El asesino de la capa

Veronica Caballero Sanchez · Capítulo 18 de 53

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El asesino de la capa

Capítulo 17

Alberto salió por la puerta. Sus compañeros y Nina aún se quedarían un rato más en aquel bar. Eloy se levantó y pidió comida para irse de allí con el estómago lleno. Había tomado la decisión de no volver a casa, esa misma noche buscaría un hotel para dormir. Con los platos en la mesa y unos nuevos refrescos, empezaron a cenar.

—He estado pensando mucho en lo que os he dicho de la recreación del motín a la inversa. La Guardia Valona era la que se encargaba de controlar al pueblo. Era un cuerpo creado por italianos. Sabéis que el rey Carlos III ya había gobernado en Italia cuando le hicieron rey en España.

Trajo ministros y parte de la corte que le servía, pero también una idea del cambio de la sociedad española para asemejarla a la italiana. Según su criterio, más evolucionada que la nuestra.

—Supongo que querría que la sociedad española progresara como el resto de Europa.

—Sí, pero muchas medidas de las que introdujo Esquilache como, por ejemplo, el nuevo alumbrado de las calles e infraestructuras, no fueron bien recibidas. El motivo era simple: Las había realizado un ministro italiano. En Madrid se quería que las personas que pertenecieran a la corte fueran españolas. —Sacó un papel con los requerimientos del motín—.

Mirad, aquí los tenéis. Puede que os sirvan para alguna pista y no la paséis por alto.

Soledad cogió el papel. Lo leyó en alto. Eloy continuó comiendo sin dejar de escuchar y prestar atención a las dos mujeres.

1. Que se destierre de sus dominios españoles al Marqués de Esquilache y a toda su familia.

2. Que no haya sino ministros españoles en el Gobierno.

3. Que se extinga la Guardia Valona.

4. Que bajen los precios de los comestibles.

5. Que sean suprimidas las Juntas de Abastos.

6. Que se retiren inmediatamente todas las tropas a sus respectivos cuarteles.

7. Que sea conservado el uso de la capa larga y el sombrero redondo.

8. Que Su Majestad se digne a salir a la vista de todos para que se pueda escuchar por boca suya la palabra de «cumplir» y «satisfacer» las peticiones.

—No me parecen unas exigencias tan extrañas —dijo Soledad al terminar.

—A mí tampoco. —Eloy hizo un inciso de la ingesta para continuar hablando—. He leído que uno de los motivos reales fue el hambre, ¿es cierto?

—El hambre influyó, sin ninguna duda. A mi parecer fueron varios los motivos. La llegada de Carlos III introdujo cambios drásticos por manos italianas. A los españoles no les gustó que llegara gente extranjera a imponerles costumbres europeas —agregó—. Una temporada antes del disturbio, se cambió el alumbrado público de la calle Atocha. La protesta de los madrileños fue romper la totalidad de las farolas mientras vitoreaban

«¡Muerte a Esquilache!» a lo largo de la revuelta. —Levantó la mano para dar énfasis al grito de los madrileños.

—Leyes de ministros extranjeros y el hambre fueron los motivos que provocaron el pequeño motín. Era de esperar —concluyó Soledad, que hacía varios minutos que había dejado de picar.

—¿Qué ocurrió con las capas y los sombreros en la plaza de Tirso de Molina? —preguntó Eloy a Nina.

La historiadora se quitó las gafas para restregarse los ojos. Se notaba que estaba cansada. Había hecho un gran esfuerzo en mantener esa reunión con la esperanza de serles de ayuda a los policías para detener al asesino.

—Cuando se impuso el bando con multas económicas, la Guardia Valona paseaban por las calles cortando in situ las capas largas. El abuso de poder y la humillación a la que fueron sometidos por no abandonar sus costumbres fue el caldo de cultivo —explicó—. Durante la revuelta, los madrileños decidieron vengarse como consecuencia a la imposición de Esquilache de llevar el sombrero de tres picos. Así que, cuando la multitud enfurecida se encontraba con gente que cumplía el mandamiento, les cortaba los tres picos del sombrero, imitando el gesto de la Guardia Valona

con las capas. —Cruzó las manos encima de la mesa—. Creo que la última víctima esconde la pista que nos confirmaría la lógica de los asesinatos.

—Puede ser. El asesino quiere que se haga justicia por un hecho pasado que afectó, con toda probabilidad, a su futuro. ¿El qué? No lo sé. —

Soledad se levantó y cogió su abrigo.

—Un momento. ¿Tiene alguna relación la Santa Inmaculada con el motín? —recordó Eloy el tatuaje de Javier Romero.

Nina se quedó pensativa. Se colocó las gafas después de limpiarlas.

Con la barbilla encima de la mano intentó hacer memoria sin el resultado deseado.

—Lo siento, pero creo que no. ¿Tenéis otra pista?

—La poesía nos da el mensaje del despotismo ilustrado, el motivo desencadenante del motín. El rey quería imponer sus reglas a los madrileños, amparado por el despotismo. Hasta aquí estamos todos de acuerdo. Ahora bien, en el cuerpo de la primera víctima descubrimos que hacía pocos días se había hecho un tatuaje de la Inmaculada Concepción.

Hace poco, días. —repitió Eloy nervioso con la mirada fija en Nina.

Esperaba que tuviera una respuesta que justificara el hallazgo—. Debe tener un significado. —Su voz sonaba desesperada por encontrar una respuesta al tatuaje—. Hay que averiguar cuál es.

—Voy a seguir pensando. Buscaré información por si se me hubieran pasado detalles importantes de la virgen.

—Es importante que nos ayudes. Si crees que los sucesos van a ocurrir al revés, el siguiente sería romper las farolas de la calle Atocha,

¿no? —preguntó Eloy sin estar seguro. Soledad continuaba a su lado con el abrigo puesto.

—Si la recreación de los sucesos no se salta ninguna de las partes, sí.

—En ese caso, supongo que hasta que no estén todas las farolas rotas no habrá más víctimas, ¿puede ser? —preguntó Soledad para confirmar su opinión.

—Sería la señal para saber que el siguiente crimen se acerca —

resolvió Eloy.

—Puede que tengáis razón, pero puede que el asesino se salte ese pequeño detalle y pase directamente a matar a la siguiente víctima —añadió Nina con un tono conciliador y responsable de no dar nada por cierto.

—Tenemos mucho trabajo que hacer todavía. Es mejor que nos vayamos a descansar. —Eloy se levantó y se puso el abrigo. Soledad seguía a su lado.

—Sí, se ha hecho tarde. —Nina miró el reloj después de colocarse el bolso.

El agente se acercó a la barra a pagar. Después de liquidar la deuda y de los agradecimientos de las mujeres por la cena, salieron del bar. Eloy miró el móvil. Tenía dos notificaciones: una de Sonia y otra de Alberto. Su compañero sabía que la relación con su mujer no iba bien. Lo supo desde el primer incidente que Eloy no quiso reconocer.

—Muchas gracias, Nina, por tu tiempo. Te llamaremos en cuanto sepamos algo más.

—Podéis llamarme sin ningún problema. Me encanta poder ayudaros a detener a un asesino.

Nina se dio la vuelta. Se despidió de nuevo con la mano para desaparecer por las sombrías calles. La lluvia había cesado, pero el frío y la oscuridad de la noche continuarían hasta el nuevo amanecer. Sería entonces cuando el sol volvería a calentar lo que el invierno le permitía. Los individuos volverían a sus ajetreadas vidas sin importar que un asesino estuviera matando gente y dejara sus cuerpos en algunos de los edificios más enigmáticos de Madrid.

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