Cuentos de Boccacio
La Doble Derrota
En la buena ciudad de Florencia, tan fecunda en sucesos de todas clases, hubo en un tiempo una joven y preciosa señorita de alto rango, que fue dada en matrimonio a un caballero de gran mérito. Como suele suceder que uno se cansa de comer todos los días un mismo pan, por sabroso que sea, la joven se enamoró de un gentilhombre de pocos años, llamado Leonetto, modelado como una estatua, muy agraciado en todo, pero de ánimo poco varonil, sin duda porque su familia no era muy antigua en la carrera de las armas. Como se amaban mutuamente, no tardaron en ponerse acordes y darse pruebas de su amor. Eran tan dichosos como pueden serlo dos que bien se aman; cuando un caballero llamado micer Lambertuccio vino a turbar su placer.
—Este gentilhombre se había apasionado hasta la locura de la joven, la cual, encontrándole poco de su agrado y hasta grosero, no hacía caso de sus ruegos. Después de muchas atenciones y mensajes, el caballero, hombre rico y poderoso, cansado de luchar en vano, advirtió a la bella que la jugaría mil tretas y la daría no pocos disgustos si persistía en rechazarlo. La joven, que conocía al hombre, temía que, efectivamente, recurriese a algún extremo, rindióse a sus impertinencias y le acordó, por miedo, lo que jamás le diera por amor.
Isabel, que así se llamaba la joven, acostumbraba pasar el verano en el campo, donde poseía una quinta agradabilísima. Tiempo hacía que vivía en ella cuando su marido tuvo precisión de ausentarse por algunos días. Apenas hubo partido, manda ella a buscar a su querido Leonetto para que la acompañe. El joven no se hizo rogar y supo aprovechar la ausencia del marido.
Por su parte, Lambertuccio, cuando supo la ausencia de aquél, montó a caballo en el acto para visitar a la linda Isabel. Llega y llama. No bien lo ve la criada cuando sube a avisar a la señora que estaba en aquel momento en su dormitorio al lado de Leonetto. Es fácil imaginarse el disgusto que tan inoportuna visita la causó, y aunque su deseo fuera despedir al gentilhombre, como le temía más que al rayo no se atrevió a hacerlo. Tomó, pues, el partido de suplicar a su verdadero amante que se escondiera detrás de la cama o en algún otro sitio, hasta tanto que se pudiera deshacer de Lambertuccio.
Leonetto, apocado por naturaleza, siguió sin titubear el consejo de Isabel; hecho lo cual la sirvienta fue a abrir al caballero, quien se apeó y dejó su caballo en el patio atado a una argolla de hierro que había en la pared. La joven salió a recibirlo en la escalera con rostro tranquilo y sonriente, y después de saludarle con la mayor cortesía, preguntóle por el objeto de su viaje.
Empezó Lambertuccio por abrazarla y contestóla que habiendo sabido la ausencia de su marido, venía a hacerla compañía. La señora le dio las gracias por su atención y le introdujo en la casa. El caballero, que no era hombre a quien gustase perder el tiempo, cierra la puerta y fuerza a la dama a satisfacer sus deseos. Nuevo contratiempo. El marido, a quien no aguardaban tan pronto, llega en ese momento. La criada desde la ventana lo ve llegar y corre al cuarto de su ama:
—Señora, viene vuestro marido; no tardará en penetrar en el patio, pues estaba ya muy cerca cuando le he visto.
Viendo Isabel el apurado trance y considerando que no le era posible ocultar al caballero a causa de su caballo, que su marido tal vez habría visto ya, poco le faltó para caer desvanecida a semejante noticia. No sabía qué partido tomar para salir de tan mal paso, cuando su espíritu, vivamente aguijoneado por el temor, presentóle repentinamente una solución:
—Si es cierto que me amáis, Lambertuccio —dijo la dama— y que tenéis en algo mi honra y mi vida, haced lo que voy a deciros. Desnudad al momento vuestro acero, mostraos encolerizado y furioso, idos y decid por la escalera: no se me escapará; donde quiera que se meta lo encontraré. Si mi marido intenta deteneros y os pregunta contra quién os las habéis, no le contestéis otras palabras que las que acabo de pronunciar. Dado caso de que insistiese, montad a caballo y partid haciendo como que no le habéis oído y nada le digáis bajo ningún pretexto: he aquí lo que exijo de vos.
