Cuentos de Boccacio

Giovanni Boccaccio · Capítulo 40 de 44

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Cuentos de Boccacio

El Marido Penitenteo el Camino del Paraiso

EL MARIDO PENITENTEO EL CAMINO DEL

PARAISO

 

He oído decir que vivía en otro tiempo, cerca del convento de San Pancracio, un bueno y rico sujeto llamado Puccio di Rinieri. Dado este hombre a la más fanática devoción, afilióse a la orden de San Francisco, bajo el nombre del hermano Puccio. No teniendo que mantener sino a su mujer y un criado, y siendo muy rico, podía disponer de todo su tiempo para dedicarse a ejercicios espirituales. Así, pues, no se movía de la iglesia, y como era sencillote y carecía de instrucción, toda su devoción consistía en rezar padrenuestros, ir a los sermones y oír varias misas. Ayunaba casi todos los días, y se flagelaba tan a menudo que todos suponían pertenecía a la cofradía de los disciplinantes; a lo menos ésta era la voz que corría en su barrio.

Su mujer, llamada Isabel, era linda, fresca como una rosa, regordeta y sólo contaba veintiocho años. No era muy de su agrado que digamos la devoción del hermano Puccio, pues a menudo la hacía observar abstinencias un poco largas y no muy soportables para una mujer de su edad. Cuando la daban ganas de pasar un rato agradable con él, el buen hombre gastaba el tiempo hablándola de los sermones del hermano Nastagio, de las lamentaciones de la Magdalena o de cosas parecidas, lo cual sentaba bastante mal a la señora.

Un fraile llamado Félix, del convento de San Pancracio, acababa de llegar de París, donde fuera para asistir a un capítulo general de su orden. El padre Félix era joven, buen mozo, hombre de ingenio y muy sabio; el hermano Puccio trabó conocimiento con él, no tardando en quedar unidos por la más estrecha amistad, puesto que el fraile le esclarecía cuantas dudas se le ofrecían, y parecíale tan devoto como ilustrado.

Nuestro buen hombre no tuvo dificultad en abrirle las puertas de su casa, donde solía regalarle de vez en cuando con una botella de excelente vino. Isabel le recibía con mucho agasajo, para complacer a su marido. El religioso no pudo menos de admirar la frescura y buenas carnes de aquella mujer, no tardando en notar lo que la hacía falta, y, como hombre caritativo que era, hubiera querido poder dejar satisfecha a la señora. La cosa no era fácil, mas tampoco le pareció imposible.

Durante mucho tiempo se valió de los ojos para manifestar lo que sentía, y supo llevar tan bien el asunto, que acabó por inspirar a la dama los mismos deseos que le consumían. Cuando estuvo bien seguro de eso encontró ocasión de tener una entrevista a solas con ella, amonestándola para que correspondiera a su amor. Encontróla bien dispuesta a acordarle lo que solicitaba, pero al mismo tiempo muy decidida a no aceptar ninguna cita fuera de su casa ni comparecer a su lado en ningún otro sitio, cosa que imposibilitaba casi por completo la realización del negocio, puesto que Puccio apenas abandonaba su domicilio.

Contento, por un lado, de que la bella fuese sensible a su amor, y desesperado, por otro, de no poder acariciarla, no sabía cómo salir airoso del paso. Los frailes son ingeniosos en todas sus cosas y sobre todo en aquellas que se refieren a la lascivia. Éste, pues, imaginó un expediente bien singular y muy digno de la honestidad de un hombre de sotana.

