Cuentos de Boccacio
La Oracion de San Julian
En tiempo de Azzo, marqués de Ferrara, un comerciante nombrado Rinaldo d’Asti, procedente de Bolonia, donde le llamaran algunos asuntos, regresaba a su casa cuando, al salir de Ferrara camino de Verona, encontró algunos jinetes que él tomó por negociantes, no siendo otra cosa que bandidos; y salteadores de caminos. Hablóles sin la menor desconfianza, consintiendo en proseguir su camino en compañía suya.
Aquellos tunantes, viendo que era comerciante, creyeron que llevaba dinero y formaron el proyecto de robarle cuando se presentara un momento propicio. Para alejar toda sospecha de su ánimo hablan de honor y probidad, afectan sentimientos muy honrados y se apresuran a manifestarle cierto cariño y buena voluntad, no dejando escapar ninguna ocasión de mostrarse corteses con él.
Encantado Rinaldo de su buen proceder, felicitábase de aquel encuentro, tanto más cuanto que sólo llevaba un criado en su compañía, también montado como él, pero que no le ofrecía el menor recurso contra el fastidio. Hablando de esto y de lo de más allá con los bandidos, la conversación recayó sobre las preces que se dirigen al Altísimo.
Entonces uno de aquellos infelices, que eran en número de tres, dijo a Rinaldo:
—Y vos, señor mío, ¿qué oración acostumbráis a rezar cuando vais de viaje?
—A deciros verdad —contestó él—, no me envanezco de saber muchas oraciones; vivo a la antigua y sencillamente. No obstante, os confesaré que en el campo acostumbro a rezar todas las mañanas, antes de salir de la posada, un padrenuestro y un avemaría por el alma del padre y de la madre de San Julián, para tener buen albergue la noche siguiente. Os aseguro que siempre me ha ido bien con tal oración. Me ha sucedido varias veces caer en graves peligros, pero constantemente los he vencido y al llegar la noche he hallado buena y segura posada. Esto me ha inspirado gran confianza en San Julián, en honra del cual rezo las dos breves oraciones antedichas. A él soy deudor de esta gracia, que Dios nunca me ha negado. Os afirmo que si descuidaba rezar estas oraciones no creía hallarme seguro durante el día ni encontrar albergue donde pasar la noche sin peligro.
—Y esta mañana, caballero, ¿habéis rezado el padrenuestro y el avemaría? —preguntó aquel que lo interrogara al principio.
—Ciertamente —contestó Rinaldo.
—Tanto mejor para vos —repuso entonces el mismo bribón, que pensaba llevar a cabo su proyecto—, pues si lo habéis olvidado no sería culpa mía que os encontrarais mal alojado esta noche —luego levantando la voz—: He viajado a lo menos tanto como vos y aunque nunca haya rezado vuestra oración, cuya eficacia he oído elogiar no pocas veces, sin embargo, ni una sola me ha sucedido estar mal alojado. Hasta apostaría que esta noche hallaré mejor albergue que vos, a pesar de vuestra oración. Verdad es que acostumbro a rezar, en vez de la oración de San Julián, el versículo Diripuisti, o la Intemerata, o el De profundis, que, según me decía mi abuela, tiene una gran virtud.
Hablando de esta suerte continuaron su camino, no perdiendo de vista su proyecto los tres bandidos; sólo esperaban un sitio y ocasión favorable para llevarlo a cabo. Después de pasar junto a una fortaleza llamada Castel-Guillermo hicieron alto en un lugar solitario y techado, bajo el pretexto de dar de beber a sus caballerías en el vado de un riachuelo, y al momento se echan sobre Rinaldo, le quitan su caballo y ropas, dejándole en paños menores.
—Ahora verás —le dicen al alejarse— si tu San Julián te dará un buen alojamiento esta noche; en cuanto al nuestro, las apariencias nos indican que será excelente.
Proferidas tan cariñosas palabras, vadean el río y prosiguen su camino.
El criado de Rinaldo, que se había quedado atrás, viéndole luchar con aquellos salteadores, en vez de volar a su socorro fue lo bastante cobarde y malvado para variar de rumbo en el acto, galopando hasta encontrarse en Castel-Guillermo, donde llegó de noche. Alojóse en una de las mejores posadas, sin cuidarse poco ni mucho de la suerte que corriera su amo.
Entretanto, Rinaldo, desnudo casi del todo y expuesto al frío y a la nieve que caía a grandes copos (pues era en mitad del invierno), maldecía su destino, y viendo que la noche se echaba encima, no sabía qué partido tomar. Transido de frío y tiritando resuelve buscar un asilo donde pasar la noche. Aquel país llevaba impresas todavía las señales de los estragos que causara la guerra; todo había sido presa de las llamas, hasta el punto que Rinaldo, no divisando casa ni choza alguna, decidió buscar el camino de Castel-Guillermo, ignorando que su criado se hubiese retirado a aquella fortaleza.
