Cabeza de Vaca
Capítulo 2
2
La estirpe, la Cazadora y la caña
Álvar Núñez Cabeza de Vaca, hijo de Francisco de Vera y nieto de Pedro de Vera, el que ganó Canaria, y su madre se llamaba doña Teresa Cabeza de Vaca, natural de Jerez de la Frontera.
CABEZA DE VACA, Naufragios
Antes de iniciar la travesía, Trifón había hecho ya por arrimársele. El
alcarreño, metido a marinero pero más ducho que un trianero en todas las
mañas y habladurías de los puertos, había descubierto quién era y que además
de serlo tenía aún mejores padrinos, como los muy poderosos duques de
Medina Sidonia. Pensó en el dicho del árbol y la sombra y entendió que era
Álvar el idóneo al que arrimarse en busca de su cobijo. Sea como fuere, este
iba a ser su último viaje, entre otras cosas porque ya las fuerzas le menguaban
y lo cierto era que de los anteriores no había sacado ni donde caerse muerto.
Así que lo tenía bien pensado. De este no volvía. O si volvía era para no pisar
nunca más la cubierta de una nave y pasar lo poco que ya le quedara de vida
pisando tierra y que fuera suya aunque se tratara de ásperos terrones de
secano.
Algo vio en el de Jerez de la Frontera que lo distinguía del resto de los
oficiales, algo que no sabía decir qué era pero que le aproximaba a él. Quizá
su trato no resultaba tan adusto y despectivo como el de los demás altos
oficiales de la escuadra, y en particular el de Narváez, y se asemejaba más al
de otros capitanes castellanos, rudos pero también más campechanos, aunque
no era tampoco parejo a ellos, pues pronto notó que era hombre ilustrado; a
veces lo veía leer algún libro que llevaba y hasta un día, ya en la nao, observó
con admiración que se afanaba con la pluma en un pergamino que luego
guardó cuidadosamente con todo el recado de escribir y custodiaba como el
mayor de sus tesoros. Al comprobar que gustaba de andar a solas en los ratos
en los que no tenía obligaciones ni lo requería Narváez, el Viejo buscó no
mantenerse lejos de él esperando que se presentaran las ocasiones y atenderle
en lo que pudiera. Y al final vino a resultar, ya antes de llegar a las Canarias,
que don Álvar con quien más hablaba y con quien más tiempo pasaba era con Trifón el Viejo. Linajes aparte, hasta pudiera decirse que había surgido
amistad entre ambos hombres.
Pero la estirpe sí importaba. Formaba parte de uno mismo y Álvar sentía
depositada en él la de sus ancestros. Ello sí estaba en su recuerdo, aunque
fuera escaso el de sus propios padres, pues había quedado huérfano ya hacía
muchos años. Francisco y Teresa, el uno un Vera, su madre una Cabeza de
Vaca, y al fondo sus abuelos doña Catalina y don Pedro de Vera, a quien,
aunque sombra de lo que había sido, casi inválido y sin poderse valer por los
dolores, había conocido y con quien había convivido en los últimos años de
su vida. Ahora él, Álvar, era considerado por todos el cabeza de aquel linaje,
aunque fuera ya el de los Cabeza de Vaca el que portara con igual orgullo o
más si cabe.
Aquello tenía su aquel y se encontró un día intentando explicárselo a
Trifón, que hizo como que le atendía pero que se perdió enseguida en lo
enrevesado de las genealogías. Pero fue lo suficientemente cuco como para
que el otro creyera que era lo que más le interesaba, y en parte así era, pues
aún quedaba algún día para divisar tan siquiera La Gomera, que era la isla a la
que se dirigían.
