El asesino de la capa

Veronica Caballero Sanchez · Capítulo 12 de 53

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El asesino de la capa

Capítulo 11

Despidieron a Nina en la puerta de comisaría. Ellos cogieron uno de los coches que solían utilizar para ir juntos. Llegaron a la zona centro, que ya había vuelto a la normalidad, y accedieron en uno de los parkings más cercanos, que según la aplicación de Google estaba a pocos metros de La casa de las siete chimeneas.

—Yo no sé vosotros, pero a mí el rollo fantasmagórico no me está dando muy buenas vibraciones —dijo Alberto.

—A mí tampoco, la verdad. Aunque no creo que el nexo de unión de las pistas sean los fantasmas. La hipótesis de los pasos del Motín de Esquilache me parece más convincente.

—A ver, tranquilidad, hasta que analicemos la casa. Hoy es Año Nuevo, y seguro que estará cerrada. Podemos dar una vuelta alrededor por si vemos algún movimiento raro, pero no creo que podamos entrar. Como esta —Dio un pequeño empujón a Soledad que iba delante de él— se ha puesto tan pesada, hemos venido sin pensar.

—Vale, sí, pero no podemos estar en comisaría esperando.

—Por supuesto que no, pero antes teníamos que haber hablado con los familiares de la víctima. Quizá puedan ayudarnos a saber cuál era su círculo más cercano y empezar tirando de algunos hilos.

—Bueno, ya estamos aquí. —Suspiró—. Así que venga, terminemos y luego vamos a la casa donde vivía Javier Romero —resolvió Alberto.

Subieron los escasos peldaños que les separaba de la puerta y comprobaron el cartel. Ahora era propiedad del Ministerio de Educación.

Estaba cerrado, como era de esperar. Eloy estaba pensativo por qué no había recibido la llamada de su mujer. Comenzó a rodear el edificio igual que sus compañeros. Cada uno se había asignado una zona por si encontraban algún movimiento llamativo o bien un individuo sospechoso.

Miraron a través de las ventanas. Nada. Eloy decidió sacar el móvil y marcar el teléfono de Sonia. Necesitaba asegurarse de que estaba bien y de que todo había salido como ella esperaba. En la situación en la que se

encontraba, cualquier plan que se saliera de lo que ella había pensado podría hacerle caer en una profunda crisis. La depresión se había vuelto crónica y el estado con el que se había levantado por la mañana le había resultado demasiado misterioso, a pesar de no entender de psiquiatría. Solo fue necesario un tono para que Sonia descolgara.

—Hola, mi amor, estoy todavía hablando con el doctor. En cuanto salga te llamo, ¿vale?

—Ah, vale. Estaba preocupado. —Carraspeó nervioso—. Cuando puedas. Estoy pendiente —respondió mientras se rascaba la cabeza una y otra vez.

Se quedó satisfecho cuando escuchó su voz. Al menos ahora sabía que no estaba sola. Le había parecido que seguía igual de optimista que hacía unas horas. Volvió a su trabajo de observación de La casa de las siete chimeneas. Al colgar el teléfono, recordó la historia del fantasma. «Existe gente que afirma haberla visto». Se sintió un incrédulo por intentar verla deambulando por el tejado, pero aun así miró. «Por si acaso. Para que luego digan que no miro con los ojos de la fe». Se sorprendió a sí mismo comprobando que el sol cegador no le había privado del misterio de poder observar el tejado con claridad. «Un segundo intento». Volvió a dirigir sus ojos, curioso, hacia las chimeneas. Nada, ni un solo fantasma. Sonrió al agitar la cabeza. No se creía que a su edad estuviera ahí plantado buscando el fantasma de una chica muerta. «Quizá existan más posibilidades por la noche que a plena luz del día. Quizá».

A simple vista el edificio no era de los más bonitos de Madrid, pero tenía demasiada historia, según les había contado Nina. No podrían perder de vista las instalaciones del Ministerio de Educación. Alberto siguió su recorrido sin dejar de mirar a las personas que había alrededor de la fuente, enfrente de la casa. Había varios individuos ajenos a la presencia de la investigación criminal. La plaza del Rey era una zona concurrida por la gente que vivía cerca de Gran Vía. Sin embargo, era menos frecuentada por turistas. El ruido de motores bajaba ciertos decibelios que serían de agradecer si eras residente de la zona centro de Madrid.

—Aquí no hay más que hacer. ¿Un café? —sugirió Alberto—. Hace frío y así entramos un poco en temperatura. —Juntó las manos e intentó calentarlas frotándolas en repetidas ocasiones.

—Por mí perfecto —avanzó Soledad, moviendo las piernas con pequeños saltitos para calentarse.

—Venga, pero uno rápido, ¿vale? Es verdad que hace demasiado frío.

El día de Año Nuevo no había empezado con el mejor tiempo de una fecha tan señalada. El sol había sido rodeado por un círculo de nubes que no cesaban de acecharle para dejar helados a los habitantes de la Tierra.

Las pocas horas de sol hacían que las grandes multitudes fueran casi inexistentes en las calles. Tampoco era ningún aliciente el espectáculo del día anterior, con el despliegue policial que había conllevado la escena rocambolesca. Normalmente, era misión imposible encontrar un bar abierto ese día. Sin embargo, al adentrarse en la zona de Chueca, varios de ellos tenían el cierre sin echar. Se adentraron en el primero que servía café. No querían andar más de lo necesario para no perder tiempo en la vuelta al parking.

Alberto fue a pedir a la barra. Con la mano indicó a sus compañeros que cogieran una mesa para tomarse el café, sentados. En el interior había varias mesas ocupadas. En una de ellas estaban comentando las peripecias de la celebración de la noche anterior con ligeros y discretos susurros. Las carcajadas acompañaban a la narración de los dialogantes y alguna que otra palabrota en tono cariñoso. Cuando vieron a los agentes, a pesar de ir de paisanos, bajaron el tono.

