El asesino de la capa
Capítulo 4
Llegaron a la zona donde reposaban las campanas. El aire frío chocó con el rostro compungido de los agentes. Eloy se colocó el pelo con las ráfagas de aire que movían al viento los mechones. Alberto observó su alrededor desde la altura del edificio. Había unos grados de diferencia con la zona de la calle. Las miradas analíticas hicieron su función observando las vistas y descartando el acceso al edificio desde alguno de los tejados colindantes. Debido al asesinato se encontraban en un enclave privilegiado que pocas personas habían tenido la oportunidad de visitar. Se pusieron los guantes de plástico blanco para no contaminar la escena del crimen. Alberto carraspeó nervioso mientras se movía por los escasos metros cuadrados.
Había llegado el ansiado momento de buscar respuestas con los posibles hallazgos que encontraran. Con sumo cuidado analizaron y observaron su alrededor. Eloy se asomó por el borde de la piedra con un nudo en el estómago. La idea de que un cuerpo sin vida hubiera sido arrojado por el lugar donde en ese momento se encontraba asomado inundó su mente en un sentimiento de lástima por la víctima. ¿Quién era? ¿Por qué habría terminado de aquella manera tan estrambótica?
Alberto solía buscar en las zonas más altas, ya que le costaba agacharse por la falta de apoyo en las piernas. Se solían repartir el trabajo de inspección de aquella forma sin cuestionarlo. Eloy examinaba la parte de abajo buscando sangre, huellas o quizá algún mensaje del perturbado que había cometido el crimen. Alberto movió la campana, sin querer, y le dio un golpe a Eloy, que estaba de cuchillas examinando la zona concienzudamente. El hierro chocó con la cabeza de Eloy, el cual reaccionó tocándosela y estallando con un improperio a su compañero, que se llevó las manos a la boca para sofocar la risa del zumbido. Una sorpresa cayó del interior de la campana.
—Mira, un papel, cógelo. —Observó Alberto.
—¿Qué es esto? —dijo mientras desdoblaba la cuartilla de papel color manila.
—Es una poesía —concluyó Alberto, que miraba por encima del hombro de su compañero.
—Nos quiere decir algo, pero ¿el qué? —Eloy volvió a leer el papel de nuevo mientras se rascaba la barbilla. Alberto hizo lo mismo.
Pasaron unos minutos y ninguno de los dos llegó a una conclusión.
—No entiendo nada, Eloy, ¿y tú?
Negó con la cabeza. Tenían un hombre ahorcado, vestido con capa y sombrero, un cartel de un pueblo de Italia y ahora una poesía que aparentemente no tenía sentido.
—El asesino ha puesto aquí el papel para que lo encontremos, y obviamente quiere decir algo, así que vamos a leerlo de nuevo, más despacio. Tenemos que encontrar la pista que nos ayudará a resolver este caso.
—De acuerdo. Empieza cuando quieras. —Alberto se sacó del bolsillo una bolsa de pruebas. Solía coger algunas a la científica antes de inspeccionar la escena del crimen.
Eloy la metió dentro antes de leerla. Guardó el papel de tal manera que quedara abierto para continuar analizando cada una de esas palabras. El papel utilizado era envejecido, lo cual les dio a los agentes una pista para pensar que el motivo del asesinato no era actual. Deberían comprobarlo.
Alberto colocó una vez más la prueba y comenzó a leerla despacio y en voz alta. Eloy escuchó atentamente la voz de su amigo mientras contemplaba la fría noche de diciembre, que estaba seguro que no volvería olvidar en ninguna Nochevieja a lo largo de su vida.
Tras manchar el giro esperando al monte,
oprimir la vestimenta equivalente,
de hombre que tiene la Osa Mayor en su frente, os hubiese mirado de repente.
Pocas esquinas en vías del pendiente,
acuchillaba la última serpiente,
recibes entornadas las horas de tu frente,
ahí la gente sufre gravemente.
Encabezar naturalidad dominante,
la brisa hacía un motín discordante,
poco líder separado del puesto sobresaliente,
uno con su cara de farsante.
El plan de la maldición por el pariente, bajo el yugo sofocante,
lejos de sostener el pleno para la pendiente,
otro defensa escrita en parte por talante.
Propio es del farsante,
encantar patrimonio subyacente,
residir coalición independiente,
oscurecer al perteneciente.
Sendas alteradas por nueva corriente,
incluido al Rey reciente,
ni sé bien si soy yo quien en mí siente,
el odio comienza cuando una persona ya no siente.
—Es bonita, pero sigo igual que al principio, la verdad. —Resopló Alberto, que comenzó a andar en círculo.
—Tendremos que darle otra vuelta a la poesía cuando terminemos aquí.
—Sí, estoy seguro de que ahí —Señaló varias veces el papel— nos ha dejado el psicópata oculta otra pista. ¿Crees que va a ver más asesinatos?
—Espero que no… —Comenzó a andar para salir de allí.