Porque el abuelo Vera se había casado tres veces, y Álvar tenía por esa
parte y como abuela por el lado paterno a su segunda mujer, Beatriz de
Hinojosa, fallecida hacía tiempo. Mas resultaba que la tercera de sus mujeres
era también, y no postiza, su abuela por vínculo de sangre, en este caso
materna, pues doña Catalina de Zurita, acaudalada heredera y viuda del
veinticuatro de Sevilla, Pedro Cabeza de Vaca, había tenido, antes de casar
con el abuelo, dos hijas, la una Beatriz de nombre y la otra Teresa, que era la
señora madre de Álvar. O sea, que su abuela viuda materna se había
terminado por casar con su abuelo paterno, don Pedro, tiempo después de que
el hijo de este lo hiciera con la hija de ella. Vamos, que el abuelo, hasta ahí
logró llegar Trifón con el enredo, se había casado con su consuegra, que por
cierto era quien lo había cuidado y bien en sus últimos años de vida. Hijos,
claro, ya no tuvieron.
Por ese parentesco además le venía a Álvar otro con el que había
considerado su mejor mentor, mucho más que sus otros tíos de sangre, pues
este había sido Pedro de Estopiñán, al que siempre había querido y por el que
siempre se sintió cobijado. Y si el abuelo Pedro de Vera había sido el
conquistador de las Canarias, algo que todos los vástagos de la casa sabían
desde que aprendían a entender las palabras de los mayores, el tío, otro Pedro,
de Estopiñán, lo había sido de Melilla, la que arrebató a los moros de la Berbería. Si las hazañas y el prestigio del abuelo Vera parecían haberse
ensombrecido y su posición ante los grandes y ante los propios reyes haberse
esfumado y no gozar de su gracia, el caso de Estopiñán era muy diferente,
pues hasta el fin de sus días se le tuvo en alta estima y gozó del favor del gran
duque de Medina Sidonia, con quien el Vera siempre había estado enfrentado,
así como de la reina Isabel y el rey Fernando, de cuya protección disfrutó
hasta su muerte.
Que vinieron a ocurrir ambas casi a un tiempo. Pero mientras el Vera lo
hizo decrépito y dado de lado, al de Estopiñán solo su propia muerte privó de
haber servido como adelantado y gobernador general de las Indias, cargo para
el que el rey Fernando le había designado prefiriéndolo a los mismísimos
Colón y Nicolás de Ovando, que a la postre sí llegarían a ejercerlo, tras
fallecer Estopiñán antes de haber podido embarcar rumbo a su destino.
La relación de los Vera con los Estopiñán provenía de antiguo, al ser
ambos personajes ya nacidos y avecinados en Jerez, aunque los primeros
provenían de Aragón, de las estribaciones del Moncayo, y los dos hermanos
del conquistador de Melilla habían estado junto al Vera en la conquista de
Canarias. Si bien de inicio este se las había tenido tiesas con el duque de
Medina Sidonia, el otro había sido desde muy temprana edad paje suyo,
acogido por él y tenido en la mayor de las estimas hasta convertirse en su
mano derecha y hombre de plena confianza. Se contaba como su primer
servicio y gran hazaña, aun siendo muy joven, el haber salvado a la propia
duquesa doña Leonor de Estúñiga, que se había acercado a Conil para
contemplar en el mar la pesca del atún en las almadrabas. La duquesa había
embarcado y los pescadores se afanaban en lograr que el máximo número de
atunes acabaran en la trampa final para allí lanzarse al agua e irlos atrapando
y degollando hasta que el mar se tiñera de rojo. Aquella pesquería era la más
señalada fecha del año y de su fortuna dependían la vida de muchas gentes del
mar y también las rentas de la casa de Medina Sidonia.
Inadvertido por el trajín y en medio del tumulto, un barco de piratas
berberiscos consiguió introducirse entre los pesqueros y abordar a uno de
ellos, cogiendo prisionera a toda la tripulación. Pedro de Estopiñán se
encontraba en el de la duquesa, como contador del duque don Juan y
acompañante de la señora. Tomó un pequeño bote y con algunos de los
marineros más dispuestos y aguerridos se dirigió a parlamentar con los piratas
y subió solo a bordo del navío corsario. En la cubierta, el jefe pirata se
pavoneó ante él de su audacia, mientras se reía de la juventud del emisario; le exigió una gran cantidad de dinero para dejar a los cautivos libres y amenazó
con degollarlos si no se la daban e izar velas y largarse de allí.