He aquí el plan diabólico que puso en ejecución para gozar de su querida en su propia casa y casi a la vista del marido, sin que el buen hombre pudiese tener la más leve sospecha. Un día que paseaba con el bendito devoto:

—Veo, querido Puccio —le dice—, que sólo os ocupáis de vuestra salvación, conducta muy digna de elogio; pero habéis emprendido un camino bien penoso y bien largo. El Papa, los cardenales y demás prelados siguen uno mucho más corto y fácil; pero no quieren que se enseñe a los fieles, pues esto perjudicaría a los hombres de sotana que, como sabéis, viven de limosnas. Si los particulares lo conociesen, el oficio del clérigo perdería todo su valor; se daría muy poco a la Iglesia, y nosotros, frailes, no tardaríamos en morirnos de hambre. Mas como sois mi amigo y quisiera probaros de alguna manera lo agradecido que estoy a vuestras atenciones, os lo enseñaría sin ningún reparo si pusiese contar con vuestra discreción.

El hermano Puccio, impaciente en exceso por saber tan precioso secreto, ruega a su amigo que se lo confíe, y le jura, por cuanto hay de más sagrado en el mundo, no divulgarlo.

—De esta manera nada puedo negaros —contesta el padre Félix—. Sabed, pues, mi caro amigo, que el camino más corto e infalible para llegar a la mansión de los bienaventurados es, según los sacros doctores de la Iglesia, hacer la penitencia que voy a indicaros. Sin embargo, no vayáis a creer que, una vez hecha, dejáis de ser pecador: todos los mortales pecamos constantemente en este pobre mundo; pero podéis estar seguro que todos los pecados que hubieseis cometido hasta el momento de hacer la penitencia os serán redimidos y perdonados, y que aquellos que podáis cometer en lo sucesivo sólo se considerarán como veniales, y por tanto, incapaces de condenaros, pudiéndolos borrar unas cuantas gotas de agua bendita. Para cumplir tan saludable penitencia debéis comenzar confesándoos muy escrupulosamente, luego ayunar y hacer abstinencia por espacio de cuarenta días, durante los cuales es preciso no sólo no tocar a la mujer del prójimo, sino ni a la vuestra. Además se necesita que haya una habitación en vuestra casa desde donde podáis contemplar el cielo todas las noches. Os encaminaréis allí a la hora de completas, teniendo la precaución de poner en dicha habitación una tabla ancha y alta, de manera que podáis sentaros encima y que vuestros pies toquen al suelo. Luego os tendéis sobre esa tabla, ponéis los brazos en forma de cruz y, los ojos fijos en el firmamento, permaneceréis en aquella postura hasta la aurora, sin moveros. Si fueseis hombre instruido estaríais obligado a recitar algunas oraciones que os enseñaría de memoria; pero como no lo sois, bastará que recéis trescientos padrenuestros y otras tantas avemarías en honor de la Santísima Trinidad. Al mirar las estrellas tendréis siempre presente en vuestra memoria que Dios ha creado el cielo y la tierra; y los brazos en forma de cruz os inducirán a meditar en la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo. A la primera campanada de maitines podéis abandonar aquella estancia de meditación y echaros sobre vuestro lecho a descansar. Luego, por la mañana, trataréis de rezar otros cincuenta padrenuestros y cincuenta avemarías, y si os sobra tiempo, lo emplearéis en vuestros negocios. Después de la comida no faltaréis a las vísperas en nuestro templo o haréis varias oraciones mentales, sin las cuales todo lo demás será. Luego regresaréis a vuestro domicilio, y a la hora de completas volvéis a empezar de nuevo la susodicha penitencia por espacio de cuarenta días. En otro tiempo yo la cumplí, y si os sentís en estado de seguir mi ejemplo, puedo aseguraros que antes del término de los cuarenta días sentiréis los efectos de la beatitud eterna, como me aconteció a mí mismo.

—¡Cuánto os agradezco, mi reverendo, lo que acabáis de notificarme! — contestó Puccio—. La cosa no me parece muy difícil ni muy larga. El domingo próximo espero, ayudado de la gracia de Dios, comenzar tan saludable penitencia.

Y antes de abandonar al fraile volvió a darle las gracias por el servicio que acababa de prestarle.

