Cuentos de Boccacio

Giovanni Boccaccio · Capítulo 4 de 44

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Cuentos de Boccacio

Los Tres Anillos o las Tres Religiones

 

 

Saladino fue un tan grande y valiente personaje, que su mérito lo elevó no sólo a la dignidad de Soldán de Babilonia, sino que le procuró varias ruidosas victorias sobre los cristianos y los sarracenos. Habiendo tenido que sostener este príncipe un sin número de guerras y siendo, por otra parte, espléndido y liberal, agotó sus tesoros. Empeñado en nuevas contiendas tuvo necesidad de una fuerte cantidad de dinero, y no sabiendo dónde encontrarla, pues le hacía falta de momento, recordó que había en la ciudad de Alejandría un rico judío, llamado Melquisedec, que prestaba con usura.

El Soldán quiso valerse de él para salir de apuros: sólo se trataba de determinarle a que le hiciera aquel servicio. Pero en esto estribaba la dificultad, pues dicho judío era el hombre más interesado y avaro de su tiempo y Saladino no quería usar de la fuerza abiertamente. Hostigado, no obstante, por la necesidad y previendo que Melquisedec no daría de buen grado el dinero que necesitaba, valióse de un medio razonable en la apariencia. Al efecto, lo manda llamar, recíbelo familiarmente en su palacio, le hace sentar a su lado y le habla de esta suerte:

—Melquisedec, varias personas me han dicho que tú eres un hombre prudente, lleno de ciencia, y que, sobre todo, estás muy versado en las cosas divinas: quisiera, pues, oír de tus labios cuál de éstas tres religiones, la hebrea, la mahometana o la cristiana, te parece la mejor y la verdadera.

El judío, cuya prudencia corría parejas con su sagacidad, comprendió que Saladino le tendía un lazo y que indudablemente caería en él si daba preferencia a una de las tres religiones mentadas por el soberano. Afortunadamente, conservó todo su predominio, y con singular presencia de ánimo contestó:

—Señor, la pregunta que os habéis dignado hacerme es de la mayor importancia; pero para que pueda contestaros de una manera satisfactoria me permitiréis que empiece con un cuentecito: Recuerdo haber oído decir con frecuencia que, no sé en qué país, un hombre rico y poderoso tenía, entre otras joyas preciosas, un anillo de una belleza y precio inestimables. Este hombre, queriendo honrarse con tan rara alhaja, formó el designio de legarla a sus sucesores como un monumento de su opulencia y ordenó en su testamento que aquél de sus hijos varones que en la hora de su muerte tuviese en su poder el anillo quedase por su heredero y fuese respetado como a tal por toda su familia. El que recibió en herencia el anillo, hizo con sus sucesores lo que había hecho su padre con él.

En poco tiempo la joya pasó por varias manos, cuando por último cayó en las de un hombre que tenía tres hijos, todos apuestos, amables, virtuosos, sumisos a su voluntad y que le estimaban en igual grado. Instruidos de las prerrogativas acordadas al poseedor del anillo, cada uno de ellos, celoso de la preferencia halagaba a su padre, ya anciano, para obtenerlo. El buen hombre, que les apreciaba y quería lo mismo al uno que al otro y que lo prometiera a los tres, encontrábase muy embarazado para saber a cuál de ellos debía entregarlo. Hubiera querido contentarlos a todos, y su amor le sugirió un medio. Avistóse secretamente con un platero muy hábil y le mandó labrar otros dos anillos, los cuales salieron tan parecidos al modelo, que él mismo no era capaz de distinguir los falsos del verdadero.

Cada hijo tuvo el suyo. Muerto el padre, suscitáronse, como era de presumir, grandes cuestiones entre los tres hermanos. Cada uno de ellos en particular se creía con legítimo derecho a la herencia; negativa de una y otra parte. Entonces los tres exhiben su respectivo anillo, pero son tan parecidos que no hay modo de distinguir el verdadero. Pleito para la sucesión; mas ese pleito, tan difícil de fallar, quedó pendiente y lo está aún. Lo mismo acontece, señor, con las leyes que ha dado Dios a los tres pueblos y sobre las cuales me habéis hecho el honor de interrogarme: cada uno cree ser el heredero de Dios, todos están seguros de poseer su verdadera ley y observar sus verdaderos mandamientos. Saber cuál de los tres va más bien fundado en sus pretensiones, es lo que no se ha decidido todavía, y según las apariencias, no se decidirá en mucho tiempo.

Saladino vio por la respuesta del judío que había sabido librarse hábilmente del lazo que le tendiera, comprendiendo que en vano trataría de tenderle otro nuevo. Así, pues, no tuvo otro recurso que hablarle con claridad, lo que hizo al momento. Expúsole la necesidad de dinero en que se encontraba, e indicóle si quería prestárselo; diole a entender, al mismo tiempo, lo que tenía resuelto hacer si su contestación no hubiese sido tan discreta. El judío, por un rasgo de generosidad, le prestó cuanto necesitaba, y el Soldán, agradecido a su proceder, se lo tuvo muy en cuenta, pues no se contentó con reembolsarle, sino que le colmó de presentes, lo retuvo a su lado, tratóle con gran distinción y honróle siempre con su amistad.