Cuentos de Boccacio
La Mujer Animosa
Hubo en Francia un conde del Rosellón, llamado Isnardo, que no disfrutaba de buena salud, conservaba siempre a su lado un médico conocido por Gerardo, natural de Narbona en el Languedoc. El conde no tenía más que un hijo llamado Beltrán, el cual era todavía muy tiernecito y lindo como un serafín, cuando su padre juzgó a propósito hacerlo educar en compañía de otros niños de su edad, entre los cuales se encontraba Giletta, hija del susodicho médico.
Esta niña desde un principio se aficionó al hijo del conde; su inclinación se fortificó con la edad, trocándose en un amor tan grande, que nadie hubiera podido imaginarse que una joven que todavía no había llegado a la edad de la pubertad fuese capaz de tan violenta pasión. El conde, después de arrastrar un estado valetudinario toda su vida, acabó por morirse, dejando a su hijo Beltrán bajo la tutela del rey de Francia, que no tardó en llamarlo a París.
Fácil es figurarse la pena que su partida causaría a la joven; fue tanta, que estuvo a las puertas de la muerte. La esperanza de volverle a ver la sostuvo y devolvióla la salud. Después de haber perdido a su padre, cuya muerte no tardó en seguir a la del conde, habiendo entrado en la edad de la reflexión, temió las murmuraciones. Por otra parte, como no tenía ningún hermano, y su padre la había dejado una gran fortuna, le fuera difícil burlar la vigilancia de sus allegados, que no la perdían de vista. Llegada a la edad de casarse rehusaba cuantos partidos se la presentaban, puesto que seguía encendida en su pecho la pasión que la había inspirado el conde; mas como la mantenía secreta, contestaba que era aún demasiado joven para ligarse para toda la vida. Tenía como un presentimiento de que algún día lograría unirse a su bien amado.
El deseo de ir a París, tan sólo para tener ocasión de verle, no la abandonaba ni un minuto, y no tardó en presentarse la ocasión de satisfacerlo. Supo que el rey sufría en extremo de una fístula, causada de una hinchazón del estómago que no había sido bien curada; que cuantos médicos consultaba no lograron otra cosa que enconar el mal, y que desesperando de su curación había renunciado a los socorros de la medicina. Tal noticia la llenó de contento, puesto que la procuraba un buen pretexto para dirigirse a París, diciendo que tenía ánimo de curar al rey. En efecto, su padre la había dejado varios secretos, entre otros uno contra las úlceras más rebeldes. Partió, pues, en el acto, esperanzada de que si su remedio sanaba al rey después le sería fácil obtener la mano de Beltrán.
El primer cuidado de Giletta, una vez llegada a París, fue ir en busca del conde, que la acogió con gran cortesía. Luego consiguió introducirse a presencia del rey y le pidió por gracia que le mostrase su mal. Aquel príncipe, animado por su juventud, su dulzura y su belleza, no creyó deber rehusarla lo que pedía. Después de haber examinado la parte atacada:
—Me atrevo a prometeros, Sire —díjole—, que os curaré radicalmente en el espacio de ocho días si queréis aplicaros los remedios que os daré y que no os causarán el más pequeño dolor.
El rey, al principio, se burlaba de ella, diciendo para sí:
«¿Cómo una joven de su edad podrá lograr una curación en la que se han estrellado los médicos más eminentes?».
Por lo tanto, contentóse con responderla que no quería probar más remedios.
—No dudo, señor, que mi sexo y mi juventud son causa de que no tengáis fe en mi remedio; mas tengo el honor de deciros que no me valgo en esta ocasión de mis cortas luces, sino de las de mi padre, que durante su vida gozó de gran reputación entre los médicos. Con el mismo remedio que me propongo aplicaros obtuvo varias curaciones tenidas por imposibles por sus colegas. ¿Por qué no queréis probarlo? Ocho días tardan poco en pasar.