Entonces fue cuando Estopiñán se abrazó por sorpresa al sarraceno, lo
arrastró hasta la borda y se tiró, con el moro bien sujeto, al agua. Allí atentos,
sus marineros los recogieron a toda prisa y a golpe de remo se alejaron en
dirección a sus barcos. Y ahora, si los unos tenían en su poder un barco y su
tripulación, los cristianos tenían prisionero a su jefe. La negociación se
resolvió con un canje, prisioneros y barco apresados a cambio del capitán
pirata, y la gesta de Pedro de Estopiñán fue celebrada y pregonada a los
cuatro vientos, sobre todo en su Jerez, donde no hubo asunto más mentado
durante aquel año.
Pero la figura que a Álvar le había infundido más respeto durante su
infancia, y hasta algún miedo, y ahora venía a su memoria al avistar las
siluetas de las islas de las que tanto le habían hablado de niño, era, sin duda
alguna, el abuelo Pedro de Vera, cuya imagen asomaba a su recuerdo como la
de un anciano imponente y alrededor del cual todos procuraban hablar quedo.
Era el patriarca de la familia y al que hijos, sobrinos y nietos consideraban
como el cabeza del clan al completo en Jerez de la Frontera. Había sido, y se
proclamaba así ante todo el que quisiera oírlo y aunque no quisiera también,
el conquistador y definitivo pacificador de las islas Canarias, pese a que sus
méritos no hubieran sido lo suficientemente recompensados y hubiera hasta
quienes murmuraran de él y convirtieran sus hazañas en vilezas. En particular
si quienes las comentaban eran gentes de la casa del duque de Medina
Sidonia, con quien don Pedro siempre había estado ferozmente enfrentado.
A Trifón todos los nombres le sonaban, pero de lejos y sin distinguirlos
mucho, aunque a algunos de aquellos personajes había conocido, sobre todo a
los Colón, y bien de cerca, pues fue siendo poco más que niño, y sin poco,
cuando embarcó de grumete en una de las carabelas del segundo viaje del
Almirante. Le unía a Álvar la condición de huérfano, pero en su caso sin
abuelos, ni casa, ni estirpe ni nada, y todavía más temprano, ya que su madre,
según le dijeron, murió en el parto, y por suerte lo amamantó una tía que
había ido a parir casi al tiempo que su madre y a ella fue el niño el que le
nació muerto. Ahí acabó su suerte. Siendo todavía muy chico se murió su tía,
y su padre, arriero, se había juntado con otra y se cambió tras ella de pueblo y
de él no quiso saber nada. Le quedó por todo cobijo el tío que no lo era de
sangre, aunque más de una le hizo, también recuero de profesión, y unos
primos entre los que era el último para el pan y el primero para los golpes. Le
dio por sobrevivir y consiguió cumplir una docena de años; fue cuando logró, yendo de reata en reata por todas las Castillas, llegar hasta la Andalucía y allí
saber buscarse los arrimos, en eso siempre fue ducho, hasta conseguir que lo
cogieran de grumete en un último momento porque el que estaba ajustado
para ir se ahogó al caerse de una jarcia, darse un golpe en la cabeza y hundirse
desmayado al agua.
Contaba de lo suyo muy poco Trifón, para todo lo que tenía visto y
navegado, andado menos, pues no lo consideraba en mucho y por no molestar
además al otro con sus cortedades y desdichas. Habría de pasar un tiempo
hasta que Álvar comenzara a prestarle más atención, pues en su historia había
cosas de mayor provecho y enjundia para la nueva vida que se le abría por
delante que los blasones de su familia. Pero eso fue después y resultó que iba
a ser en las propias Canarias donde la venda se le empezaría a caer de los ojos
y comprobaría que había cosas que él sabía de oídas y el otro conocía por
haberlas vivido en persona.
