El asesino de la capa

Veronica Caballero Sanchez · Capítulo 25 de 53

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El asesino de la capa

Capítulo 24

Las chicas llegaron precipitadamente al despacho del museo. Debían encontrar el significado lo más rápido que les fuera posible. Nina sabía lo siguiente que ocurriría si no descifraban el mensaje. Lo primero que hizo al entrar por la puerta fue imprimir la fotografía. A pesar de las tecnologías, trabajar con papel le era infinitamente más cómodo. La impresora se encontraba conectada a través de internet, lo que hizo que en cuestión de segundos comenzara a escupir el folio con un código que debían descifrar.

El tiempo apremiaba. No estaban seguros de si habría más muertes, sin embargo, no podían descartar la idea de que así fuera. Después de la quema del alumbrado público, Nina había confirmado su teoría. Ahora debía seguir el mensaje y rastrear el significado en la línea de la historia. Se había doctorado hacía ya demasiados años. Sin embargo, debía hacer su trabajo y no defraudar a los agentes que depositaron su confianza en sus conocimientos. Se sentó en la silla y apretó su estómago contra la mesa.

Encendió la pantalla y comenzó a teclear tan rápido que sus dedos se desvirtuaban visualmente. Soledad esperó al lado de la impresora con los brazos en jarra y uno de sus pies en continuo movimiento siguiendo un ritmo silencioso. Antes de darle el papel le echó un último vistazo esperanzador. Los ojos se movieron de izquierda a derecha sin parpadear.

Intentó una vez más saber qué era lo que significaban aquellos garabatos sin ninguna lógica aparente. Fue en vano.

«Ni idea. Espero que sepa lo que hace y lo pueda descifrar».

El equipo había puesto las esperanzas en la historiadora.

—¿Crees que tiene algún significado que lo haya escrito en un cuaderno? —preguntó Nina ante la inhóspita reacción de Soledad.

—No estoy segura. Lo que sí me sorprende es que sea de su puño y letra. ¿A ti no te sorprende?

—Sí, por eso me parece que tiene truco —añadió sentándose en una de las sillas situadas enfrente de Nina—. Apostaría a que lo ha escrito otra persona. Incluso me arriesgaría a decir que ha sido una de las víctimas.

—¿Qué? ¿Por qué iba a hacer eso?, ¿con qué finalidad? —Nina dejó de mirar la pantalla para poner su completa atención a la respuesta.

—Si partimos de la base de que el asesino es un psicópata de manual, lo único que le da placer es el poder. En este caso, no es poder de manera sexual, sino intelectual. Para que me entiendas, nos pone pruebas para evaluar nuestro nivel. Se ha asegurado de que encontremos este papel para que sigamos los pasos que tiene pensados —argumentó—. ¿La finalidad? Demostrar que es más inteligente que nosotros.

—Según tu teoría, nuestro asesino nos está dando las pistas adecuadas para que su plan se cumpla, ¿no?

—Exacto. Pero con una salvedad. No quiere decir que su plan acabe bien para nosotros. Puede que incluso después de dejarnos como unos zoquetes, nos mate. —Soledad se calló por unos segundos—. Seguir sus pistas es terminar donde y de la manera que él quiere. —Hizo especial énfasis en la palabra «él».

Soledad se acomodó en la silla. Hinchó los pulmones hasta el límite para expulsar el aire de manera lenta y tranquilizarse. La inquietud que invadía su cuerpo y, sobre todo, su mente, solo las conseguía controlar a través de las respiraciones.

—Entonces solo nos queda una opción. —Levantó una de las cejas.

—¿Cuál? —Giró levemente la cabeza hacia uno de los lados con los ojos entrecerrados.

—Ser más listos. Adelantarnos a sus pasos —concluyó.

—Exacto. Tienes toda la razón, pero no es tan fácil. Nina, soy una persona optimista, de verdad que sí. Pero en esta situación, estoy perdiendo la esperanza. Cada uno de sus pasos es más estrambótico que el anterior.

Sabemos que le encanta la historia y le apasiona el reinado de Carlos III.

Sin embargo, no es ninguna garantía de que ese cifrado sea de esa época.

Creo que nuestro asesino juega al despiste. —Se levantó de la silla—. Por eso, sin desviarse de la historia del Motín de Esquilache, lo ha reproducido al revés. La única finalidad es el despiste —alzó la voz sin ni siquiera darse cuenta—. Descifrar ese mensaje tiene bajas posibilidades de éxito. —Se sentó en la mesa al lado de Nina.

—¡Un momento! Repite lo que has dicho.

