Cuentos de Boccacio
El Cornudo Consolado
Vivía en Perusa un hombre riquísimo llamado Pedro Vinciolo, muy conocido por su afición a los placeres, pero sospechoso de indiferencia a lo que procuran las mujeres. A fin de desterrar del ánimo de sus compatriotas esas sospechas, por cierto muy fundadas, resolvió casarse, tomando por esposa a una señorita a propósito para conducirlo por la buena vía. Era joven, alta, robusta, ojos vivos, de pasiones ardientes; en una palabra, de complexión que necesita no un marido, sino dos.
Por desgracia suya, aquél a quien diera la mano de esposa, estaba muy poco dispuesto a satisfacer los deseos naturales del matrimonio; sus gustos e inclinaciones le alejaban de las mujeres, de suerte que tenía trato con la suya lo menos posible, y sólo para no infundirla sospechas sobre el vergonzoso vicio de que era apasionadísimo. Semejante conducta distaba mucho de gustar a su mujer, la cual veíase instigada por su temperamento.
Como no podía tachar de impotente a su marido, puesto que era vigoroso y se encontraba en la flor de su edad, sospechó de su depravación, lo cual le causó un enorme disgusto. Empezó reconviniéndole y terminó injuriándole. Diariamente renovábanse los debates en aquel matrimonio. Por último y viendo que todas aquellas pendencias no conducían a nada más que a alterar su salud, sin lograr reformar a su indigno consorte, resolvió castigarlo por su indiferencia.
»Ya que éste desgraciado, dijo para sí, no se porta conmigo como está obligado, y me abandona en plena juventud para satisfacer una mala inclinación, justo es que me provea de algún galán, a fin de resarcirme de los goces que él me escatima. Si le he llevado un buen dote y le he aceptado por marido, es porque creí que era hombre y gustaba de lo que a los otros agrada y debe agradar. Sabía que yo era mujer; si no estima mi sexo no debió tomarme por esposa. ¡Oh infame! nunca le perdonaré el haberme engañado de esta manera. Si hubiese querido renunciar a los placeres mundanos me habría encerrado en un convento; mas supuesto que no los he renunciado, ¿por qué me priva de ellos? ¿Acaso debo pasar mi juventud sin disfrutar lo mejor posible de ella? Cuando sea vieja nadie me querrá. Aprovechemos, pues, los floridos años para que más tarde no tenga que arrepentirme del pasado, cuando se hayan borrado mis encantos. Él mismo me da ejemplo. Mi infidelidad no será tan criminal como la suya. Yo sólo faltaré a las leyes de la convivencia, mientras que mi marido falta a éstas y a las de la conveniencia.
Con tan loables propósitos, sólo se preocupa en la manera de realizarlos, tratando, no obstante, de no comprometerse a los ojos de su marido. A tal objeto se dirige a una vieja alcahueta, que parecía una santita, a juzgar por su exterior. Esta mujer llevaba siempre el rosario en la mano y pasaba la mayor parte del día en las iglesias; sólo abría la boca para bendecir al Señor, elogiar la vida de los santos o hablar de las llagas de San Francisco. Al verla se la habría canonizado.
La joven tomó sus precauciones para abrir su corazón a esta hipocritona, contándole lo que la pasaba y lo que se había propuesto hacer.
—Hija mía —contestóle la vieja beata—, apruebo vuestras intenciones, y aunque vuestro marido no fuera tan culpable, haríais perfectamente en aprovechar los momentos de la juventud. Para toda mujer que razone un poco, no hay pesar más doloroso que el haber desperdiciado el fruto de sus buenos años.
Impaciente estaba la joven porque acabase su discurso la pretendida santurrona, a fin de decirla que si encontraba por casualidad un joven que solía pasar a menudo por su barrio y cuyo retrato le hizo, tratase de sondearle para saber si le agradaría obtener los favores de cierta dama. Así convenidas, regaló a la vieja un trozo de carne salada y la despidió.
Esta ingenióse tan bien que no tardó en traerle el joven, pocos días después le procuró otro, y luego otro, y otro, según la fantasía de la damisela, quien, a lo que parece, era aficionada a variar. Pero se ingeniaba para que su marido no se enterase del nuevo género de vida que llevaba, a pesar de lo quejosa que estaba de él.
Como tenía muy buen apetito, multiplicaba y prolongaba tanto como podía las visitas de los galanes, para no desperdiciar el tiempo, siguiendo en esto los buenos consejos que la diera la vieja. Cierto día que su marido estaba convidado a cenar en casa de uno de sus amigos, llamado Ercolano, creyó debía aprovechar la ocasión comprometiendo a la vieja a traerle un joven de los más gallardos y hermosos de Perusa; lo cual hizo muy bien la hipocritona.
No habían hecho la señora y su nuevo galán más que sentarse a la mesa para cenar, cuando Vinciolo llama a la puerta pidiendo que la abran. Al oír la joven la voz de su marido, a quien no esperaba tan temprano, creyóse perdida. Pero piensa en esconder a su amante, el cual, por su parte, tampoco sabía qué hacer. Como la sorpresa no la dejó razonar, le introdujo en una especie de galería contigua a la sala donde cenaban, debajo de una jaula de gallinas que tapó con un saco recién cosido.
