El asesino de la capa

Veronica Caballero Sanchez · Capítulo 10 de 53

Páginas del PDF

El asesino de la capa

Capítulo 9

Eloy llegaba irremediablemente tarde, así que tomó la dulce decisión de parar a comprar unos pasteles para comenzar el día y pedir perdón sin decir ni una palabra. Compró los preferidos de cada uno de sus compañeros. Nata para Soledad y limón para Alberto. Salió de la pastelería con una preciosa caja de colores azul y rosa. Se había levantado descompuesto por el día anterior. «Ya estoy mayor para beber alcohol y dormir poco. Me tomaré una pastilla con la esperanza de que se me pase el dolor de cabeza».

Había un número inusual de gente alrededor de la comisaría para ser un día normal sin ninguna novedad a la vista. Entonces recordó lo que estaba pasando. «Periodistas». No le gustaban nada los profesionales sensacionalistas que cubrían las noticias de sucesos. Intercambiaban titulares y ocultaban información para que sus empresas se lucraran. Les daba igual lo que era verdad o era mentira, solo preocupaba la repercusión de quién daba la noticia más morbosa. No era la primera vez que veía a muchos de ellos. Reconoció a Sonsoles. «Mierda». Era una chica joven que pensaba que por sus encantos físicos los policías le darían la información que quisiera. Sin embargo, consiguió lo contrario al tratar a los agentes de homicidios. Alberto y Eloy la odiaban con todas sus fuerzas. No eran capaces de mirarla a la cara sin torcer el morro por su altivez y prepotencia.

Ambos deseaban que la ascendieran para perderla de vista. Hasta aquel día no habían tenido demasiada suerte. No eran pocos los días que estaba plantada en la puerta con ropa ajustada y maquillada sin ninguna sutileza.

Eloy pasó por su lado dejando patente los sentimientos que le provocaba.

Aun así, ella respondió con una gran sonrisa y pregunta comprometida para la investigación. En ese momento se sentía bien. Le hizo sentirse

«realizado» por un leve instante. Ascendió por las escaleras con la caja de pasteles y una gran sonrisa de oreja a oreja. Había dejado a la veintena de periodistas con la palabra en la boca. Se lo debía. «No es la primera vez que revientan una investigación policial por conseguir información confidencial que no podían publicar». Su lucha con la profesión periodística no había llegado a su fin. Los intentarían seguir para conseguir la primicia de los sucesivos hallazgos.

Llegó al ascensor en el que varios agentes esperaban. El cubículo de metal se llenó rápidamente en cuanto las puertas se abrieron de par en par.

Dejaron salir y, seguidamente, entraron. Eloy no era el único que llegaba tarde ese día. En la planta donde trabajaban los de homicidios, la máquina de café estaba al lado del ascensor. Por eso la primera cara que se encontró fue la de Alberto plantado delante de ella. Hasta que Eloy no le saludó, no se percató de su presencia. Se encontraba contando las monedas que necesitaba para sacar las bebidas. Su cara trasmitió la alegría que le dio al contemplar la caja.

—No me digas que has llegado tarde por comprar los pasteles.

—Bueno, más o menos. Aquí llevo los de limón, tus preferidos.

—Tú sí que sabes ser un colega —dijo dándole una ligera palmada en la espalda—. ¿Un café?

—Claro. Voy a llevar esto a la mesa.

—Espérate y me ayudas a llevar los cafés. Sole ha quedado con la directora del Museo de Historia de Madrid. Contactó con ella ayer y está aquí. Creo que nos puede ayudar con el caso —murmuró con la palma de la mano abierta sujetando las monedas.

—¿Y eso? —preguntó sorprendido.

—Ayer yo también estuve haciendo mis pinitos. Creo que todo está relacionado con el Motín de Esquilache. Supongo que te suena, ¿no?

—Bueno, sin ser un experto, sí. Fue justo en la Puerta del Sol y…

—Exacto. Venga, vamos deprisa. Nos están esperando para empezar

—le interrumpió sin dejarle terminar la frase.

Eloy cogió los cafés y le dio la caja a Alberto. Era más seguro que él llevara las bebidas. No era la primera vez que derramaba alguna. Luego se quedaba el suelo pegajoso y los de la limpieza les echaban la bronca por no llevar más cuidado. Alberto abrió la caja cuando su compañero inició el camino. «Limón».

Sentada, alrededor de la mesa de Soledad, estaba Nina, la directora.

Era catedrática en Historia y, al ver las campanadas, rápidamente se puso en contacto con la Policía hasta conseguir el mail de Soledad. El agente que le

atendió le dijo que era mejor hablar con ella: «El resto del equipo no es tan empático», fueron las palabras que le dijeron. La indicación fue un acierto.

Gracias a ella ahora estaba allí sentada. Su idea inicial era ayudar en la medida de lo posible. Le pareció que el asesinato decía mucho más que un simple crimen. Nina se levantó para saludar a Eloy. Tras las presentaciones, le dio un café.

—Cuéntenos el motivo de ponerse en contacto con nosotros —

comenzó a hablar Eloy, intentando ser lo más educado posible.

—Por lo poco que pude ver en la televisión, me pareció sin duda un crimen con una carga histórica. He pensado que quizá les podría ayudar con mis conclusiones. Por eso contacté con Soledad. —Su voz sonaba dulce y tímida. Estaba inquieta al tener las miradas clavadas en ella. Movía las manos de un lado a otro con cada una de las palabras que utilizaba en su discurso.