Canarias siempre había sido una presencia continua en la casa de los Vera
y una dolorosa referencia en la boca del abuelo, tras haber ejercido de alcaide
en muchas plazas en la frontera con los moros granadinos. Después de haber
destacado en la reconquista de Gibraltar para la Corona de Castilla y haberle
sido otorgada la alcaldía de Cádiz, les había devuelto los golpes a los moros
africanos haciéndoles entradas muy severas en sus costas de Berbería. El rey
Enrique IV le había hecho entrega del castillo de Jimena de la Frontera y ahí
había estado el origen de la enemistad con el duque de Medina Sidonia, que lo
quería para sus dominios y que aprovechaba la debilidad de la Corona, que se
tambaleaba en la cabeza del Impotente. De hecho, su debilidad era tal que
acabó por ordenar a Vera rendírselo, cosa que este hizo pero siguió enfrentado
al duque pasándose a las banderas de la casa de Marchena, cuyo cabeza,
Rodrigo Ponce de León, marqués de Cádiz, le entregó la alcaldía de Arcos de
la Frontera, desde donde siguieron tanto su hostilidad contra el duque como
sus incursiones en territorio de los nazaríes granadinos.
Su poder comenzó a ascender y alcanzó su cenit con la entronización de
los reyes Isabel y Fernando. Sobre aquellas hazañas sí que no se admitía
discusión alguna en las casas de los Vera ni en la de los Cabeza de Vaca. El
abuelo había sido un héroe y como tal era respetado. Él había pacificado y
concluido la conquista de la Gran Canaria y también de La Gomera, pues sin
su ayuda los aborígenes guanches sublevados hubieran acabado con los
españoles. Sus majestades católicas le habían enviado como gobernador de
Gran Canaria para sustituir al anterior, Pedro de Algaba, quien no era capaz
de avanzar en la conquista ante la resistencia guanche y, además, estaba enzarzado en continuas peleas entre los conquistadores. Tanto que acabó por
ser asesinado, pocos días antes de la llegada de Vera a la isla, por uno de los
capitanes ayudado por el hijo del gobernador de la vecina isla de La Gomera,
Hernán Peraza, del mismo nombre que su padre, por lo que a uno se le
llamaba el Viejo y al otro el Joven. Nada más desembarcar, Vera hizo a
ambos prisioneros y cargados de cadenas los envió a ser juzgados en la corte.
Su gran éxito fue atraerse al más poderoso de los caudillos guanches,
Fernando Guanarteme, que se hizo cristiano, prestó vasallaje a Castilla y
persuadió a muchos de sus súbditos y a otros reyezuelos vecinos de hacer lo
propio. Llegó incluso a viajar a la península y ser presentado a los reyes, que
se congratularon mucho en ello.
Del siguiente episodio se hablaba menos y se discutía algo más cuando
aparecía, pues la amistad con Guanarteme se había torcido. Entre las
prebendas que suponía su gobernación, Vera estimaba que estaba la de
capturar y convertir en cautivos a aborígenes hostiles o alzados contra los
españoles. Así que vendió a doscientos de ellos en Sevilla, lo que había sido
denunciado por el propio obispo canario Juan de Trías, y había enfurecido a la
reina Isabel, que ordenó liberarlos, pues los consideraba vasallos suyos y no
existía derecho alguno de esclavizarlos. Algo parecido había pasado con otro
contingente al que había convencido, Vera lo juró sobre una hostia que para
no caer en terrible pecado no había sido consagrada, de que embarcara rumbo
a Tenerife y con objeto de acompañar en la conquista de aquella isla a los
españoles, cuando lo que se pretendía era venderlos como esclavos. Al darse
cuenta del engaño, los aborígenes se amotinaron a bordo y fueron
desembarcados y abandonados en Lanzarote.
Guanarteme se enfadó mucho, pero en vez de sublevarse permaneció fiel
a la Corona y le envió a través de los clérigos sus quejas, y a los alguaciles de
justicia sus demandas. Mucho tiempo dieron vueltas y al cabo, ante el estupor
de Vera, hubo juicio y le otorgaron la razón al guanche. Se obligó al
gobernador a devolver muchas de las riquezas de las que, amén de los
hombres cautivados, se había apropiado.
Tras recibir refuerzos de la península, el abuelo había seguido su
conquista y el episodio más glorioso era el que él mismo había protagonizado
cuando avanzaba hacia el noroeste por las tierras del líder aborigen tenido por
el más valiente y mejor guerrero, Doramas, señor del territorio de Arucas.
