Cuentos de Boccacio

Giovanni Boccaccio · Capítulo 8 de 44

Páginas del PDF

Cuentos de Boccacio

El Falso Arcangelo el Hipocrita Castigado

EL FALSO ARCANGELO EL HIPOCRITA

CASTIGADO

 

Hubo en Imola un hombre de mala reputación llamado Berto de la Massa, con tal fama de rapacero y pícaro redomado, que nunca se daba crédito a lo que decía, y se le hubiera atribuido torcidos designios al ser capaz alguna vez de una buena acción. Viendo que era tan conocido en dicha población resolvió marchar a Venecia, refugio ordinario de bandidos y libertinos. Esperanzado de proseguir allí con más holgura sus perversas inclinaciones, creyó deber cambiar de nombre y ser más cauto. Así, pues, comenzó por mostrarse muy distinto de lo que era, fingiendo probidad, amor a la religión y acabando por hacerse fraile franciscano bajo el nombre de hermano Alberto de Imola, no porque se hubiese convertido, sino para ponerse al abrigo de la miseria y procurarse los medios de satisfacer sus pasiones bajo el manto de la religión. ¡Cuántos hombres han abrazado el estado religioso con iguales miras!

El hermano Alberto comprendió que algo le debía costar alcanzar sus fines, y resolvióse a ello, proponiendo resarcirse cuando se presentara la ocasión. Empezó por demostrar la más grande austeridad. Hacer elogios de las personas devotas, recomendar el ayuno y la oración, ponderar las dulzuras de la penitencia; éste era el tema de sus sermones. No comía sino de vigilia, sólo bebía vino a escondidas, a menudo tomaba los sacramentos y consagraba sus horas de recreo al estudio. De este modo no tardó en adquirir la estimación de sus colegas, quienes considerándolo tan sabio como piadoso, no titubearon en hacerle tomar el hábito.

Desde aquel instante se entregó a la buena vida, y como no carecía de talento ni de ambición, no tardó en hacerse célebre entre sus oyentes. Era el más estimado de todos. Al oírle predicar nadie hubiera dudado que no estuviese penetrado de las verdades que enseñaba, tal era el arte que poseía para disfrazar sus pensamientos. A veces hasta derramaba lágrimas en el púlpito a fin de mostrarse más conmovido y conmover al mismo tiempo a su auditorio. En una palabra, supo ingeniarse tan bien que en poco tiempo adquirió el apreció y la confianza de toda la población.

Nadie hablaba más que del hermano Alberto; cuantas devotas había querían poseerle por director espiritual; los hombres más honrados lo llamaban a la cabecera de su lecho de muerte; varios lo nombraron ejecutor de su última voluntad; otros pusieron su dinero y cuanto de más precioso tenían en sus manos. ¡Cómo obraría aquel tunante no temiendo ser descubierto ni que sospechasen de él, pues aunque se le hubiese cogido con las manos en la masa nadie le creería culpable, tal era la veneración que había sabido inspirar en los ánimos! Nunca franciscano alguno, ni el mismo San Francisco de Asís, gozó en vida de tal reputación de santidad.

Como siempre había sido inclinado a las mujeres, cuando encontraba una penitente fácil o crédula sabía envolverla con mucha maña en sus redes. Cierto día, una joven de espíritu débil y frívolo, llamada Lisetta de Caquirino, fue a confesarse con el hermano Alberto. Dicha joven estaba casada con un rico comerciante a quien sus negocios habían llamado a Flandes hacía poco tiempo. Tras una detallada exposición de sus pecados, el fraile la preguntó si tenía algún galán.

La señora, fiera y orgullosa como buena veneciana, contestóle con buen humor:

—¿De qué os sirven los ojos, reverendo padre? ¿Creéis que mi belleza es de naturaleza a ser fácilmente prostituida? No hay duda de que si quisiera tendría más amantes que ninguna mujer; pero como mis gracias son extraordinarias, las reservo para hombres que valgan la pena. ¿Habéis visto nunca una mujer mejor formada ni más hermosa que yo?

Y continuó diciendo otras mil extravagancias tocante a su belleza, que llamó celeste y divina. No tardó en comprender el hermano Alberto que su penitente tenía muy poco seso, aunque fuese bonita, y viendo que precisamente era lo que él necesitaba, la codició en el acto y llegó a enamorarse apasionadamente de ella.

