El asesino de la capa

Veronica Caballero Sanchez · Capítulo 29 de 53

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El asesino de la capa

Capítulo 28

La noche había caído sobre el cielo. La presencia de estrellas era limitada en la zona del centro. El excesivo uso de iluminación provocaba que, a pesar de estar ahí, no fueran visibles al ojo humano. Nina se encontraba nerviosa. Se abrazó a sí misma, víctima de la estación del año en la que se encontraban. Dio un ligero repaso a la situación para concluir que su estado anímico era una suma de la baja temperatura y la nula costumbre de perseguir a un asesino, el cual con su próxima víctima se convertiría en un asesino en serie. Miró su móvil sin dejar de seguir el paso a sus improvisados compañeros de aventuras. Soledad miraba cada una de sus zancadas. La aparición inesperada de la directora del Museo de Historia no dejaba de parecerle sospechosa. «Puede que sea el papelón de su vida. ¿Nos la estará jugando?».

Subieron las escaleras del hostal en fila india. Eloy abrió la puerta y se apartó para dejar acceso al resto. Extendió su brazo como invitación a tomar asiento en el minúsculo cubículo que pasaría a formar parte de lo que la gente conoce como hogar.

—No quiero ser cotilla, pero llevas la ropa de ayer. —Soledad le tiraba de una de las mangas de la camisa—. ¿Qué ha pasado?

—Estamos aquí porque están matando gente, no porque yo me vaya a separar —concluyó con tono áspero.

—Sí, tienes razón, pero la repentina decisión de divorciarte habrá sido por algo. Vamos, digo yo. —Alberto se sentó en la cama y colocó su abrigo doblándolo de manera cuidadosa.

—Venga, Eloy, solo queremos ayudarte —se quejó Soledad ante el mutismo de su compañero y sentándose a la izquierda de Alberto.

Nina se encontró en una situación incómoda. Apenas los conocía, y estar hablando de la vida privada de uno de ellos, le pareció que estaba fuera de lugar. Carraspeó en varias ocasiones sin saber qué aportar al diálogo que estaba teniendo lugar. Alberto se dio cuenta y decidió que no era ni el momento ni el lugar. Resolver el crimen era lo más importante. Le preocupaba Eloy, pero más lo hacía Sonia. Sus problemas mentales habían

perjudicado a su amigo desde el día que la conoció. Odiaba a esa mujer tanto como lo hacía Eloy o incluso más.

—Dejemos el tema de este —Señaló con la cabeza la dirección donde Eloy se encontraba de pie— a un lado. Vamos a repasar las pistas que nos quedan. Nina, me ha dado la sensación de que sabes algo de la frase

«Virtud y mérito».

Nina se encontraba atrapada en su universo paralelo lleno de situaciones felices y frases agradables tan diferente al real. Aquel en el que siempre se encontraba bien. Tenía sus propios monstruos internos. «Con una mala decisión te jodes toda la vida», pensó cuando iniciaron el interrogatorio al agente.

—Perdonad, estaba pensando en lo que hemos encontrado —mintió

—. Es la frase que representa a la Orden de Carlos III. —Se sentó en la mesa que hacía de escritorio en aquella siniestra habitación.

—¡Otra orden!, ¡genial! —contestó irónico Eloy.

—Lo sé, pero con esa frase ahora todo cobra sentido. —Dibujó una pequeña sonrisa en su rostro redondo.

—Explícate. —Soledad se acomodó en la cama.

—¿Os acordáis del tatuaje de La Inmaculada concepción? —

preguntó retórica Nina.

Los tres asintieron, esperando que continuara con la explicación.

Nina se detuvo en la explicación para coger el móvil del bolso. Hizo una búsqueda en internet para enseñarles la pintura.

—Mirad, esta es la Inmaculada que pintó Murillo. Es el tatuaje que tenían las víctimas, que además es la que representa las insignias y a la Orden de Carlos III, ya que era la preferida del monarca. Su manto, como veis —Volvió a enseñar la pintura—, es de color blanco y azul, los mismos que los de la orden.

—Esta nueva orden, ¿tenía la misma finalidad que la Orden del Toisón de oro?

—No, para nada, son totalmente distintas. La orden de Carlos III era como una especie de persecución a los opuestos al despotismo ilustrado

propio del monarca. Se concedía a aquellos que servían al rey, de ahí la frase.

—¿Chivatos? —preguntó un intrépido Alberto.

