Cuentos de Boccacio

Giovanni Boccaccio · Capítulo 42 de 44

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Cuentos de Boccacio

Las Pescadoras

 

Todos vosotros habéis oído hablar mil veces del rey Carlos el Viejo o Carlos I, el cual, habiendo vencido gloriosamente a Manfredo, expulsó a los gibelinos de Florencia e instaló en ella a los güelfos. Durante aquella guerra, un caballero nombrado micer Neri, de la casa de Uberti, obligado a abandonar la ciudad con toda su familia, partió con sus tesoros para ponerse bajo la protección del mismo Carlos. Más tarde, cansado del tráfago y las contrariedades de los negocios públicos, y deseoso de pasar el resto de sus días tranquilo y en la soledad más completa, se retiró a Castello da Mare, donde compró un magnífico terreno plantado de olivos, nogales y castaños, que son los árboles que más abundan en aquel país.

Sobre este terreno, muy poco distante de las demás viviendas, mandó levantar una quinta, agradable y cómoda, con un jardín encantador, en el cual, según se acostumbra entre nosotros, hizo correr algunos arroyuelos y abrir un gran vivero que pronto se vio lleno de peces. Este jardín era objeto de todos sus cuidados, embelleciéndole de día en día.

Hizo la casualidad que el rey fuera a descansar algunos días a Castello da Mare, y habiendo oído hablar con elogio del jardín de micer Neri, tuvo deseos de verlo; pero pensando que pertenecía a un caballero del partido de sus contrarios, creyó que debía obrar familiarmente y dirigirse allí sin ninguna ostentación.

Pasóle recado para anunciarle que al día siguiente iría a cenar con él sin más escolta que cuatro de sus gentiles hombres. Semejante noticia fue muy del agrado de micer Neri, quien, después de dar sus órdenes y de trabajar él mismo para que el recibimiento fuera espléndido, introdujo al soberano en su precioso jardín con las mayores muestras de alegría. El rey lo visitó todo, lo mismo que el palacio, deshaciéndose en elogios.

Las mesas para la cena habían sido colocadas junto al vivero. Empezaron a servir y después de haberse lavado el rey las manos, cada uno tomó asiento según ordenó Carlos, quien hizo colocar a Guido de Monforte a su izquierda y a Neri a la derecha. Los manjares eran de lo más delicado, excelentes los vinos y el orden del servicio admirable, lo cual dejó muy complacido al rey.

Mientras cenaba alegremente y paseaba sus miradas satisfecho por las agradables bellezas de sitio tan solitario, entran dos jóvenes, de unos quince años de edad, rubias ambas y con el pelo graciosamente trenzado y coronado con una guirnalda de flores. Su rostro era tan hermoso y tan delicadas las facciones, que más parecían ángeles que mujeres. Llevaban una túnica de tela de lino, de deslumbrante blancura, que no tenía, desde la cintura hasta arriba, otros pliegues que los que naturalmente producían un talle elegantísimo y una garganta modelada por las manos del Amor; lo restante, al bajar, se ensanchaba en forma de pabellón y les caía hasta los pies.

La primera, traía en una mano redes y en la otra un palo; la otra cargaba una sartén sobre su hombre izquierdo y en el mismo brazo un fogón y un trípode en la mano; con la diestra sostenía un tarro de aceite y una pequeña flámula encendida.

El rey no pudo mirar sin sorpresa a tan lindas criaturas; sin embargo, no despegó los labios, impaciente por saber a qué conduciría todo aquello.

Pasaron las niñas por delante del monarca, y, con gran timidez, le hicieron una profunda reverencia, dirigiéndose enseguida a la entrada del vivero. Una vez en aquel sitio, dejan en el suelo su carga, y apoderándose una de la red y otra de un palo lánzanse al agua y se zambullen hasta la mitad del cuerpo. Uno de los criados de Neri enciende fuego, derrama aceite en la sartén, aguardando que las nuevas náyades le echen algunos peces.

No tuvo que impacientarse mucho; pues como conocían ellas muy bien el agua donde batallaban, la que llevaba el palo no tardó en hacer entrar al pescado en la red que sostenía su compañera, y lo tiraban a medida que lo iban pescando al criado, el cual lo metía vivo en la sartén. Los mejores fueron echados delante del monarca, que se divertía mucho en verlos freír, y, para animar la broma, a veces, volvía a echar algunos de los que caían a su lado a las lindas pescadoras. Este entretenimiento duró todo el tiempo que el cocinero tardó en freír el pescado, no tanto por lo delicado de sus carnes como por la manera agradable como había sido preparado.

Por último, las jóvenes salen del vivero; el agua que había pegado sus ropas al cuerpo, permitía ver todos sus contornos y demás partes, y pasaron por delante del rey más tímidas porque estaban más bellas. Ninguno de los presentes dejó de contemplar y prodigar sus elogios a tan amables ninfas; pero a nadie causaron tan honda impresión como al rey, cuyos atentos ojos las habían examinado con tal voluptuosidad, que nada habría podido arrancarle de tan deleitosa ocupación. Todavía, después de haber desaparecido de su vista, se ocupa de ellas, recuerda sus encantos, sus gracias, su deliciosa turbación; siente que el amor se desliza insensiblemente por su corazón; mas está indeciso sobre a cuál de las dos dará la preferencia, puesto que su parecido es muy grande y ambas le harían dichoso.

Después de soñar un buen rato, pregunta a micer Neri quiénes son aquellas dos jóvenes.

—Sire —contesta éste—, son mis hijas gemelas; una se llama Ginebra la bella y la otra Isotta la rubia.