Mientras la criada, que estaba al corriente de todo, quita el servicio de la mesa y corre a abrir a Vinciolo.
—¡Cómo! ¿Ya estás de vuelta? —le dice su mujer—. Corta ha sido la cena.
—No he cenado, ni tal cosa —contesta el marido.
—¿Es posible? —replica ella—. ¿Y por qué no cenaste?
—Un accidente que ha puesto en conmoción toda la casa de Ercolano, nos ha privado de hacerlo. Apenas estuvimos sentados a la mesa, él, su mujer y yo, cuando oímos estornudar a corta distancia de nosotros. La primera vez no nos llamó la atención; pero no fue poca nuestra sorpresa al oír el mismo ruido cinco o seis veces seguidas y aún más. No viendo a nadie a nuestro alrededor no sabíamos qué pensar, y nuestra sorpresa crecía por momentos. Entonces Ercolano, que ya estaba incomodado con su mujer porque nos había hecho aguardar algún tiempo a la puerta de la casa, pregúntala encolerizado qué significa aquello. Y como ella no contestara y pareciese embarazada, levántase de la mesa y se dirige a una escalera contigua a la habitación donde nos hallábamos, bajo la cual había un cuartito hecho con tablones, de donde le parecía habían salido los estornudos. Al abrir la puerta de aquel gabinetito (el cual no falta en ninguna casa), salió de él un olor insoportable, que ya habíamos olfateado, quejándose de ello Ercolano; pero su mujer se excusó diciendo que no era otra cosa que el vapor de un poco de azufre que había quemado para blanquear alguna ropa que extendiera en aquel sitio a fin de que se sahumara.
Un tanto disipado el humo, Ercolano registra el escondrijo y al que había estornudado, y que acababa de hacerlo nuevamente merced a la fuerza del mineral cuyos vapores le subían a la cabeza, faltando muy poco para que se ahogara. Entonces el marido, volviéndose hacia su mujer, le dice:
—Ya comprendo ahora por qué nos hiciste aguardar tanto rato a la puerta. Tal procedimiento merece una recompensa, y soy demasiado equitativo para negártela; será tan buena que me envanezco de que no la olvidarás en la vida. Al oír estas palabras la mujer ha escapado sin tratar de justificarse siquiera. Ercolano, desatendiendo a su mujer repitió varias veces al estornudador que saliera de su escondrijo; pero como estaba más muerto que vivo, no se movió. Agárralo entonces de una pierna y lo arrastra afuera, hecho lo cual va en busca de su espada con objeto de matarlo. El temor de verme envuelto en una causa de asesinato, me hizo precipitarme a su encuentro, oponiéndome a que hiriera a aquel hombre.
Mis gritos y el ruido que hacía para defender al culpable atrajeron a algunos vecinos, quienes viendo al joven más muerto que vivo, se lo llevaron no sé dónde. He aquí cuál ha sido nuestra cena. Sólo había tragado el primer bocado cuando empezó dicha escena; así pues juzgad si tendré apetito.
Este relato dio a comprender a la señora que no era ella sola quien tenía amantes, a pesar de los peligros a que éstos exponían. De buena gana hubiese excusado a la mujer de Ercolano; pero como la parecía que censurando las faltas de otras le sería más fácil ocultar las suyas, empezó a criticarla en estos términos:
—¡Vaya una conducta! ¿Quién lo hubiera creído? Yo la tenía por la más honesta, virtuosa y santa de las mujeres. ¡Fiaos de esas devotas que se hacen las remilgadas para ocultar mejor sus manejos! Y nadie puede excusar a ésta, que ni es joven ni mal casada.
Debemos convenir en que da buen ejemplo a las otras mujeres. ¡Maldita sea la hora en que vino al mundo! ¡Que esa mujer impura sea objeto de maldición, ya que vive encenagada en el crimen y los desórdenes! ¡Criatura indigna! Es la vergüenza y oprobio de nuestro sexo. ¿Es ésta la recompensa que tenía reservada a la honradez de su marido, de ese hombre generalmente respetado, que la trataba con todas las consideraciones y miramientos posibles? ¡Ingrata!, en premio de sus beneficios no ha titubeado en deshonrarle ella misma. Mujeres de esa clase merecerían ser quemadas vivas, sin conmiseración.
Después de este discurso, y no olvidándose de que su galán permanecía debajo de la jaula, dijo a su marido que era hora de acostarse. Éste, que tenía más gana de comer que de dormir, la preguntó si no había sobrado alguna cosa de la cena.
—¡De mi cena! —repuso ella—. En verdad que no acostumbro a regalarme mucho cuando tú estás ausente de mi lado. Sin duda, me tomas por la mujer de Ercolano… Vé a acostarte, te repito, y mañana almorzarás con mejor apetito.
