El asesino de la capa

Veronica Caballero Sanchez · Capítulo 48 de 53

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El asesino de la capa

Capítulo 47

Eloy fue puesto en libertad después de corroborar en el informe del forense que su mujer era una mentirosa compulsiva. Había dado multitud de versiones de los hechos durante la reunión. Era cierto que tenía una herida en la cabeza. Sin embargo, el forense determinó que la gravedad de esta no había sido provocada con gran fuerza, lo cual se suponía que podía haber sido una autolesión para que su marido fuera detenido. Eloy suspiró al ver a los agentes y salir de allí. Había sacado una cosa buena de su estancia en aquel lúgubre calabozo: tiempo para pensar y descansar.

Salió por la puerta y llamó a Alberto para que le pusiera al corriente de lo acontecido y las pruebas que habían ido encontrando. «No me da buena espina». Le gustaba poner las suposiciones en cuarentena e ir descartando. El caso tenía demasiados implicados y no podían tener un único sospechoso.

Su vida privada no estaba pasando por el mejor momento y debía solucionarlo a la mayor brevedad posible. No quería problemas legales que provocaran su expulsión del trabajo que tanto amaba y que con un gran esfuerzo había conseguido. Tuvo la idea de llamar al psiquiatra nuevo de Sonia, Manuel. Tenían una conversación pendiente y se había vuelto fundamental. Solo había hablado una vez con él, pero tuvo la corazonada de que tenía que contarle algo relevante. Después de la detención necesitaba una mano amiga para salir del embrollo al que Sonia le había hecho caer sin posibilidad de salvarse a corto plazo. Estaba convencido de que la venganza para ella solo había comenzado. Llamó a Manuel. Tardó varios tonos en responder.

—Hola, Manuel. Soy Eloy, el marido de Sonia, ¿se acuerda de mí?

—Hola. Sí, claro que me acuerdo. Llevo pensando en ti durante varios días. Me dijeron lo que te había pasado cuando recobré la consciencia —agregó con tono pausado.

—¿Consciencia? ¿Está usted bien? —Le extrañó el comentario del doctor.

—Sí, ahora sí. Tu mujer me ha acuchillado en la calle —soltó apresurado—. Tranquilo, ahora estoy bien, pero ha sido un susto. Necesito que hablemos. Es urgente y pienso que te puedo ayudar.

—¡No me lo puedo creer! —exclamó con una de las manos en la cabeza—. Tenemos que hacer algo. Tiene que ayudarme. Es peligrosa.

—Eloy, quiero que te tranquilices. Estás en una situación complicada, pero tiene solución. Todo tiene solución —repitió despacio—.

La enfermedad de tu mujer está avanzada y no se puede frenar. Debes tener cuidado, ahora irá a por ti.

—Lo sé, pero no creo que me quiera matar. Solo quiere hacerme sufrir. Nunca había tomado la decisión de separarme porque tenía miedo de lo que me pudiera hacer, pero ahora ya me da igual. —Se sentó en uno de los bancos que había en la calle. Estaba inquieto al escuchar las palabras del psiquiatra.

—Ella no eligió cambiar de médico. La antigua psiquiatra tenía miedo de ella y por eso me la derivó. No sabía qué hacer. —Soltó un grito de dolor—. Perdona, me duele la herida.

—¿Cuál fue el motivo de que tuviera tanto miedo para no seguir tratándola? —preguntó con intriga y pavor ante la posible respuesta inminente.

—En las sesiones solo hablaba de cómo te mataría. Soñaba y tenía paranoias con tu asesinato. Deseaba hacerte daño. Tenía alucinaciones.

Matarte era la única forma de ser feliz. Ten cuidado, no la subestimes. —

Respiró profundamente—. Te quiere muerto y lo quiere hacer ella. Sueña con matarte desde hace meses.

—No tenía ni idea de que me odiara tanto. No comprendo el motivo de ese rencor, la verdad. Siempre he estado con ella. Nunca he dejado de intentar que se estabilizara, y más después de la muerte de nuestro hijo. —

Sacudió la cabeza para ambos lados. Se colocó en el banco y dirigió su mirada al suelo.

—¿Muerte? —preguntó Manuel asombrado.

—Sí, nuestro hijo murió en la bañera. Se ahogó.

—Eloy, pensé que habrías hablado con Sonia de esto. No me gustaría ser quien te diera la noticia, pero no me queda más remedio —

murmuró—. Fue ella quien mató a vuestro hijo. Pensé que lo sabías. No quería que nadie le robara tu atención. «Es mío y de nadie más» es lo que suele decir. ¿Sigues ahí?

Necesitó unos instantes para recuperar el aliento tras escuchar atentamente las palabras de Manuel. Siempre lo había intuido. No quería ver la realidad, era demasiado dura. Había llegado el momento. «Se lo debo a Lucas».

—Sí, perdona, Manuel. Sigo aquí —respondió pusilánime.

—Siento haber sido yo. Creo que deberías saberlo, siendo policía.

Debería estar en la cárcel o en un psiquiátrico. —Hizo una pausa—. Ahora entiendo por qué te quería matar, no quiere que nunca descubras la verdad.

—No lo sé, no puedo pensar con claridad.

—Irá a por ti. Tienes que detenerla —insistió—. Después volverá a por mí otra vez.

—Debería pedir una orden de alejamiento.

—¿En serio? —Soltó una carcajada sonora—. Sabes que si quiere matar lo hará igual. Es una enferma mental que tiene la impetuosa necesidad de ocultar sus acciones. No deberías dejar pasar los días, le darías más tiempo para planearlo.

—Tienes razón, pero antes tengo que cerrar el caso en el que estoy trabajando.

—De acuerdo. Esperaré la llamada con las buenas noticias. —La voz del psiquiatra cada vez sonaba más cansada debido a los calmantes y la falta de sueño.

—¿Le puedo hacer una pregunta?

—Claro.

—Es sobre el caso actual, el asesino de las capas.

—¿En qué te puedo ayudar? —preguntó extrañado y abrumado.

—Hay una psiquiatra en el centro donde se conocieron los enfermos mentales, y he pensado que, como usted es psiquiatra, a lo mejor la conoce.

—¿Cómo se llamaba la psiquiatra?

—Un momento. Mi compañero me ha mandado el nombre de la doctora. —Buscó el mensaje de Alberto en su móvil para verificar la identidad—. Soraya de Gregorio.

Se hizo un silencio en la conversación. A Manuel se le erizó la piel al escuchar el nombre de aquella mujer.

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