Cuentos de Boccacio

Giovanni Boccaccio · Capítulo 35 de 44

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Cuentos de Boccacio

El Criado Jugador

 

Vivían en Siena dos hombres de una misma edad, con idéntico nombre de pila (Francisco), si bien el uno descendía de los Angiulieri y el otro de los Fortarrigo. Aunque muy distintos en clase y en carácter, estaban de acuerdo en una cosa: la aversión que sentían por sus respectivos padres, lo cual había bastado para ligarlos en estrecha amistad.

Angiulieri, hombre galante y liberal, viendo que la pensión que le tenía señalada su padre no bastaba para vivir decentemente en Siena, y sabedor de que un cardenal amigo suyo y completamente adicto a su persona, tenía orden del Papa de pasar a la Marca de Ancona con el título de legado, resolvió avistarse con él, esperanzado de aumentar, a su lado, su categoría y sus bienes de fortuna.

Comunica el proyecto al autor de sus días, quien lo aprueba y le hace la gracia de adelantarle seis meses de pensión para que pueda vestirse con decencia y presentarse honrosamente ante la comitiva de su protector; así, pues, lo único que debía procurarse nuestro hombre era un criado.

Informado Fortarrigo de lo que le hacía falta, ofrecióse a servirle como paje o bajo otro título, no exigiendo más salario que sus gastos personales. Angiulieri le contesta que no acepta el trato, pues aunque le creía muy apto para el destino que solicitaba, conocía en él dos defectos capitales que le imposibilitaban para el caso: su amor al juego y al vino. Fortarrigo y jura y perjura que renunciará a ambos extremos, y al fin, Angiulieri, vencido por sus juramentos y sus ruegos le admite en sus servicios.

Amo y criado parten para Boncovento, donde se proponía descansar Angiulieri, hostigado por el calor. Una vez en la posada pide una cama y se acuesta, recomendando a su nuevo criado que le despierte al mediodía. Mientras duerme el amo, Fortarrigo corre a la taberna, bebe, juega y en algunas horas se ve despojado no sólo de la escasa cantidad de que era portador, sino de todas sus ropas.

En paños menores se dirige al mesón donde descansaba Angiulieri, sube a su cuarto, se apodera del dinero que tiene y vuelve al garito. La fortuna le fue tan adversa como la primera vez, perdiendo el dinero de su amo lo mismo que había perdido el suyo.

Angiulieri se despierta, se levanta, se viste y pregunta por Fortarrigo. Como nadie le da noticias de él piensa que estará durmiendo en algún rincón, amodorrado por el vino, según costumbre, en vista de lo cual decide abandonarle y contratar otro criado en Corsignano. Mas, al ir a pagar al posadero se encontró sin un céntimo. Naturalmente, puso el grito en el cielo. Amenazó al dueño del hostal, a la hostelera y a cuantos se albergaban en él con mandarlos prender y conducir a Siena si no aparecía su dinero. La consternación fue general. En ese momento llega Fortarrigo, pobre de ropas como la primera vez, con intención de ponerse las de su amo, pero viéndole dispuesto a montar a caballo, le pregunta:

—¿Qué significa esto? ¿Hay que partir enseguida? Esperad un momento, por Dios. Tengo empeñadas mis ropas en treinta y ocho sueldos y el prestamista no tardará en llegar; seguro estoy de que me las devolverá dándole treinta y cinco, de manera que vamos a ganar tres sueldos. ¿Desperdiciaréis, acaso, tan bonito negocio?

Mientras así se expresaba el criado pensó Angiulieri que acaso Fortarrigo había sido el ladrón, ya que acababa de perder una buena suma en el juego. Indignado de tamaña picardía se puso furioso; le injuria, le amenaza con hacerle ahorcar o mandarle expulsar de Siena, y tal vez hubiera empleado algo más contundente que las amenazas si no temiera rebajarse. Por último, monta a caballo. Fingiendo Fortarrigo que todos aquellos reproches se dirigían a otra persona, decía a Angiulieri:

—Dejaos de tonterías, pues no vale la pena que nos ocupemos de ello; pensemos en lo que verdaderamente nos interesa. Reflexionad que hoy podemos obtenerlas por treinta y cinco; tal vez mañana nos exigirán treinta y ocho; pregúntoos, pues, ¿por qué dejar de ganar esos tres sueldos?

Oyéndole hablar de este modo, los circunstantes creían inocente a Fortarrigo, y lejos de imaginar que había hurtado los cuartos de Angiulieri, aseguraban que éste era el ladrón. Con todo, el amo estaba desesperado.

—¿Qué falta me hacen tus ropas? —decía—. ¡Desdichado! ¡Ahorcado te veas! No contento con haber jugado mi dinero retardas mi marcha, uniendo desvergonzadamente la imprudencia a la desvergüenza y la fullería.

Todo esto no hacía mella en el ánimo de Fortarrigo, el cual, fingiendo siempre creer que las reconvenciones iban para otro individuo:

—Veamos, ¿por qué no queréis que gane esos tres sueldos? ¿Pensáis acaso que no os los devolveré? Por la amistad de que me habéis dado pruebas os suplico que atendáis a mis súplicas. ¿Quién os apura tanto? Todavía llegaremos temprano a Torrenieri, aunque detengamos unos instantes nuestra marcha. Vamos, aflojad vuestro bolsillo. Os aseguro que aunque recorriera toda Siena no encontraría otro traje que me sentara tan bien como el empeñado, ¿y queréis que lo pierda por malditos treinta y ocho sueldos? Pensad que aún vale más de cuarenta, de modo que gracias a vos pierdo doblemente.

Angiulieri, que rabiaba en el fondo de su pecho, resuelto a no contestar al impertinente, espolea su caballo en dirección a Torrenieri; pero el criado, que tenía formado su plan, corre tras él como se hallaba, es decir, en paños menores, instándole una y otra vez para que rescatara su traje. El amo, a fin de librarse de aquel importuno, hostiga a su alazán. Finalmente, después de andar cerca de una legua de esa manera, ve Fortarrigo a unos labradores que estaban trabajando en un campo inmediato a la carretera y empieza a gritar con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Detenedle! ¡Detenedle!

Todos corren presurosos, quién con una azada, quién con un pico y cortan el paso a Angiulieri, imaginándose que había despojado al que iba detrás de él en tan extraño atuendo. En vano fue que el jinete les contara todo lo sucedido; llega Fortarrigo y fingiendo estar enfurecido:

—¡No sé quién me detiene que no te mato, bribón, pícaro de siete suelas! —exclama, encarándose con Angiulieri— ya véis, amigos, cómo me ha dejado después de jugar y perder cuanto tenía, pero gracias al cielo y a vosotros entro en posesión de lo mío, por lo cual os quedaré reconocido toda la vida.

El amo afirmaba que todo lo que decía aquel hombre era una solemne mentira, pues todo lo contrario había sucedido; pero nadie hacía caso a sus palabras. Por lo que, ayudado de los campesinos, Fortarrigo hizo apear a Angiulieri, le desnudó y apropiándose sus ropas montó a caballo, siguiendo la vida.