Imaginábase que si tenía la fortuna de penetrar en ella el cielo le enviaría algún socorro. Pero ¡oh desdicha!; como ya estaba muy adelantada la noche cuando llegó allí, encontró cerradas las puertas y levantadas las poternas. Su desesperación no tuvo límites, pues había de qué desesperarse; mas como la desesperación no sirve para nada, va de aquí para allá sin descubrir ningún sitio donde guarecerse de la nieve que caía en abundancia. Por fortuna suya descubrió un edificio situado sobre la muralla, el cual, adelantándose un poco hacia afuera, formaba debajo un pequeño cobertizo. Rinaldo se detiene allí sin vacilar, resuelto a esperar el día.
En aquel sitio había una puertecilla alrededor de la cual veíase un poco de paja. Recógela cuidadosamente y forma con ella un lecho lo mejor que puede. Allí, acurrucado y muerto de frío, quéjase de su suerte y murmura contra San Julián por haber recompensado tan malamente la devota confianza que le inspiraba. Esto buen santo, que no le había olvidado por completo, compadecido de él no tardó en procurarle un albergue mucho mejor.
Sabéis que en aquella casa, cuyo vuelo servía de cobertizo al pobre Rinaldo, habitaba una joven viuda, linda y deliciosa hasta donde puede serlo una criatura humana. Era la querida del marqués de Azzo, gobernador de la fortaleza, el cual la amaba locamente y la tenía en aquel sitio para verla más a su gusto y sin testigos importunos.
Precisamente el marqués debía ir a pasar la noche con ella, y la dama, en su obsequio, habíale hecho preparar un baño y una magnífica cena. Todo estaba dispuesto para recibirle cuando uno de los servidores vino a anunciarla que el marqués no podía acudir a la cita, pues se veía obligado a partir en el acto para Ferrara. La señora, sintiendo haber hecho inútilmente tantos preparativos, quiso aprovechar siquiera el baño destinado al marqués. Dicho baño estaba junto a la puerta donde yacía nuestro hombre. La dama salía de él en el acto en que Rinaldo acababa de instalarse en aquel sitio, y habiendo oído sus gemidos y el castañeteo de sus dientes:
—Mira —dijo a su sirvienta— qué es esto.
La joven sube, se asoma a la ventana y divisa, a favor de la débil claridad que reinaba, un hombre en paños menores sentado en el umbral de la puerta. Pregúntale qué hace en aquel sitio, pero el castañeteo de sus dientes no le permite articular las frases con claridad. Al fin logró hacerle comprender quién era y sus desventuras. La joven, sensible por naturaleza, corre a dar parte a su señora, rogándole que tenga compasión de aquel desdichado. La dama, no menos humana, recuerda que tiene la llave de aquella puerta, por donde pasaba el marqués cuando no quería ser visto.
—Ve a abrirle —la dice—, tenemos dónde alojarle y con qué darle una buena cena.
La sirvienta, elogiando el buen corazón de su señora, se apresura a abrir, y viendo al infeliz medio muerto de frío, le hace entrar en el baño, que todavía se mantiene caliente. Ya supondréis que no se lo hace repetir dos veces. El pobre diablo creyó resucitar al sentir aquel dulce calor. Mientras recobraba el ánimo y las agotadas fuerzas, la caritativa señora le hizo buscar un traje entre los de su marido, que muriera hacía poco. El traje le venía tan bien que se hubiera dicho hecho a su medida. Viéndose vestido decentemente y aguardando las órdenes de su bienhechora, empieza dando gracias a Dios y a San Julián por haberle enviado un socorro tan inesperado y deparándole albergue tan excelente.
Algo descansada ya la señora de la casa, encaminóse a una sala del piso bajo, donde había hecho encender un gran fuego, y pidió noticias del comerciante. La criada contesta que se ha vestido, que se encuentra perfectamente y que tiene trazas de ser hombre muy galante.
—Dile que entre —repuso la señora—, que se calentará y cenará conmigo, pues todo indica que necesita comer.
Rinaldo se presenta, pórtase como un hombre no escaso de educación y trata de expresar su reconocimiento lo mejor que puede. La belleza de su anfitriona, a quien no deja de admirar, hace más apreciables todavía sus beneficios. Encontrando, por su lado, la señora que la criada no se había engañado en la descripción que hizo de Rinaldo, lo colma de atenciones, le invita a sentarse a su lado cerca del fuego, suplicándole al mismo tiempo que le cuente las desdichas de que fuera víctima.
