Cuentos de Boccacio

Giovanni Boccaccio · Capítulo 37 de 44

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Cuentos de Boccacio

Ciento por Uno

 

No hace todavía mucho tiempo que, en nuestra ciudad, vivía un franciscano, el cual tenía el cargo de inquisidor de la fe. A pesar de esforzar por pasar por hombre muy santo y celoso de la religión cristiana, según costumbre entre tales caballeros, era, no obstante, mucho más aficionado a escudriñar las vidas de aquellos que tenían las bolsas bien repletas que las de los que apestaban a herejía. La maldita casualidad le hizo encontrar un hombre más rico de escudos que de ciencia, quien estando un día en una tertulia un poco alegre de cascos merced al jugo de la vid o por exceso de satisfacción, tuvo la osadía de decir, más bien por simpleza que por falta de fe, que poseía un vino tan bueno en su bodega, que Dios mismo no se desdeñaría de beberlo si estuviera en el mundo.

Tal propósito no tardó en ser repetido al Inquisidor, quien conocedor de las ricas facultades de aquél que lo había manifestado, cayó impetuosamente sobre él, cum gladiis et fustibus, y le entabló un proceso, persuadido de que le procuraría más florines para su bolsa que luz y auxilios a la fe de aquel buen hombre.

El acusado, citado e interrogado sobre si lo que habían dicho al inquisidor era cierto, respondió que sí y contó de qué manera y en qué sentido lo había expresado. El padre Inquisidor, que sólo quería su dinero, le replicó enseguida:

—¿Acaso te has imaginado que Dios es un bebedor y un catador de vinos excelentes como un Cinciglione o cualquiera de entre vosotros, que casi nunca salís de la taberna? Sin duda, querías persuadimos ahora, por medio de una humilde afectada, que tu caso no es grave; es en vano; y si cumplimos con nuestro deber, debes ser condenado al fuego.

Estas amenazas y otras muchas que siguieron, pronunciadas en tono tan vehemente y duro cual si se hubiese tratado de algún epicúreo que negase la inmortalidad del alma o dudase de la existencia de la divinidad, infundieron el mayor terror en el ánimo del prisionero.

Después de haber meditado algún tiempo sobre su situación y buscando el medio de suavizar el rigor de su sentencia, imaginó recurrir al ungüento de Plutus y frotar con él las manos del padre Inquisidor, no conociendo mejor remedio contra el veneno de la avaricia que corroe a casi todos los sacerdotes y en particular a los franciscanos, sin duda porque no se atreven a tocar el dinero. Aunque Galeno no haya indicado tal receta, no por eso deja de ser excelente. El buen hombre recurrió a ella y le salió perfectamente. La untura produjo efectos tan maravillosos que el fuego con que se le amenazara convirtióse en una cruz. Revistiósele con ella y cual si estuviese destinado a hacer el viaje a Tierra Santa y se tuviera el designio de decorar con ella su estandarte, diósele una cruz amarilla sobre fondo negro.

Después de algunas penitencias poco rigurosas, soltólo el Inquisidor a condición de que, como última penitencia, oiría misa todas las mañanas en Santa Cruz y que a la hora de comer se presentaría ante él hasta nueva orden, permitiéndole disponer del resto del día como mejor le placiera.

Mientras el penitente cumplía exactamente lo que se le había prescrito, oyó un día cantar en la misa estas palabras del Evangelio: «Recibiréis ciento por uno y poseeréis la vida eterna».

Llamóle la atención este pasaje y quedóle grabado en la memoria. A la hora de costumbre presentóse al padre Inquisidor, encontrándolo a la mesa. Se acerca, e interrogado sobre si había oído misa, sin titubear contesta que sí.

—¿Nada has oído, repuso el franciscano, que te cause alguna duda y quieras disiparla?

—No, reverendo padre; creo firmemente y no tengo ninguna duda; pero ya que me permitís hablar, os diré que he oído algo que me ha apenado, tanto por vos como por vuestros cofrades, al pensar en la suerte que os aguarda en la otra vida.

—¿Qué cosa es ésta? —dijo el padre Inquisidor.

—Es el pasaje del Evangelio —contestó el penitente— donde se dice: «Recibiréis ciento por uno».

—Nada más cierto, repuso el padre; mas no veo por eso el motivo que tienes para preocuparte tanto por nuestra futura suerte.

—Vais a saberlo —replicó aquél—; desde que frecuento vuestro convento he visto dar a los pobres que vienen a sus puertas, a veces uno, otros dos calderos de sopa, que en verdad no son otra cosa que los restos de la que os sirven a vosotros. Luego, si por cada caldero recibís ciento cada uno de vosotros en el otro mundo, las sopas serán tan abundantes que indudablemente quedaréis ahogados en ellas.

Tanta candidez hizo reír mucho a los que estaban en la mesa con el Inquisidor; mas éste, comprendiendo que aquello era un rasgo de hipocresía de los frailes y una reconvención indirecta de su conducta, quedó herido en lo vivo por el dardo que lanzara el penitente y de buena gana hubiese entablado un nuevo proceso contra él a no temer la censura pública que lo habría criticado ya con respecto al primero. Mandóle que se alejara y no se presentara más ante él en lo sucesivo.