Pocos días después, y acompañado de un fraile de toda su confianza, dirigióse a casa de la joven penitente, y habiéndola tomado aparte, échase a sus plantas y la dice:

—Señora, os pido me perdonéis lo que os dije el domingo pasado al confesaros; fui tan castigado por ello la noche siguiente que desde entonces casi no he abandonado el lecho.

—¿Y quién os ha castigado así? —preguntó la joven y locuela Lisetta.

—Vais a saberlo. La noche que siguió a vuestra confesión estaba, como de costumbre, orando en mi celda y apercibo de repente vivo resplandor. Vuelvo la cabeza para ver lo que aquello significaba, cuando un lindo joven se abalanza sobre mí y me apalea con todas sus fuerzas. Terminado que fue el vapuleo, le pregunto quién era y por qué me había molido a palos. Contéstame que era el arcángel Gabriel y que me había castigado por haber osado censurar la celestial belleza de la señora Lisetta, a la cual amaba, después de Dios, sobre todo el mundo. Como comprenderéis, le pedí humildemente perdón por mi fala. «Te lo otorgo —me contestó— a condición de que vayas en busca de esa señora y te excuses con ella. Arréglate como puedas —añadió—; mas estáte persuadido que si no obtienes su perdón volveré y te propinaré tantos palos que quedarás servido para el resto de tus días».

Así, pues, señora, acordadme vuestro perdón, que después os daré cuenta de lo que añadió el arcángel.

La tontuela oía regocijadísima cuanto la decía el hermano Alberto, ya que tales palabras halagaban su loca vanidad.

—Ya os lo decía yo, padre Alberto —contestó ella en grave tono—; mis encantos son celestes. No obstante, me pesa el mal que os he causado, y a fin de que no seáis maltratado de nuevo os perdono; pero con una condición: que volváis a contarme cuanto el arcángel os ha dicho.

—Puesto que me habéis perdonado —repuso el fraile—, ya nada os ocultaré. Pero recordad que debéis guardar el más inviolable secreto sobre lo que voy a revelaros.

—Podéis hablar sin temor, y contad con mi discreción.

—Sois la más afortunada de las mujeres —la dijo entonces el padre Alberto—. El arcángel Gabriel os ama apasionadamente, y si no temiera desagradaros o más bien causaros espanto, hace mucho tiempo que hubiera venido a dormir en vuestra compañía. Me ha encargado os dijera que tenía muchas ganas de hacerlo, y que vendría a vuestro encuentro la noche que tuvierais a bien indicarle. Mas como es arcángel, y si se presentase en aquella forma vos no podríais tocarle, me ha declarado que para agradaros tomará forma humana, y me ha ordenado preguntaros cuándo os dignaréis recibirlo y bajo qué forma, pudiendo estar persuadida de que acudirá a la cita. Por lo cual podéis gloriaros de ser la más afortunada de las mujeres así como sois la más hermosa.

La buena señora contestó cándidamente que estaba muy contenta del amor que concibiera el arcángel hacia ella, siendo así que siempre había sido muy devota de él.

—No puedo ver una imagen suya en la iglesia o capilla sin que al momento haga encender un cirio a su devoción. Puede venir a verme cuando le acomode, que será muy bien recibido y sin testigos. Es dueño de tomar la forma que más le plazca, con tal de que no me cause miedo.

—Habláis perfectamente, señora; dejad las cosas de mi mano y quedaréis satisfecha. Mas tengo que pediros una gracia, la cual no os costará nada y me complacerá en extremo. Esta gracia es que aceptéis que el arcángel se valga de mi cuerpo para presentarse a vuestra vista. Voy a deciros el bien que de ello me resultará: al animar el arcángel mi cuerpo enviará mi alma al paraíso y la retendrá allí mientras él permanezca a vuestro lado.

—Es muy justo —repuso Lisetta— que os dé este consuelo a fin de indemnizaros de la paliza que habéis recibido por mi causa.

—Podéis dar orden, bella señora, para que el arcángel encuentre esta noche abierta la puerta de vuestra casa, ya que, visitándoos en forma humana, sólo puede entrar por la puerta, como los hombres.

Habiendo prometido Lisetta que así lo haría, el franciscano se retiró, dejándola tan alegre e impaciente por ver a su arcángel que los minutos se le hacían siglos.

El hermano Alberto hizo sus preparativos para poder representar bien su papel aquella noche. No siendo el de arcángel el que había de desempeñar, comenzó por tomar varios confortativos a fin de cobrar fuerzas y ponerse en estado de hacer prodigios de valor. Llegada la noche, salió del convento acompañado del fraile con cuya fidelidad contaba, y se dirigió en busca de una zurcidora de voluntades amiga suya, de cuya casa tenía la costumbre de servirse cuando encontraba alguna mujer fácil y de buena voluntad.