Ambos se enfrentaron en batalla singular y el abuelo logró vencer y matar al
jefe guanche, cortándole la cabeza y exhibiéndola en lo alto de una pica para
escarmiento y sembrar el miedo entre los que se resistían. Tras ello Vera envió a su segundo, Alonso Fernández de Lugo, a construir una torre en el
valle de Agaete como símbolo de la toma de toda aquella parte de la isla.
Aún quedaba el núcleo central de resistencia y Vera decidió acabar con
ella. Para ello hubieron de tomar los roques más escarpados y sufrir varias
derrotas, aunque al fin lograron rodear a los resistentes aborígenes, agrupados
en torno a la princesa Arminda, considerada por encima de los guanartemes
como la heredera de toda la isla. Sin escapatoria posible, el último de sus jefes
guerreros y sumo sacerdote de Telde se suicidó, lanzándose al vacío y
despeñándose, antes de rendirse y ser hecho prisionero. Los sublevados
entregaron entonces a la princesa y Vera consideró que la conquista de Gran
Canaria había quedado concluida.
Eso no significó en absoluto que no siguieran e incluso que no se
multiplicaran los problemas. Aunque antes de que estos le costaran el cargo,
Vera sí que realizó algo de lo que se sentía profundamente orgulloso:
convirtió Gran Canaria en lugar conocido en todo el mundo, incluido el recién
descubierto, por la caña de azúcar que él había introducido. La caña constituía
la riqueza de las islas; lo fue de Gran Canaria primero, luego de La Gomera y
La Palma y a la postre pasó también a las islas orientales, en especial a
Tenerife.
Los musulmanes habían traído de tierras índicas la planta y habían
logrado aclimatarla sobre todo en la costa granadina, especialmente por la
zona de Motril, y malagueña. Los portugueses también la conocían y la
habían aclimatado con éxito en Madeira. Pedro de Vera se reservó en el
reparto de las tierras de Gran Canaria una extensa zona en la margen derecha
del riachuelo Guiniguada, ya que era preciso tener abundante agua, así como
madera, para poder poner en marcha el ingenio que hizo construir. Así se
inició el negocio que fue ya de buen principio muy suculento, pues apenas
unos cuantos años después ya había azúcar canaria por Europa y había
llegado a la misma Amberes, y los más poderosos o cercanos al poder de los
conquistadores fueron quienes se hicieron con las mejores tierras. Porque no
todas valían para este cultivo.
Solo se podía cultivar en tierras bajas, en zonas costeras o en valles
cercanos y bien resguardados y recogidos donde hubiera lluvia del cielo en
abundancia o posibilidad de riego. Pero aunque el de Vera había elegido el
mejor sitio, no fue el suyo el ingenio que mejor rendía, sino que era el de
Fernández de Lugo, en Agaete, el más próspero, construido al borde del mar y
pegado a la torre defensiva de la que este era alcaide. Aunque a la postre no le
fue bien, pues hubo de entregarlo a un genovés, socio suyo y que había puesto los dineros para su primer intento, fracasado y penoso, de conquistar Tenerife.
Así resultó que genoveses y flamencos acabaron por pintar más que nadie, y
Lisboa, encima, se erigió en la capital de su comercio.
A los Vera aún les duró algo más, aunque arrendado, su ingenio cuando
los reyes dieron puerta al gobernador y le obligaron a marcharse de las islas.
Los años posteriores a su triunfo en Gran Canaria habían sido fructíferos,
pues los reyes le habían concedido el reservarse para sí la mitad del quinto
real que correspondía a la Corona de los beneficios que obtuvieron Fernández
de Lugo y él con la venta de ganados, bienes y esclavos en las islas de La
Palma y de Tenerife, no conquistadas y por tanto incluidos sus habitantes en
el listado de los que podían cautivarse y venderse.
Las cosas iban bien hasta que todo se torció por culpa de la Cazadora.