Lambertuccio prometióle hacer lo que ella quería.
El marido, viendo un caballo en el patio, empezó a hacer conjeturas y se dirigía a las habitaciones de su mujer para informarse de quién había llegado, cuando encontró en el último tramo de la escalera a micer Lambertuccio disparado como una furia, sea de fatiga, sea de despecho por su llegada.
—¿Qué os pasa, caballero? —le dijo atemorizado al ver su aspecto.
—¡Por vida mía! —responde el gentilhombre—. ¡Mil rayos!, no se me escapará; donde quiera que se meta lo encontraré.
Enseguida envaina su espada, saltó sobre su caballo y desaparece a la carrera. Sorprendido de lo que acaba de ver, el marido sube la escalera y encuentra a su mujer en el umbral de la puerta, la cual parecía muy acongojada.
—¿Qué significa todo esto? —la dice—. ¿Cómo es que micer Lambertuccio ha partido tan encolerizado? ¿Con quién se las había?
La taimada Isabel se acerca a la puerta de la habitación para que Leonetto pueda oír su respuesta.
—En mi vida he pasado más miedo que en este momento —responde a su marido—. Un joven a quien no conozco acaba de refugiarse en esta casa huyendo del señor Lambertuccio que le perseguía espada en mano con objeto de matarle. Habiendo encontrado abierta la puerta de mi cuarto entró en él todo atemorizado y, echándose a mis pies: «Salvadme la vida, señora», me ha dicho. Iba a preguntarle su nombre y el motivo de su terror, cuando veo venir a micer Lambertuccio gritando: «¿Dónde está ese traidor?». En el acto me atravesé en la puerta de mi cuarto para impedirle el paso, teniendo bastante reflexión y respeto, a pesar de lo furioso que estaba, para no emplear la violencia conmigo; y después de echar mil pestes se ha ido, como habéis tenido ocasión de ver.
—Has obrado muy discretamente, querida mía —contesta el marido—. Muy desagradable para nosotros hubiera sido que le hubiese matado aquí; y ha hecho muy mal el caballero Lambertuccio en haber perseguido hasta mi casa a una persona que buscó refugio en ella.
—Ignoro en qué sitio se ha escondido —repuso la señora—, no sé más sino que entró en esta habitación.
—¿Dónde os halláis? —grita entonces el marido—. Podéis presentaros sin temor, el enemigo está lejos.
Leonetto, que todo lo había oído, sale de detrás de la cama no tan atemorizado de su rival Lambertuccio como de la llegada del cornudo.
—¿Qué tenéis que ventilar con micer Lambertuccio? —le pregunta el caballero.
—Puedo aseguraros, señor, que ignoro el motivo de su inquín, puesto que nada le he hecho, por lo cual no dudo que me toma por otra persona. Nos hemos encontrado bastante lejos de aquí y como después de haberme inspeccionado durante un rato echó mano a su espada y corrió furioso detrás de mí gritando: «¡Traidor, vas a morir!»; creí que lo más prudente era huir sin entretenerme en pedirle explicaciones sobre su extraño proceder. El tiempo que empleó para ir en busca de su caballo me ha permitido refugiarme aquí, debiendo la salvación de mi vida a esta generosa dama.
—Nada temas, amigo mío, nada temas. Te conduciré a tu casa en seguridad y luego, si lo juzgas a propósito, puedes presentarte a micer Lambertuccio para pedirle una explicación.
Después de haber cenado en agradable compañía, el marido ordenó dar un caballo al amante y lo acompañó hasta Florencia, no dejándolo hasta su casa. El joven Leonetto tuvo una entrevista aquella misma noche con Lambertuccio, según se lo recomendara Isabel y todo se arregló perfectamente, pues a pesar de las maliciosas interpretaciones que se hicieron sobre esta aventura, el marido nunca llegó a descubrir la treta que le había jugado su mujer.