Estas palabras convencieron al soberano, el cual, pareciendo como que reflexionaba, se hacía el siguiente razonamiento: «Tal vez Dios me envía esta niña para mi bien. ¿Por qué no ensayar su ciencia, puesto que se compromete a curarme en pocos días y sin hacerme sufrir?».
Dirigiéndose a la joven:
—¿Y si no me curáis, qué castigo merecéis?
—Ser quemada viva, y podéis de antemano asegurar mi persona y poner a mi lado guardianes hasta que hayan transcurrido los ocho días que os pido. Pero si logro curar a Vuestra Majestad, ¿qué recompensa me está reservada?
—Os colocaré muy bien —contestóla el rey—, si, como presumo, tenéis intención de casaros.
—Es cuanto puedo desear, Sire. Mas suplico a Vuestra Majestad me prometa darme el marido que yo pida, exceptuando vuestros hijos y los príncipes de la sangre.
Habiendo el rey consentido en lo que ella le pedía, la joven preparó su remedio y le administró tan bien que el monarca quedó completamente curado antes del plazo prescrito, con gran sorpresa de todos sus médicos. Muy satisfecho, el príncipe colmó de elogios a Giletta y la dijo que podía pedir el marido que desease, pues lo tenía bien ganado.
—He merecido, pues —contestó ella—, al conde Beltrán del Rosellón, que empecé a amar desde mi tierna infancia y que amo todavía con toda mi alma.
El rey le mandó llamar y le dijo:
—Como ya tenéis edad para manejaros sólo quiero que regreséis a vuestra provincia con una amable y linda señorita que os he elegido por esposa.
—¿Y cuál es esa señorita, Sire?
—La que me acaba de curar.
El conde, que la conocía, la estimaba y la amaba también, pero no lo bastante para tomarla por mujer a causa de la desigualdad de clase, contestó desdeñosamente:
—¡Queréis, Sire, darme por esposa la hija de un médico! Os suplico me dispenséis este enlace.
—¿Intentaréis acaso —repuso el príncipe— hacerme faltar a la palabra que he dado a tan amable criatura, a quien debo la salud, y que os ha pedido en recompensa del servicio que acaba de prestarme? Tengo formada muy buena opinión del cariño que me profesáis.
—Nada hay, Sire, que no esté dispuesto a hacer para demostrároslo. Sois dueño de mis bienes y de mi persona; siendo vuestro vasallo, podéis casarme con quien os plazca, pero no debo ocultaros que el enlace que me proponéis repugna a mi corazón.
—Ya desecharéis esa repugnancia —replicó el monarca—; la señorita es joven, bonita y discreta; os ama mucho. Vos llegaréis a amarla, no lo dudo, y os encontraréis más dichoso con ella que con otra de más alta cuna.
El conde, que no ignoraba que los reyes de Francia quieren ser obedecidos, no tuvo por conveniente objetar nada más, ocultando su despecho. Enseguida mandó el soberano hacer los preparativos de boda, y llegado el día fijado para ella, Beltrán del Rosellón, a presencia de Su Majestad, dio, violentando su corazón, la mano a Giletta. Después de la ceremonia pidió el recién casado permiso para ir a consumar el matrimonio a su país.
El rey, que había cumplido la palabra empeñada, se lo otorgó, y el conde partió al momento; mas apenas hubo andado algunas leguas cuando abandonó a su mujer, tal como le había sido entregada. Ganó el camino de Italia y se encaminó a Toscano para pedir un destino a los florentinos, en guerra en aquel tiempo con los de Siena, quienes le recibieron con los brazos abiertos, dándole el mando de un regimiento que conservó mientras estuvo a su servicio.
La recién casada, no muy contenta con su suerte, como puede suponerse, y esperando que el tiempo y su buena conducta traerían a su lado a su marido, dirigióse al Rosellón, donde fue recibida como esposa del conde, es decir, en clase de soberana, encontrando el país muy desordenado a causa de la ausencia del príncipe. Ella logró, con sus sabias medidas, poner las cosas en buen estado, y su inteligencia y buena conducta le valieron la estimación y amor de los señores del pueblo, que censuraban al conde que obrara tan mal con una mujer de su mérito. Después de establecer el orden en todas las cosas y de haberlo consolidado con sabias medidas, mandó a dos gentiles hombres en busca de su marido, para decirle que si ella era causa de no presentarse en el Rosellón estaba pronta a abandonarlo para darle gusto.
