Cuentos de Boccacio

Giovanni Boccaccio · Capítulo 10 de 44

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Cuentos de Boccacio

Las Desdichas de los Celos

 

Marsella es, como sabéis, una de las ciudades más antiguas y populosas de la Provenza. Siendo puerto de mar, su comercio es muy activo, si bien ahora ha decaído un poco. Entre los comerciantes de dicha ciudad había uno inmensamente rico en tierras y en dinero sonante, llamado Arnald Claude, de muy baja estofa, pero honrado y probo hasta lo sumo. Había tenido varios hijos de su mujer, entre otros, tres niñas mayores que los varones. Las dos primeras, gemelas, contaban quince años, y la más joven catorce. La madre sólo aguardaba para casarlas el regreso de su marido, que había ido a España para asuntos comerciales. Una de estas niñas se llamaba Ninette, la otra Magdalena y la tercera Bertelle.

Un joven gentilhombre, si bien escaso de medios de fortuna, llamado Restaignon, estaba perdidamente enamorado de Ninette, que le correspondía con igual ternura, y como era bastante amable e insinuante, supo obtener sus favores, lo cual en vez de debilitar su pasión no hizo más que acrecentarla y hacerla más violenta. Mientras disfrutaban de tanta dicha, dos jóvenes caballeros, hermanos y huérfanos, que habían heredado inmensos bienes, se enamoran el uno de Magdalena y el otro de Bertelle. El primogénito se llamaba Foulques y el menor Huguet. No bien se enteró el amante de Ninette, cuando concibió el proyecto de salir de su estado de pobreza merced a la protección que de aquéllos pensaba obtener.

Animado por esta idea, trabó conocimiento con ellos, apresurándose a procurarles los medios de ver a sus adoradas, y acompañándoles a la cita que obtuvieron por conducto de Ninette; en una palabra hizo cuanto pudo para demostrarles su celo, a fin de que estuviesen agradecidos. Cuando creyó haber ganado su amistad, invítalos un día a comer a su casa, y después de hablar de diversos asuntos, les dice:

—Amigos míos, me complazco en que me haréis la justicia de creer que estoy muy satisfecho de haberos conocido y trabado amistad con vosotros, y haré cuanto de mí dependa para daros de ello buenas pruebas. Tampoco pongo en duda la sinceridad del afecto que me profesáis, lo cual me alienta para haceros ahora una proposición que, si la aceptáis, puede darnos la felicidad a los tres. No ignoráis que estoy, cuando menos, tan enamorado de Ninette como vosotros de sus hermanas; tampoco se os ocultan las dificultades con que luchamos para verlas; pues bien, yo me comprometo a que desaparezcan todos los obstáculos que se oponen a nuestra felicidad, si consentís en lo que voy a proponeros: sois ricos, yo pobre; por lo tanto, si queréis darme una parte de vuestros bienes y convenir en un lugar donde podamos retiramos y vivir en común como buenos amigos, me comprometo a determinar a las tres hermanas que nos sigan, si es que aceptáis la idea. ¿Qué amantes en la tierra, qué hombres habrá más afortunados que nosotros? Pensadlo bien y decidid.

Los dos hermanos, que estaban locamente enamorados, viendo que podían disfrutar libremente de su amor, no titubearon un instante y aceptaron la idea.

—A vos toca elegir el sitio —le contestaron—; estamos dispuestos a establecernos donde os parezca mejor, con tal de que nos acompañen nuestras queridas.

Restaignon quedó muy complacido de la respuesta. Pocos días después se le ofreció la ocasión de tener una entrevista con su adorada Ninette, a la cual dio parte del complot tramado por Foulques y Huguet, rogándola que facilitara su ejecución. Ninette consintió en lo que se la pedía voluntariamente, pues estaba ansiosa de poder dar rienda suelta sin obstáculo alguno a los movimientos de su apasionado corazón. Aseguró a su amante que conseguiría que sus hermanas la ayudaran en aquella empresa, y que podría tener todo preparado cuanto para la partida.