Al oír esto el rey vuelve a elogiar sus encantos y aconseja a Neri que las case, pero éste puso por delante la escasez de sus rentas.

Sólo faltaban los postres. Las náyades volvieron a comparecer con un nuevo atavío, aunque no menos seductor que el primero. Un ligero tafetán cubría sus delicados miembros. Las dos llevaban, en fuentes de plata, frutas de la estación que colocaron delante del monarca. Y habiéndose enseguida retirado de la mesa, desplegaron las dulzuras de su voz armoniosa, en una canción que empezaba así:

Lá ov’io son giunto, Amore,

Non si poría contare lungamente…

El rey creíase trasladado al paraíso e imaginábase oír cánticos angélicos. Después del cante echáronse a los pies de Su Majestad pidiéndole las permitiese retirarse, lo cual las fue otorgado, si bien hubiera deseado el monarca retenerlas a su lado algunos momentos más.

Terminada la cena, Carlos montó a caballo dirigiéndose a su palacio con su acompañamiento, alimentando en su pecho la nueva pasión que le atormentaba, la cual, por el momento, no trascendió a la corte. Sin embargo, entre el bullicio de los más arduos negocios, la imagen de las dos hermanas, y sobre todo la de la bella Ginebra, no se apartaba de su memoria.

Había sido tan fuertemente aprisionado en las redes del amor que no podía salir de ellas. Con frecuencia visitaba a micer Neri, ocultando con fútiles pretextos tan extraordinaria familiaridad. En fin, viendo que no podía resistir por más tiempo la impetuosidad de sus deseos, y no hallando otro medio para satisfacerlos que apoderarse de las que se los causaban, resolvió hacerlo así, comunicando su designio al conde Guido, digno de su confianza por las altas prendas de carácter que le adornaban.

—Sire —contestó éste—, lo que acabáis de decirme me sorprende tanto más cuanto que, habiendo estado desde mi infancia al servicio de Vuestra Majestad, conozco mejor que nadie vuestro temperamento e inclinaciones. Nunca durante vuestra juventud me apercibí que el amor, pasión natural de aquella edad, os hubiese desvelado en lo más mínimo. Así, pues, muy extrañado ha de parecerme que haga mella en vuestro pecho cuando la vejez está próxima a llamar a vuestras puertas. Si me fuese dado aleccionaros, os diría que, en las circunstancias actuales, esto es, en un reino conquistado apenas, en medio de una nación extraña, falsa y pérfida, no terminados aún los más importantes negocios, abandonarlos para ocuparse de un amor frívolo, es portarse, no como rey magnánimo y discreto, sino como un joven débil e imprudente. No me expreso bien todavía. Queréis, decís, privar a un padre de lo que más ama en el mundo, a un padre que os ha albergado en su casa, os ha agasajado mejor de lo que permiten sus medios, y el cual para honraros y demostraros la confianza que vuestra fe le inspira, os ha presentado a sus hijas casi desnudas. ¿Pretendéis acaso que pierda el buen concepto que de vos tiene formado? ¿Habéis olvidado ya que sólo a las violencias cometidas por el rey Manfredo debéis el sentaros en el trono de este reino? ¡Qué traición podría compararse a la que intentáis cometer! ¡Cómo! ¡Arrancar la honra, la esperanza, el consuelo del alma de un hombre de quien fuisteis huésped! Pensad lo que de vos se hablaría. Tal vez creéis que bastaría con decir: es gibelino. ¿Ha cambiado la justicia de los reyes? ¿Desde cuándo les es permitido abusar de la confianza de un hombre que se ha colocado bajo su protección, para perderle y acuchillar a quien se echa en sus brazos creyendo salvarse?

Habéis conseguido una gran victoria sobre Manfredo, mas tenéis que conseguir otra más victoriosa sobre vos mismo. Vos, que debéis servir de ejemplo a lo demás, sabed venceros, ahogad los deseos criminales, y no echéis sobre vuestro nombre una mancha que lo haga aborrecible a las generaciones futuras.

Tales palabras acibararon el alma del monarca, afligiéndolo tanto más cuanto que eran justísimas y sentía todo el peso de ellas. Por fin, después de lanzar de lo más profundo de su pecho hondos suspiros, contestó:

—Mi querido conde, no hay enemigo, por temible que le supongáis, que no sea más fácil de vencer con valor y experiencia que el domar uno sus propios deseos; pero, aunque empresa difícil y que necesita de todas mis fuerzas para ella, vuestras palabras me han infundido tal ánimo, que intento probaros que sé gobernarme a mí mismo tan bien como a los demás.

Algunos días después, de regreso a Nápoles, resolvió, tanto para alejar de él la ocasión de cometer alguna villanía como para recompensar al caballero, casar a las dos hijas de Neri, aunque le costaba gran trabajo ceder a otro los atractivos que hubiera deseado para sí. Después de obtener el consentimiento del padre, entregó a Ginebra la bella a micer Maffeo da Palizzi, e Isotta la rubia a micer Guillermo della Magna, ambos altos señores y caballeros muy afamados por su ánimo. Hecho ese penoso sacrificio, se retiró a la Pulla llevando el luto de su alma. Finalmente, después de grandes combates y no poca pena, logró romper sus cadenas, quedando enteramente libre de aquella pasión.

Algún lector me dirá tal vez que no hay nada de sorprendente en el hecho de que un rey case a dos jóvenes. Convengo en ello; pero si se añade que el rey es todopoderoso y estaba enamorado, el acto se trueca en verdaderamente admirable. Luego, grande mostróse Carlos I en esta ocasión, pues supo honrar la virtud de un gentilhombre, recompensar la hermosura de sus hijas, y, lo que vale más aún, domar sus ímpetus.