—Que se arreglen como les parezca —contestó éste con dureza a los mensajeros—; por lo que a mí toca, no me reuniré con ella sino cuando tenga puesta la sortija que yo llevo y estreche en sus brazos un hijo mío.
Queriendo dar a entender con estas palabras que jamás vivirían juntos. La sortija que había señalado la tenía en mucha estima y nunca le abandonaba por haberle dicho que poseía cierta virtud. Como los enviados juzgaran ser imposible lo que pretendiera, hicieron cuanto pudieron para hacerle desistir de su propósito; pero todo fue en vano.
Viendo, pues, que nada podían alcanzar, regresaron a su país para darle parte a su soberana del mal éxito de su embajada. La señora, harto afligida, no sabía qué partido tomar, y después de haber reflexionado mucha resolvió ensayar si podría obtener por la astucia o de otro modo las dos cosas a que se había referido su marido.
Una vez meditado su plan, mandó reunir a los notables del Estado y a las personas más honradas del país. Noticióles los pasos que había dado cerca de su marido, representándoles con su acostumbrada discreción que su permanencia entre ellos les privaba de la satisfacción de ver a su señor, y que por lo tanto había resuelto retirarse, desterrarse de su país y emplear el resto de sus días en peregrinaciones y obras piadosas para la salvación de su alma.
—Así, pues, os suplico que elijáis quien tome interinamente las riendas del gobierno e informéis a mi marido de mi partida, noticiándole que si he tomado semejante resolución ha sido solamente para que pudiese volver al lado de sus vasallos, a los que yo abandono para siempre y a fin de que viva tranquilo.
Mientras Giletta hablaba de este modo, sus súbditos derramaban lágrimas de agradecimiento e hicieron todo cuanto pudieran para que cambiara de propósito; pero inútilmente. Después de proveerse de dinero y de muchas joyas, partió, acompañada tan sólo de un primo suyo y una camarista, sin que nadie supiese dónde se dirigía.
Apenas hubo abandonado el Rosellón cuando se disfrazó de peregrino, encaminándose en aquel traje a Florencia lo más rápidamente que pudo. Alojóse en una pequeña posada, cuya posadera era una buena viuda, y allí se ocupó en el modo de ver a su marido, sobre el cual no se atrevía a pedir noticias. La casualidad quiso que al día siguiente pasara montado a caballo por delante de la posada, al frente de su regimiento. Aunque Giletta le reconoció perfectamente, preguntó a la posadera quién era aquel arrogante jinete.
—Es —contestó la viuda— un gentilhombre extranjero llamado el conde Beltrán del Rosellón, hombre cortés, afable y muy estimado en la ciudad, donde ocupa un puesto honroso.
La condesa no se contentó con esto, sino que hizo otras varias preguntas, y supo que su marido estaba locamente apasionado de una joven de calidad de la vecindad, bella, pero pobre, y que tal vez hubiese correspondido a su amor a no ser por su madre, que era la honradez y la virtud misma.
La dama no perdió una sola palabra de lo que le había dicho la posadera, y resolvió aprovecharse de ello para sus fines. Todavía hizo charlar un rato a la buena mujer, y cuando supo lo que le convenía y se hubo informado del nombre y domicilio de la joven en cuestión, fue a verla secretamente. Encontró a la madre y a la hija juntas, y después de saludarlas dijo a la primera que deseaba hablarla un momento a solas. Pasan a la otra habitación y, tomando ambas asiento, la condesa dice:
—Creo, señora, que no tenéis que agradecer, como yo, mucho a la fortuna; mas si queréis hacerme el favor que voy a pediros os prometo reparar su ingratitud para con vos.
—¿Qué puedo hacer en vuestro servicio?