Y de la Cazadora quien sabía mucho era Trifón, que no podía dejar de
poner mirada y gesto de picardía y exclamar:
—Cruel sería, pero ¡qué hembra, don Álvar, qué rostro, qué talle, qué
porte y qué mirada! No había otra, ni india, ni mora ni española, a un lado y a
otro de los mares, que pudiera comparársele.
Hacía entonces el alcarreño una pausa y soltaba su perla.
—Sabréis vos que tuvo amores con don Cristóbal Colón, que venían de
antes, de cuando se conquistó Granada a los sarracenos y él andaba por la
corte intentando convencer a los reyes, pero que aquí en La Gomera, donde
llegaremos yo creo que ya para mañana, siguieron, y estos ojos míos lo vieron
y dan fe de ello. ¿O por qué creéis que hacía aguada siempre aquí el
Almirante?
Ya poco les faltaba para llegar a La Gomera y repostar allí antes de
emprender el definitivo cruce de la mar atlántica, y Cabeza de Vaca recordaba
también lo que de aquella hermosa mujer había oído en su propia casa y cómo
había sido causante en buena parte de la desgracia de su abuelo.
Pedro de Vera había tenido que acudir a ayudar a su gobernador, el hijo de
Hernán Peraza. El Joven había vuelto a la isla tras haber sido perdonado por
su participación en la muerte de Algaba y, más que instado, obligado a
casarse, pero con mucho gusto por su parte, ciertamente, por la reina Isabel,
pues amén de llevarse una belleza por todos deseada era perdonado de sus
delitos y recuperaba su mando en La Gomera. Ese era el trato. Beatriz de
Bobadilla era sobrina y tocaya de la gran amiga de la soberana, a la que la
reina estimaba en mucho desde que ambas eran muy jóvenes y que siempre le
había sido leal, sobre todo en los tiempos peores y más delicados.
La sobrina, desde luego, no tanto. Bellísima, la más hermosa de las damas
de la corte, había enloquecido a muchos de los hombres más poderosos y sido
amante del maestre de Calatrava, el bravo y galante don Rodrigo Téllez
Girón, de quien sí había estado enamorada hasta que él había perecido a
manos musulmanas ante Loja en la guerra de Granada. No mucho después, en
el campamento de Santa Fe, había conocido al Almirante y, a lo que parecía,
algún consuelo había encontrado en él; hasta había quien decía que el genovés
hizo incluso oferta de matrimonio, no muy tenida en cuenta por la bella. No
reunía del todo los requisitos, entre los que la fortuna no era el menor, que
ella exigía a un futuro marido.
Su hermosura había preocupado, y con razón, a la reina Isabel, quien tenía
muchas y muy fundadas sospechas de que el rey Fernando, cuyo gusto por las
damas era bien notorio y eficaz, con la Bobadilla había pasado de las miradas
y las sonrisas al lecho y los gemidos. En su propia corte y ante sus mismas
narices, la soberana no iba a consentirlo ni a tolerarlo por más tiempo.
Enviarla casada con Peraza a la muy lejana isla de La Gomera era el mejor de
los remedios, porque bien veía ella que su esposo Fernando había sucumbido
a sus encantos, y aunque el aragonés, en estos asuntos, era de sucumbir muy
prestamente y con disposición continua, a Isabel Beatriz le supuso un mayor
peligro que la ristra de amantes esporádicas de su real marido y se la quitó de
encima. La pareja se marchó a La Gomera y la reina respiró, en lo que cabe,
tranquila.
Peraza el Joven no solo no aprendió de sus errores pasados, que casi le
costaron la cabeza, sino tampoco nada de su padre, Peraza el Viejo, que había
gobernado en paz y concordia a los gomeros. Por el contrario, eligió romper
todo pacto y acuerdo anterior pasando a requisarles a los nativos sus tierras y
animales y a cometer cada vez más excesos contra ellos. La primera
sublevación y el primer sitio a la torre de San Sebastián ya se había saldado
con un rescate y liberación de Peraza y la cautividad de unos centenares de
sublevados. Pero la segunda rebelión fue mucho peor y cruenta. Los gomeros
estallaron y esta vez Peraza fue alcanzado por su ira y asesinado. La razón,
clamaban, era que en su abuso el gobernador había violentado nada menos
que a Yballa, la hija del jefe de los nativos de la isla, Hupalupa, una joven de
singular belleza y que se había resistido a sus requerimientos. Otra versión
decía que violencia no hubo, sino que la guanche y el castellano fueron
sorprendidos en amorosa coyunda en una cueva y que aquello era sacrilegio
de los peores para los nativos, pues dados los acuerdos de hermandad
firmados con su padre, el rey gomero, se les podía considerar hermanos. Fuera una cosa o la otra, lo cierto es que se produjo el estallido de ira y los
gomeros degollaron a Peraza el Joven sin contemplación alguna.
