Cuentos de Boccacio

Giovanni Boccaccio · Capítulo 21 de 44

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Cuentos de Boccacio

El Panadero

 

Teniendo el papa Bonifacio que arreglar ciertos asuntos con la república de Florencia, envió embajadores a ella. Éstos se alojaron en casa de micer Geri Spina, que gozaba de gran crédito en la corte pontificia. Geri hizo cuanto estuvo en su mano para que los embajadores no se aburriesen en Florencia, acompañándoles a todas partes. Casi diariamente pasaban por la calle de Nuestra Señora de Ughi, donde vivía un célebre panadero llamado Cisti. Aunque este hombre se había enriquecido fabricando pan, siendo sus sentimientos muy superiores a su profesión, nunca quiso dejarla. No obstante, vivía holgadamente, regalábase en la mesa y su bodega encerraba los mejores vinos que se recolectaban en Toscana y sus alrededores.

Viendo pasar todos los días por enfrente de su tahona a micer Geri y a los embajadores de Su Santidad a la hora en que empezaba a sentirse el calor muy a la vivo, creyó que sería muy honroso para él invitarles a beber del excelente vino, pero como no ignoraba la distancia que había entre los ministros de un soberano y un panadero, no se atrevía a hacer la invitación. Por lo que buscó modo de que se invitaran ellos mismos. A la hora que poco más o menos suponía que debían pasar Geri y los embajadores, hacía colocar frente a su puerta un balde muy limpio con agua fresca, una pequeña vasija de tierra de Bolonia también muy limpia y llena del delicioso vino de su bodega, y dos vasos. Allí, vestido con mucha pulcritud y llevando un delantal de tela más blanco que la nieve, sentado en un banquillo, después de toser y escupir mesuradamente, bebía en el momento que los veía llegar sus dos vasos de vino con un deleite que daba envidia. Habiendo observado micer Geri aquella escena por dos veces, díjole a la tercera:

—Vamos, Cisti, ¿es bueno?

—Excelente, señor —dijo el panadero—, mas el mejor medio de gustar de su bondad es probarlo, ¿gustáis, pues?

Micer Geri, que a causa del gran calor que hacía, o que hubiese andado más de lo acostumbrado, o que la delicia con que veía beber al panadero lo estimulase, vuélvese hacia los embajadores y les dice sonriendo:

—Opino, señores, que probemos el vino de este buen hombre, tal vez no nos arrepintamos.

Pasan a la trastienda del panadero, el cual les ruega que tomen asiento. Manda retirar a los criados, que se proponían servir a su amo, diciéndoles que él tan buen escanciador es como panadero, y después de haber lavado cuatro vasitos los llena por su propia mano y los presenta a Geri y a los embajadores, los cuales quedaron tan satisfechos de su vino, que confesaron hacía mucho tiempo no lo habían bebido tan bueno, prometiéndole que, en lo sucesivo, ningún día faltarían a su trastienda, lo cual no dejaron de cumplir con mucha exactitud.

Cuando los ministros del Papa hubieron terminado sus negociaciones y se disponían a regresar a Roma, micer Geri dióles un espléndido festín al que fueron invitadas las personas más notables de Florencia. Cisti contábase en el número de los convidados, pero no quiso de ningún modo acudir a la fiesta; visto lo cual, Geri mandó pedirle una botella de su excelente vino para poder servir una copa a cada convidado antes de empezar la comida.

El criado que había ido a buscarlo, enfadado de que no hubiese quedado nada para él, al mandarle su amo otra vez a casa del panadero, agencióse una enorme botella, suplicándole se la llenara. Al ver aquella botellaza, Cisti le dice:

—Te has equivocado, amigo mío, no es aquí ciertamente donde te envía tu amo.

Fue en vano que el criado le asegurara que no se equivocaba, no logró otra respuesta y volvió al domicilio de su amo, a quien participó lo que le dijera Cisti.

—Vuelve a su casa —replica Geri— y si te da la misma contestación replícale que dónde piensa, pues, que te envían.

El doméstico obedeció, y dijo a Cisti:

—Estad persuadido que es aquí donde me envía mi amo.

—Eso no puede ser, indudablemente te equivocas.

—¿A dónde me manda, pues? —repuso el criado.

—Al río Arno —contesta Cisti.

En vista de la respuesta del emisario, micer Geri quiso ver la botella, y encontrándola desmesuradamente grande, exclama:

—Cisti tiene razón. Y después de reconvenir al criado como se merecía, ordénale que tome una vasija de tamaño razonable y vuelva a casa del panadero.

Como éste viera que no era la gran botella de antes, dícele al doméstico:

—Ahora sí que conozco que es aquí donde te envía tu amo; —y le llenó de muy buena gana la vasija.

Aquel mismo día hizo llenar una barrica del susodicho vino y lo mandó a casa de Geri, a dónde se dirigió pocos momentos después.

—No creáis, caballero —díjole al verle—, que me dejase sorprendido el botellón de esta mañana; pero habiéndoos dado a entender, hace pocos días, por la medida de mis botellas, que ese vino no era para criados, he creído deber recordároslo. Ahora os he mandado lo que me quedaba de dicho vino, y por lo tanto haréis de él lo que mejor os parezca. Sólo os suplico que le aceptéis de tan buen grado como os le doy.

Micer Geri recibió el obsequio de Cisti con las mayores muestras de reconocimiento. Desde aquel día lo contó en el número de sus amigos, y se le oía decir a menudo que era mucha lástima que un hombre tan galante pasase su vida metido en una tahona.