Cabeza de Vaca

Antonio Perez Henares · Capítulo 28 de 35

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Cabeza de Vaca

Capítulo 16

16

 

La Barranca del Cobre

 

La costa no tiene maíz y comen polvo de bledo y de paja y de pescado que toman en la mar con balsas, porque no alcanzan canoas.

 

CABEZA DE VACA, Naufragios

 

Castillo, Dorantes y Estebanico apremiaron a Álvar a partir cuanto antes, pues

las nieves no iban a tardar en llegar y era mejor estar en la costa que en

aquellas altas montañas, en verdad muy frías. Debían comenzar el descenso

sin dilación y no podían demorarse ya ni un día si querían llegar al mar y dar

de una vez con los cristianos, de los que seguía sin haber sin señales.

Tampoco los raramuris habían visto jamás gentes semejantes a ellos.

El chamán aún quiso retener a Álvar. Había llegado a la conclusión de que

era verdad su procedencia de los cielos y hubiera deseado que se quedara con

sus gentes para protegerles. No obstante, hubo de aceptar la despedida. Les

dieron pinole para el camino y algo de carne, y no faltó una calabaza con

tesgüino. En un aparte, el chamán hizo algo más para Álvar en un envoltorio

y de manera muy disimulada le entregó su gran ofrenda. Un hongo de peyote,

en cuya ceremonia había participado y cuyas virtudes le enalteció.

—Si un hombre lo lleva en su cinturón, el oso no podrá morderlo, el

venado no podrá huir y ni los apaches lograrán encontrarlo. Que el Sol, la

Luna y el Lucero de la Mañana te acompañen y que concluyas tu camino —le

dijo mientras ya llegaban al punto de la despedida.

Se trataba de una gran barranca desde donde la sierra se desplomaba hacia

las tierras cercanas a la costa. Una barranca que al atardecer relucía bajo los

rayos de sol como si en vez de piedra fueran sus paredes de cobre. Desde lo

alto al asomarse era tal el escenario que ni siquiera aquella cascada que

habían contemplado lo superaba[46].

Era el divisadero más hermoso al que se había asomado en la tierra

hombre alguno. Ese nombre le pusieron[47]. La impresionante barranca

descendía y en todo su descenso aparecía cuajada de vegetación de árboles,

arbustos y plantas de todo tipo de gran verdor y hermosura que expandía y

absorbía la mirada. Regatos de agua corrían y brillaban serpenteando por ella. Las plantas trepaban incluso por las paredes logrando aferrarse y crecer en los

sitios más inverosímiles.

—Diríase que es la bajada al paraíso —exclamó en medio del silencio el

capitán Castillo.

Como si del paraíso procediera, una mínima avecilla como un moscardón

grande, que batía las alas a velocidad increíble, zumbando como una gran

abeja, vino a quedarse suspendida en el aire ante sus ojos. Con un giro

prodigioso se acercó a una de las pocas flores que aún quedaban en el

resguardo de las piedras y se puso a libar en su corola con su largo pico. Los

irisados colores del avecilla, verdes, rojos, azules, brillaban como si de

relucientes escamas se tratara y variaban de color según la luz que en ellos se

posaba[48].

—Sin duda del mismo paraíso ha de venir por fuerza un ave tan delicada y

hermosa —respondió Álvar.

La bajada por la Barranca del Cobre aún fue más bella cuando, al

atardecer, el sol poniente iluminó los farallones de piedra. Y en verdad podía

parecer ser la puerta del paraíso, pues todo en ella crecía, florecía y

fructificaba. Había tunas por doquier y de todas las especies. Miraban los

cactus y las chumberas y recordaban sus idas y venidas con los indios

mientras las buscaban con ansia, pues solo cuando la tuna estaba en sazón era

el único tramo del año en que no pasaban hambre. Allí, cuando estas

estuvieran en su colmo, habría suficientes para que se alimentaran tribus y

naciones enteras. A Álvar, aunque ahora no era tiempo casi, se le vino a la

boca su sabor y el gusto de su zumo.

Cuando llevaban bajado ya buen trecho el calor comenzó a sentirse y las

ropas fueron estorbo. Si allá arriba las habían precisado, pues durante las

noches ya mordía el hielo, aquí estas no hacían sino que hacer sudar a los

viajeros tanto que al final se despojaron de ellas y prosiguieron tan solo con

sus taparrabos y mocasines.

Acamparon ya puesto el sol, casi a la salida de la barranca, que ya se

había ido rebajando desparramándose, ensanchándose y dividiéndose en

varias. Hicieron fuego. Comieron pinole y algo de tasajo. Luego durmieron.

Los indios les habían dicho que a poco y en apenas unas jornadas se

encontrarían a la orilla del Mar del Sur al que tanto ansiaban llegar.

