Cuentos de Boccacio

Giovanni Boccaccio · Capítulo 17 de 44

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Cuentos de Boccacio

La Oracion Contra los Aparecidoso la Cabeza de Burro

LA ORACION CONTRA LOS APARECIDOSO

LA CABEZA DE BURRO

 

En la calle de San Brancasio, de Florencia, vivía un famoso cardador de lana llamado Juan Lotteringhi, hombre mucho más afortunado que despierto, puesto que, a pesar de su torpeza y gran simplicidad, se le nombraba con frecuencia preboste de todos los cardadores del barrio de Santa María la Nueva, quienes estaban obligados desde aquel momento a celebrar las reuniones en su casa. Además de esto obtuvo otros honores en su compañía, lo cual le puso tan vanidoso que se creía mucho más alto que los demás seres.

Como no estaba mal de intereses para un hombre de su condición, con frecuencia solía convidar a comer a los padres de Santa María la Nueva, regalándoles con algún pantalón, un capuchón, una sotana o algunos pañuelos. Los frailes le enseñaban, en cambio, muy buenas oraciones, que el hombre guardaba preciosamente, creyendo alcanzar con ellas la salvación de su alma.

Este mentecato tenía mujer bonita y agraciada, llamada Tessa, hija de Mannunccio de la Cuculia, tan prudente y diestra como torpe era su marido. No ignoraba Tessa la superioridad que sobre él tenía a este respecto, proponiéndose sacar partido cuando la ocasión se presentara. El ingenio es un mueble útil que nos ha dado la naturaleza para que nos sirvamos de él; así, pues, Tessa no lo desaprovechó.

Habiéndose enamorado de Federico di Neri Pegolotti, gallardo mozo que la atisbaba desde hacía tiempo y que también la amaba, mandóle un recado por medio de su criada, citándolo para una casa de campo llamada Camerata, que poseía junto a Florencia, donde acostumbraba a pasar el verano, yendo algunas veces a hacerle compañía su marido, terminados sus negocios, y regresando a la ciudad a la mañana siguiente. Federico, que no deseaba otra cosa que tener una entrevista con su adorada, no faltó a la cita, dirigiéndose a la quinta aquella misma noche, y como el marido no se presentara, el galán cenó tranquilamente y se acostó con Tessa, y ya se comprenderá que no pasarían la noche durmiendo.

Tessa le enseñó, mientras le estrechaba en sus brazos, media docena de las oraciones que recitaba su marido. Aquellos afortunados amantes quedaron harto complacidos de las delicias que acababan de disfrutar, y tomaron sus medidas a fin de repetirlas las más veces posibles sin comprometerse. Fue convenido, antes de separarse, que, para ahorrar a la criada el trabajo de ir en su busca, Federico se encaminaría todos los días a una quinta que poseía un poco más allá de la de su amante, por delante de la cual había de pasar forzosamente; que a la ida y a la vuelta cuidaría de pararse en una viña contigua a la casa, donde pondría una cabeza de burro en la punta de un palo, que cuando el hocico estuviese del lado de la ciudad, indicaría que el marido estaba ausente, y entonces sería dueño de ocupar su lugar aquella noche, y caso de encontrar cerrada la puerta de la casa, diese tres golpes y ésta no tardaría en abrirse.

Pero si el mencionado hocico miraba hacia Fiésole, sería señal de que maestro Juan estaba en la quinta y debía pasar de largo. Por medio de esta estratagema pasaron juntos muchas noches sin necesidad de mensajero para avisarse y sin temor de ser sorprendidos.

Mas una de ellas en que Federico debía ir a cenar con Tessa, la cual le esperaba con dos excelentes pollos asados, aconteció que maestro Juan, que había creído no poder acompañar aquel día a su mujer, emprendió el viaje muy tarde, contra su costumbre. Mucho contrarió a Tessa la visita del marido, y para castigarlo no le sirvió más plato en la cena que un pedazo de tocino cocido. Los dos pollos, varios huevos frescos y una botella de excelente vino fueron envueltos, por orden suya, en una servilleta bien limpia y llevados por su confidente a un jardín donde se podía pasar por la casa.

—Colocarás todo esto —la dijo— al pie del melocotonero donde hemos cenado otras veces.

Pero la precipitación con que se hizo todo para que no lo supiera el marido, unido a lo malhumorada que su llegada la había puesto, fue causa de que se olvidara decir a la sirvienta que aguardase a Federico y le despidiese.

Después de haber, marido y mujer, comido tristemente su pedazo de tocino, se acostaron, haciendo lo mismo la criada. Apenas estuvieron en la cama cuando se presenta el galán y llama suavemente en la puerta. El primero que lo oye es el marido, y la esposa también se apercibe de ello, mas para no infundir sospechas al cornudo hace como que duerme. Federico llama por segunda vez. Juan, sorprendido de lo que pasa, despierta a su mujer y la dice:

—Tessa, ¿has oído? Alguien llama.