La sublevación prendió en toda la isla. Ya puestos, se lanzaron a la caza
de los castellanos y arrasaron con todo hasta cercarlos en la torre de San
Sebastián, donde se encerraron los supervivientes con la viuda doña Beatriz,
quien demostró que, además de ser una hermosa hembra, era capaz de la más
sañuda y decidida valentía que solía atribuirse por lo general a los varones. La
Bobadilla dio prueba de coraje y decisión y antes de ser tomado el puerto por
los guanches había ordenado que un barco zarpara de inmediato y se llegara
hasta Las Palmas para pedir ayuda. Ya en la torre, resistió como leona y su
ejemplo impulsó el ánimo de los hombres.
Aguantaron hasta que recibieron refuerzos, y estos llegaron comandados
por Pedro de Vera al frente de una nutrida tropa de cuatrocientos hombres, y
lograron dispersar a los atacantes que se refugiaron en las cumbres de la isla.
Vera y la Bobadilla, a la que su gesta la hizo acreedora para siempre del
apodo de la Cazadora, iniciaron entonces una persecución implacable que se
convirtió en una matanza terrible, en la que muchos de los guanches fueron
muertos de las maneras más crueles, incluso empalándolos. Por orden suya se
ejecutó a todos los varones mayores de quince años miembros de los clanes
directamente partícipes en la muerte de Peraza, los Ipalán y los Mulagua. A
los hombres de los otros dos clanes, Orone y Agana, que no habían
participado directamente, se les atrajo con engaños a la villa de San Sebastián
con la promesa de no hacerles daño, pero cogidos presos, fueron unidos a las
mujeres e hijos de los clanes a cuyos hombres habían exterminado, para ser
esclavizados y desterrados.
A la Cazadora aquello no le pasó factura apenas, pero no sucedió así con
el abuelo de Álvar. El haber esclavizado y vendido a gomeros cristianos
levantó la protesta de los clérigos y la denuncia del propio obispo de
Canarias, Miguel López de la Serna, y el inicio de un proceso contra el
gobernador que supuso la confiscación de muchos de sus bienes para pagar el
precio de los gomeros vendidos y, antes incluso de ello, que los reyes, en
especial la reina, que ya tenía noticia de su comportamiento, le desposeyeran
del cargo de gobernador y este se viera obligado a regresar a su tierra
jerezana. A Pedro de Vera la soberana le hizo volver, tras ajustarle cuentas en
sus fortunas, pero a ella, a la Bobadilla, la dejó en las lejanas islas, no fuera de
nuevo a reiniciar caza con su marido. La Cazadora se quedó en La Gomera,
asumió el gobierno en nombre de su hijo Guillén y, aunque no le faltaron
pretendientes, viuda seguía cuando allí arribó de nuevo Colón y con él Trifón, entonces el más joven grumete de la escuadra y ahora uno de los más
veteranos de la armada de don Pánfilo. Cuando llegó Colón allí por vez
primera en 1492, ella seguía siendo una mujer de irresistible atractivo y, como
no se cansaba de relatar el alcarreño que había ido en el segundo viaje,
mantenía intacta su hermosura cuando el Almirante volvió por allí, lo cual
seguiría haciendo alguna vez posteriormente.