—Mucho, señora; pero antes he de abriros mi corazón. Os pido que guardéis el secreto de lo que vais a oír.
—Os lo prometo; podéis hablar con toda seguridad. Soy una mujer honrada y preferiría morir mil veces antes que faltar a mi palabra.
Bajo esta promesa la condesa le dijo quién era; contóle el principio y progreso de su pasión, las resultas de su matrimonio y la respuesta de su marido a los mensajeros que le mandara. En una palabra: relatóle la historia de su vida, sin ocultarle nada, y empleó tal acento de verdad en su narración que la florentina quedó plenamente convencida de cuanto la decía, y compadecióse de sus desdichas.
—Sabía, señora, una parte de lo que acabáis de contarme —la dijo—, y me interesaba por vos sin conoceros; pero ¿en qué puedo seros útil?
—No ignoráis, señora —repuso la condesa—, cuáles son las dos cosas que debo tener para recobrar a mi marido; en vuestra mano está procurármelas, si es verdad, como me han dicho, que el conde ama a vuestra hija.
—Si la quiere sinceramente —respondió la dama— es lo que yo ignoro; lo único que sé es que hace cuánto puede para demostrar que está loco por ella. Pero decidme, os repito, ¿cómo puedo serviros y procuraros lo que deseáis?
—Os lo diré después que os haya participado mis designios. Mi reconocimiento, si me servís, no conocerá límites. Vuestra hija está en edad de casarse y tal vez ya lo estaría si fuese rica. Corre de mi cuenta dotarla convenientemente para que pueda encontrar un marido digno de su estirpe. En cambio sólo os pido un favor que nada os costará y me podréis hacer sin comprometeros.
Las ofertas de la condesa agradaron en gran manera a esa tierna madre, que sólo deseaba casar convenientemente a su hija. No obstante, como tenía el corazón muy noble:
—Decidme lo que queréis que haga para agradaros —repuso—; lo haré gustosa y sin interés, ya que en ello no va mi honra. Si después juzgáis a mi hija digna de vuestro aprecio, seréis muy dueña de favorecerla.
—El favor que os pido, señora, es que hagáis participar a mi marido, por persona de toda vuestra confianza, que vuestra hija no es insensible a su amor, y hasta que no se halla muy distante de corresponderle, si estuviese segura de qué es sincero; que para demostrar su sinceridad le bastaría con que le enviase la sortija que lleva puesta, pues ha sabido que dicha sortija es prenda que aprecia. Si os la envía, me la entregáis, y le mandaréis un recado diciéndole que en pago de aquel sacrificio vuestra hija está dispuesta a coronar sus deseos, no dudando ya de la sinceridad de su amor. Se le dará una cita nocturna, yo ocuparé el lugar de vuestra hija y tal vez Dios me hará la gracia de que quede embarazada. Si obtengo esa dicha, como espero, y tengo un hijo, entonces podré hacerle cumplir la palabra empeñada y os seré deudora de la satisfacción de vivir a su lado.
La florentina, temerosa de exponer a su hija a la maledicencia, opuso al principio grandes dificultades; pero la condesa supo vencerlas, diciéndola que se daría a conocer, a fin de testimoniar la virtud de su hija, si el conde fuese lo bastante mal educado para permitirse la menor indiscreción. En una palabra: supo conducir tan bien el asunto, que la señora, quien por otra parte no podía menos de confesar que su complacencia tenía un fin loable, prometióla secundar en todo y por todos sus designios, y lo cumplió.
Pocos días después, sin que ni su hija lo supiera, vino la sortija, habiendo costado mucho al conde desprenderse de ella. La condesa acudió la noche siguiente a la cita y fue desflorada por su marido, que la creía muy lejos de allí. Dios hizo que quedase embarazada de dos robustos mellizos aquella misma noche, a juzgar por la fecha del parto, pues las citas continuaron hasta que hubo pruebas del embarazo; y el conde, cada vez que se reunía con ella, hacíala un buen regalo, consistente ya en una sortija, ya en un corazón de oro u otra alhaja que la condesa conservaba para valerse de ellas cuando llegase la ocasión.