—He dicho demasiadas cosas. Muchas sin sentido. —Se encogió de hombros.

—No, claro que no, todo ha sido con sentido. Y mucho sentido, por cierto. —Sonrió—. De hecho, creo que has dado con la clave. Tus cavilaciones han dado sus frutos —afirmó sin borrar la sonrisa de su rostro.

Soledad torció el gesto, sorprendida. La directora la apartó de la mesa para dejar el espacio libre. Lo iban a necesitar. Se levantó de la silla y fue directa a una de las estanterías repletas de libros antiguos.

—La primera vez que nos vimos os pedí la copia de la poesía. Me encantan los mensajes cifrados. A lo largo de la historia han utilizado claves para cifrarlos. De esta forma, si caía en las manos inadecuadas no podrían saber su contenido. —Buscaba sin descanso entre los cientos de libros del despacho. Soledad solo asentía con monosílabos—. El problema es que lo cambiaban tan frecuentemente, que a veces ni siquiera el receptor del mensaje se había enterado del cambio.

—¿Cuándo hacían los cambios de los cifrados? —Se colocó detrás de Nina.

—Se podría decir que cuando tenían sospechas de que habían adivinado los códigos que utilizaban.

—¿Alguno de esos cambios fue en esa época?

La directora dejó de buscar. Se dio la vuelta para responder a la pregunta con los ojos clavados en la agente.

—Aquí viene lo que hace un rato tú misma dijiste. El asesino quiere demostrar lo listo que es, ¿no? —Soledad asintió—. Bien, entonces vamos a suponer que para probarnos cambia de época. Ahora no estamos en el reinado de Carlos III.

—No entiendo nada, la verdad. —Se encogió de hombros y cruzó los brazos con esperanzas de comprender la conversación en un corto plazo de tiempo.

—Hay un periodo que tenemos documentado sobre las encriptaciones. Existen incluso cartas interceptadas con códigos hablando de problemas de Estado, como por ejemplo guerras…

—Vale, ¿y? —la interrumpió para que apurara el discurso.

—Bueno, pues ese código documentado fue del reinado de Felipe II, no de Carlos III. Puede que lo haya utilizado. Esas cartas están expuestas de cara al público… —Paró de hablar. Cogía los libros y pasaba sus páginas rápido, para hacer el mismo proceso con otro.

Comenzó a coger y dejar libros de manera monótona. Abrió varios de los libros con movimientos rápidos pero controlados. Los ojos realizaban una lectura en diagonal de las páginas que le interesaban. Buscaba una información concreta y debía hallarla lo antes posible. Después de revisar varios de los libros ante la afable mirada de la policía, la magia y el hallazgo de la información convergieron en la clave que con tanto ahínco necesitaban.

—¡Por fin!, ¡aquí estás!

Nina dio un pequeño salto sobre el sitio simbolizando la felicidad que estaba experimentando en aquel preciso momento. Con el dedo índice en una de las fotografías que representaban el código que utilizaron en épocas pasadas, giró el libro a los ojos brillantes de Soledad, que no dejaba de salir de su asombro.

—Perfecto. ¡Vamos! —gritó con una amplia sonrisa en su rostro.

Colocaron el libro al lado del papel con el mensaje y comenzaron a traducir el mensaje. A Nina le comenzaron a sudar las manos por los nervios. Esperaba con todas sus fuerzas tener razón. Ayudar a los agentes se

había convertido en un reto personal. Escribió las letras debajo del mensaje inicial. Soledad se quedó absorta en la escritura del cifrado.

«¡Al fin lo hemos conseguido!».

Las miradas se cruzaron al contemplar cada una de las letras que componían el nuevo mensaje.

—¡Lo tenemos! —Chocaron la mano con inmensa alegría y satisfacción.

—¡Vamos! Rápido.

Abandonaron deprisa el despacho, agitando el papel en el aire sin cesar. El regocijo que sentían era imposible de controlar. Recorrieron las instalaciones del inmensurable museo para llegar al coche lo antes posible.

No tenían ni un minuto que perder. Debían adelantarse a los desastrosos acontecimientos que predecían que ocurrirían a continuación. Dentro del vehículo decidieron llamar al inspector para darle la buena noticia y conocer dónde se encontraban en ese momento. El equipo debía volver a reunirse para intercambiar información y decidir el siguiente paso que tendrían que dar.

«Ahora llevamos ventaja. Te vamos a encontrar». Es lo que pensó Soledad mientras escuchaba los tonos del móvil a la espera de que Eloy contestara.

—¿Dónde estáis? Ya lo tenemos. —Sonrió.

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