus lanzas haciéndole ver que se las hincarían en el cuerpo de inmediato en
cuanto hiciese cualquier gesto que les pareciera agresivo.
No obstante, Cabeza de Vaca ya estaba trabando entre lengua y manos
comunicación con ellos, porque estaba seguro de que pertenecían al mismo
linaje que aquellos a quienes habían topado. El jefe indio prestaba cada vez
más atención y en algún momento se volvió hacia los suyos y les dijo algo
que ellos replicaron con exclamaciones y murmullos.
Aunque los indígenas nunca hubieran visto a uno, alguna cosa sabían de
aquellos barbudos pálidos. Gentes de las que nunca antes se había tenido
noticia. Que habían llegado por la Gran Agua que no se podía beber,
revestidas con protecciones más duras que la piedra y que mataban con otras
hechas de aquella misma materia y que atravesaban y cortaban los cuerpos
con total facilidad. Incluso decían que mataban con unas cosas que hacían un
ruido infernal y soltaban rayos y humo por sus bocas y que venían montadas
en unas bestias aterradoras que obedecían su voluntad.
El jefe de los siux tampoco se había topado con ninguno de ellos, pero
recordó bien que unos de otra tribu que bajaban en ocasiones muy hacia el sur
y hacia el este, a orillas de otro gran río, sí se habían encontrado con ellos y
traído extraños regalos que les habían dado. Estos debían de ser de esa gente.
Claro que venían desvalidos, habían sido capturados como niños, vestían
como los de otras tribus a las que ellos vencían y despreciaban y no parecían
tener arma alguna de aquellas tan poderosas que decían que tenían. Quizá no
fueran los mismos.
Sin embargo, el jefe se puso a recordar más cosas de lo que habían
relatado los que se habían encontrado con aquellos hombres tan diferentes.
Como también lo parecían entre ellos, pues uno no era en absoluto pálido,
sino muy al contrario, negro como los tizones del fuego. Aquello, sin duda,
era todo muy extraño.
El jefe seguía recordando lo que en una reunión de tribus había dicho
aquel jefe que iba con su gente hacia el naciente del sol. Contó que había
hallado a algunos de ellos y les había socorrido tras haber llegado muchos en
una gran canoa y que estaban muy hambrientos y sin agua. Les prestaron
auxilio, y cuando ellos intentaron marcharse en lo que habían venido esto se
les había hundido y se habían quedado desnudos y sin nada, pues todo, sus
armaduras y armas, lo habían perdido, y de no ser por ellos hubieran muerto
todos de hambre, sed y frío. Relató también que habían estado un tiempo con
ellos y que luego los habían dejado allí y ellos habían regresado a las tierras
de caza.
Se lo dijo a los suyos y algunos de ellos también recordaron haber oído
hablar de aquello. Por último se adelantó uno y habló. Álvar entendió bien lo que decía, pues también se acompañaba de signos.
—Oí decir a unos comanches que habían llegado hasta ellos unos hombres
como estos, que sanaban enfermedades y que pasaron el invierno con algunos
de los suyos.
Por ello fue entonces por lo que preguntó a Álvar el jefe y él pudo ya
responderle. Poco a poco, y solo en algunas cosas muy sencillas, se fueron
haciendo comprender el uno con el otro. Cabeza de Vaca consiguió hacerles
entender, lo que era por otro lado bien visible, que ningún daño querían ni
podían hacerles y que eran pacíficos y buenos. Poco más, pero al menos sirvió
para que les dejaran las manos libres y les dieran algo que comer y de beber.
Auxiliaron entonces a Estebanico, al que el golpe con el hacha no había hecho
mucho más allá de un buen chichón. El pelo ensortijado, que tenía muy
abundante, le había parado un tanto el impacto. Los indios seguían mirando
aún con mayor interés que a los otros el color de su piel y se la refrotaban
para ver si la llevaba pintada como ellos se hacían a veces en la cara. Pero no
se desprendía pringue alguno y se mantenía igual que estaba. Aquellas gentes
en verdad eran extrañas. Tres eran pálidos y por el contrario el cuarto era más
oscuro que cualquier hombre que hubieran visto.
