Cuentos de Boccacio

Giovanni Boccaccio · Capítulo 15 de 44

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Cuentos de Boccacio

El Cocinero

 

Habéis podido oír decir o visto vosotros mismos que micer Conrado, ciudadano de Florencia, fue siempre hombre muy gastador, liberal, magnánimo, aficionado a perros y pájaros, sin hablar de sus demás aficiones. Un día, en la caza del halcón, se apoderó de una grulla cerca de un pueblecito llamado Peretola, y como la viese tierna y gorda, ordenó que fuese entregada a su cocinero para que la asara y se la sirviera en la cena. Habéis de saber que el cocinero, veneciano de origen, llamado Chichibio, era un tonto en toda la extensión de la palabra.

Toma la grulla y la asa lo mejor que sabe. Estaba ya casi hecha y exhalaba un olorcillo muy agradable, cuando una mujer del barrio llamada Brunetta, de la que estaba enamorado Chichibio, entró en la cocina. El agradable tufillo que se desprendía del ave recién salida del asador da ganas a aquella mujer de probarla, y no vacila en pedir un muslo al cocinero.

Éste se burla de ella y la dice cantando:

—¡No le tendréis, señora Brunetta, no le tendréis!

—Si no me dais la pierna os juro no otorgaros el más pequeño favor.

Después de una empeñada discusión, Chichibio, que no quería desagradar a su adorado tormento, corta el muslo y se lo da. Aquel día había gran número de convidados a la mesa de su amo. La grulla fue servida con un solo muslo. Uno de los convidados, el primero en notarlo, demostró su sorpresa. Entonces Conrado manda llamar a su cocinero y le pregunta dónde está la otra pierna:

El veneciano, embustero por naturaleza, le contestó con descaro que las grullas sólo tenían una pata.

—¿Acaso crees tú que no he visto más grullas que ésta?

—Lo que acabo de deciros, señor, es la pura verdad; y si me obligáis, me obligo a probároslo con las que están vivas.

Todos se rieron de semejante respuesta; mas Conrado, no queriendo que pasase adelante la cosa por respeto a las personas que había en la mesa, contentóse con responder a aquel zopenco:

—Ya que te empeñas, picaronazo, en demostrarme lo que no he visto ni oído decir en mi vida, veremos si mañana mantendrás tu palabra; pero te juro que si no lo haces te acordarás por mucho tiempo de tu imbecilidad y de tu obstinación. No quiero que por ahora se hable más de esto. Retírate.

Al día siguiente, micer Conrado, quien no había podido cerrar los ojos en toda la noche, levántase al alba, muy resentido con su cocinero. Monta a caballo, ordena al muy taimado que suba en otro y le siga, dirigiéndose hacia un riachuelo en cuya orilla veíanse siempre grullas a aquella hora.

—Vamos a ver —decíale en el camino de vez en cuando y con acento despechado— cuál de los dos tiene razón.

Notando el veneciano que su amo no se había apaciguado todavía y que iba a encontrarse confundido, buscaba inútilmente un medio para disculparse. De buena gana hubiera huido si no le faltara valor para tanto; tal miedo le causaban las amenazas del gentilhombre.

Por otra parte, ¿cómo huir yendo su amo mejor montado que él? Así, pues, miraba despavorido para todos lados, antojándosele cuanto veía otras tantas grullas que se sostenían en dos patas. Ya cerca del riachuelo fue el primero en divisar una docena de grullas que todas se mantenían sobre una pata, según costumbre cuando duermen. Enseguida las enseña a su amo, diciéndole:

—Ved, señor, cómo lo que os decía anoche es la pura verdad. Observad aquéllas; no tienen todas más que una pierna.

—Voy a probarte que tienen dos —repuso micer Conrado—; espera un poco.

Y aproximándose a las aves empieza a gritar: «¡Hu, hu, hu!». Al ruido despiertan las grullas, alargan la otra pata y vuelan aprisa.

—Vamos, tunante —dijo entonces el gentilhombre—; las grullas ¿tienen una o dos patas? ¿Qué dices ahora?

—Pero, señor —repuso Chichibio, que no sabía cómo salir del atolladero y dejó de ser tonto por un momento—, vos no gritasteis anoche: «¡Hu, hu, hu!». Si lo hubierais hecho la grulla hubiera alargado la otra pata lo mismo que éstas.

Respuesta tan ingeniosa agradó mucho a micer Conrado y desarmó su cólera. No pudiendo contener la risa:

—Tienes razón, Chichibio —le contestó—. En verdad que debiera haber hecho lo que tú dices. Ve, te perdono, pero no reincidas.

De manera que con una réplica chistosísima el cocinero esquivó el castigo e hizo las paces con su amo.