Debían empezar a buscar más pistas. La científica tenía que hacer su trabajo. Los informes les darían más información para continuar con la búsqueda del asesino. Lo primero era averiguar quién era la víctima.
Andaban en silencio. Era de madrugada y no se escuchaba ruido en el interior del edificio. Alberto andaba al lado de Eloy con las manos dentro de los bolsillos. Cerca de la puerta de salida se acordó de la conversación que se había quedado a medias con Eloy. «Una leyenda del edificio».
—Antes me has hablado de la leyenda acerca de este edificio. ¿Cuál es esa leyenda tan famosa? Yo nunca he oído nada acerca del antiguo edificio de correos.
Eloy se detuvo. Miró a los ojos a su compañero y se abrochó la cremallera del abrigo, preparándose para el frío que les esperaría en la calle.
—Olvídalo. Es una tontería de espíritus. Folclore madrileño —
argumentó acompañando sus palabras con un gesto de su mano derecha.
—No, cuéntala, puede que sea importante. —Le agarró del brazo para que no continuara andando.
—Como quieras, pero no creo que tenga nada que ver.
—Vale, pero desembucha —insistió.
—La historia es de cuando se construyó el edificio. Los planos para la construcción fueron encargados al arquitecto Ventura Rodríguez, te suena, ¿no?
—Por supuesto, tiene un nombre y una parada de metro, ¡cómo no me va a sonar!
—Pues bien, era el arquitecto del rey. Al morir el monarca, su sucesor, Carlos III, vino a España con su Corte Real de Italia. Llevaba varios años siendo rey allí, así que sustituyó a nuestro arquitecto español por uno italiano.
—Continúa —dijo Alberto, intrigado por saber el final.
—Finalmente, el arquitecto italiano hizo otros planos y comenzó la obra. Las personas que trabajaban aquí durante la construcción decían que oían voces por la sustitución de Ventura, alguno murió por imprudencias o por el mismo Lucifer, según ellos. Así que la historia es que nadie quería trabajar en la obra hasta tal punto que tuvieron que llamar a un cura para que hiciera el exorcismo del espíritu. Dicen que los espíritus de los obreros muertos siguen vagando por el edificio —concluyó—. Por eso cuando entramos y me comentaste que te daba mal rollo, me acordé. No hay más —
susurró.
—Un momento, ¿llamaron a un cura?
—Sí, de hecho le pusieron hasta en nómina para que todos los días bendijera a los obreros. Así que parece que no era ninguna tontería, o al menos para los trabajadores que hicieron la construcción. —Señaló el interior del edificio haciendo un círculo.
—Puede que no sea una tontería, ni antes ni ahora.
—¿Qué quieres decir?
—Fue durante el reinado de Carlos III, ¿no?
—Sí, eso es. ¿La estatua?
—¿Crees que tendrá relación? Vamos a comprobarlo ahora mismo y salimos de dudas. —Comenzó a andar rápido.
Los agentes salieron con la firme idea de que en la estatua de Carlos III, delante de la Puerta del Sol, les aguardaría una sorpresa, si esa leyenda tenía relación con el asesinato. Cruzaron la calle y observaron al antiguo rey montado en el caballo. Era conocido como «El mejor alcalde de Madrid».
Alberto miraba los alrededores de la piedra que sostenía al monarca montado en jinete. Nada. Parecía que se encontraba como siempre. «La leyenda no es la unión».
—Puede que tengas razón y la leyenda sí sea la unión, pero que no esté aquí —dijo Eloy.
—Yo había desechado mi delirio. —Suspiró.
—Creo que mientras esperamos los informes y pruebas concluyentes, deberíamos estudiar todas las hipótesis que encontremos, ¿no crees?
—Está bien —respondió rascándose la cabeza.
—Ya es tarde. Deberíamos terminar por hoy y volver mañana con más fuerzas.
—Tienes razón. Mañana nos vemos en comisaría. —Asintió con la cabeza.
Alberto sabía que Eloy no quería ir a casa. Allí perdía la felicidad que algún día tuvo. Estaba muerto en vida. Su vivacidad y alegría desaparecían nada más cruzar el umbral de aquella puerta, lo había visto con sus propios ojos. El matrimonio de Eloy nunca volvió a ser el mismo.
Su mujer entendería el gesto que en unos instantes llevaría a la acción.
—Ey, ya que estamos aquí, ¿nos tomamos una? Como cuando éramos jóvenes. —Le guiñó el ojo a su compañero para que no interpretara su gesto como compasión. Eloy odiaba dar pena a los demás.
—No, tranquilo, seguro que Sonia me está esperando —mintió.
Alberto sabía que no era cierto. Le conocía demasiado para saber cuándo mentía. Sin embargo, entendió que no era la mejor noche para él. A veces la soledad es necesaria y fundamental para continuar con la vida.
Asumir las situaciones y llenarse de fuerza es importante para seguir día tras día con más pena que alegría.
—Está bien. Mañana nos vemos. Bueno, mejor dicho, en un rato.
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