Cuentos de Boccacio
Una Comida de Gallinaso Anecdota Sobre el Rey de Francia
UNA COMIDA DE GALLINASO ANECDOTA
SOBRE EL REY DE FRANCIA
El marqués de Monferrato fue uno de los más grandes y más valerosos capitanes de su tiempo. Habiéndose elevado por su mérito a la dignidad de gonfalonero de la Iglesia, vióse precisado en tal calidad de hacer un viaje a ultramar con un gran ejército de cristianos que se dirigía a la conquista de la Tierra Santa. Un día que se relataban sus hazañas en la corte de Felipe el Tuerto, rey de Francia, el cual se preparaba para el mismo viaje, un cortesano se atrevió a decir que no había bajo el cielo más bella pareja que el marqués y la marquesa su mujer, y que, así como el esposo superaba por sus altas calidades a todos los demás guerreros, así la esposa era superior a las otras mujeres en belleza y virtudes.
Estas palabras causaron tal impresión en el ánimo del rey, que, sin haber visto nunca a la marquesa, sintióse desde aquel momento atraído hacia ella. Como estaba a punto de partir para Palestina, resolvió embarcarse en Génova, a fin de que, yendo por tierra hasta esa ciudad, tuviese ocasión de pasar por Monferrato y ver tan linda persona. Formábase la ilusión de que, merced a la ausencia del marido, podría obtener de ella lo que deseaba.
No tardó Felipe en ejecutar su proyecto. Después de haber hecho adelantar sus preparativos, púsose en camino con una pequeña escolta de nobles. Al llegar a una jomada del lugar en que habitaba la marquesa, mandóla decir que al día siguiente iría a comer a su casa. La dama, prudente y discreta, contestó que mucho la halagaba tamaña honra, y que haría cuanto estuviese en su mano para recibirle cual correspondía. Esta visita por parte de un tan gran monarca, que no podía ignorar la ausencia de su marido, inquietóla un tanto, sin que adivinara el motivo; mas, después de mil conjeturas no dudó que la reputación de su belleza era la causa del honor que se la dispensaba.
No obstante, a fin de sostener la dignidad de su rango, resolvió hacer al monarca todos los honores posibles. Mandó reunir los gentiles hombres de la comarca, para decidir, ayudada de sus consejos, cómo convendría obrar en semejante caso; pero no quiso confiar a nadie los cuidados del festín ni la elección de las viandas que debían servirse. Dio orden para que se trajeran cuantas gallinas pudieran encontrarse, y mandó a sus cocineros que las disfrazaran lo mejor que pudieran, y aderezasen con ellas varios platos sin añadir otra vianda.
Fue recibido el rey con todos los honores por la marquesa. Encantado quedó Felipe de la acogida que le hacía, y viendo que su belleza sobrepujaba a lo que pregonaba la fama, su amor aumentó a proporción de los encantos que veía. Elogióla en gran manera, si bien sus cumplidos sólo eran una débil expresión del fuego en que se abrasaba. Para dar descanso a su cuerpo retiróse enseguida a la habitación que le habían preparado, y llegada la hora de comer el rey y la marquesa se sentaron solos a la mesa.
Los platos suculentos, los vinos escogidos y excelentes, el placer de estar junto a una linda mujer, a la que no cesaba de devorar con la vista, trastornaron la cabeza del rey. Habiendo, no obstante observado que a cada servicio sólo le ofrecían gallinas, preparadas, es cierto, de diversos modos, pareció algo sorprendido de tal predilección. Se había fijado en que el país producía otra clase de comestibles y no podía dudar que a haber querido la dama se la hubiesen servido. El espíritu galante que le animaba, le impidió, a pesar de todo, manifestarse descontento. Al contrario, felicitóse de encontrar el medio, merced a la multiplicidad de platos compuestos de una sola y única vianda, de echar algunos piropos a la marquesa.
—Señora —díjola con aire risueño—, ¿acaso sólo en este país las gallinas nacen sin gallo? —aludiendo tal vez a que, en tantas gallinas no había encontrado un solo pollo o capón.
La señora de Monferrato comprendió perfectamente el sentido de la pregunta, y viendo que había llegado el momento de expresarle su idea, contestóle valerosamente y sin titubear:
—No, sire, pero las mujeres son de la misma pasta que en todas partes, a pesar de la que establecen entre ellas el traje y las dignidades.
El rey, sintiendo todo el alcance de esta contestación, comprendió entonces lo que se propusiera la marquesa al mandar se le sirviesen tantas gallinas. En el acto vio que era inútil adelantarse más; que nada alcanzaría de una mujer de tal temple y que no era prudente emplear la violencia. Reprochóse en su interior haberse inflamado con tanta ligereza, y juzgó que el mejor partido que convenía a su honra era tratar de apagar su ardiente llama renunciando a las lisonjeras esperanzas que había concebido.
Por lo cual desechó el deseo de provocarla más, temeroso de exponerse a nuevas réplicas. Apenas hubo abandonado la mesa, cuando a fin de encubrir mejor el motivo de su criminal visita, tomó nuevamente el camino de Génova, no sin dar las gracias a la marquesa por los honores que le había prodigado.