Apenas Puccio volvió a su casa cuando contó a su mujer la conversación que había tenido con el fraile, la cual, menos sencillota que él, comprendió al instante que era una astucia del religioso para lograr la ocasión de poder pasar ratos muy agradables en su compañía. La inventiva le pareció ingeniosa y bastante conforme al ánimo de un devoto imbécil; por lo que dijo a su marido que estaba muy complacida de los progresos que iba a hacer para merecer el cielo, y que, al objeto de tomar parte en su penitencia, quería ayunar con él mientras aguardaba la ocasión de practicar ella misma iguales mortificaciones.

El domingo siguiente, el hermano Puccio no descuidó comenzar su penitencia, y el padre Félix, de acuerdo con la mujer, tampoco faltó en hacerla compañía, recreándose los dos de lo lindo, mientras el marido estaba en contemplación. El buen fraile llegaba cada noche un poco después que el devoto había comenzado sus oraciones y cenaba la mayor parte de las veces con su querida antes de meterse en la cama, la que no abandonaba hasta cerca del toque de maitines.

Como el sitio que Puccio había elegido para hacer la penitencia sólo estaba separado por un tabique de la habitación de su mujer, sucedió que una noche el bribonzuelo del fraile, más apasionado que de costumbre y no pudiendo moderar sus transportes, se agitaba de tal manera en brazos de su querida que hacía crujir la cama y temblar el suelo. El hermano Puccio, que rezaba devotamente, sorprendido de semejantes movimientos, que le distraían, interrumpió su rezo y, sin moverse, preguntó a su mujer por qué se movía de aquel modo. La buena señora, alegre por naturaleza y que en aquel instante cabalgaba sin freno, contestóle que se meneaba tanto como podía.

—¿Y por qué lo hacéis? —pregunta el marido—. ¿Qué significan esas sacudidas?

—¿Podéis preguntarme eso? —repuso ella, riendo muy a su gusto de la simpleza de su marido—. ¿No os he oído decir mil veces que cuando uno se acuesta sin cenar se menea toda la noche?

El pobre hombre, creyendo que efectivamente la pretendida abstinencia de su cara mitad era la causa de su agitación por no poder conciliar el sueño:

—Ya te advertí, amiga mía, que no ayunaras —repuso enseguida—, pero puesto que no quisiste seguir mi consejo, trata de dormir y no moverte más, pues la cama se agita de tal suerte que se comunican sus movimientos a esta habitación y tiembla el suelo.

—No os ocupéis de eso, querido amigo, que yo sé muy bien lo que hago; pensad en vuestros asuntos y dejad que yo haga los míos.

El hermano Puccio no volvió a replicar, continuando sus rezos.

Sin embargo, no queriendo nuestros enamorados estar tan cerca del penitente, para que a la larga no entrara en sospechas, buscaron otra habitación distante de su oratorio. La mujer mandó colocar una cama en aquel sitio, en la cual, como es fácil comprender, pasaron muy buenos ratos. Apenas el fraile abandonaba la casa de Isabel cuando ésta se dirigía a su cama habitual, donde descansaba el hermano Puccio terminado su penoso ejercicio. Las cosas siguieron así mientras duró la penitencia. Isabel decía con frecuencia al avispado padre Félix:

—¿No causa risa que hagáis hacer penitencia a mi marido mientras nosotros gozamos las delicias del paraíso?

Aficionóse tanto la picaruela a la ambrosía que le propinaba su enamorado galán, que antes que privarse de ella consintió, terminados los cuarenta días, en verle en otro sitio que no fuera su casa. El compadre la dio gusto a discreción, siendo tanto más liberal cuanto que ambos disfrutaban lo mismo en el negocio, lo cual prueba que es verdad lo que he dicho al empezar mi cuento, pues mientras el pobre hermano Puccio creía, por medio de su ruda penitencia, penetrar en el paraíso, lo que hizo fue introducir en él a su mujer y al fraile, que le había enseñado el camino más corto.