Cuentos de Boccacio
El Esplendido
En la ciudad de Pistoya, poco distante de Florencia, había un caballero de antigua e ilustre familia, llamado Francisco de Vergellesi, el cual era riquísimo, pero muy avaro, aunque hombre de bien, ingenioso y de grandes conocimientos. Habiendo sido nombrado podestá de Milán, montó su casa a todo tren, para poder figurar honrosamente en aquella ciudad, a dónde estaba a punto de llegar. Sólo le faltaba un caballo de silla, y como lo quería muy bueno, no encontraba ninguno que lo satisficiera del todo.
Había por aquel tiempo en la misma ciudad de Pistoya un joven llamado Ricardo, de origen oscuro, pero inmensamente rico. Vestía con tal gentileza y elegancia, que se le apellidó el Espléndido y sólo se le nombraba así. Este joven estaba perdidamente enamorado de la mujer de Francisco de Vergellesi; sólo la vio una vez, pero su belleza y encantos habían causado tal impresión en su ánimo, que habría sacrificado toda su fortuna por el solo placer de ser amado de aquella beldad.
Ningún medio dejó de poner en ejecución para Hacerse valer a los ojos de aquella mujer, pero en vano; el marido la tenía tan guardada, que ni siquiera había logrado hablarla. No ignoraba Francisco el amor que Ricardo sentía por su cara mitad, y sobre ello le bromeaba cada vez que se veían. Éste se chanceaba a su turno respecto a lo celoso que estaba, no impidiendo esas recíprocas burlas que los dos fuesen muy buenos amigos.
Como el Espléndido poseía el más hermoso caballo de toda la Toscana, aconsejaron al marido que se lo pidiera, dándole a entender que el galán era capaz de regalárselo, en atención al cariño que profesaba a su mujer. Francisco, devorado por su avaricia, accedió a ello, mandando un recado al Espléndido para que fuese a verle a su casa. Cuando estuvo allí, le preguntó si quería vender su caballo, no tanto porque deseara comprárselo, sino para ver si se lo regalaba. Encantado el Espléndido de la propuesta, contestóle que no le vendería por todo el oro del mundo:
—Mas por mucho que le aprecie —añadió— os lo regalo si me permitís tener una entrevista con vuestra esposa, a presencia vuestra, siempre que os coloquéis a distancia conveniente para no oír lo que diga.
Aquel marido fue bastante vil para dejarse dominar por el interés; por lo tanto, contestó no tener reparo en ello, estando seguro de la virtud de su mujer y creyendo burlarse después del Espléndido. Déjalo solo en la sala y se dirige al momento en busca de su mujer, a quien cuenta lo que acaba de suceder, suplicándola tuviese a bien hacerle ganar el magnífico caballo de Ricardo.
—Tal complacencia —la dijo— no debe apenaros en lo más mínimo; yo estaré presente. Os prohíbo, sobre todo, que le déis contestación a sus preguntas. Venid a oír lo que tiene que deciros.
La señora Vergellesi era demasiado honrada para aprobar el procedimiento de su marido, por lo que rehusó someterse a sus designios; pero aquél insistió de tal manera que se vio obligada a obedecer. Acompañóle al salón, maldiciendo su sórdida avaricia. Apenas el Espléndido la hubo saludado, cuando renovó su promesa, y después de haber hecho retirar al marido al extremo opuesto del salón, sentóse al lado de la señora y hablóla en estos términos:
—Tenéis demasiado talento, señora, para no haber observado, desde hace tiempo, que estoy ardiendo de amor por vos. Os pido perdón por mi atrevimiento; mas no he podido librarme de los encantos de vuestra belleza, que es más grande, mucho más que la de cuantas mujeres conozco. No pretendo hablaros en este momento de las otras cualidades que os adornan y que rinden a vuestras plantas todos los corazones. Me haréis la justicia de creer que nadie sabe apreciarlas tanto como yo. Tampoco trataré de pintaros la violencia de la llama que habéis encendido en mi pecho; contentándome con aseguraros que sólo se extinguirá al par de mis días, y aún durará eternamente, si nos es permitido amar en la otra vida. En vista de lo que acabo de manifestaros, ya comprenderéis que cuanto valgo y cuanto tengo están a vuestra disposición: mis bienes, mi persona, mi vida, nada os puedo negar, y me consideraría el más afortunado de los mortales si pudiese hacer por vos algo que os satisficiera. Me atrevo a creer, pues, que en vista de todo esto os mostraréis en lo sucesivo más sensible al amor que habéis sabido inspirarme desde el primer día que tuve la dicha de veros. De vos depende mi tranquilidad, mi existencia, mi felicidad. Sólo vivo por vos, y mi aliento se extinguiría en este momento si no tuviera la esperanza de hallaros sensible a mi