En verdad así fue, pero no estaba precisamente allí el paraíso. Salidos de

la barranca, aquella sensación se desbarató de inmediato. Avanzar por la selva

resultó penoso y había que andar con cuidado, pues no tardaron en ver que

había muchos árboles y plantas ponzoñosos; además, los mosquitos comenzaron a torturarlos de nuevo. Cuando encontraron al fin algunas casas,

ya llegados al mar, vieron que eran de gentes que vivían muy pobremente y

mostraron tenerles mucho miedo. No tenían plantaciones de maíz y comían en

su sustitución polvo de bledo y algunas plantas y pajas que recogían. Sobre

todo se alimentaban de pescado, al que iban a coger con unas balsas con las

que navegaban. Las mujeres se tapaban sus vergüenzas con hierba y paja. Con

palos, cañas, hierba y paja construían también los endebles bohíos donde

moraban.

Era aquella tierra muy pobre y nada tenía que ver con la anterior por

donde habían pasado, donde los pueblo cultivaban aquel extenso territorio de

más de mil leguas. Álvar se decía que en cuanto dieran con los cristianos les

comunicaría que había de ser hacia aquella tierra anterior donde debían

dirigirse.

De todos los poblados costeros indios que fueron recorriendo, donde les

recibían con cierto temor pero sin agresividad alguna y que les parecieron

apocados y tristes, tan solo unos indígenas, cuando ya habían decidido dejar

la costa y volver a subir y adentrarse en tierra firme, les sorprendieron por su

vivacidad y alegría. Llamábanse huicholes y eran de porte esbelto, tanto los

hombres como las mujeres, y estas muy lozanas y hermosas. Al igual que

todas las de aquella costa solo se tapaban de cintura para abajo y muy

escuetamente con hierbas, hojas y paja. Se adornaban el pelo, que llevaban

muy largo, con guirnaldas. Estos indios eran de sonrisa siempre a punto y

muy hospitalarios. Tenían tratos con los pueblo, que les habían hablado de los

sabios chamanes blancos, pues eran con quienes trocaban sus plumas y

penachos de aves muy hermosas que valoraban en mucho. A una de las aves

especialmente, de hermosísimas plumas en la cola, y además considerada

sagrada, la llamaban quetzal y decían que era el ave de los dioses. Dorantes,

que había tenido entre los suyos gentes de la Nueva España, les dijo que el

gran indio Moctezuma las llevaba y sus hombres daban mucho oro por ellas.

Los huicholes no mataban a los quetzales, sino que se limitaban a recoger las

plumas que estos perdían. El recibimiento que les dieron fue mucho mejor y

más obsequioso que en los poblados anteriores, y los llevaron a unos árboles

donde solían posarse aquellos pájaros para que pudieran verlos; allí iban las

aves a alimentarse de aguacatillos, su fruta favorita. Consiguieron entreverlos

aunque muy ocultos entre las ramas. Cuando alguno voló pudieron admirar su

belleza, pero no encontraron en el suelo pluma alguna suya. Sin embargo, a la

noche, el que parecía el principal de ellos le regaló una a Álvar en señal de

deferencia, algo que los otros no pudieron dejar de envidiar.

Los huicholes pescaban mejor que los indios anteriores, pues entraban al

mar con buenas canoas, tejían muy eficaces redes y construían útiles nasas

para los bajíos. Tenían gran gusto por pintar cosas, fueran piedras o cueros, y

lo hacían muy lucidamente con bellos colores que extraían de las plantas o

haciendo polvo algunas rocas. También se pintaban su propio cuerpo. Tenían

dioses parecidos a todos los de los demás indígenas, pero se diferenciaban con

una deidad propia a la que veneraban mucho, pues afirmaban que era la más

propicia para con ellos. Llamaban Aramara[49] a esa diosa del amor y la

fecundidad. Habitaba en una isla que había enfrente de la costa, a muy poca

distancia, y a ella iban las parejas a pedirle que les concediera sus placeres y

les otorgara descendencia. Los huicholes eran gentes muy dispuestas a la

alegría y al amor, y sus jóvenes lo practicaban sin estar casados con

desenvoltura y tal desparpajo que a Álvar lo escandalizó un poco, si bien los

otros, y él incluso, no tardaron tampoco en disfrutar de la costumbre.

Dejaron la costa y ascendieron a la planicie, donde también seguían

viviendo indios de esa misma lengua. En todos los lugares que cruzaban

preguntaban con insistencia por gentes que se les parecieran. Solo obtenían

negativas y se desesperaban.

Los huicholes habían comenzado también a tratarlos como enviados de

los dioses, a agasajarlos, recibirlos y acompañarlos, y de nuevo les precedía la

fama de grandes sanadores y hechiceros, que hacían bienes y bondades a los

indios. A poco también, de un poblado a otro, se desplazaban crecientes

multitudes con ellos y los seguían por los valles y los montes.

Llegaron fuertes y duraderas lluvias y no pudieron avanzar porque se

desbordaron los ríos. Uno les impidió el paso y hubieron de quedarse medio

mes allí. Una vez alcanzado de nuevo el altiplano se presentó de repente lo

que tanto tiempo habían estado esperando y tanto habían anhelado, rogado al

Altísimo y desesperado en ocasiones de no hallar nunca. Con ello había

topado Castillo, que se acercaba a ellos con algo en la mano y gritando como

un loco: «¡Cristianos, cristianos!».