Después de proveerse de un largo ropaje blanco, encaminóse, cuando creyó ser hora, a casa de Lisetta. Abre la puerta, que sólo estaba entornada, pónese el traje blanco de que iba provisto, sube al cuarto de la señora, la cual, maravillada con la sorprendente blancura de aquel pretendido arcángel, arrodillarse ante él. El arcángel la bendice, levántala del suelo y la indica que se acueste. Ella obedece al momento y el caballero arcángel la sigue.

Como el hermano Alberto era bastante buen mozo y de una constitución vigorosa, al encontrarse bajo las mismas sábanas de Lisetta, joven fresca y delicada, no tardó en probarle que los ángeles de su temple eran mucho más hábiles que su marido. La señora estaba loca de contento y bendecía al cielo por haberle acordado una belleza tan fascinadora que era capaz de enamorar a un arcángel. La escena duró lo bastante para contentar a la joven sin dejarla cansada, empleándose los entreactos en departir sobre asuntos celestiales. Al rayar la aurora, juzgando el franciscano que era prudente retirarse, tomó sus medidas para regresar al convento, yendo a juntarse con su compañero, que la caritativa vieja alcahueta había hecho dormir con ella para que no se fastidiara.

No bien hubo acabado de comer la hermosa Lisetta, cuando se dirigió en busca del padre Alberto para notificarle que había recibido la visita del arcángel Gabriel y contarle lo que hablaron sobre la gloria celestial, mezclando en su relato mil fábulas a su manera. Después de un buen rato de conversación Lisetta regresó a su casa, donde estuvo aguardando con impaciencia la segunda visita del arcángel, que en efecto obtuvo, y luego la tercera, y otras y otras, y hubieran continuado a no ser por su infelicidad, que todo lo desbarató.

Encontrábase un día en compañía de una de sus amigas, cuando recayó la conversación sobre la belleza de las mujeres. La locuela se apresuró a colocar la suya por encima de las demás.

—Si supieseis, amiga mía, a quién he tenido la fortuna de agradar, no titubearíais en darme la preferencia tocante a belleza sobre todas las mujeres que acabáis de mencionar.

Y a renglón seguido la contó toda su historia con el arcángel.

—El lindo Gabriel me ha probado, cada vez que ha dormido conmigo, que a su lado mi marido no es más que un inválido. Por otra parte, me ha asegurado que en el paraíso se hace la corte igual que entre nosotros, y que sólo se ha enamorado de Lisetta porque no ha encontrado en el cielo mujer cuya belleza le agradara tanto como la mía. ¿Comprendéis ahora? ¿Es claro lo que os digo?

La amiga ardía en deseos de encontrarse sola para reírse de la imbecilidad de Lisetta. Aquella misma noche reuníase con gran cantidad de mujeres en una fiesta de boda, y contólas, para divertirlas, el amor angelical de la loca de Lisetta con todos sus pormenores. Estas mujeres lo contaron todo a sus maridos, éstos lo contaron a otras mujeres y en menos de dos días casi toda Venecia supo la anécdota.

El asunto llegó a oídos de los cuñados de Lisetta, los cuales, sabiendo su gran simplicidad, no dudaron de que alguien había logrado engañarla haciéndose pasar por un ángel, y resolvieron saber qué clase de ángel era éste.

Enterado el hermano Alberto de los rumores que corrían, presentóse en su casa una noche para reconvenirla amargamente por su indiscreción. Los cuñados, que estaban de centinela toda la noche, le habían visto entrar y siguiéronle los pasos muy de cerca. Apenas se hubo desnudado cuando sintió ruido a la puerta del cuarto. Al momento cayó en lo que pudiera ser, máxime al oír que forzaban la puerta, cerrada con candado.

No había más remedio que escapar, que tirarse rápido por la ventana que daba sobre el gran canal. Así lo hizo, y como había mucha agua no sufrió ningún daño al caer; sólo quedó un poco aturdido, mas no para impedirle ganar a nado la orilla opuesta. Refugióse en casa de un marinero que encontró abierta, rogando a aquel hombre que tuviese a bien salvarle la vida. Dio tal giro a su aventura que logró enternecerle y hasta no infundirle sospechas al verle en aquel estado, o sea, casi en cueros. El marinero le ofreció su propia cama y prometió hacer en favor suyo todo lo que pudiera. Cuando fue de día se excusó por verse obligado a dejarlo, puesto que le llamaba un asunto que a lo sumo le ocuparía una hora, suplicándole que no se moviera hasta su vuelta.