Restaignon se apresuró a ir en busca de los dos hermanos para comunicarles el éxito de su embajada. Éstos, después de haber convenido elegir a Candía como lugar de refugio, vendieron todos sus bienes raíces e inmuebles, pretextando querer dedicarse al comercio y compraron una fragata que armaron secretamente, esperando la ocasión favorable para hacerse a la vela.

Ninette, por su parte, que sabía que sus hermanas no se hallaban menos contrariadas ni enamoradas que ella, supo interesarlas tan bien que estaban impacientes aguardando la hora de la partida. Habiendo llegado tan anhelado momento, las tres marsellesas encontraron medio de meter mano en la gaveta de su padre, llevándose cuánto dinero pudieron cargar. Huyeron de noche de la casa paterna, yendo en busca de sus amantes, que las esperaban. En el acto se embarcó el enamorado terceto y el barco se hizo a la vela. Bogaron todo el día con viento favorable y aquella misma noche llegaron a Génova, donde los dos hermanos probaron, por vez primera, los placeres del amor.

Los de Restaignon no fueron menos vivos, a pesar de que ya los había gustado otras veces; pero como anteriormente estaba con miedo, y siendo tan grande su pasión, ésta vez encontró nuevos encantos al consumar el acto.

Después de divertirse algún tiempo en Génova y proveerse de cuanto les hacía falta, prosiguieron su viaje. La navegación fue tan feliz que en menos de ocho días llegaron a Candía, estableciéronse muy cerca de la ciudad de este nombre, donde compraron buenas tierras y quintas de recreo, viviendo espléndidamente. Gran jauría, muchas aves raras, caballos de precio, numerosos criados, en una palabra: tenían cuanto puede procurar el dinero. Todos los días daban festines y se regalaban con sus queridas, habiendo llegado al colmo de la alegría y de la dicha.

Como todo cansa en esta vida, hasta la felicidad; como la querida más bonita y amable deja a la larga de parecerlo al que la disfruta con libertad, sucedió que Restaignon, que tanto había amado a la suya, enfrióse hasta el extremo de buscar el medio de serle infiel. En una de las fiestas encontró una señorita de la alta sociedad, tan encantadora que súbitamente quedó prendado de ella. Hizo cuanto pudo para ocultar esa nueva inclinación, sobre todo a Ninette; pero sus asiduidades para con su rival, las fiestas que le daba y su apresuramiento para encontrarse en todas partes a dónde ella iba, empezaron a hacer sospechar y poner inquieta a Ninette, que seguía amándole con igual ardor.

Desde aquel momento no podía dar un paso sin que la marsellesa le siguiese o hiciese espiar; llenábalo de denuestos y sus celos cobraron tales proporciones, que se encolerizaba contra él por el más leve pretexto. Como las dificultades encienden los deseos, cuanto más esfuerzos hacía ella para alejar a su amante de su rival, más y más aumentaba la pasión de Restaignon. No sabemos si logró éste obtener los favores del nuevo objeto de su pasión; sólo se cuenta que a Ninette, por habérselo asegurado, o por indicios, no le cupo duda de que le había sido infiel.

Su despecho la produjo gran melancolía, convirtiéndose en aversión la pasión y ternura que la inspirara su amante, y abandonándose a su resentimiento y furor, resolvió deshacerse del infiel. Con tal designio va a ver a una vieja griega, célebre en el arte de envenenar, y la convence para que componga un licor mortífero, que dio a beber a Restaignon una noche que se hallaba muy exaltado y que menos que nunca podía sospechar una venganza por parte de su amante.

El efecto del veneno fue tan rápido que murió aquella misma noche. La noticia de muerte tan repentina causó la mayor pena a Foulques, a su hermano y a las dos marsellesas, que ignoraban la causa. Ninette afectó igual tristeza que los demás, para alejar toda sospecha, pero su crimen fue descubierto.