—¡Ay! —responde la muy taimada—. No me sorprende; es un aparecido, un alma del otro mundo que me causa un miedo atroz hace algunas noches, al extremo de que enseguida que lo oigo envuelvo la cabeza en las sábanas y no me atrevo a levantarme hasta que es de día claro.

—Sosiégate, hija mía. Si es un alma en pena ningún daño te hará, pues al acostarme he rezado el Te lucis y la Intemerata. Además he persignado las cuatro esquinas de la cama; de consiguiente, por poder que tenga, no es de temer nos cause el menor perjuicio.

La señora, no satisfecha con haber alejado la sospecha del ánimo de su marido, y temerosa de que el amante sospechara a su vez, resolvió levantarse y darle a entender que se hallaba con su marido. Así que dijo a Juan:

—Tus oraciones y signos de cruz no me devuelven la calma por completo, si he de confesarte la verdad, y no estaré tranquila hasta que hayamos conjurado al alma en pena.

—Y ¿cómo hacerlo? —pregunta el imbécil.

—No te inquietes por eso —replica la mujer—. El otro día, al ir a ganar mis indulgencias a Fiésole, una santa religiosa, a quien participé el suceso, me enseñó una oración infalible para conjurar y expulsar a los espíritus y aparecidos. Ella hizo la experiencia por sí misma y le salió muy bien. Por mi parte hubiera hecho la prueba, pero estando sola no me he atrevido. Ahora que te tengo a mi lado levantémonos, si quieres creerme, y vamos a conjurarlo hasta que se retire por su propia voluntad, y así no volverá más.

Juan consintió. Se levanta y dirígense a la puerta, donde Federico, muy impaciente y celoso, empezaba a sospechar de la fidelidad de su querida. Mientras se encaminan a dicho sitio Tessa dijo a su marido que escupiese cuando se lo advirtiera. El buen hombre se lo prometió, y al hallarse junto a la puerta comienzan su oración diciendo:

—¡Espíritu, espíritu, que corres de este modo toda la noche, ya que viniste con el rabo derecho, vuélvete lo mismo. Encontrarás en el jardín, al pie de un gran melocotonero, dos buenos pollos, algunos huevos de mi gallina y una botella de vino; toma lo que necesites y retírate sin hacernos ningún daño ni a mí ni a Juan, mi marido, que se encuentra a mi lado!

Terminadas estas palabras, la picarona dijo a Juan Lanas que escupiese, y éste así lo hizo. Federico que lo oyó todo no tardó en comprender el asunto. Disipáronse sus sospechas, y a pesar del mal humor que le causara el contratiempo, poco le faltó para que lanzara una carcajada al oír escupir al marido por orden de su mujer, diciéndose en su interior: «¡Ojalá escupiese hasta las muelas!».

Repetido por tres veces el conjuro, los conjuradores se volvieron a la cama. Federico creía cenar con su amante; pero habiendo comprendido perfectamente el sentido de la oración, corre al jardín y lleva a su casa pollos, huevos y vino, comiéndoselos con muy buen apetito. Cuando volvió a encontrarse con su tierna amante, ambos se rieron grandemente del suceso.

No falta quien pretende que la señora Tessa no se había olvidado de poner el hocico hacia Fiésole, pero que un campesino que acertó a pasar por la viña se entretuvo en hacerlo dar vueltas con un palo que llevaba en la mano y el hocico quedó señalando a Florencia. Esto es lo que engañó a Federico. Los mismos que esto dicen aseguran también que la señora recitó la oración de la manera siguiente:

—¡Espíritu, espíritu, retírate y no me quieras mal; no soy yo quien ha hecho girar la cabeza del burro! ¡Que Dios castigue al que lo hizo! Estoy al lado de Juan, mi marido.

Y que, por lo tanto, Federico se había vuelto a su casa sin cenar. Pero una mujer anciana que durante mucho tiempo fue vecina de la esposa del cardador, heme dicho que las dos relaciones son verídicas, según lo había oído contar en su juventud, si bien el último cuento no se refiere a la historia de Juan Lotteringhi, sino a Juan de Nello, a quien sucediera una aventura parecida.

Éste, como habéis oído contar, vivía en la puerta de San Pablo, siendo tan sencillo y crédulo como el primero. Así, pues, el lector puede escoger entre la que más le agrade o adoptar ambas, si lo cree a propósito. Hase visto que tienen una gran virtud; toca, pues, a las señoras hacer uso de ellas en tiempo oportuno.