Aquella misma noche los colonos de Vinciolo la habían traído algunos objetos de una de sus alquerías, y colocaron sus jumentos, sin abrevar, en una pequeña caballeriza que comunicaba con la galería donde el galán estaba enjaulado. Sucedió que uno de aquellos animales, instigado por la sed, se desató y salió de la caballeriza, olfateando a uno y otro lado en busca de agua. Vagando de este modo el cuadrúpedo, pasó junto a la jaula y le pisó los dedos que tenía un poco fuera del escondrijo, pues el desdichado se veía obligado, por la forma de la jaula, a mantenerse encorvado de cara al suelo apoyando las manos en él para no fatigarse tanto.
El dolor que le causó la patada del jumento le hizo lanzar un agudo grito. Vinciolo lo oyó y quedó sorprendido al reflexionar que no podía salir de ningún otro sitio sino de su casa. Sale de la habitación y como el galán siguiese quejándose, pues el asno continuaba con las patas sobre sus dedos, pregunta:
—¿Quién hay por aquí? —y corre en derechura hacia la jaula. La levanta y ve al pajarito que temblaba como un azogado temeroso de que el irritado marido no le hiciese pasar un mal rato.
Pero como le reconociera Vinciolo, por haberle él mismo hecho la corte, aunque sin resultado, limitóse a preguntar qué venía a hacer a su casa. La única respuesta que obtuvo fue una súplica para que no le hiciese ningún daño:
—Levántate —dícele entonces Vinciolo— y nada temas, pero a condición que me digas por qué medios y a qué viniste a mi casa.
Lo cual hizo el joven sin más dilación. El marido, tan satisfecho de haber encontrado a su Adonis, como triste y afligida estaba su cara mitad, le toma de la mano y le conduce a presencia de la infiel, cuyo temor y turbación no es fácil explicar:
—Y bien, querida mía, —dice encarándose con ella— ¿cómo vais a justificaros ahora? ¿Opináis que deben ser quemadas todas las mujeres de la catadura de la de Ercolano? ¿Estaba bien que os exaltaseis tanto contra ella, siendo así que vos tenéis iguales defectos? ¿Honráis acaso más a vuestro sexo? Sólo lo censurasteis a aquélla con tanto ardor para ocultar mejor vuestra intriga. He aquí cómo sois todas las mujeres: ninguna vale más que la otra ¡Ojalá el demonio se os llevara a todas juntas!
Viendo la dama que sólo la maltrataba de palabra, y juzgando que saldría del lance a menos costa de lo que había creído, no le cupo duda de que su marido estaba muy contento de tener cogido en sus redes a un tan gallardo mozo. Semejante idea la reanimó y contestóle sin el menor embarazo:
—¡Tú quisieras que el diablo se nos llevara a todas! No lo dudo, y ello no me sorprende en lo más mínimo, ya que aborreces nuestro sexo; pero, a Dios gracias, no se cumplirán tus deseos. Y añado, ya que ha llegado la hora de las explicaciones, que tus imprecaciones no me causan ningún temor. Al fin y al cabo ¿puedes con razón quejarte de mi conducta? Hay una gran diferencia entre la mujer de Ercolano y la tuya: aquélla es una gazmoña, una hipócrita, una verdadera furia a quien su marido concede cuanto pide; ella no hace ningún ayuno a pesar de sus años. Todo lo contrario me acontece a mí. Convengo que en cuanto a trajes y adornos muy poco tengo que envidiar a las demás; pero ¿acaso a una mujer de mis años le basta eso? No ignoras cuanto tiempo hace que no me has prodigado la más pequeña caricia… Preferiría estar descalza y mal vestida con tal que cumplieras con tus deberes conyugales, a ir la más galana de toda la ciudad.
Escúchame, Pedro, ya que debo hablarte sinceramente, quiero que sepas una vez por todas, que soy mujer como las demás; lo que éstas desean, lo deseo yo también. Como ellas tengo pasiones y debo tratar de satisfacerlas. Si tú no quieres contentarme ¿puede saberte mal que recurra a otros? A lo menos te honro con mi elección, puesto que no me abandono ni a criados ni a chanflones. No puedes negar que el galán que he elegido es todo un buen mozo.
El marido, que según ya he dicho, aborrecía a las mujeres y ya empezaba a cansarse de la vocinglería de la suya, interrumpióla así:
—Vamos, mujer, no se hable más de esto; espero que estarás contenta de mí a este respecto. Ya sabes que soy blando como una malva; así, pues, afuera reproches por uno y otro lado. Lo único que pido es de cenar, pues yo creo que este joven está tan en ayunas como yo.
—Es muy cierto —repuso la señora— acabábamos de sentarnos a la mesa cuando, desgraciadamente para nosotros, llamasteis vos.
—Apresúrate, pues, y danos de cenar —replicó Vinciolo— y luego compondré las cosas de manera que no tengas motivo para quejarte de mí.
La buena señora, viendo apaciguado a su marido, mandó poner de nuevo la mesa, cenando con toda calma ella, el excelente cornudo y el joven galán. Informaros de lo que pasó entre estos tres personajes terminada la comida, es cosa que se resiste a mi pluma. Bastará deciros que al día siguiente los noveleros de la plaza de Perusa, hallábanse muy indecisos para decidir cuál de los tres, el marido, la mujer o el galán, habían pasado una noche más agradable.