El asesino de la capa
Capítulo 10
Soledad estaba sentada en su lugar de trabajo cuando tuvo lugar la reunión improvisada con Nina. Cuando comentaron las características que podía tener la mente criminal. Cada uno pensó en los casos anteriores. Los psiquiatras hablaban mucho, pero decían muy poco. Trabajar con asesinos en los casos de homicidios les había dado más experiencia de la realidad de las mentes que la gran mayoría de psiquiatras o psicólogos conocerían nunca. Una cosa es tratar con la realidad y lidiar con el trabajo de campo, y otra leer libros y aprender lo que otros creen que saben. La joven movió el ratón del ordenador por si hubiera llegado algún correo de la científica mientras Nina releía la poesía. No fue el caso, pero sí tenía en la bandeja de entrada un correo no leído: el informe médico del asesinado: Javier Romero.
Era un enfermo de esquizofrenia paranoide con diversos episodios de brotes psicóticos. Había estado ingresado durante un tiempo en un centro psiquiátrico para estabilizarlo. Lo habían conseguido y estaba bajo el control de su único hermano sin ningún nuevo episodio. Se tomaba la medicación de manera habitual y seguía los consejos y rutinas aprendidas en el centro. Los agentes leyeron el informe detenidamente mientras Nina esperaba para abandonar la comisaría. Pensaba que ya había colaborado lo suficiente para no sentirse mal con su conciencia al dormir esa noche.
—Bueno, debo irme. —Se levantó de la silla—. Tengo que ir al museo. Si necesitan mi ayuda, ya saben dónde estoy —se ofreció y extendió la mano a modo de despedida.
Alberto se dio cuenta de la mala educación que habían tenido, fomentada por la intriga de leer el informe de la víctima en su presencia. Se había ofrecido de manera desinteresada a ayudarlos y la tenían ahí plantada, sin prestarle atención. Actuó rápido. Necesitaban que Nina les diera más información para continuar con la resolución del caso. Alberto sabía por experiencia que la victimología en este crimen no serviría para encontrar al asesino, si es que hubiera más asesinatos. Deseaba que no fuera un asesino en serie y que, si lo fuera, lo pudieran parar antes de que continuara con su
macabro plan. Sin embargo, si Nina tenía razón con la poesía, estaban atascados. En ese papel no vieron ningún mensaje escrito en clave.
—Perdona, Nina. Es importante que nos ayudes. ¿Habría posibilidad de que entraras más tarde a trabajar? Creo que necesitamos un poco más de información.
—Es cierto, lo que nos puedas contar nos será de utilidad —dijo Eloy volviendo a la conversación.
—Perdona, Nina, estábamos esperando ese informe. Creíamos que nos podría ayudar a encontrar otra línea de investigación más clara y concisa, pero no lo vemos tan nítido como nos gustaría —intervino Soledad, señalando la silla de la que se había levantado Nina.
—Bueno, voy a llamar por teléfono al museo. No sé si será posible que me ausente de una manera tan repentina —se excusó y cogió el móvil de su bolso—. Ahora vuelvo.
Nina salió de la sala con el móvil pegado a la oreja, esperando que el interlocutor contestara. Los agentes comenzaron a hablar cuando desapareció por la puerta.
—Sole, ¿te fías de ella? —susurró Alberto, directo como siempre.
—Supongo. ¿Ha pasado algo y no me he enterado?
—No, pero me parece raro que haya contactado por voluntad propia al ver la retrasmisión en directo.
—Alberto, no seas desconfiado —inquirió su compañero atusándose el pelo canoso hacia atrás mientras miraba el móvil esperando la llamada de su mujer.
—No soy desconfiado, solo precavido. Anda que no pasan cosas raras en la vida. No sería la primera vez que el que aparece de repente, como buen samaritano, es precisamente el culpable —explicó—. No me gusta ser aguafiestas, pero hay que andarse con ojo. Me gustaría comprobar si es verdad que es la directora del museo —susurró a sus compañeros con una de las manos tapándose los labios.
Soledad miró a Eloy, que había puesto los ojos en blanco.
—Venga, Sole, busca la información. Así por lo menos hacemos que este —Señaló a Alberto— nos deje seguir con el caso.
Alberto levantó las cejas de manera sucesiva para celebrar su triunfo. Se colocó detrás de su compañera y esperó de pie. Quería quedarse tranquilo antes de continuar compartiendo información delante de ella.
Soledad encontró lo que estaba buscando. Giró el cuello hacia atrás buscando la mirada penetrante de Alberto y leerle la información en alto si fuera necesario. No había estado de más comprobarlo, pero esta vez había errado. A golpe de vista parecía la buena samaritana que decía ser.
Nina entró por la puerta pusilánime. Debía marcharse. Con los nervios de ayudar a la Policía había olvidado una reunión programada para ese mismo día. Era imposible ausentarse. Les dejaría el número de móvil para que pudiera localizarla si lo consideraban oportuno.
—Lo siento. Me tengo que ir —dijo cabizbaja.
Metió la mano en el bolso de mano de color rojo que llevaba a juego con las gafas y sacó una tarjeta del trabajo donde aparecía su móvil y datos de contacto.
—Aquí tenéis. Podéis llamarme a cualquier hora. Si en este momento no os puedo contestar, os devolveré la llamada lo más rápido que me sea posible. —Sonrió al extender la tarjeta a Soledad.