ternura. Apiadaos de un corazón que llenáis enteramente con vuestro amor; pagad cariño con cariño. ¡Qué pueda yo decir, que si vuestras gracias me han convertido en el más apasionado y más digno de los amantes, también me han conservado la vida y me han hecho el más feliz de los mortales! ¡Si pudieseis leer en mi corazón! Estoy persuadido de que os compadeceríais del tormento que le devora. Sabed que no me es dado soportar ni un momento más y que tendréis que reprocharos mi muerte si insistís en vuestra insensibilidad. Además de la pérdida de un ser que os adora, que os idolatra, que arde de amor por vos, vuestro remordimiento será eterno y no dudéis que al solo recuerdo del mal que habrá producido vuestro desdén habréis de exclamar: ¡Ay! ¡Cómo fui cruel en causar la muerte de aquel joven que tanto me amaba! Pero ese arrepentimiento tardío no hará, señora, más que acrecentar vuestras penas y vuestro dolor. Para no exponeros a ese remordimiento, dejaos amar y que cesen los males que me causáis con vuestra indiferencia. Hacedlo por piedad, ya que no por amor. Sois demasiado humana para querer la muerte de un joven que hace tanto tiempo arde de amor por vos, que no ama ni nunca amará más que a vos, y que sólo vive y quiere vivir para vos. Si os dejareis convencer por la constancia de su ternura; si tendréis compasión de su suerte y le haréis tan dichoso como es digno de compasión, dándole a entender por medio de vuestras palabras que pagáis su cariño con tierna correspondencia.
Dicho esto en tono muy patético y conmovedor, el Espléndido quedó callado, esperando la respuesta de la dama, mientras enjugaba algunas lágrimas que se habían desprendido involuntariamente de sus ojos.
La señora, que hasta aquel momento se había mostrado insensible a cuanto hiciera por ella aquel amante apasionado, que había desdeñado los homenajes que le rindiera en torneos, justas y otras fiestas dadas en su honor, y que ni siquiera había querido consentir en concederle un cuarto de hora de conversación, no pudo oír aquel discurso sin emoción, afectándola vivamente y sintiendo que su corazón se abría insensiblemente a las dulces impresiones de la ternura. Su sensibilidad acreció hasta tal punto que ya no fue dueña de ocultar, y si bien, conformándose con el mandato formal de su marido, guardó silencio, los suspiros que se escaparon de su pecho expresaban bien claramente lo que tal vez hubiese declarado sin rebozo al Espléndido a no haber sellado sus labios la orden del marido.
El amante, sorprendido de su silencio, no tardó en conocer la causa que lo producía, viendo al marido reír solapadamente.
—Comprendo que os ha prohibido hablar —dijo—. ¡Qué bárbaro!… No imitéis su ejemplo, señora; una sola palabra basta para hacerme dichoso.
La dama no le dijo la palabra que él aguardaba; pero sus ojos, la expresión de su rostro y los suspiros que a cada momento se le escapaban, hacían a maravilla el oficio de la voz. Al Espléndido no se le escapó nada de esto y desde aquel momento empezó a concebir alguna esperanza y cobró ánimos.
—Bien —repuso el joven— ya que vuestro marido os ha prohibido contestarme, yo contestaré por vos, yo seré el intérprete de vuestros sentimientos. Y enseguida se expresó de la manera que hubiera deseado se le contestara.
—Querido Ricardo —dijo él en tono muy dulce— hace mucho tiempo que he descubierto el amor que me profesas, y lo que acabas de decirme me prueba cuál tierno y sincero es. Te confieso que me halaga tu pasión. Te he parecido insensible, cruel; no quiero que por más tiempo creas en la insensibilidad de mi corazón. Sí, te amo, pero la prudencia me veda decírtelo. Tengo en mucho mi reputación y el aprecio público para haber obrado de otra manera; mas como no dudo de tu prudencia y tu discreción, vive tranquilo, que estoy resuelta a darte pruebas del cariño que te profeso. Todavía algunos días más de paciencia y está seguro que he de cumplir la promesa que te hago. Siento que sólo por el amor que me tienes vayas a regalar tu magnífico caballo a mi marido; justo es que seas indemnizado por ese sacrificio. Tú no ignoras que está en vísperas de partir para Milán; te juro, que inmediatamente después de su partida podrás verme cuando quieras, y a fin de que no tenga que hablarte otra vez para hacerte saber cuándo podremos reunirnos, te advierto que el día que me vea libre y lo tenga todo dispuesto para recibirte, colgaré dos gorros en la ventana de mi habitación que da al jardín. Tú acudirás a la cita, teniendo cuidado de no ser visto de nadie; yo te aguardaré y pasaremos juntos esa noche.