Al estar segura de su embarazo, a pesar del placer que le causaban las citas del conde, creyó deber terminarlas para no importunar más a la florentina.
—Gracias a Dios, señora —la dijo—, tengo lo que deseaba. Ya es tiempo de que me vaya a cumplir la promesa que os hice tocante a vuestra hija.
La señora la contestó que aquella noticia la satisface en gran manera, añadiendo que no por ninguna mira interesada, sino por amor a la honestidad la ha ayudado en sus proyectos.
—Es muy loable por vuestra parte; mas no será en pago del importante servicio que me habéis hecho, sino también por amor a la honestidad, que dotaré a vuestra hija. Así, pues, señora, pedid lo que queráis para vuestra hija.
—Ya que no hay medio de desviaros de vuestra generosidad —la contestó la señora, enrojeciendo—, cien francos son más que suficientes para el objeto.
La condesa quedó admirada de su modestia y la obligó a tomar quinientos, acompañándolos con varias joyas de a lo menos igual valor. La florentina quedó muy agradecida. Aquella honrada señora, para quitar al conde todo pretexto de introducirse en su casa, fuese con su hija a vivir al campo, en la de unos parientes. Desesperado Beltrán por haber desaparecido la que creía su querida, plegóse al fin a los deseos de sus vasallos, quienes desde que faltaba su mujer no habían dejado de solicitar su regreso al Rosellón.
Mucho placer causó su partida a la condesa, si bien creyó lo mejor quedarse ella en Florencia hasta que hubiese dado a luz.
Nacieron dos gemelos que poseían todas las facciones de su padre. Procuróles una nodriza, y cuando estuvo completamente restablecida, preparó su vuelta a Francia, poniéndose en marcha acompañada de la nodriza, su primo y su camarista. Llegada al Languedoc permaneció algunos días en Montpellier, y allí supo que el día de Todos los Santos debía celebrarse en el Rosellón una asamblea de personas notables de ambos sexos. Encaminóse a su país disfrazada con el hábito de peregrino que llevaba a su partida, y llegó al palacio del conde, donde se verificaba dicha asamblea, en el acto de ponerse a la mesa. Penetra en el patio sin cambiar de traje, y con los niños en los brazos atraviesa la sala de la guardia, entra en la que estaban reunidos los notables, adelántase hacia el conde, échase a sus plantas y, bañada en lágrimas, le dice:
—Ved aquí, monseñor, esta mujer desdichada que ha preferido desterrarse de su país y de vuestro palacio antes que privar a vuestros súbditos por más tiempo de vuestra presencia. Ahora viene a pediros que mantengáis la promesa que hicisteis a los mensajeros que os envió cuando vivíais en Florencia. Os traigo vuestra sortija, y en vez de un hijo, he aquí dos, que son vuestros. He cumplido las condiciones que impusisteis, y a vos os toca ahora cumplir la palabra empeñada.
Todos los allí presentes, y en particular el conde, no sabían lo que les pasaba. Fácilmente reconoció la sortija, mas si bien los niños se le parecían en gran manera, no se atrevía a creer que fuesen hijos suyos. La condesa le relató, con gran sorpresa de la concurrencia y del mismo conde, cuanto había pasado, y entonces éste quedó convencido de la verdad.
Beltrán admiró su discreción, elogió su constancia y, vencido por las suplicas de sus vasallos, y muy contento, por otra parte, de tener dos niños tan lindos, hizo levantar a la condesa, abrazóla con gran ternura, estimándola y adorándola en lo sucesivo según sus merecimientos. Mandó que vistiera las ropas correspondientes a su rango y se sentara en la mesa a su lado, con gran contento de cuantos estaban presentes. Aquel día y los siguientes se pasaron en regocijos. En fin, el conde del Rosellón llegó al colmo de su alegría, y tuvo en lo sucesivo tantos miramientos y amor para su mujer como antes había demostrado menosprecio e indiferencia.