El jefe decidió que no los mataría, si bien tampoco los iba a soltar. Se los
llevaría a los ancianos y al chamán y todos juntos tomarían una decisión sobre
qué hacer con ellos. Tendrían que saber de dónde venían y si era verdad que
había muchos más. Había que conducirlos al campamento donde se iban a
reunir con los de otros poblados diseminados, porque, una vez localizado el
gran rebaño, todos participarían en la cacería. Los batidores ya habían salido
en todas las direcciones para avisarlos. Quizá si venían los del este pudieran
decirles algo más y si eran en verdad los que ellos habían visto y con quienes
habían tenido trato.
Se pusieron prestamente en marcha y les desataron los pies para que
pudieran caminar, aunque volvieron a atarles las manos. Dos jornadas
después llegaron al campamento. Era ya grande y crecía con la llegada
continua de más indios. A los cristianos les sorprendió no solo la multitud
sino cómo se instalaban y cómo levantaban sus tiendas. Habían visto tipis con
anterioridad, pero estos eran de mucho mayor porte y hermosura. Clavaban
los enormes palos en tierra y luego los recubrían de pieles, en ocasiones con
coloreadas pinturas con figuras de aquel animal que cazaban, o de sus propias
manos, que dejaban impresas. Vieron que extendían en el suelo grandes pieles
de las vacas corcovadas. Ya sabían que llamaban tatanka a este animal y
comenzaron a comprender por qué lo mentaban tanto.
En el campamento había mujeres y niños y estos fueron los que salieron
en griterío y tropel a contemplarlos. Tras acercarse gritando, al verlos se
quedaban callados con los ojos como platos y asombrados. Todos los
miraban, los niños con la boca abierta, los hombres muy seriamente y las
mujeres, en corros, se echaban a reír señalándoles.
Los condujeron maniatados al centro de las tiendas y allí los hicieron
sentarse en el suelo, siempre vigilados por guerreros armados y alerta, aunque
todos tenían arco, carcaj de flechas y muy lucidas lanzas. Incluso los niños
chicos llevaban pequeños arquitos con los que se paseaban como si fueran ya
grandes cazadores. Eran los muchachitos quienes parecían vigilar con más
seriedad a aquellos cautivos extraños.
—Estos indios son los mismos que encontramos y nos atendieron al llegar
a las costas de Mal Hado. Son de su misma estirpe, no hay duda —les dijo a
los demás Cabeza de Vaca.
—Mas no parecen estar aquellos aquí; son parecidos, sí, pero serán de otra
tribu. Aquellos estaban muy lejos de donde nos encontramos ahora. Hemos
caminado mucho. Y son gentes muy guerreras —señaló Dorantes.
—No nos han hecho ningún daño y tras capturarnos nos han tratado bien.
Aunque desconfían —terció Castillo.
—Bueno, a mí casi me parten la cabeza de un hachazo —se quejó
Estebanico.
—Calla, Negro, que te dieron de plano y tienes la cabeza muy dura —
replicó Dorantes, que gustaba de hacer chanza de todo a quien había sido su
sirviente y ahora ya era más un compañero—. No te la parte a ti ni una maza
de hierro.
Aunque estuvieran maniatados, todos se echaron a reír, lo que sorprendió
a los indios que les rodeaban y no dejaban de observar hasta su más mínimo
gesto.
Al rato les quitaron las ataduras de las manos y se las pusieron otra vez en
los pies. Les trajeron de nuevo viandas, en esta ocasión en abundancia, y entre
ellas tasajo que supieron era de vaca, pues se lo señalaron remarcando aquel
tatanka que no se les caía de la boca, y agua fresca. Luego se quedaron a
verles comer. Les agradó que apreciaran su carne. Lo cierto es que a los
castellanos les gustó, y mucho. Así lo manifestaron, con profusos gestos de
satisfacción, agrado y gratitud, y ello complació a sus captores. Ellos entonces
también se rieron señalándoles a los demás mientras comían y aún les trajeron
más.
—Bueno tatanka, muy bueno —alcanzó a decir con gestos Álvar,
tocándose la tripa cuando acabaron de comérselo todo.
Los indios lo corearon con gran regocijo.
Cabeza de Vaca pensó que no era mala señal ni la risa ni que les dieran de
comer carne. Los cuatro se sosegaron mucho y dieron gracias a Dios porque
no habían perecido y le pidieron que les ayudara un día más.
No tardó mucho en producirse una cierta conmoción y un inquieto rebullir
entre aquellas gentes, y los españoles entendieron que algo estaba por suceder
y que les atañía a ellos. Aparecieron, con mucha pausa y ceremonia en su
andar, varios hombres, que supieron que eran sus principales. Algunos
ancianos, uno con la cabeza y la frente cubiertas por una máscara y otros de
imponente porte, entre ellos el jefe de la partida que los había capturado.
