Cuentos de Boccacio

Giovanni Boccaccio · Capítulo 19 de 44

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Cuentos de Boccacio

Los Calzones del Juez

 

Muy a menudo llegan a Florencia Podestás de la Marca de Ancona, es decir, magistrados sin corazón, avaros y miserables, acompañados de jurisconsultos, notarios, que más bien parecen zapateros remendones que hombres salidos de las escuelas de Derecho. Habiendo uno de esos nuevos gobernadores venido a establecerse en nuestra buena ciudad, trajo consigo un juez que se hacía llamar micer Nicolás de San Lepidio, y que tenía más facha de calderero que de hombre de ley. Éste era el encargado de los asuntos criminales. Con frecuencia sucede que uno va a la Audiencia aunque no tenga nada que ventilar en ella.

Maso del Saggio encaminóse allí cierta mañana en busca de un amigo, y entró en la sala donde tenía sus sesiones micer Nicolás. Le llamó la atención la extraña catadura de aquel juez, se detiene y le examina de pies a cabeza. Nicolás llevaba un sombrero verde todo ennegrecido, le colgaba un tintero del cinto, el jubón era más largo que su toga y así lo demás de su traje; iba vestido como jamás lo hubiese hecho un juez dotado de un poco de amor propio. Pero lo que pareció más grotesco a Maso fueron sus calzones, que le caían hasta media pierna, y su estrecha casaca. Un juez tan extrañamente vestido le hizo olvidar sus asuntos, y como era aficionado a divertirse, fue en busca de dos camaradas suyos, llamados el uno Ribi y el otro Mateuzzo, gentes tan alegres como él.

Maso les lleva a la audiencia para enseñarles, según dijo, el juez más ridículo que jamás se ha visto. Al ver la facha de aquel personaje creyeron reventar de risa, pero nada les divirtió tanto como sus calzones. Aproximándose al sitial del juez vieron que era fácil introducirse por debajo y que la tabla en que descansaban sus pies estaba rota y lo suficientemente abierta para poder pasar por la abertura con holgura la mano y el brazo. Forman el propósito de quitarle los calzones y convenidos respecto al modo de llevar a cabo su propósito y el papel que cada uno de ellos había de desempeñar, aplazaron la ejecución del proyecto para el día siguiente, viendo que en aquellos momentos la concurrencia era escasa.

A la hora convenida se dirigen allí, y viendo que la sala rebosaba de gente, Mateuzzo escabullóse furtivamente bajo la tabla en que el juez apoyaba sus pies; luego Maso y Ribi se acercaron al magistrado y le agarran las ropas, tirando el uno por un lado y al otro de otro y gritando a la vez:

—¡Justicia, señor juez, justicia!

—Os suplico que me la hagáis antes de que este ladrón que tenéis junto a vos se nos escape —dice Maso—. Me ha robado un par de zapatos y os ruego le obliguéis a que me los devuelva. Aún no hace quince días que vi que los llevaba a remendar, y, sin embargo, se atreve a negar que me los ha robado.

Ribi, tirando de las ropas del juez con todas sus fuerzas, vociferaba por otro lado.

—No deis crédito a sus palabras, señor; es un impostor, un trapacero, que quiere encubrir sus faltas por medio de la calumnia. Ha sabido que yo venía a quejarme que me ha robado una maleta que me prestaba muy buen servicio, y para influir en vuestro ánimo me acusa ahora de haberle hurtado unos zapatos. Si no dais crédito de mis palabras, pongo por testigo a Trecca, la carnicera, aquí presente, y a la mujer que coge los desperdicios de Santa María de Verzaia.

Maso interrumpía a cada paso a su camarada, y Ribi hacía otro tanto, gritando ambos con toda la fuerza de sus pulmones.

Mientras el magistrado se mantiene en pie para oír mejor lo que se le expone, Mateuzzo, juzgando el momento favorable, pasa sus manos por entre la hendidura de las tablas, agarra los dos extremos de los calzones y da un tirón con tanta fuerza y ligereza, que los hace bajar hasta los tobillos.

Sintiendo el juez que se le caen los pantalones, trata de cubrirse con su toga, pero Maso y Ribi que la tienen entre sus manos, en vez de soltarla la abren más, gritando cada uno por su lado:

—Está muy mal por vuestra parte, señor, negaros a rendir justicia y a oírme. ¿Por qué queréis retiraros? En esta ciudad no se acostumbra a formar expediente en asuntos como el nuestro.

Total, que le entretuvieron todo el tiempo necesario para que todos los allí presentes notaran que se le habían caído los calzones y viesen a satisfacción algo que se adivina fácilmente, lo cual produjo una explosión de risa. Juzgando Ribi que la broma había durado bastante, suelta la toga y se retira, diciendo al juez:

—Os prometo, señor, exponer mis quejas al síndico.

Maso le dice que él no se vería con nadie, pero que volvería a pedirle justicia cuando estuviera menos ocupado. Y ambos huyeron para juntarse con Mateuzzo, el cual también abandonó la audiencia una vez desempeñado su papel.

Recobrado el juez de su sorpresa, arreglóse los calzones y no cabiéndole duda de que había sido víctima de una broma, preguntó con insistencia dónde estaban los dos ladrones, a lo que le contestaron que habían puesto pies en polvorosa. Al ver que se libraban de su resentimiento encolerizóse y juró que sabría si los florentinos acostumbraban a bajar los calzones de sus jueces en el momento de estar desempeñando sus funciones. El Podestá, que no tardó en estar al tanto de la aventura, irritóse en gran manera ante tamaño insulto, pero acabó por calmarse al indicarle sus amigos que los florentinos sólo habían obrado de aquel modo persuadidos de que, en vez de traerles hombres honrados y de ilustración, eligiera a imbéciles para ahorrarse parte de sus salarios. Como dicha observación era harto bien fundada, no creyó prudente el Podestá investigar quiénes eran los culpables, dejando el asunto, cuyo principio no abogaba en honor suyo.