El asesino de la capa
Capítulo 20
—¿Ahora qué hacemos? ¿Sabes de lo que está hablando? —
preguntó angustiado Juan.
—No lo sé. Por lo que pone en la carta creo que quien les ha matado los obligaba a realizar acciones que ellos no querían. Pero ¿quién puede ser?
—Ya os dije en mi casa que Javier no tenía muchos amigos. Solo los del grupo de terapia.
—Nos tienes que decir el lugar de reunión. —Soledad le cogió la mano con la intención de tranquilizarle.
—No sé dónde se reunían. Solo sé que era fuera del centro.
—¿Cómo? ¿No eran reguladas por un psiquiatra? —preguntó atónita la agente.
—No. Para que lo entiendas, eran quedadas de amigos. Los integrantes eran enfermos mentales, por eso lo llamaban reuniones o grupo de terapia —explicó—. Para ellos eran importantes porque se desahogan sin tapujos, sin que nadie les estuviera analizando. Tenían la libertad de expresarse sin ser juzgados. Todos padecían enfermedades mentales, por esa razón se entendían y apoyaban.
La agente parecía frustrada por la situación. A medida que avanzaban, las pruebas se multiplicaban sin nexo visible.
—Está bien. ¿Qué me dices de esto? —Señaló el papel donde se encontraba el carnero dorado.
—No lo sé. Lo siento. —Juan se encogió de hombros—. No tengo ni idea de qué puede significar. Puede ser un símbolo para ellos.
—El móvil de tu hermano no apareció en la escena del crimen.
¿Está en casa?
Juan parecía derrotado ante la pregunta. No podía ayudarlos. Negó con la cabeza. La agente dejó el papel en la mesa y se levantó. Sus nervios cada vez se hacían más visibles. Trabajar en un caso así hacía que la llevara
al límite. No tenía experiencia en asesinatos con tantos flecos sueltos. Inició un camino en círculo alrededor del invitado. Pensaba mientras caminaba y hablaba a susurros ante la mirada de incomprensión de Juan.
—Creo que sé quién nos puede ayudar —resolvió, provocando un alivio en el rostro de Juan—. No quiero que te hagas ilusiones, quizá sea una tontería, pero es la única opción que tenemos ahora mismo. ¿Para ti no significa nada?
Volvió a negar.
—Está bien. —Se agachó a la altura de Juan, que seguía sentado en el sofá—. Escúchame, vamos a encontrar a la persona que ha matado a tu hermano. Pero necesito que intentes hacer memoria de sus amigos, es importante.
—De acuerdo, pero no sé sus nombres, solo vi sus caras en la foto.
Soledad cogió el móvil que había dejado en la mesa del centro del salón. Comprobó la hora. «Demasiado tarde para llamar».
—Mañana intentaré por todos los medios encontrar un significado a esto. ¿Me lo puedo quedar?
—Por supuesto.
—No sabemos qué quiere el asesino y por qué ha elegido a tu hermano. Tienes que tener cuidado y precaución con tus movimientos —le advirtió.
—¿Quieres decir que estoy en peligro?
—No lo sé, pero es imposible descartarlo hasta que tengamos pruebas contundentes que nos indiquen lo contrario. No sabemos la relación de las muertes hasta el momento, así que la precaución y no exponerse al peligro es lo más sensato. Ten cuidado, ¿vale? —El tono era maternal y su voz suave y comprensiva.
—Está bien. —Se levantó del sofá y cogió su abrigo todavía húmedo—. Prométeme que me llamarás.
—Cuenta con ello.
Lo acompañó hasta la puerta para despedirse. Le dio un abrazo para intentar tranquilizarlo. Sin embargo, fue en vano. Su cuerpo temblaba de manera incesante. La muerte de un familiar ya es suficientemente trágica, pero morir asesinado y de aquella manera lo hacía aún más difícil de superar. La agente colocó los vasos en el fregadero sin dejar de pensar en el carnero dorado y las palabras escritas de Javier. «Tenía miedo, pero ¿de qué? ¿O de quién?».
Quería ayudar a Juan, pero se encontraba desbordada y desorientada ante la situación que estaba viviendo. Era un caso especialmente peliagudo.
Al día siguiente llegarían los informes de las autopsias y la identidad de la segunda víctima. Sería un buen comienzo para despejar tantas incógnitas que se encontraban en el aire. Dejó los vasos sin lavar y se dirigió al baño para cepillarse los dientes mientras contemplaba su reflejo desbordado de preguntas sin respuestas. Las dudas de su capacidad analítica sobre la psicopatía habían hecho una desoladora aparición. «No sé tanto de psicópatas como pensaba». Soledad cursó la carrera de criminología, siempre quiso dedicarse a cazar asesinos. Ahora que tenía uno tan cerca, su miedo de no estar a la altura le estaba haciendo perder el sentido común. Se enjuagó la boca para irse a dormir con el sabor del colutorio a la cama. Le encantaba el sabor a menta en su aliento. Sin embargo, el destino no había convocado el descanso en aquella inhóspita noche. Una fuerza interna procedente de su conciencia la empujó hasta el portátil que descansaba en el comedor. «No puedo fallarle. Tengo que encontrarlo». Se sentó en la silla y encendió el ordenador. Aquel carnero dorado tenía un significado y lo encontraría. Perder el tiempo era inconcebible por el grado de implicación y compromiso que había adquirido. Mandó un mensaje a Nina suplicando su ayuda ante el dibujo de Javier. La figura del carnero jugaba un papel fundamental. Se había molestado en dejar aquella nota por una razón.
Parecía una carta de despedida cocinada a través del miedo atroz que Javier sentía al escribir las que serían sus últimas palabras plasmadas en papel.
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