Cuentos de Boccacio

Giovanni Boccaccio · Capítulo 11 de 44

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Cuentos de Boccacio

El Encuentro Feliz

 

En la isla de Isquia, inmediata a Nápoles, vivía en otro tiempo un excelente gentilhombre llamado Marín de Bulgaria, el cual tenía una hija muy bonita y amable, llamada Restituta, de la que se enamoró perdidamente un joven habitante de la isla de Prócida, cercana a la de Isquia. Este isleño, llamado Juan, supo interesar a la joven, logrando obtener varias entrevistas tanto de día como de noche, pero sin alcanzar más favores que algunos besos.

Cuando no encontraba ningún barquichuelo para pasar de una a otra isla, antes de faltar a la cita, hacía la travesía a nado, y si tenía la desgracia de no ver a su novia, siquiera le quedaba el consuelo de haber contemplado las paredes de la casa en que vivía. Aquel edificio le parecía un templo y su bienamada, una divinidad digna de los homenajes que todos los corazones sensibles rinden a la virtud unida a la belleza.

Durante estas relaciones amorosas, pero inocentes, quiso un día la joven ir a dar un paseo por la costa, y viéndose sola, saltaba de roca en roca armada de un cuchillo para coger ostras y comérselas. Entre las rocas manaba una fuente rodeada de arbustos que prestaban plácida sombra. La frescura de aquel sitio había convidado a varios jóvenes que venían de Nápoles a descansar; en cuanto vieron llegar a Restituta que, distraída, no los apercibió, resolvieron llevársela. No le valió que pidiera socorro, fue arrastrada de allí y trasladada a la embarcación y aunque desde un principio la trataron con miramientos y trataron de consolarla, la joven no cesaba de llorar.

Llegados a Calabria deliberaron sobre cuál de ellos la gozaría; todos querían poseerla y disfrutar exclusivamente de sus favores, hasta tal punto había logrado interesarles su belleza. Grandes disputas trabáronse por uno y otro lado, impidiéndoles los celos ponerse de acuerdo. A fin de no reñir del todo y evitar una desgracia, convínose en que ninguno de ellos la tuviese, sino que la presentarían a Federico, rey de Sicilia, joven príncipe que sabían gustaba en gran manera de aquél género de regalos, que pusieron en ejecución inmediatamente después de su llegada a Palermo.

El rey la encontró muy de su gusto, aceptando el presente con alegría. Pero como en aquel momento se encontraba bastante mal de salud, mandó que la bella fuese trasladada a una quinta llamada «Lacuba», con orden de tratarla regaladamente y con todo miramiento hasta su total restablecimiento.

El rapto de Restituta no tardó en divulgarse por todo Isquia y si bien se ignoraba quién había dado el golpe, Juan, su enamorado, al que importaba más que a nadie descubrir su paradero, valióse de todos los medios para indagarlo, así como del nombre de sus raptores.

Manda armar con diligencia una fragata y recorre todos los mares de las cercanías, desde la Minerva hasta la Scala, en Calabria, y allí fue donde supo que había sido regalada al rey, el cual la guardaba en «Lacuba». Esta noticia le afligió en gran manera, desesperando de poderla poseer, ni tal vez verla más. No obstante, resolvió mantenerse a la mira, despachando su fragata con objeto de detenerse en Palermo para ver el giro que tomaban las cosas. Como nadie le conocía, paseábase con el mayor atrevimiento por delante de la quinta, y a fuerza de pasar y repasar sucedió que un día vio a Restituta asomada a una ventana. Acercóse un poco más para que su novia se fijase en él y, efectivamente, ésta le divisó, causándole la más grande alegría. Como el lugar era silencioso y poco frecuentado, la joven se acercó cuanto pudo para poderle hablar, y sin más preámbulos, le indicó lo que tenía que hacer para verla y estar más cerca de ella sin testigos.

