Cuentos de Boccacio

Giovanni Boccaccio · Capítulo 33 de 44

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Cuentos de Boccacio

Micer Roger

 

Micer Roger de Figiovanni ha sido uno de los más amables y valientes caballeros que produjo la ciudad de Florencia y tal vez al propio tiempo, uno de los hombres más honrados con que puede envanecerse. Como era bastante rico y ardía en deseos de ilustrarse, viendo que la Toscana no era país que favoreciese sus designios resolvió entrar por algún tiempo al servicio de Alfonso, rey de España, príncipe de una reputación elevadísima.

Fuése, pues, a Madrid seguido de numeroso tren, siendo muy bien recibido por el rey. Micer Roger vivió durante algún tiempo a su lado de una manera brillante, distinguióse en varios actos, no tardando en adquirir fama de hombre galante. Sin embargo, estudiando atentamente el carácter y la conducta del rey, observó que este príncipe no era muy discreto en conceder mercedes, puesto que el mérito no obtenía siempre la recompensa. Los castillos, las plazas fuertes, las baronías eran distribuidas a gentes desconocidas, sin más títulos para alcanzarlas que la intriga.

Nuestro gentilhombre conocía sus méritos, sabía cuánto valía y viendo que se le olvidaba en el reparto de favores, creyó que semejante olvido, amén de ser injusto, ofendía su decoro. Resolvió, pues, retirarse de la Corte y solicitándolo del rey, obtuvo sin dificultad lo que pedía. El príncipe le regaló la más preciosa y mejor mula que existía en sus caballerizas, tal como la hubiere deseado Roger para el largo viaje que iba a emprender. Luego el monarca encargó a uno de sus gentil-hombres, cuya sabiduría y discreción le eran conocidas, que buscase un pretexto para acompañar en su viaje a micer Roger, sin que pudiera notar que tenía orden de hacerlo; que escuchase bien cuanto hablase de él para que pudiera darle cuenta exacta e hiciese lo posible para que regresara a la corte después de haberle sondeado.

El oficial desempeñó a maravilla su papel. Espía el momento en que Roger sale de la ciudad y le sigue; entabla conversación con él dándole a entender que se dirige a Italia y se le ofrece como compañero de viaje. Al principio recae la conversación sobre cosas indiferentes y generalidades; mas a eso de las nueve el gentilhombre dice a Roger:

—Creo que convendría dejar nuestras cabalgaduras y que pastasen un rato.

Entraron en un hostal donde orinaron todas las bestias menos la mula, lo cual notó Roger. Reanudaron la marcha, llegaron a un arroyuelo y allí bebió el ganado, no tardando la mula en desocupar su vejiga.

—¡Maldito sea este animal! —exclamó Roger—. Es de igual naturaleza que el que me la ha regalado.

El oficial no echó en saco roto esa exclamación. Había recogido otras muchas relativas al rey; pero todas fueron en honor suyo.

Al día siguiente el gentilhombre supo manejárselas tan bien que indujo a Roger a volver sobre sus pasos; preténdese que, no pudiendo lograrlo por medio de la persuasión, le obligó de orden del rey. Sea como fuere, Alfonso, prevenido de su propósito, le manda llamar, le hace muy buena acogida y le pregunta por qué le había comparado a su mula.

—Sire —contesta el florentino sin desconcertarse— he hecho semejante comparación porque es justa. No habiendo orinado mi mula donde le tocaba hacerlo y haciéndolo donde no debía, se ha portado, me parece, como vuestra Majestad, que no da cuando debe y da cuando no es justo, puesto que colma de bienes a los que son indignos de ellos y los rehúsa a aquellos que nada han omitido para merecerlos.

—Querido Roger —contestó el rey—, si no os he, como a otros muchos, acordado mi favor, no es porque no os creyera más digno de merecerlo que la mayor parte de los que lo han obtenido. Conozco vuestro gran mérito y os hago la justicia a que sois acreedor; pero vuestra mala estrella se ha opuesto constantemente a los efectos de mi buena voluntad; a ella, pues, y no a mí, debéis acusar, y voy a daros una prueba convincente de lo que os digo.

—Sire —replicó el toscano—, no me quejo de no haber tenido participación en vuestras dádivas, ya que no me atormenta el aguijón de las riquezas; sólo me lamento de que con semejante olvido parece no hacerse mérito de mis servicios y que no soy digno de vuestra estima. No obstante, recibo vuestra declaración con todo el respeto y reconocimiento a que sois acreedor y estoy dispuesto a ver cuánto os plazca, a pesar de que no tenéis necesidad de justificaros a mis ojos.

El rey lo llevó a una gran sala donde, según había ordenado, se muestran dos cofres cerrados.

—Uno de estos cofres —le dijo en presencia de varias personas—, encierra grandes riquezas y mis joyas más preciadas; en el otro no hay más que tierra. Tomad de los dos el que mejor os plazca; vuestro es. Ahora comprenderéis, espero, si ha sido vuestra estrella o he sido yo el injusto hacia vos.

Obedeció Roger y el rey mandó abrir el cofre que había elegido, siendo el que contenía la tierra.

—Ya veis —prosiguió el rey Alfonso riendo— que cuanto os he dicho de vuestra estrella es la pura verdad; mas vuestras virtudes merecen que yo corrija su maligna influencia. Sé muy bien que no tenéis deseos de haceros español, por tanto, no os daré ni castillo ni plaza fuerte; pero quiero que el cofre que os ha negado la suerte os pertenezca a despecho de ella. Lleváoslo a vuestra tierra y que sea para vos y los vuestros un testimonio de vuestra virtud y de mi anhelo para recompensar al mérito.

Roger recibió el presente, y después de agradecerle al rey como se merecía la merced que acababa de otorgarle, volvió a emprender, harto satisfecho, el camino de Toscana.