Rinaldo se las relata en sus menores detalles; ella no duda ni por un momento de la verdad de sus aventuras, pues su criado, al llegar a Castel-Guillermo, hizo correr la voz de que su amo había sido robado y tal vez asesinado por una cuadrilla de salteadores. Todo lo cual había llegado a oídos de la dama, que pudo darle noticias de su criado, añadiendo que fácilmente lo encontraría al día siguiente.
Durante la conversación la criada había servido la cena. Rinaldo fue invitado a sentarse a la mesa; lo efectuó sin pesar y comió, como es de creer, con muy buen apetito. La señora no apartaba la vista de su huésped; cuanto más le miraba más amable le encontraba.
Sea que la cita del marqués hubiese puesto en movimiento sus sentidos, sea que quedara prendada de la gentileza, juventud y maneras agradables de Rinaldo, lo cierto es que se apasionó en el acto de su persona. «Aunque aproveche esta ocasión, decía ella en su interior, no haré otra cosa que vengarme del marqués que se ha burlado de mí». Apenas se hubieron levantado de la mesa, cuando habló en secreto a la criada para sondearla sobre lo que intentaba hacer. La doncella, que conocía las necesidades de su ama y leía perfectamente sus intenciones, aconsejóle que satisficiera su apetito e hizo cuanto pudo para que desechase todo escrúpulo.
La señora, pues, volvió junto al hogar donde dejara a Rinaldo, que, comprendiendo muy bien de lo que se trataba, felicitábase en su interior de no haberse olvidado aquel día de rezar su oración. Ella se colocó casi frente a frente de nuestro hombre y después de dirigirle algunas miradas amorosas:
—¿Por qué estáis tan pensativo? —pregúntale—. ¿Acaso os aflige la pérdida de vuestro caballo y de vuestras ropas? Consolaos, os halláis en buena casa y podéis considerarme como a vuestra amiga. Por otro lado —añadió— ¿sabéis que bajo ese traje, que os va a maravilla, me parece estar viendo a mi difunto esposo? ¿Sabéis que con tal motivo me han entrado ganas, más de veinte veces de abrazaros y daros un millón de besos? Os confieso que hubiera satisfecho mis deseos a no tener el temor de desagradaros.
A semejante discurso, pronunciado con un tono que indicaba la más ardiente pasión, Rinaldo, que no era novicio en los lances de amor, se acerca a la gentil dama y la dice alzando los brazos al cielo:
—¡Cuán ingrato sería, señora, yo que os debo la vida, si fuera capaz de oponerme a cualquier cosa que os sea agradable! Satisfaced, pues, vuestros deseos; abrazadme, dadme cuantos besos queráis; os aseguro que me tendré por muy afortunado con vuestras caricias y contestaré a ellas de todo corazón.
No tuvo necesidad de decir más. Arrastrada por la pasión que la dominaba, la dama se echa al momento en sus brazos y le da mil tiernos besos que Rinaldo le devuelve con usura. Después de haber permanecido algún tiempo así enlazados, dirígense al dormitorio y se tiran en el lecho. No necesito deciros las delicias que allí gustaron; sólo os indicaré que la oración en honor de San Julián produjo maravillas.
El día comenzaba a despuntar cuando la dama creyó de su deber despedir al negociante, y al fin de que nadie sospechase la aventura, contentóse con darle ropas viejas y estropeadas que, en compensación, fueron acompañadas de una bolsa bien repleta. Después de recomendarle el secreto sobre lo ocurrido entre los dos y de haberle indicado el camino que debía seguir para penetrar en la fortaleza, donde no podría menos de encontrar a su criado, hízole salir por la puertecita que daba al exterior de la misma.
Cuando hubo despuntado el día y fueron abiertas las puertas Rinaldo, fingiendo venir de más lejos, entró en Castel-Guillermo y habiendo encontrado la posada donde se alojaba su criado, se puso otras ropas que tenía en su maleta.
Disponíase a partir montado en el caballo de su fámulo, cuando supo que los tres salteadores que le habían despojado la víspera acaban de ser arrestados por algún otro crimen y que eran conducidos a los calabozos de la fortaleza. Fuése, pues, en busca del juez y habiéndolo confesado todo los ladrones, devolviósele su caballo, sus ropas y su dinero, de suerte que sólo perdió, según cuenta la historia, un par de ligas que se les extraviaron a los bandidos. Después de lo cual Rinaldo dio gracias a Dios y a San Julián de tan afortunado desenlace, montó a caballo y regresó sano y salvo a su patria. En cuanto a los salteadores, los tres fueron ahorcados al día siguiente.