Examina la topografía del terreno que acaba de indicarle, y ya muy avanzada la noche vuelve allí, se encarama a la pared, penetra en el jardín, y por medio de una escala que apoya en la ventana, se introduce en el cuarto de la cautiva, autora del proyecto que acaba de llevar a feliz término.

Como la joven prevé que no podría conservar su virginidad por mucho tiempo, ya que tantos peligros había corrido, propúsose aprovechar las circunstancias para ofrendársela a su amante, convencida de que nadie era más merecedor de tal cosa y que su complacencia tal vez le determinaría a librarla de aquella especie de cárcel donde se fastidiaba de lo lindo.

En cuanto el joven estuvo a su lado le dio a conocer ingenuamente sus intenciones. El enamorado galán, en el colmo de su alegría, prometió arrancarla de aquel sitio, pues una vez fuera de allí tomaría sus medidas para llevarla consigo en una segunda visita. Entretenidos con estos planes, Juan de Prócida, que ardía en deseos de probar las delicias del amor, desnudóse y se acostó al lado de Restituta. Imposible es describir las delicias que mutuamente se prodigaron; fueron tan vivos los placeres que gozaron, que se olvidaron de todos sus infortunios y hasta del lugar en que se encontraban y el sueño les sorprendió estrechamente abrazados.

Todavía dormían cuando el rey, a quien había halagado en extremo la belleza de Restituta, sintiéndose bastante restablecido de sus dolencias y con cierto apetito carnal, partió al despuntar el día con una pequeña escolta para visitar a su linda cautiva. Abre suavemente la puerta de su dormitorio y se acerca al lecho con una antorcha en la mano, a fin de gustar el placer de verla dormida. ¡Cuál no sería su sorpresa al encontrarla en brazos de un hombre!

Fue tan grande su cólera que no pudo proferir una sola palabra y estuvo a punto de apuñalarlos a los dos; mas considerándolo que era indigno, no ya de un rey, sino de un sujeto cualquiera que se precie de honrado, matar a dos sujetos indefensos, moderó su cólera, resolviendo castigarlos con el suplicio del fuego.

Se aleja, pues, de la cama y dirigiéndose a la puerta llama a uno de sus gentilhombres, preguntándole qué opina de aquella miserable criatura en quien había puesto su afecto y si conoce al temerario que osara hacerle el ultraje en su propio palacio. El gentilhombre, sin decir nada tocante a la joven, contéstale que no recuerda haber visto antes al mancebo.

Abandona el rey la habitación y ordena que los dos amantes sean atados desnudos como estaban y trasladados de aquella manera a Palermo para ser puestos de espaldas en un poste y a la vergüenza pública, aplicándoles después el tormento del fuego. Dadas estas órdenes regresa a Palermo y se encierra en sus habitaciones rebosando despecho.

Fácil es figurarse el dolor y consternación de Restituta y de su amante, los cuales, según las órdenes del rey, fueron trasladados a la ciudad y atados a un poste, alrededor del cual levantóse el ara que había de consumir sus cuerpos. No es para descrito el horror que sintieron al ver los preparativos de tan horrible suplicio. Todo Palermo acudió a presenciar aquel triste espectáculo. La juventud y belleza de la joven, que era en lo que se fijaban los hombres preferentemente, y la gallardía y dulzura del mancebo, que se apresuraban a examinar las mujeres, excitaba la compasión de todos. No había nadie que no los juzgase dignos de mejor suerte y que no hubiese querido librarlos de aquel suplicio a haber tenido poder para ello. Pero la pública compasión no dulcificaba la suerte de aquellas pobres víctimas del amor, que se deshacían en llanto y sólo aguardaban el acto de su muerte.