Al penetrar los cuñados en casa de la señora, viendo que el ángel había volado, dijeron mil pestes a Lisetta, amenazándola con hacerla encerrar, y se retiraron llevándose los hábitos del fraile angélico.

Como la aventura se había divulgado desde muy temprano, el marinero oyó decir en la plaza de Rialto que el arcángel Gabriel había dormido la noche anterior con la señora Lisetta; que habiendo sido descubierto al lado de ésta por sus parientes, se había tirado al Gran Canal, temeroso de ser cogido, y que se ignoraba su paradero. Al oír esto pensó al momento el buen hombre que aquel ángel podía muy bien ser el sujeto que se había refugiado en su casa. Encamínase a ella, interroga al huésped, le reconoce y le amenaza con entregarle a los cuñados de la señora si no le da cincuenta ducados.

El franciscano escribe un billetito que el marinero hace llevar a su destino por un mandadero, quien vuelve con el dinero. El fraile piensa salir librado con esta cantidad; pero el marinero, justamente indignado de su hipocresía, no le cree bastante castigado.

—Padre angelical —le dice—, sólo un medio os queda para salir de mi casa y escapar a la irritación de los parientes de la señora Lisetta. Celébrase hoy una fiesta en la plaza de San Marcos en la que cada ciudadano puede llevar a un hombre de oso o de salvaje. Si queréis poneros uno de esos disfraces, os llevaré conmigo, y cuando la ceremonia, que debe representar una cacería, esté terminada, os prometo llevaros a lugar seguro y daros las ropas que me pidáis. Por este medio os libraréis de las iras de los deudos de la señora en cuya casa pasasteis la noche.

Repugnaba no poco al hermano Alberto presentarse en público bajo ese disfraz. Mas ¿qué hacer? El tono en que había hablado el marinero indicaba que era el único recurso que le quedaba para librarse de las manos de sus enemigos, y como éstos le inspiraban un miedo cerval, aceptó lo que se le proponía. Inmediatamente, el dueño de la casa le unta de miel y le empluma, pónele una careta, pásale una cadena por el cuello, le hace empuñar un palo en una mano y con otra sostener una cuerda en la que estaban atados dos perrazos de presa. Mientras se entretiene en ponerle este disfraz de hombre de la selva manda un pregonero para que publique a son de trompa, en la plaza de Rialto, que el que quisiese ver al arcángel San Gabriel se dirigiese a la plaza de San Marcos.

Apenas el marino hubo salido a la calle llevando su salvaje sujeto por la cadena y haciendo que marchara delante de él, cuando se vio rodeado de un sinnúmero de personas. Todos ignoraban lo que aquello significaba, y se lo preguntaban el uno al otro.

La plaza de San Marcos estaba llena de gente cuando penetraron en ella. El primer cuidado del marinero fue atar su salvaje a un pilar, en sitio elevado, bajo el pretexto de aguardar el momento de la pretendida cacería, dejándole por más de una hora a merced de las moscas, los tábanos y de la rechifla del populacho. Cuando vio que la plaza estaba bien repleta, fingiendo querer desatar al salvaje, quitóle la máscara, diciendo en alta voz a la muchedumbre que le rodeaba:

—Puesto que el jabalí no se presenta a la cacería, no puede celebrarse hoy; pero, señores, para que no perdáis vuestro tiempo en balde voy a mostraros el arcángel que ha bajado del cielo para consolar de noche a las señoras venecianas. Helo aquí, ese bello arcángel del que ya tenéis noticia — añadió, descubriendo el rostro del hermano Alberto, que acababa de desenmascarar y que todos reconocieron en el acto.

Puedes imaginarte, querido lector, cuáles serían sus sufrimientos al verse burlado de aquella manera y expuesto a las bromas de la plebe, que no tardó en estar al corriente de la aventura de la noche anterior.

La historia añade que el hermano Alberto, una vez en el convento, fue encerrado en un calabozo, donde es de presumir que acabase sus días miserablemente. De esta suerte, un bribonazo de fraile, después de engañar por mucho tiempo a toda la ciudad con su hipocresía, de haber abusado de la crédula vanidad de una mujer y de cometer tal vez mil actos más negros, aunque más ocultos, fue desenmascarado a los ojos del público y recibió el castigo que merecían sus iniquidades. ¡Ojalá suceda lo mismo a cuantos se le parecen!