Cuentos de Boccacio

Giovanni Boccaccio · Capítulo 34 de 44

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Cuentos de Boccacio

El Marido Celoso y Cruel

 

Nadie ignora que hubo en tiempos en Provenza dos nobles y reputados caballeros, conocidos, el uno, bajo el nombre de Guillermo de Rosellón y el otro por Guillermo Gardastain. Siendo los dos muy célebres por sus proezas militares, trabaron amistad y se les veía siempre justos en los torneos, las justas y demás ejercicios de caballería, complaciéndose en llevar comúnmente los mismos colores. Solían residir en sus respectivos castillos, distantes cinco o seis leguas uno de otro.

Como se veían con frecuencia, sucedió que, a pesar de la amistad que los ligaba, Gardastain se apasionó locamente de la mujer de Rosellón, que era muy linda y gallarda. La dama, sensible a las atenciones, a los agasajos y al mérito del caballero, no tardó en apercibirse de su amor, y su vanidad se exaltó de tal modo que esperaba impaciente que el galán se la declarase, resuelta a corresponderle de un modo muy satisfactorio. No tuvo que esperar mucho tiempo. Habiéndole Gardastain abierto su corazón, se entendieron enseguida, dándose recíprocamente las más tiernas pruebas de amor.

Bien porque sus citas fuesen demasiado frecuentes, bien porque no supieron guardar el secreto, lo cierto es que Rosellón se apercibió de la intriga. Desde aquel momento, la amistad que siempre había sentido por Gardastain trocóse en aversión. Fue más hábil en su odio que los dos amantes en sus tratos, sabiendo ocultar tan bien su resentimiento, que nadie hubiera pensado que estaba celoso. Pero sus celos le devoraban de tal modo que juró en el fondo de su corazón arrancar la vida al pérfido caballero que le traicionaba.

Acababa de anunciarse con gran solemnidad que iba a celebrarse un gran torneo en las cercanías de Provenza; esta circunstancia pareció favorable a la ejecución de sus designios. Da a Gardastain la noticia del torneo, rogándole que fuese a verle para acordar si acudirían y cómo se vestirían. Éste, a quien la invitación agradó en extremo, contestóle que al día siguiente iría a cenar con él.

Guillermo de Rosellón piensa llegada la hora de su venganza. Desde el alba, armado de pies a cabeza, monta a caballo, seguido de algunos criados y va a apostarse a media legua de su castillo, en un bosque por donde debía pasar Gardastain. Tras una corta espera, aparece éste acompañado solamente por dos criados y sin armas, cual gente que no desconfía de nada. No bien lo divisa, corre a su encuentro como una furia, lanza en ristre y le traspasa, al mismo tiempo que le dice:

—He aquí cómo me vengo de mis pérfidos amigos.

Gardastain cae de su corcel exámine, sin tener tiempo de proferir una sola palabra; sus criados espolean sus caballos y vuelven al galope al castillo de su amo, ignorando el motivo por que éste fue asesinado.

Viéndose Rosellón solo con sus gentes, apéase del caballo, abre con un cuchillo el cuerpo de Gardastain, le arranca el corazón, lo envuelve en una banderola de la lanza y manda a uno de sus criados que se haga cargo de él, prohibiendo a todos divulgar, bajo ningún pretexto lo que habían visto, si no querían exponerse a sus iras. Enseguida encamínanse al castillo, donde llegaron ya entrada la noche.

La dama, que sabía que Gardastain debía ir a cenar con ellos, lo esperaba con la impaciencia de una mujer locamente enamorada. Sorprendida de que no viniera con su marido, le pregunta el motivo.

—Me ha mandado un recado diciéndome que no vendrá hasta mañana.

La respuesta no agradó a la señora; mas preciso fue ocultar su disgusto.

Apenas Guillermo descabalgó cuando mandó llamar a su cocinero:

—Toma —le dijo— este corazón de jabalí y aderézalo de la manera más delicada y apetitosa que sepas. Harás que se me sirva en una fuente de plata.

El cocinero obedeció y empleó todo su saber para aderezarlo, convirtiéndole en el mejor bocado del mundo.

Llegada la hora de la cena, se sienta Guillermo a la mesa con su mujer. La idea del crimen que había cometido le tenía preocupado y le había quitado el apetito; comió, pues, poco. Se sirvió un poco de aquel plato, pero no lo probó. La señora, que aquella noche tenía muy buen apetito, lo gustó, encontrándolo tan bueno que se lo comió todo.

—¿Qué os ha parecido ese manjar? —le pregunta entonces su marido.

—Excelente —contesta ella.

—Lo creo muy bien —repuso Guillermo—; es muy natural que encontréis bueno muerto lo que tanto os agradó en vida.

—¡Cómo! —responde ella después de una corta pausa—. ¿Qué es lo que me habéis hecho comer?

—El corazón del pérfido Gardastain —contesta el caballero—, ese corazón que no os avergonzáis de amar, ese corazón que arranqué con mis propias manos un momento antes de llegar aquí; sí, ese corazón es lo que habéis comido.

No intentaré describir el dolor de la señora a tan triste nueva; bastará saber para formarse una idea de él, que amaba a Gardastain más que a su vida. Su corazón, sensible por naturaleza, era presa de todos los sentimientos capaces de desgarrarlo. El aniquilamiento que se apoderó de ella la quitó la palabra largo rato; por último, repuesta un tanto:

—Os habéis convertido en un personaje vil y despreciable —díjole, ahogando en su pecho un hondo suspiro—; Gardastain no me ha violentado; yo soy la que os he hecho traición, y por lo tanto, a mí solo debéis castigar. ¡Dios no permita que después de haber probado un manjar tan precioso como es el corazón del más amable y valeroso de cuantos caballeros han existido, me den tentaciones de mezclarlo con otros ni tomar nuevo alimento!

Y, levantándose de la mesa, sin el menor titubeo, se arroja por una ventana muy alta, quedando destrozado su cuerpo.

Entonces Guillermo de Rosellón comprendió su falta y se la reprocha amargamente. Apoderóse el miedo de él y le hizo emprender la fuga en el acto.

Al día siguiente, habiéndose divulgado la aventura hasta en sus menores detalles, los deudos y amigos de la dama y del conde de Provenza recogieron sus restos y los hicieron enterrar en una misma fosa y con gran pompa en la iglesia del castillo del bárbaro caballero. Sobre su sepulcro se grabó un epitafio que todavía existe, donde se leen las cualidades de esos desdichados amantes y la historia de su muerte.