Roger Doria, hombre célebre por sus campañas militares y entonces almirante de Sicilia, al saber la aventura de los infelices amantes, tuvo deseos de conocerlos. Encamínase, pues, al lugar del suplicio y sus primeras miradas son para la joven, que encuentra tan linda como se la había pintado. Después se fija en el joven, al que, no sin sorpresa, reconoce, y acercándose a él le pregunta si su nombre es Juan de Prócida. El mancebo sentenciado levanta la cabeza y, reconociendo a su vez al almirante, le contesta:

—Lo he sido hasta ahora, pero todo induce a creer que muy pronto dejaré de serlo.

El almirante le pregunta por qué motivo se veía en aquel trance.

—Por lances de amor y gracias a la cólera del rey —le contesta el joven.

Roger Doria quiso saber todos los detalles de aquella aventura y oídos por boca de la víctima, retírase harto compadecido de la desdicha de aquellos jóvenes. Juan de Prócida volvió a llamarlo y le dijo que por el amor de Dios pidiera una gracia al rey.

—¿Cuál? —preguntó el almirante, que tenía ganas de servirle en lo que pudiera.

—Veo, caballero —repuso el joven—, que estoy próximo a morir y por lo tanto, quedo privado para siempre de esa amable persona que va a tener igual suerte que la mía y a quien he amado más que a mi vida; me parece que moriría menos triste si el rey permitiese que mi rostro estuviese de cara al suyo.

—Puedes tranquilizarte —contestó el almirante sonriendo—, voy en busca del rey y tal vez obtenga para ti el permiso de ver tanto a tu amante que te canses de ella.

Y encarándose con los verdugos y arqueros, ordenóles que suspendieran la ejecución hasta nueva orden del rey. Aquel valiente militar corrió en busca del monarca y aunque no ignoraba su irritación, le dijo:

—Sire, ¿puedo atreverme a preguntaros qué crimen han cometido esos dos jóvenes condenados a ser quemados vivos?

Y como el rey le contase todo lo ocurrido:

—Convengo —repuso el almirante— en que la falta que cometieron es digna de un castigo ejemplar, y no encontraría demasiado duro el castigo a que se les condena, si otra persona que Vuestra Majestad lo hubiera ordenado; mas ya que los crímenes merecen castigo, me parece que asimismo deben recompensarse los servicios. ¿Conocéis bien a esos criminales?

—Ignoro quienes sean —repuso el rey.

—Permitidme, pues, que os los dé a conocer, para que juzguéis por vos mismo si habéis ido demasiado lejos impulsado por vuestra cólera. Perdonad la libertad que me tomo, mas los príncipes magnánimos no deben abandonarse con tanta facilidad a la impetuosidad de sus pasiones, sino que han de hacer un prolijo examen de las cosas antes de decidirse. No dudo que su Alteza será de mi misma opinión, cuando sepa que el joven a quien quiere mandar quemar es hijo de Landolfo de Prócida, hermano de Juan de Prócida, a quien debéis la corona; y que el padre de la joven llámase Marín de Bulgaria, el mismo que impidió que fueseis destronado y que sostuvo en Isquia la gloria y poderío de vuestro nombre. Por otra parte, esos jóvenes se amaban hacía mucho tiempo; el amor les unió y no el designio de ofender a Vuestra Majestad. Me parece, pues, que lejos de darles muerte, deberíais, Sire, colmarles de bienes y de honores.

El rey no se ofendió por la noble libertad con que le había hablado el almirante; al contrario, se lo agradeció, y sólo pareció contrariado por haber dado oídos más de lo justo a su resentimiento.

Ordenó inmediatamente que compareciesen a su presencia los dos amantes, y después de convencerse por sí mismo de que era verdad cuanto dijese el almirante, resolvió reparar el daño que les había hecho por medio de honores y con donativos dignos de su generosidad. Empezó por procurarles las ropas que requería su rango, y no queriendo hacer las cosas a medias, unióles en indisoluble lazo, les colmó de presentes y los mandó a su país, donde fueron recibidos por sus parientes y amigos con la mayor alegría y vivieron rodeados de la estimación de todos, amándose y acariciándose sin cesar, no recordando las pasadas desdichas más que para sentir mejor el bien presente.