—La señora de la isla recibió con mucha sonrisa y zalema al Almirante, y
algunos de los que con él estuvieron en el anterior viaje, que se sonreían y se
maliciaban del trato que ambos se dispensaban, me contaron cómo doña
Beatriz había socorrido al Almirante ya en su primera estancia en todas sus
necesidades de la manera más dispuesta. En nuestra aguada, desde luego, doy
fe de que don Cristóbal no tuvo problema de aposento y nosotros, ninguna
queja en cuanto a conseguir los bastimentos necesarios para proseguir viaje
—relataba el Viejo haciendo visajes pícaros con sus ojillos vivarachos.
Algo del asunto sabía Álvar, aunque lo callara. Aquel trato íntimo había
sido tan comentado en las casas nobles desde Sevilla hasta Cádiz como en las
ventas desde Sanlúcar hasta Triana, en ambos casos con mucho regodeo y
malicia. No solo era por lo que contaba Trifón, sino por lo que el propio Álvar
había podido leer en los escritos de Michele da Cuneo, un compadre italiano
del genovés que también fue en aquel segundo viaje: «Al arribar a la isla hizo
subir a los grumetes y a los galopines por las jarcias arriba hasta lo más alto
para embanderar por completo a las naos con gallardetes y al divisar el puerto
ordenó a los artilleros disparar y gastar pólvora en salvas tan solo para
agasajar a la dama. Sería demasiado largo si dijera de todos los triunfos, tiros
de bombarda y fuegos artificiales que hicimos en aquel lugar. Todo ello se
hizo por la señora de dicho lugar de la cual nuestro señor Almirante estuvo
encendido de amor».
Esa costumbre de anunciar así su llegada seguiría en recuerdo de él y la
intimidad ya pasadas, en los últimos encuentros, allá por el año 1498, ella ya
casada de nuevo para entonces, pues la Cazadora ya había vuelto a cazar
marido. Nada menos que a Alonso Fernández de Lugo, que había sido el
segundo de Vera y al que ella financió la primera expedición de conquista a
Tenerife, donde los guanches destrozaron a su ejército en la matanza de
Acentejo, y luego le había auxiliado con pertrechos y bastimentos ya en la
segunda al año siguiente, en 1495, cuando ya consiguió su objetivo y los
doblegó. Con el matrimonio el poder de la Cazadora se hizo aún más grande,
pero tan solo pudo volver a Castilla casi para morir, pues falleció en Medina
del Campo en 1504, a poco de que lo hiciera la reina Isabel, que tanto tiempo la había apartado de su tierra natal y, de paso, de la cercanía de su augusto
marido. No le dio tiempo a la Cazadora a volver a intentarlo con el rey viudo.
Era la historia que más gustaba contar a Trifón, que era desde luego
partidario de la hermosa y no consentía que se afearan en su presencia sus
supuestas crueldades, que él entendía como justificada venganza. Pero a
Álvar le interesaba también otro asunto en el que entendía que su familia y su
linaje podían salir algo mejor parados. Que pudiera darle fe de que en ese
viaje el almirante Colón había cogido esquejes de caña y los había llevado a
La Española. Aquello de alguna forma reivindicaba a su estirpe como primer
y necesario eslabón de la cadena.
—Sí, don Álvar. Ya lo creo que los cogimos. Se prepararon con esmero
para llevárnoslos y se cuidaron muy bien durante toda la travesía. Aguantaron
muchos y allí se entregaron a quienes eran cercanos a los Colón y habían
obtenido buenas tierras. Se plantaron en los llanos bajos y ahora verá vuestra
merced que hay caña por todas aquellas tierras y también ya en Cuba, donde
parece que aún prosperan todavía mejor sus plantaciones.
Bueno, pensó el Cabeza de Vaca, al menos aquello restañaba en algo la
figura de su abuelo. Porque en él había quedado fijada para siempre la imagen
del anciano rumiando en silencio su amargura, tan dolido por la ingratitud real
como por la invalidez y los dolores. Para toda su familia, don Pedro había
sido un héroe y un servidor leal del rey, por él injustamente tratado, y no se
permitía que en presencia de ninguno de ellos se pusiera en duda tal cosa. Lo
de la caña de azúcar, que él introdujo en aquellas islas y llevó luego a las
Indias, reconfortaba a su nieto ahora que se dirigía hacia ellas.