Cuentos de Boccacio

Giovanni Boccaccio · Capítulo 27 de 44

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Cuentos de Boccacio

La Mujer Adultera o la Ley Reformada

LA MUJER ADULTERA O LA LEY

REFORMADA

 

En el país de Prato existía antiguamente contra las mujeres una ley bien rigurosa, por no decir injusta y cruel, según la cual, las que eran sorprendidas en acto de adulterio por sus maridos debían ser quemadas vivas sin conmiseración. No hacía mucho tiempo que había sido publicada tan dura ley, cuando una señora llamada Felipa, joven, bonita y muy dada al amor, fue sorprendida una noche en su cuarto por Rinaldo de Pugliesi, su marido, en brazos de un joven y lindo gentilhombre de la misma población, nombrado Lazzarino Guazzagliotri, a quien la dama quería más que a su vida. Justamente indignado el marido por tamaña afrenta, costóle gran trabajo ocultar su resentimiento que le inducía a quitar la vida a entrambos; pero temiendo por la suya, no se atrevió a consumar el hecho.

Por otra parte, creyó que su venganza quedaría satisfecha con la muerte de la infiel, y como tenía más pruebas de las que necesitaba para que no se dudase del hecho, al despuntar el día encaminóse, sin consultar a nadie, a casa del juez para acusar a su mujer, mandándola citar.

Los deudos y amigos de la señora, que la consideraban perdida ya irremisiblemente, aconsejáronla que no compareciera y emprendiera la fuga; pero como era animosa y valiente, según suelen ser las personas que saben amar bien, prefirió morir cual heroína después de confesar la verdad, antes que vivir vergonzosamente en el destierro, dando a entender con su huida que era indigna de un amante tan amable como el que la suerte la deparara. Compareció, pues, ante el juez, acompañada de gran número de personas de ambos sexos, que la exhortaban a que negara el hecho, y preguntó al magistrado con rostro sereno y firme acento qué la quería.

El juez, viéndola joven y bella y juzgando por su firmeza que su grandeza de alma corría parejas con sus gracias y hermosura, comenzó a interesarse por su suerte, temiendo que confesara el hecho y se viese, por tanto, obligado a condenarla a muerte. Mas no pudiendo aplazar el interrogatorio la dijo a manera de abogado más bien que como juez:

—Vuestro marido, señora, aquí presente, se queja de vos, y dice haberos sorprendido en adulterio. Por lo tanto, pide que seáis castigada según la ley, mas yo no puedo condenaros si vos no confesáis el crimen. Ved, pues, lo que tenéis que responder y decidme lo sucedido.

—Es cierto, señor —contestó la dama sin abandonar por un momento su aire de fiereza—, que Rinaldo es mi marido y que me ha encontrado en brazos de Lazzarino, a quien amo y estimo con toda mi alma; no pretendo negar el hecho. Mas, caballero, sois demasiado ilustrado para no saber que las leyes que se crean en un Estado deben ser comunes a los delincuentes, o siquiera hechas con el consentimiento de las personas a quienes atañen más directamente. Esto es lo que no se ha practicado al crear la de que estamos tratando ahora. No tan sólo ella se dirige contra nosotras las infelices mujeres que, en amor, podemos no obstante mucho mejor que los hombres satisfacer a varios, sino que no se ha consultado a mujer alguna cuando se creó, ni ninguna de nosotras la ha aceptado. Por tanto, esta ley no puede ser más que injusta y mala. Si queréis ponerla en ejecución a costa de mi vida y de vuestra conciencia, dueño sois de hacerlo; pero antes de pronunciar la sentencia, os ruego me acordéis una gracia, y es: que preguntéis a mi marido si, cada vez que ha querido disfrutar conmigo los placeres del amor, le he puesto ningún obstáculo.

Sin aguardar Rinaldo a que el juez le hiciese la pregunta, contestó ser cierto lo que decía su mujer y que sólo tenía él elogios que hacer de su buena voluntad y complacencia a ese respecto. La señora, volviendo a reanudar su interrumpido discurso, dijo al juez:

—Os pregunto, pues, señor, puesto que mi marido ha obtenido de mí todo lo que ha querido y le era necesario, ¿qué debía y debo hacer de lo que me sobra? ¿Habría acaso de echarlo a los perros? ¿No era más juicioso gratificar con ello a un amable gentilhombre que me ama más que a su vida, a dejar que se perdiera o se pasara?

Este pleito había levantado tal polvareda que atrajo al tribunal a la mayoría de los habitantes de Prato. Tan divertida apología produjo la hilaridad de todos los circunstantes, quienes a una sola voz proclamaron que la señora Felipa estaba en lo cierto; de manera que allí mismo, la ley, por opinión del juez, fue interpretada y modificada, diciendo que sólo debía rezar con las mujeres que, por dinero o por sórdido interés, fuesen infieles a sus maridos. Rinaldo, todo confuso de haber salido tan mal de su loca empresa, retiróse en medio de la rechifla general, mientras que la señora, librada de la hoguera, volvió triunfante a su casa.