—Perfecto. Se lo agradecemos —intervino Alberto, que ya se había comido un pastel. Aún sentía el sabor a limón en su paladar.

—Sí, muchas gracias. Ahora cuéntenos qué ha extraído de lo que ha visto —animó Eloy mirando los dulces.

El inspector sujetaba entre sus manos el pastel cuando la historiadora asintió con la cabeza y comenzó la exposición que había ensayado delante del espejo aquella misma mañana.

—Ya sabrán que el asesinato hace referencia al Motín de Esquilache que se produjo en el mismo lugar donde encontraron a la víctima. Este motín tuvo lugar porque el Marqués de Squillace, que se españolizó en Esquilache, cambió los atuendos. Antes se vestía con capa larga y sombrero redondo, pero al Marqués le pareció que era peligroso llevar la capa larga.

No dejaba ver a los guardias si escondían algo peligroso. Impuso una ropa nueva, así como el cambio de sombrero. —Se detuvo a la espera del asentimiento por parte de los oyentes.

—Continúa, por favor. —Soledad no dejaba de escuchar el relato sin parar de mover el café con la cucharilla al mismo ritmo que lo hacía la pierna que tenía encima de la otra.

—Los madrileños no se tomaron bien la imposición y arremetieron sobre la orden del ministro italiano. Comenzó el motín y el tumulto se enfureció en las calles. Historiadores dicen que el verdadero motivo no fue la decisión de la vestimenta, sino el hambre que estaba pasando el pueblo.

Pero, bueno, puede ser un conjunto de sucesos u opiniones, como suele ocurrir en la mayoría de los motines.

—Interesante el resumen. ¿Por qué cree que eligió el antiguo edificio de correos?

—Supongo que porque allí fue donde se produjeron los altercados y se transcribió la lista de exigencias para que cesara el motín. Existen varias pinturas del motín y de cómo un hombre de Dios apaciguó la multitud. —

Dio un sorbo al café esperando escuchar sus impresiones.

—¿La leyenda del fantasma no tiene nada que ver? —preguntó interesado Alberto.

—Es en la misma época, durante el reinado de Carlos III, pero no creo que exista relación. —Nina ladeó la cabeza para observar a los agentes cuando hablaba.

—Le agradezco de manera infinita su ayuda, de verdad, pero necesito que haga memoria. Tiene que existir más nexos entre los sucesos y el lugar. —Eloy dejó el vaso de café vacío en la mesa y se puso en pie.

La poesía que encontraron fue puesta delante de los ojos de la directora. Nina se quitó las gafas de pasta roja que siempre llevaba para leer, de manera lenta y analítica. Hizo una reflexión de la primera lectura.

—¿Creen que habrá más muertes?

—Eso nunca lo podemos saber. Esperemos que no, y que podamos encontrar al criminal lo más rápido posible.

—¿El asesinado es alguien de la realeza italiana? —insistió Nina con más preguntas. Comenzó a morder una de las patillas de las gafas.

—¿Realeza? —soltó extrañada Soledad—. Que tengamos conocimiento, no. Es un enfermo mental con esquizofrenia paranoide. Se llama... —Hizo una pausa para coger los papeles de la mesa y comenzó a buscar—... Javier Romero.

Nina se quedó pensativa. Unió la punta de sus dedos y comenzó a jugar con ellos. Intentaba encontrar una conexión de los sucesos de hacía tantos años, pero no encontró ningún dato significativo en su memoria.

Movió la cabeza a ambos lados expresando su negativa al oír el nombre de la víctima. En una de sus manos todavía descansaba la poesía y volvió a leerla. Colocó uno de sus codos sobre la pierna que tenía por encima al cruzarlas y continuó mordiendo las patillas de las gafas. Leyó en alto con la esperanza de que alguno de los agentes dijera una palabra y dejara de observarla. No fue así. Los policías esperaban, con los ojos clavados en ella, una pista para continuar.

Eloy rompió el silencio.

—Creo que nos va a llevar tiempo. Voy a por más café.

—Te acompaño —balbuceó Alberto con un pastel en la boca.

Nina dio un respingo en el asiento. Circunspecta, comenzó a hablar atropellada por sus palabras.

—¡Ya lo tengo! Esta poesía es un acróstico —elucubró agitando el papel manila.

—¿Qué significa eso? —preguntó Soledad desde su silla, perpleja por el entusiasmo de aquella mujer.

—En la poesía que nos ha dejado el asesino hay un mensaje escrito.

Es una especie de encriptación dentro del texto. Aquí tenemos lo que quiere que sepamos… Supongo que la siguiente pista.

—Eso es lo que hemos pensado también. Tiene que haber una pista importante entre esas frases. Además, creo que es un narcisista empedernido. Le gusta sentirse más inteligente que nosotros —añadió Alberto.

—Sabemos que les encanta ser superiores al resto. Puede, incluso, que esa sea una de las razones por las que escogió una víctima tan susceptible: un enfermo mental.

Se produjo un silencio entre los hablantes. Tras escuchar las palabras de Eloy, la reflexión se apoderó de las mentes de los agentes y la directora del museo.

OceanofPDF.com