Habían visto que hombres y mujeres llevaban largas cabelleras sueltas, pero
los hombres se hacían una especie de moñete que algunos adornaban con
plumas de aves rapaces, una, dos o más, según los casos. El pelo de los
jóvenes era muy negro y lo llevaban cuidado y reluciente; el de los ancianos
blanqueaba con la edad, pero todos ellos en su andar y gestos denotaban gran
dignidad.
Se acercaron despacio, y el que llevaba un copete, con el pericráneo de un
lobo que le tapaba la cabeza, donde emergían las orejas del animal y se
adelantaba por la frente hasta llegar el hocico a tapar su nariz, comenzó a
hablarles con expresivos gestos y ademanes. Álvar comprendió que era su
hombre medicina y lo escuchó con mucha atención y respeto, recordando al
que había conocido en Mal Hado. Sabía que su palabra tendría mucha fuerza
entre los suyos y su vida podía depender de ella. Consiguió entender que les
interrogaba sobre el lugar del cual venían, y si eran ellos los que sanaban y
habían estado el pasado invierno con los comanches.
Logró contestar lo que pudo utilizando gestos y algunas palabras
aprendidas de los últimos indios con los que habían permanecido. Observó la
expresión de sorpresa y comprensión de los indios al oírlas y vio que lo
entendían. Sí, dijo, sanaban, tenían ese poder por la gracia de Dios. Acto
seguido, Álvar hizo la señal de la cruz, se santiguó y comenzó a rezar en muy
alta voz el paternóster en latín, puesto que conocía la antigua lengua. Le
contestaron en castellano los otros tres y repitieron la operación con el
avemaría. Al final se santiguaron y Álvar los bendijo a todos, indios
incluidos, haciendo de nuevo la señal de la cruz.
Se hizo un inmenso silencio que solo fue roto por cuchicheos inquietos.
Eran sin duda los que habían estado con los comanches y que tenían gran fama de hombres que sanaban la enfermedad y que poseían inmensos
poderes. Uno de los ancianos preguntó si era verdad que antes habían topado
con otras de sus gentes. A Cabeza de Vaca se le iluminó la cara e hizo el
esfuerzo máximo por que lo entendieran. Su salvación dependía de ello.
—Sí. Gentes como vosotros nos encontraron y compartieron su fuego al
lado de la Gran Agua que quema la boca. Hacedlos venir y ellos os dirán de
nosotros —respondió.
Los indios asintieron. Además les advirtieron:
—Están viniendo. Ellos dirán si decís verdad.
El cortejo, sin más palabras, emprendió la marcha. Sus captores entonces
los levantaron del suelo y los llevaron bajo un cobertizo de piel que les habían
dispuesto para que pudieran estar algo mejor. Los dejaron descansar y ellos
esperaron con ansiedad que la llegada anunciada se produjera cuanto antes,
pero estaban muy cansados, habían comido en abundancia y a nada, allí a la
sombra, el sueño los venció y acabaron por dormirse.
Bajaba ya el sol hacia su ocaso cuando vinieron a despertarlos y ante ellos
estaba aquel Jefe Joven, que ya no lo era tanto, con el que Álvar había hecho
relación en Mal Hado. Se alegró mucho de verlo, sonrió con alivio, pero aún
fue mayor su dicha cuando el indio lo señaló con el dedo.
—Álvar —dijo, y con la palma extendida lo saludó.
Cabeza de Vaca le había repetido muchas veces su nombre en el tiempo
que pasaron juntos y el indio no lo había olvidado. Tampoco había olvidado
aquel encuentro cuando, tras el definitivo naufragio, todos se habían quedado
en cueros vivos y hubieron de pasar aquel frío tan espantoso y ellos haciendo
lumbre les habían logrado salvar de morir.
Álvar extendió también su mano abierta, con una gran sonrisa
iluminándole la cara.
Luego le preguntó por el otro amigo, el Hombre Espíritu.
El rostro del indio se ensombreció de pena. Hizo una mueca triste y señaló
con un gesto amplio de partida final hacia el aire y los cielos. Álvar levantó
también la cabeza e hizo la señal de bendición que el indio recordaba a la
perfección de su despedida.
