Cuentos de Boccacio
Donde las Dan las Toman
Vivió en Florencia un afamado glotón, llamado Ciacco, cuyo exterior prevenía en favor suyo. Nadie se expresaba con más gracia ni sabía dar un giro tan divertido a la conversación. Como sus ingresos eran superiores a sus gastos, valíase del talento natural que Dios le dio para ser recibido en la mejor sociedad, cuidando en gran manera de frecuentar aquellas casas donde la mesa era más espléndida.
Por entonces residió en dicha ciudad un tal Biondello, hombre excesivamente pequeño, pero elegante y bien proporcionado, y que se dedicaba al mismo oficio que Ciacco. Cierta mañana de cuaresma, ese Biondello había comprado en el mercado dos grandes lampreas para micer Vieri de Cerchi, cuando encontró a Ciacco, que le pregunta lo que va a hacer con aquellas lampreas.
—Anoche —contesta Biondello— se mandaron tres mucho más grandes que éstas y un esturión a micer Corso Donati, pero no siendo bastante para obsequiar a varios gentihombres que ha invitado a comer, me ha mandado a mí con encargo de comprar este pescado. ¿No vendrás al convite?
—¿Cómo he de faltar? Demasiado me conoces para imaginarte que deje escapar ocasión tan propicia.
Llegada la hora de la comida, dirígese a casa del señor Corso.
—¿Qué se ofrece al señor Ciacco? —le pregunta éste.
—Caballero, vengo a comer con vos.
—Sois un hombre muy galante y me complacéis mucho con honrar mi mesa. Pasemos al comedor, pues ya es hora.
Sirviéronse unos garbanzos, un poco de atún, una fritada, pescado del Arno y nada más. Al momento comprendió Ciacco que Biondello había querido burlarse de él. La vergüenza de haber caído en aquel lazo le inspiró deseos de venganza, no tardando en presentarse la ocasión de satisfacerlos.
Biondello, que se había divertido mucho a costa suya, contando en todas partes la treta que le jugara, al encontrarle en la calle le dice:
—¡Vamos a ver! ¿Cómo encontraste las lampreas de micer Corso?
—Antes de ocho días lo sabrás mejor que yo.
Y sin pérdida de momento va en busca de un ganapán, trata con él, le entrega una botella de vidrio, le lleva cerca del mercado de Cavicciuli, le indica un caballero llamado Felipe Argenti, hombre de elevada estatura, de genio arrebatado, vanidoso, original.
—¿Ves ese caballero? —dice a su ganapán—. Acércate a él y le dices: El
señor Biondello me envía para suplicaros que tengáis a bien [1] engrifarle este frasco con vuestro excelente vino clarete, pues trata de obsequiar a algunos de sus amigos. Ten cuidado de ponerte a cierta distancia, pues podría cogerte por el pescuezo y entonces, al paso que no saldrías bien librado de sus manos estropearías todos mis planes.
—¿Es cuanto debo hacer? —pregunta aquel hombre.
—Sí, repite lo que te he dicho, vuelve a mi lado y te daré lo estipulado.
Parte el comisionado y desempeña su comisión.
Felipe, hombre muy propenso a sulfurarse, creyendo que Biondello, a quien conocía perfectamente, pretendía burlarse de él, levántase encendido en cólera y echando chispas por los ojos.
—¿Qué significa esto? —exclama—. ¿De qué engrifamiento y de qué amigos se trata? ¡Idos al diablo vos y quien os envía!
Y mientras hablaba alargaba los brazos para apoderarse del ganapán; pero éste, que estaba sobre aviso, huye a toda carrera volviendo al lado de Ciacco, a quien dio cuenta de su comisión y del cual recibió la suma estipulada.
No descansó Ciacco hasta encontrar a Biondello. Al verle le dice:
—¿Hace tiempo que has estado en el mercado de Cavicciuli?
—No; pero ¿a qué viene esa pregunta?
—Es porque micer Felipe te está buscando por todas partes; no sé lo que quiere de ti.
—Voy, pues, a verle al momento.
Cuando se despidió Biondello, Ciacco le siguió a distancia para presenciar el lance. Micer Felipe que no había podido desfogarse sobre la ganapán, todavía estaba ardiendo de coraje, pues en la embajada de Biondello no veía otra cosa sino que quería burlarse de él. Preocupado estaba con semejantes pensamientos cuando Biondello en persona entra en su casa. Al verlo Felipe se le echa encima, empezando por aplicarle un fuerte puñetazo en la nariz.
—¡Dios mío! —exclama Biondello aturdido de tan inesperada recepción —. ¿Qué significa esto, caballero?
Felipe le agarra por los cabellos, le arranca el peluquín, arroja por el suelo el capuchón, y golpeándole:
—¡Traidor! ¡Voy a decírtelo! Pero antes querrás decirme tú lo que significa ese engrifamiento y esos amigos y cuanto me mandaste decir. ¿Acaso me tomas por un niño? ¿Piensas divertirte conmigo? Y mientras iba hablando, descarga sobre el rostro del infeliz Biondello una granizada de golpes; le arranca los cabellos, le arrastra por el suelo y desgarra sus ropas.
Tan ocupado estaba con este trabajo, que la pobre víctima no lograba hacerse escuchar ni que le explicara el motivo de tan extraño tratamiento. Las palabras amigos, engrifamiento, habían llegado a sus oídos; mas ¿qué sabía con ellas? Los vecinos que habían corrido al ver aquella escena, pusieron término al furor de Felipe, arrancando de sus manos al infortunado Biondello. Sólo entonces llegó a saber la causa de la indignación de aquel individuo.
Para consolarle se le hicieron algunas observaciones, tratando darle a entender lo peligroso que era burlarse de un hombre como micer Felipe, y le recordaron, sobre todo, no volviese a reincidir. Biondello, bañado en llanto, juraba y perjuraba que jamás había enviado en busca de vino a casa del señor Felipe. De todos modos tuvo que quedarse con los golpes y los insultos.
Poco trabajo costó al pobre hombre pensar que tamaña aventura era un acto de venganza por parte de Ciacco. Mas ¿cómo pagarle con la misma moneda? Mantenerse tranquilo, no divulgar el hecho, era el mejor partido que podía adoptar, y así lo hizo. No salió de su casa hasta que desaparecieron de su rostro las trazas de los puñetazos que le prodigara el señor Felipe. La primera vez que pisó la calle se encontró a Ciacco.
—¡Hola, Biondello! —le dice éste riendo—. ¿Cómo te supo el vino de micer Felipe?
—¡Que no hayas encontrado tu tan buenas las lampreas de micer Corso!
—Cuando quieras darme una comida igual a la que me hiciste participar en su casa, te daré de beber como te ha dado el señor Felipe.
Biondello, que vio que ningún provecho sacaría en luchar contra Ciacco, juzgó prudente hacer las paces con él, y en lo sucesivo se guardó muy bien de prepararle ninguna burla.