Cuentos de Boccacio
El Sueño Realizado
Tal vez hayáis oído hablar de Talano di Molese, hombre de reconocida honradez, el cual casó con una joven llamada Margarita, agraciada cual ninguna mujer, si bien los defectos de su carácter eran capaces de debilitar no poco la impresión que producía su belleza. Antojadiza, obstinada, inflexible y áspera. Nadie hacía nada a su gusto y bastaba se le aconsejara una cosa para que obrase todo lo contrario. Talano era muy infeliz a su lado, como no veía remedio para su mal humor, arreglóse para soportarlo lo mejor posible.
Estando con esa especie de furia en una hermosa quinta de su propiedad, soñó que veía a Margarita paseándose por una arboleda cercana y que después de algunos pasos, un lobo monstruoso se lanzaba sobre ella, la agarraba por la garganta y se la llevaba, aunque la mujer pedía socorro con todas sus fuerzas y sólo la dejaba después de haberla desfigurado horriblemente la cara y cuello. Semejante sueño sobresaltó al marido, quien al levantarse dice a su mujer:
—Hija mía, aunque a pesar de tu carácter díscolo todavía no me ha sido posible disfrutar un día feliz contigo, con todo, sentiría en el alma que te sucediese algo desagradable. Si quieres creerme hoy no salgas de casa.
Ella le pregunta por qué y entonces Talano le cuenta su sueño. En vez de agradecer la muestra de cariño que acababa de darle su marido, contesta moviendo la cabeza.
—Quien mal quiere mal sueña. Finges amarme, interesarte por mi suerte, pero yo leo en tu corazón; tus sueños no son más que la expresión de lo que me deseas y procuraré no darte esa alegría hoy ni nunca.
—Preveía tu conversación, pues no hay peor sordo que el que no quiere oír. Interpreta mi sueño como te plazca, poco me importa; pero vuelvo a aconsejarte que hoy no salgas de casa, o a lo menos, que no vayas al bosque próximo.
—Precisamente voy a hacer lo contrario de lo que dices; había resuelto ir y no faltaré.
Como esa mujer era capaz de pensar mal de un santo, figuróse que su marido sólo quería impedirla ir al bosque para ocultar algún tapadillo.
«Tal vez se ha citado allí con alguna mujer desvergonzada, decía para su sayo; lo que es a mí no me la pega. Dios me libre de creer lo que me dice; quiero verlo, saberlo todo y aunque tenga que esconderme todo el día en el bosque, sabré cuáles son sus intenciones».
Tomada esa resolución, no bien salió su marido, se dirige al bosque, eligiendo el sitio más frondoso para ocultarse. Permanece quieta, mirando a uno y otro sitio para ver si alguien llega. Mientras sin temor ni desconfianza esperaba coger en alguna aventura a su marido, aparece un enorme lobo de mirada feroz, que inmediatamente se arroja sobre la infeliz, la coge por el cuello y se la lleva como si se tratara de un infeliz cordero; no teniendo fuerza ni ánimo la mujer para la más débil resistencia. Seguramente la fiera la hubiera estrangulado si unos pastores que presenciaban la escena no le hubieran obligado con sus gritos a abandonar la presa.
Dichos pastores corren a su lado y aunque desfigurada, la reconocen y la trasladan a su casa. Estuvo enferma mucho tiempo, pero acabó por curarse gracias a las atenciones de su marido, que mandó llamar a los más hábiles médicos y cirujanos de la comarca. Pero su arte no logró borrar las huellas que los dientes del lobo habían dejado en la garganta y el rostro de la joven, de modo que su belleza había sufrido gran detrimento. Avergonzada de presentarse en público después de tan triste catástrofe, lloró con frecuencia en la soledad a que le había condenado su pertinacia, arrepintiéndose de no haber dado fe al sueño de su marido.