El comprobar que lo dicho era cierto y que el jefe de la tribu del este era
amigo de ellos tranquilizó ya por completo a los indios. Él mismo les quitó las
ligaduras que aún les ataban los pies y los invitó a acompañarle al lugar del
campamento donde se había instalado con los suyos, si bien antes debían
presentarse ante el consejo de ancianos y jefes. Él previamente les había
relatado su anterior encuentro y que entonces eran más, pero que su gran canoa había desaparecido, que algunos habían muerto ahogados, que los de su
gente habían llorado con ellos su desgracia y les ayudaron; que luego se
encontraron con otros más pero que todos estaban muy débiles y se
marcharon dejándoles allí porque no los podían llevar con ellos y los
barbudos blancos prefirieron quedarse y que los creeks se los llevaron con
ellos a la isla.
Álvar completó el relato diciéndoles que de todos ya solo quedaban ellos
cuatro, que no tenían arma alguna de las que habían visto y que venían en paz
y pedían que los acogieran.
Eso convenció ya del todo a los jefes, que les dejaron ir por completo
libres. Los españoles se marcharon con su protector, al que Álvar comenzó a
llamar desde aquel momento Socorro de Dios, pues nunca había logrado
pronunciar bien su nombre por mucho que el otro se lo había repetido. Él sí
que había memorizado el suyo.
Pronto comprendieron que entre aquellos indios no tendrían dificultades,
siempre que hicieran, eso sí, lo que ellos les mandaran y que eran por ahora
los trabajos que solo realizaban los muchachos y las mujeres. Traer leña fue
su principal obligación, y no resultaba fácil encontrarla en aquellas extensas
planicies.
Todas las tribus y grupos allí reunidos estaban muy excitados por la
perspectiva de ir a cazar tatanka. Casi se olvidaron por completo de los
barbudos y el negro porque toda su atención e interés estaba centrado en la
cacería. Cada día a poco de amanecer regresaban los batidores y la
expectación iban creciendo.
A los tres días de estar allí vieron partir a varias escuadras de cazadores,
cada una en diferente dirección. Álvar entendió que tenían muy bien
localizado el gran rebaño y que pensaban que estaban en el lugar propicio
para que la caza fuera buena y estaban preparando las diferentes emboscadas
para rodearlo.
Iba a ser una gran cacería; esperaban abatir a muchos animales y
conseguir carne para todo el invierno. Durante buena parte de la mañana
fueron saliendo cazadores del campamento y a mediodía tan solo quedaba un
último grupo de hombres, los ancianos, los niños, las mujeres y los cristianos.
Entonces se dio la orden de levantar las tiendas y ponerse en marcha.
Vieron con qué gran rapidez lo hacían. Empaquetaron su impedimenta en
fardos que cargaron a la espalda o en angarillas de las que tiraban ellos y los
perros que tenían. Los canes con unas correas y ellos con otras más largas,
conque entre todos, humanos y bestias, tiraban de la angarilla hecha con una piel sujeta a dos largos palos ligeros cuyas puntas arrastraban por el suelo.
Las correas de cuero mordían la piel, y los españoles lo supieron bien porque
ellos también hubieron de cargar y no precisamente con las que llevaban los
fardos más pequeños y livianos. Se acordaron entonces mucho más que nunca
de los caballos y de qué gran utilidad tendrían para aquello, aún más si en vez
de reposar los palos en el suelo tuvieran carros y ruedas. Resultaba evidente
que los indígenas no conocían aquello. No disponían de caballos, estos ni
siquiera los habían visto jamás, y los que sí habían enfrentado a los que ellos
montaban antes de su desdichada peripecia les profesaban un gran miedo.
Álvar meditó, sin embargo, que si estos con los que ahora estaban aprendían
de su utilidad, a domarlos y montarlos, iba a ser muy difícil el imponer
dominio alguno sobre ellos. Mejor que de caballos no supieran.
El campamento en marcha guardaba, y como soldados lo contempló con
asombro, su disciplina y formación. Unos cuantos guerreros caminaban
delante, a cierta distancia, otros flanqueaban la columna y otros, el grupo más
fuerte, protegía la retaguardia. Socorro de Dios, que era a quien se había
encomendado la dirección de la partida, iba delante de todos con otros jefes y
sus mejores cazadores.
Ellos no cargaban fardos, sino que llevaban muy prestas sus lanzas y sus
arcos. Entre ellos, en el grupo delantero, Álvar reconoció a uno de los nativos.