—¡Qué faena! Hubiéramos adelantado trabajo contigo ayudándonos.
—Lo siento —repitió de nuevo—. Por cierto, ¿me puedo llevar una copia de la poesía? Si es posible, por supuesto —balbuceó nerviosa—. A lo mejor encuentro el mensaje —se excusó por la petición.
—No hay problema. Espera un momento, que voy a hacer unas fotocopias. Nosotros también tenemos que dejar la original a los compañeros de la científica —recordó Alberto.
Se alejó hacia la fotocopiadora ante la mirada observadora de Nina en la cojera del agente. Alberto sabía que a todo el mundo le llamaba la atención, así que, sin siquiera darse la vuelta, le dio la respuesta que buscaba.
—Un accidente en moto. Una semana en coma. Por poco no lo cuento —vociferó desde el aparato.
La cara de Nina se volvió roja al escuchar a Alberto. Había sido un gesto maleducado, a pesar de que por la contestación parecía estar bastante acostumbrado. Ella no solía tener ese tipo de comportamientos. Estaba inquieta en la comisaría y con varios policías analizando cada uno de sus movimientos y palabras.
Sacó varias copias, una para cada agente y otra para la directora del museo. Volvió con la mano extendida y repartió las hojas. Nina dobló el folio para guardarlo en el bolso acto seguido.
—Bueno, entonces me voy. —Carraspeó por los nervios—.
Supongo que hablaremos pronto. —Se puso el abrigo que llevaba en el brazo.
—Sí, por supuesto. Gracias de nuevo por haberte puesto en contacto conmigo. —Sonrió Soledad agradecida.
—A vosotros, por hacerme partícipe de vuestras opiniones.
Nina empezó a andar con movimientos lentos que simbolizaban el procesamiento mental de lo que habían hablado en la reunión. A mitad del pasillo que la separaba de los agentes tuvo una idea que le hizo volver sobre sus pasos. El equipo, expectante, observó el inesperado regreso por las baldosas ochenteras visiblemente descorchadas del departamento de homicidios. Nina colocó los brazos en la mesa de Soledad y, con medio cuerpo por encima, comenzó a hablar con la hipótesis que se le había pasado por la cabeza en ese preciso momento.
—He pensado que si la muerte tiene que ver con el edificio donde empezó el motín de Esquilache, a lo mejor —insistió con los ojos bien abiertos y dando énfasis en las últimas palabras—, el asesino hará el mismo recorrido hacia el siguiente edificio donde fue el pueblo aquel día y que, curiosamente, también está caracterizado por una leyenda de un fantasma que habita en él.
—¿En serio? —dijo incrédulo el inspector con el cuello hacia atrás.
—Calla, tampoco tenemos otra idea mejor —reaccionó Alberto.
—Eso digo yo —apoyó Soledad a su compañero—. ¿Cuál es ese edificio? Por echar un vistazo no perdemos nada.
—La casa de las Siete Chimeneas. En esa casa vivía El Marqués de Esquilache cuando vino a Madrid. El pueblo, durante el motín, fue a buscarle allí, pero no estaba. Sin embargo, mataron al criado por pensar que les estaba engañando.
—¿El fantasma es del criado de Esquilache?
—No, el fantasma es de una antigua dueña. Dicen que su marido murió en la guerra y aún vaga esperándolo por las chimeneas. Aun hoy en día existen personas que afirman haber visto a Elena en el tejado —explicó la leyenda—. También tengo que añadir que se encontró un cadáver de mujer años posteriores que confirman que la asesinaron. Antiguamente decían que había desaparecido. Se ha comprobado que no fue así. La mataron y enterraron en la casa.
—Lo de siempre. Del mismo hecho hay multitud de versiones.
Aunque solo una verdad. —Eloy se encogió de hombros fastidiado por la cantidad de contradicciones que existían de un mismo hecho.
El inspector resopló antes de que la historiadora confirmara las palabras que acababa de decir.
—Esa es la razón por la que nunca se puede saber en la historia qué es verdad y qué es mentira cuando la información que se tiene es por testimonios de quienes lo vivieron —se lamentó subiéndose las gafas, que se le habían resbalado levemente por la nariz.
—Gracias, Nina. Lo cierto es que tiene sentido. Encaja a la perfección. —Soledad se levantó de la silla para ponerse en marcha.
—¿Dónde vas? —preguntó Alberto con los brazos abiertos en cruz.
—A comprobar lo que acaba de decir —respondió abrochándose el abrigo para salir con Nina y despedirse de ella en la calle—. ¿Os venís o no?
Los agentes cruzaron miradas inquietas en busca de la verdad.
Cogieron los abrigos y repitieron los pasos de las chicas. No tenían nada que perder por ir a echar un vistazo a la casa de Las Siete Chimeneas. Era
un sitio carismático de Madrid y que valía la pena visitar aunque no encontraran ninguna pesquisa que confirmara la teoría del Motín de Esquilache sobre el asesinato. Tenían cabos sueltos que debían comprobar antes de despejarlos de la ecuación repleta de incógnitas en la que se había convertido el caso. Eloy se abrochó la cremallera del abrigo resoplando por la carencia de pistas consistentes del asesinato. No le gustaba que jugaran con la inteligencia del cuerpo de Policía, ya que la presión aumentaba exponencialmente encima de sus hombros. Echó un último vistazo a la pantalla de su ordenador, que mostraba la bandeja de correos recibidos.
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