—Más o menos. Aparte de los altos cargos políticos, también se concedían insignificantes medallas a ciudadanos que habían servido al monarca. Les hacían sentirse importantes en la vida política y, para mi gusto, les daban esperanzas de que podían llegar a ser alguien. Obviamente era mentira, pero lo importante era que se lo creyera el pueblo llano, y vaya si se lo creyó —argumentó Nina—. Otra diferencia es que no las tenían que devolver, a diferencia de la anterior.

—Si no recuerdo mal, esa orden sigue existiendo en la actualidad.

Se la dan a todo pichichi que se dedica a la política. —Pensó en alto de manera despectiva Eloy.

—Es uno de los muchos actos de postureo a los que les gusta asistir a los políticos para sentirse orgullosos de su labor a la sociedad española —

explicó Nina.

—Que no vale para nada, ¿no?

—Las insignias nunca valen para nada. Son simplemente símbolos, como el logo de una empresa. Tienen el valor que tú les quieras dar. A la gente le hace ilusión o le hace sentirse más importante si lleva una marca de lujo o un objeto que es restringido a unos pocos. Lo escaso o caro es más atractivo o venerado por la sociedad. Lo mismo pasa con las órdenes o cualquier sucedáneo de medalla. Les da, como si dijeras, una especie de prestigio social, ¿me explico?

—Sí, perfectamente. Lo que no entiendo es qué tienen que ver las órdenes con el crimen. —Soledad se tumbó en la cama dejando la mirada perdida en el techo.

Eloy caminaba por el escaso espacio libre que había en la habitación.

—En la orden de Carlos III, supongo que habrá medallas de distinto tipo según el cargo que ostentes, ¿no? —Nina asintió, por lo que Eloy continúo hablando—. Vamos a suponer que el asesino o sus antepasados pertenecían a esas dos órdenes, ¿es posible?

—Por supuesto que puede ser. —Al terminar la frase comprendió lo que Eloy estaba pensando—. ¡Claro, eso es! Si esa coincidencia es real, nuestro círculo de sospechosos se reduce bastante, ya que no había mucha población en esa época que perteneciera a ambas órdenes. ¡Eres un genio, Eloy!

—Si partimos de esta premisa, nuestro asesino lo que hace es quejarse del descenso de su estatus social o prestigio, ¿no?

—Es una opción.

—¿Por qué piensas que es por eso? —preguntó Soledad, que se levantó de la cama y se colocó al lado de Nina.

El hostal tenía calefacción central, por lo que en el interior parecía verano. Muchos edificios antiguos mantenían ese tipo de calefacción. Los interiores de las casas estaban repletos de gente sudando y con las ventanas abiertas en pleno invierno. Eloy notó que una gota de sudor resbalaba por su frente. Se acercó hasta la única ventana que existía en la habitación y la abrió. Las bisagras no eran de este siglo y la estructura de la ventana aún menos, así que parecía que había abierto el portón de un castillo medieval en lugar de una cutre ventana en un hostal de mala muerte.

—Esto es deprimente, tío. Vamos a tomar un café a un bar. Me estoy agobiando, pensando que te vas a quedar a dormir aquí. —Alberto se levantó rápido y salió con el abrigo en la mano. Se estiró el cuello de la camisa para poder respirar.

—Os acompaño abajo, pero yo me voy, tengo que coger ropa de casa. No puedo estar así. —Suspiró.

Bajaban las escaleras cuando Soledad hizo de nuevo la pregunta.

—¿Por qué piensas que la motivación es el descenso social?

—Puede que me equivoque. Durante el motín muchos políticos huyeron al ver lo que el pueblo llano español era capaz de hacer. Las dos órdenes son concedidas a políticos, así que, si después de tantas décadas, hasta siglos, no lo ha superado… debe de ser porque ha perdido dinero y un prestigio irrecuperable en la sociedad actual. —Terminó de hablar al llegar al portal.

Hicieron un pequeño círculo antes de salir a la calle y tomar caminos distintos.

—¿Y los enfermos mentales?, ¿por qué las víctimas son enfermos mentales? —Soledad se cruzó de brazos esperando una respuesta.

—No lo sé. Ya iremos descubriendo las diferentes pistas del caso.

—Puede que exista el factor casualidad en algunas partes del plan

—dijo Nina.

—Si nuestro asesino lleva años con ese resquemor de hace siglos, no creo que exista la mínima posibilidad de que deje al azar sus movimientos —Alberto contestó irónico al comentario. Abrió la puerta e inhaló aire fresco.

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