Cuentos de Boccacio

Giovanni Boccaccio · Capítulo 44 de 44

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Cuentos de Boccacio

Los Consejos de Salomon

 

La fama de la milagrosa sabiduría de Salomón se había esparcido por todo el universo, sabiéndose al propio tiempo que no se desdeñaba el gran sabio en dar pruebas de ella al que se las pedía. De todas partes acudían a verle y se le consultaba sobre asuntos más áridos y espinosos. Un joven gentilhombre de la villa de Lajazzo, llamado Meliso, púsose en camino para ir a verle; encontró en el camino otro joven llamado José, que se dirigía a Jerusalén con el mismo objeto. Continúan juntos el camino, se informa sobre su cuna, su patria y el propósito de su viaje; José le informa que va a consultar a Salomón para saber cómo debía conducirse con la mujer más difícil, desagradable y mala que Dios había criado, habiendo llegado a corregirla hasta entonces, ni ruegos, ni amenazas, ni caricias, ni halagos. Interrogado a su vez Meliso por José, contestó:

—Soy natural de Lajazzo, joven, rico, generoso de buena casa y honro a todos mis conciudadanos; pero mi desdicha es cual la vuestra; a pesar de mi celo y mis dispensios todavía no he podido hallar un amigo. Voy, por tanto, lo mismo que vos, en busca de Salomón para consultarle sobre el medio de ser amado.

Llegados a Jerusalén, son conducidos a presencia del rey. Meliso compareció el primero y contó su historia:

—Ama —le contestó Salomón.

Y le dejó solo después de tan lacónica respuesta. Entra José y le cuenta su desdicha:

—Vete al Puente de los gansos —fue el único consejo que obtuvo.

Reuniéronse los dos y se comunicaron las respuestas del sabio rey, considerándolas como enigmas incapaces de descifrar, o como palabras vagas que, no teniendo la menor relación con sus asuntos, parecían haber sido pronunciadas para burlarse de ellos. Muy descontentos de su viaje abandonaron Jerusalén, regresando a su país.

Después de algunos días de marcha llegan a un caudaloso río sobre el que se tendía un magnífico puente. En aquel momento le atravesaba un gran convoy de caballos y mulos que impedían el paso a los transeúntes, de suerte que nuestros dos viajeros se vieron obligados a aguardar que pasaran aquellos animales. Todos habían desfilado y sólo quedaba un mulo taciturno que no quería andar. El mulero empuña un garrote y primero le pega con suavidad, mas como el mulo no obedeciese, redobla los golpes y esta vez con fuerza, sacudiéndole los ijares, la cabeza, las ancas; pero todo inútil. José y Meliso, que aguardaban a que el paso estuviese franco, compadecidos del pobre animal, decían:

—¡Verdugo! ¿Acaso quieres matarlo? ¿No puedes intentar arrastrarle con más dulzura? No cabe duda que nos parecerías más humano.

—Caballeros —contestó el mulero— ustedes conocen sus caballos y yo mi mulo; déjenme a mí.

Dicho esto redobla los golpes, hasta que al fin la bestia pasó el puente. Antes de abandonar aquel sitio José preguntó a un hombre que allí había sentado, cómo se llamaba aquel puente.

—Caballero —contestó el interpelado— le llaman Puente de los gansos.

Entonces José se acordó de las palabras de Salomón.

—Empiezo a ver claro —dijo a su compañero— en el consejo que me dio el sabio, y que creo excelente. Hasta ahora no he sabido apalear como se debe a mi mujer; pero ese mulero acaba de darme una lección que no desaprovecharé.

Llegados a Antioquía nuestros viajeros, José retuvo a Meliso algunos días para que pudiese descansar. Aquél fue recibido con bastante agasajo por su mujer, a la que dijo les preparase una cena conforme al gusto de su amigo. Éste, obligado a plegarse a tal acto de cortesía, dio sus órdenes; pero ninguna fue ejecutada, ofreciéndoles una cena completamente al contrario de lo que hubo dicho. Irritado, José dice a su mujer:

—¿Acaso se te había dicho de qué debía componerse nuestra cena?

—¿Qué significa esto? —replica la mujer agriamente—. ¿Qué tengo que ver con las órdenes de los demás? Yo hago lo que me da la gana. Que la cena te guste o no poco me importa.

Sorprendido Meliso de la respuesta de aquella mujer, no pudo menos de censurarla; pero José, más irritado que sorprendido, dijo:

—Mujer, te encuentro lo mismo que cuando te dejé; mas te aseguro que sabré hacerte mudar de carácter.

Y volviéndose del lado de Meliso.

—Amigo mío —le dice— veremos si es bueno el consejo de Salomón; si bien te ruego no tomes a mal lo ponga en ejecución delante de ti y que no creas sea cosa de juego lo que vas a ver. No te ofusque mi empresa, y recuerda la contestación que nos dio el mulero cuando nos enternecimos por la suerte del mulo.

—Estoy en tu casa —repuso Meliso— y me he propuesto no hacer nada que te desagrade.

Como José hallara a mano una vara de fresno verde aún, sube a la habitación donde su mujer había ido a esconder su despecho; la agarra por los cabellos, la arroja a sus plantas y la apalea como un desesperado. Al principio ella grita, amenaza, y viendo que ni gritos ni amenazas ablandan a su marido recurre a los ruegos; jura, promete hacer en lo sucesivo cuanto él quiera, y a pesar de su arrepentimiento, redoblan los golpes sobre sus costillas hasta que el cansancio pone fin a aquella escena.

José va en busca de Meliso, y le dice:

—Mañana veremos qué milagro habrá operado el consejo de ir al Puente de los gansos.

Después de reposar un rato, se lava las manos; luego se sientan a la mesa, y llegada la hora de descansar se acostaron. En cuanto a la pobre mujer, bien que mal, logró tirarse en una cama; al día siguiente se levanta temprano, va a ver a su marido y le pregunta qué quiere para comer.

Éste, riéndose con Meliso, se lo dice, y llegada la hora de la comida encuentran servida la mesa conforme se había ordenado. Así fue que tanto José como su amigo no pudieron menos de elogiar la sabiduría del consejo que al principio no habían podido comprender.

Algunos días después Meliso, de regreso a su casa, confió a persona discreta la respuesta de Salomón. Ésta le dijo:

—No podía daros consejo mejor. Ya sabéis que vos no amáis a nadie: las fiestas que dais, los placeres que os procuráis, no significan amistad hacia nadie, sino egoísmo, nada más que egoísmo y vanagloria. Amad, pues, como os ha dicho Salomón y seréis amado.

Así fue como José logró corregir a su mujer y Meliso tener amigos.

Notas

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