Pasado algún tiempo, Dios hizo que la vieja griega fuese presa por algún otro delito y habiéndola aplicado el tormento, en la confesión que hizo de sus crímenes, declaró haber tomado parte en la muerte de Restaignon, puesto que había vendido a su amante el veneno que sirvió para matarle. En vista de esta declaración, el duque de Candía, sin manifestar a nadie su propósito, dirigióse de noche al frente de un piquete de soldados a rodear el palacio que habitaban los provenzales e hizo prender a Ninette. Ésta, sin esperar el tormento, confesó todo lo que quisieron. Fácil es comprender cuál sería la sorpresa de Foulques y de Huguet, cuando supieron de labios del mismo duque la causa de la prisión de la hermana de sus amantes, las que tampoco quedaron menos sorprendidas ni fue menos su dolor. Unos y otras emplearon todos los medios imaginables para librarla de la pena que merecía; pero perdían la esperanza de lograrlo, tal era el empeño del duque en no concederla ninguna gracia.

Magdalena, joven y bonita, a quien el duque había cortejado algún tiempo, pero sin fruto, creyó que si se mostraba menos esquiva con él, podría lograr el perdón de su hermana, y con tal motivo envió un emisario secreto a ver al duque, para anunciarle que se plegaría a sus exigencias si le devolvía a su hermana y le prometía que por nada del mundo revelaría el secreto.

La proposición gustó en extremo a aquél; pero todavía dudó un momento si aceptaría o no. El amor fue más fuerte que la razón y la justicia. Así, pues, ordenó que fuesen detenidos, con el consentimiento de Magdalena, Foulques y Huguet, bajo el pretexto de que debían prestar declaración y ser careados con Ninette, para saber si acaso eran cómplices en el envenenamiento, y la noche siguiente fue secretamente a ver a Magdalena.

Antes tuvo la precaución de esparcir el rumor de que había hecho meter en un saco y tirar al mar a la culpable Ninette, a la cual puso, aquella misma noche, en poder de su caritativa hermana, recomendándole, no obstante, que la alejara de su lado, temeroso de tener que castigarla si la cosa llegaba a descubrirse. Al día siguiente los dos hermanos fueron puestos en libertad y como estaban en la creencia de que Ninette había sido ahogada, trataron de consolar a sus amantes por la muerte de su hermana.

Por mucho cuidado que puso Magdalena en ocultarla, no tardó Foulques en descubrir que vivía en su casa, lo cual le sorprendió no poco. El misterio con que se había llevado el asunto le inspiró sospecha. Al momento recordó el amor que tuvo el duque por Magdalena, la cual le hizo un largo sermón para ocultarle la verdad, si bien no le convenció. Al contrario, aumentáronse sus sospechas, hasta el punto de recurrir a la violencia para obligarla a decir lo que había pasado. La joven, intimidada por las amenazas de su amante, tuvo la debilidad de confesarle la falta que le hiciera cometer el cariño de su hermana. Semejante declaración fue una puñalada para Foulques, quien no dando oídos más que a los impulsos de su cólera y furor, desenvaina al momento la espada y la hunde en el pecho de la infortunada, que se había arrojado a sus pies implorándole perdón.

Apenas hubo dado el golpe cuando, temeroso de la venganza del duque, dirígese en busca de Ninette y la dice con aire tranquilo y sereno que venía en su busca para librarla de las iras del duque, quien, sabiendo que no había partido, mandaba para buscarla para que fuese traída a su presencia.

Ninette, que tenía motivos para creer lo que Foulques la decía, no dudó en seguirle, sin acordarse de despedirse de sus hermanos, pusiéronse en marcha al comenzar la noche, llevándose todo el dinero que pudieron. Ganaron el puerto más próximo y se embarcaron sin que se haya vuelto a saber de ellos.

Advertido el duque del triste fin de Magdalena, mandó prender a Huguet y a su amante. Por más que protestaran de su inocencia y de excusarse con la huida de Foulques y Ninette los dos fueron puestos al tormento, la violencia de éste les obligó a declararse cómplices de la muerte de Magdalena, y como después de semejante declaración, por forzada que hubiese sido, sólo les aguardaba la muerte, encontraron el medio de corromper a su carcelero, prometiéndole una cantidad de dinero que irían a buscar, una vez en libertad, en el sitio que lo tenían guardado para caso de necesidad. Embarcáronse de noche, en compañía de aquél, dirigiéndose a Rodas, donde no tardaron en sentir todos los horrores de la miseria, que no les abandonó hasta la tumba.