Era el muchacho que le había rescatado sus escritos. Caminaba muy digno y
con el cuerpo muy envarado, pero al verle ya no pudo reprimir su alegría y se
vino hacia él, tras hacer un gesto a Socorro de Dios, al que este asintió, para
saludarle. Le mostró con mucho orgullo el arete de hierro que le había
regalado y que llevaba al cuello como si se tratara de un gran talismán. Luego
volvió al trote a su lugar en la cabecera de la marcha, detrás de su jefe.
Los guerreros permanecían muy atentos a que nadie quedara rezagado y si
era preciso ayudar a alguno que no pudiera mantener el ritmo de la marcha.
Sin embargo, no era preciso. Aunque algunos fueran muy viejos o se les
notara que habían de realizar un gran esfuerzo, no mostraban a los demás
signos de debilidad.
A los castellanos les asombraban aquellas gentes, tanto los hombres como
las mujeres. Ellas iban más tapadas que las de otras tribus que habían visto
hasta entonces. Las de los flecheros tatuados iban como ellos casi por
completo desnudas, y las otras que habían ido viendo por los diferentes
poblados apenas si se ponían una falda para taparse sus partes íntimas,
llevando al aire los pechos. Algunos de los españoles cuando llegaron al
principio a sus poblados habían tenido coyunda con ellas. De los supervivientes, a Álvar, quizá por su debilidad, hambre y angustia, nada le
habían atraído. El Negro y Dorantes sí habían gozado de ellas siempre que
habían podido hacerlo, y Castillo, aunque de esto hablaba también poco,
reconoció haberlo hecho alguna vez. Ellas solían aceptar con cierta facilidad,
como si a ello no le dieran importancia alguna.
Estas indias parecían también en esto diferentes. Vestían camisas y faldas
de cuero y calzaban mocasines. Gustaban mucho de adornos, que se ponían
en el pelo, en las muñecas y en los tobillos. Tanto las suyas como las
zamarras de los hombres estaban muy bien cosidas, eran de cueros finos y
suaves. Ellos, además de las plumas, lucían también adornos y se pintaban
con pinturas la piel, sobre todo la cara. En ello parecían coincidir muchas
tribus, aunque los flecheros eran los que más afición tenían a tatuarse hasta
llenarse el cuerpo por completo. Lo que los tatuajes debían significar para
ellos en cuanto a rango parecían representarlo allí las plumas que los hombres
llevaban prendidas en el pelo o los copetes de los que habían dejado atrás.
Las mujeres que estaban ya emparejadas con un hombre eran las más
adustas con los españoles, y las viejas, las peor malcaradas y gritonas con
ellos, pero las más jóvenes no dudaban en mirarlos y señalarlos y hasta reírse.
Estebanico seguía presto su juego y Dorantes, con menos gracia, también lo
hacía. Castillo miraba a hurtadillas y Álvar intentaba mantener cierta
gravedad en su andar y mirar, pero lo cierto es que tal y como iban vestidos y
cargados bien poca podían mantener.
Caminaron todo lo que restaba del día sin detenerse y cuando el sol ya
declinaba llegaron hasta ellos a la carrera algunos exploradores que les
ordenaron desviarse un poco y los condujeron a una depresión entre unas
lomas, un pequeño valle, donde se detuvieron; se comenzó a volver a montar
el campamento, aprovechando que un regato de agua pasaba bastante cerca de
allí. Levantaron las tiendas, pero aquella noche no se encendió fuego alguno.
Tatanka estaba cerca y podría olerlo y huir. Había que evitar todo lo que
pudiera asustarlo. Comieron tasajo y algunos frutos secos y luego durmieron.
Antes del amanecer, el grupo de cazadores que se había quedado en las
tiendas salió a juntarse con los demás. Álvar, que había permanecido casi en
vela atento a ello, suplicó a su amigo que lo llevara con él. Este se resistió,
pero al final cedió, advirtiéndole que si no podía seguirle en la carrera, pues
era el paso que iban a llevar, lo dejaría atrás. Tampoco podría participar en la
cacería. Tan solo podría contemplarla y se quedaría cerca; se le hacía el honor
de permanecer junto al hombre espíritu del clan que lo había capturado, Cabeza de Lobo, y otros ancianos que ya por edad tampoco participaban en la
caza.