Después de expresarse de esta manera, desempeñando el papel que correspondía a la linda muda, habló por cuenta propia lo que sigue:
—Mi bella, mi querida, mi adorada señora: estoy tan penetrado de vuestras bondades, me causan tan viva alegría, que no encuentro frases adecuadas para pintaros mi reconocimiento, y aunque las hallara, todo el tiempo que me resta de vida no bastaría para manifestaros la sensibilidad que embarga mi corazón. Os ruego, pues, que supláis por vos misma cuanto pudiera deciros para daros dignamente las gracias. Sólo os puedo afirmar que preferiría perder mil vidas que tuviera antes que comprometeros en lo más mínimo, y que siempre sabré conducirme de modo que sea digno de vuestro amor. No tengo en este momento nada más que deciros, y sí sólo rogar a Dios que os haga tan constante y dichosa como yo deseo y vos os merecéis.
La señora no despegó los labios, pero dio a entender al Espléndido que no era tan insensible como al principio pareciera. El apasionado galán, viendo que no podía sacarle ni una palabra, levantóse y fue al encuentro del marido, que le dijo con la sonrisa en los labios:
—Y bien, señor mío ¿he cumplido lo que os prometí?
—No por cierto —contesta éste secamente—. Me habíais prometido que tendría un rato de conversación con vuestra cara mitad y me habéis presentado una bella estatua.
La respuesta del Espléndido dejó muy complacido a micer Francisco, puesto que le afirmó más todavía en la opinión que se había formado de la virtud de su mujer.
—Sea como fuere, el caballo de vuestra propiedad no deja por eso de pasar a ser mío — repuso el marido.
—Convenido, pero si hubiese podido figurarme no sacar ventaja de la gracia que me habéis concedido, os confieso que prefiriera cien veces regalároslo, sin poner condiciones; a lo menos os habría tenido la satisfacción de ser galante del todo, mientras que ahora puede decirse que he hecho poco menos que vendéroslo.
El marido sonreía maliciosamente mientras el otro estaba hablando, burlándose de él en sus propias barbas. Habiendo logrado, pues, lo que deseaba, partió dos días más tarde en dirección a Milán.
Al verse la señora libremente en su casa, se le presentan de continuo en su ánimo los discursos del Espléndido, el amor que le devoraba, la generosidad con que había sacrificado su caballo más querido, y hasta su amor propio complacíase en semejantes recuerdos. Lo que contribuía más que todo a entretenerla en esas ideas, era ver al apasionado Ricardo pasar y repasar todos los días bajo sus ventanas. Cuando le divisaba, decía para sí: «¡Pobre joven! ¡Cuánto me ama! ¿No debo tener compasión de él, puesto que por mí sufre? ¿Qué haré sola en esta casa por espacio de seis meses que durará la ausencia de mi esposo? Muy larga es la espera para una mujer de mis años. ¿Podrá resarcirme acaso mi marido de esos atrasos? ¿Quién sabe si no se procurará una querida en Milán? Por otra parte ¿cuándo se me presentará otro amante tan tierno, tan amable como el Espléndido?». Tales reflexiones, que acudían continuamente a su mente, la decidieron un día a colgar los dos gorros en la ventana de su habitación. Apenas vio la señal Ricardo, cuando, transportado de gozo, creyóse el más feliz de los mortales. Aguardó con gran impaciencia a que llegase la noche, y a la hora oportuna dirigióse a la puerta del jardín, que sólo estaba entornada, y después de haberla cerrado, corre presuroso a la entrada de la habitación donde le aguarda su bella.
Síguela a su cuarto y apenas está dentro cuando la abraza con los mayores transportes y la cubre de besos. Echáronse a la cama, donde disfrutaron placeres tanto más deliciosos cuanto que eran fruto del más tierno amor. No fue la sola noche que pasaron el uno al lado del otro, como es de suponer; su comercio duró tanto como la ausencia del marido. Y hasta pretende la crónica que hallaron ocasión de holgar varias veces después de la vuelta del cornudo.