—Os respetan por la edad. Se llama educación. —Sonrió Soledad que ya tenía el café en la mesa.

—Será eso…

—Creo que deberíamos ir hoy a ver al hermano de Javier Romero.

Puede que sea importante y nos estemos dejando llevar por pistas circunstanciales —dijo Alberto, echando el azúcar al café.

—¿Circunstanciales? Será una broma —respondió Eloy, imitando el gesto de echar azúcar.

—Tiene razón, Alberto, está nítido que son más que circunstanciales. Lo único que no consigo entender es el motivo. ¿Qué perturbado monta un crimen de estas características?

—Un momento, puede ser que tenga un nexo en común con las enfermedades mentales —añadió con euforia Alberto.

—Venga ya. Eso es imposible. Antes a los enfermos mentales ni siquiera les daban la opción de vivir. Tampoco hace tanto que los electrocutaban con electros en la cabeza. —Eloy comenzó a mover el café con la cuchara, para dar un pequeño sorbo a continuación.

—Perfecto, pues entonces estamos más perdidos de lo que nos creíamos. Supuestamente, si seguimos las pistas deberíamos tener un cadáver en esta casa. —Señaló Soledad hacia fuera con el dedo índice.

—No tiene que ser necesariamente un muerto. Puede que haya una pista de otras características que no estemos viendo. Incluso que nos estemos precipitando. Puede aparecer mañana o pasado. El asesino también tendrá que aparentar que es normal con sus allegados. Socialmente hablando, claro. —Hizo una fugaz pausa—. Si es que los tiene, quiero decir.

—Tú lo has dicho, si es que los tiene. Yo no creo que los tenga, sino,

¿cómo estaba solo en Nochevieja? Piensa. —Soledad se señaló la sien para hacer recapacitar a su compañero.

—Puede ser.

Soledad se deslizó en el asiento pegando la espalda a la parte de atrás de la silla. Lo acompañó con un gran suspiro. No le gustaría dejar un caso archivado sin cerrar. Lo único que tenía claro era que no lo dejarían hasta encontrar al asesino. Sabía que a veces los agentes no tenían suficientes pistas para encontrarlo y que no les quedaba más remedio que esperar nuevas pistas con un nuevo asesinato. Era muy triste reconocerlo, pero era la verdad. Alberto miraba al vacío por la ventana. La gente paseaba cabizbaja por el aire que se había levantado en la calle. No solo hacía frío, sino que el viento que daba en la cara era cortante. Puso las manos en la taza de café para entrar un poco en calor, sin dejar de darle vueltas a la poesía. Si la pista tenía que estar ahí, la debía encontrar. Se culpó a sí mismo por intentar encontrar más pistas cuando las ya encontradas no las habían solucionado. «Venga, Alberto, que no se diga que en homicidios no hay inteligencia», se animó a sí mismo. Resopló y sacó la fotocopia de la poesía. La desdobló. Pasó la mano por el papel para estirarlo y quitar las dobleces. Sus compañeros le miraban mientras bebían pensativos el café.

—Vamos, chicos, hay que encontrarlo, joder. No puede ser tan difícil —animó Alberto.

Eloy volteó el papel para ponerlo delante de él. Había dejado su abrigo en el respaldo de la silla. Se giró sobre sí y sacó un bolígrafo del interior sin dejar de sonreír.

—¿Lo tienes? —preguntó Alberto emocionado.

Eloy no contestó, solo asintió. Comenzó a separar la poesía por bloques y subrayó el mensaje.

—Ahí está. ¡Bingo!

Tras manchar el giro esperando al monte,

oprimir la vestimenta equivalente,

de hombre que tiene la Osa Mayor en su frente,

os hubiese mirado de repente.

Pocas esquinas en vías del pendiente,

acuchillaba la última serpiente,

recibes entornadas las horas de tu frente,

ahí la gente sufre gravemente.

Encabezar naturalidad dominante,

la brisa hacía un motín discordante,

poco líder separado del puesto sobresaliente,

uno con su cara de farsante.

El plan de la maldición por el pariente,

bajo el yugo sofocante,

lejos de sostener el pleno para la pendiente,

otro defensa escrita en parte por talante.

Propio es del farsante,

encantar patrimonio subyacente,

residir coalición independiente,

oscurecer al perteneciente.

Sendas alteradas por nueva corriente,

incluido al Rey reciente,

ni sé bien si soy yo quien en mí siente,

el odio comienza cuando una persona ya no siente.

—«Todo para el pueblo pero sin él». Bueno, la versión original es

«Todo para el pueblo, pero sin el pueblo». Supongo que habrá abreviado para no hacerlo tan largo —dijo Alberto encogiéndose de hombros.

—Creo que eso es lo de menos. Aquí nos deja bien claro la referencia de la nueva llegada del monarca y el motín que se hizo por la vestimenta. —Soledad leía de nuevo para intentar sacar más información.

—Me llama la atención la última frase: «El odio comienza cuando una persona ya no siente» —recalcó Alberto dando su último sorbo de café.

—Tienes razón. El texto entero habla sobre lo ocurrido, los hechos, pero la última frase es sobre él. —Eloy se pasó la mano por el pelo, inquieto y exhausto a la misma vez.

—Puede ser que en esa época hubiera pasado un suceso que le repercutiera en el futuro. —Alberto se acomodó en la silla y cruzó los brazos, apoyándolos encima de la mesa—. Por eso ha cometido el asesinato

—dijo quedándose pensativo de sus propias palabras.

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