Álvar aguantó a duras penas el trote, sostenido y rápido, que sus
compañeros impusieron nada más salir, y solo a fuerza de orgullo y de
sufrimiento lo soportó. Casi sin resuello y echando el bofe consiguió al fin
llegar al encuentro con el grueso de los cazadores. Le miraron con estupor y
algunos con manifiesto desagrado, pero Cabeza de Lobo, el chamán, lo
acogió a su lado y cesaron las malas miradas. Sin mediar apenas palabras
todos reiniciaron la marcha, ahora ya cada vez más cautelosamente. Era un
paraje de sucesivas ondulaciones que se alzaban un poco más y se elevaban
hacia el este, por donde comenzaba a despuntar la alborada y el sol naciente,
aún sin asomarse todavía a la tierra, teñía de naranja los cielos. Cada día,
como todos desde su desgracia, Álvar elevó una oración a Dios dándole
gracias por haberle permitido ver otro amanecer; esa jornada lo hizo con
particular gratitud y suplicó en su pensamiento que la caza fuera buena para
sus amigos.
Los indios se estaban desplegando. Habían dejado a Álvar y al chamán
tras un montículo, tumbados en el suelo, a la vista ya del gran rebaño, del que
algún mugido les llegaba al oído y cuyo movimiento y algunas siluetas
empezaban a divisarse con las primeras luces del cielo.
Álvar observó cómo sinuosamente los indios se acercaban al rebaño, y
entonces se fijó en algo sorprendente. Los que se deslizaban por delante de
todos se habían envuelto en pieles de bisontes e incluso sobre la cabeza se
habían puestos sus testuces; andaban como si lo hicieran a cuatro patas y
aprovechando los pocos arbustos y algún mínimo desnivel se iban acercando
cada vez más a los animales. Estos caminaban pastando con poderosa y
parsimoniosa tranquilidad, ajenos por el momento a cualquier peligro y
confiados en su fuerza y en la del inmenso rebaño.
Todo se desarrollaba en el mayor silencio, aunque se percibía en el suelo
el rumor de la gran manada en movimiento. A poco, a Álvar ya le costó
mucho distinguir dónde se encontraban los cazadores indios, pues habían ido
camuflándose en los escasos accidentes del terreno. Solo prestando mucha
atención podía llegar a distinguir a veces alguno aquí o allá por algún
movimiento, y a uno de ellos porque un primer rayo de sol hizo brillar una de
las plumas que llevaba.
No supo quién disparó la primera flecha ni quién arrojó la primera lanza,
ni cuándo lo hicieron, tan solo alcanzó a ver que ya había comenzado la caza
cuando un bisonte joven empezó a hacer movimientos extraños, a corvetear, y sobre él llovieron varias flechas más hasta que tras un salto y una carrera se
desplomó pataleando en el suelo. Entonces ya vio que otros cazadores se
movían, brotaban del suelo y se desplazaban con gran rapidez en pequeños
grupos cercando a alguna presa y asestando contra ella sus lanzas. Otros, de
rodillas, flechaban hasta que se les acababan todas las saetas del carcaj. La
manada para entonces ya había comenzado a correr huyendo del lugar donde
se había iniciado el ataque. Cuando los animales intentaron dirigirse hacia el
oeste, allí se levantó ante ellos, emergiendo desde detrás de una loma, otra
línea de cazadores que ahora gritaban profiriendo largos y agudos alaridos al
tiempo que descargaban sus flechas. No detuvieron la estampida de las bestias
pero consiguieron hacerles rectificar su dirección y torcerla de nuevo hacia el
este, a los montes sobre los que ya salía el sol. El rebaño estaba lanzado, en su
totalidad y por todo el espacio que abarcaban los ojos, a una atronadora huida.
Álvar comenzó a sentir que el suelo en el que estaba echado retumbaba y
temblaba bajo el imponente repicar sobre él de miles de pezuñas. Después ya
todo fue polvo, estruendo, indios que saltaban y corrían tras algún animal
rezagado para intentar rodearlo o tratando de rematar a alguno herido. A su
paso por las onduladas colinas en dirección a naciente, la gran manada se
conjuntó y las ensombreció al cruzarlas.
Ensimismado en aquel movimiento, en aquel retemblar de la tierra, sin
noción del pasar del tiempo, Álvar Núñez Cabeza de Vaca contempló la
cacería hasta que en algún momento toda aquella ingente cantidad de
animales desapareció de su vista; ya solo se podía vislumbrar un manchón
lejano moviéndose en el horizonte hacia la sombra de los montes tras los que
se había levantado definitivamente el sol.