El asesino de la capa

Veronica Caballero Sanchez · Capítulo 31 de 53

Páginas del PDF

El asesino de la capa

Capítulo 30

Eloy llegó a la que todavía era su casa. Comprobó que la luz estaba apagada, lo que le provocó un gran alivio. Tener que ver la cara a Sonia no le producía ningún sentimiento reconfortante. La imagen de su mujer dándose con la encimera con aquella risa perversa y la sangre brotando por la herida mientras resbalaba por su frente hacía que los escalofríos recorrieran su columna vertebral de principio a fin. Salió del vehículo con precaución, la conocía y no le extrañaría que saliera de detrás de cualquier lugar en el que se encontrara escondida o le hubiera preparado una encerrona con la Policía. El plan que se hubiera fraguado en su perturbada mente solo perseguía la finalidad de que él terminara mal parado.

Comprobó durante varios minutos que la casa seguía permaneciendo sin luz. Sin embargo, dudaba de que no estuviera dentro al acecho de su presencia. Se montó de nuevo para aparcar en una zona más alejada y comprobar la ausencia de Sonia desde la distancia. Fue en ese momento cuando se percató de que no iba a tener que volver a entrar a su hogar, a la casa que con tanto esfuerzo había ido pagando durante tantos años de servicio. Miró por el retrovisor del interior del coche y observó que los cubos de basura estaban repletos de su ropa. Alrededor había zapatos y pertenencias materiales que Sonia creyó que le harían daño si las tiraba.

Esta vez falló. No existía absolutamente nada que lo hiciera. Lo único que podía herirlo y acabar con su vida ya se lo había quitado hacía tiempo. Ya no había nada. El recuerdo de las vivencias solo traía más dolor al apaleado corazón del agente. Un llanto silencioso y sin cambio en el rostro se inició.

«Ya nada merece la pena. Nada». Debía salir de allí. Sonia podría volver en cualquier momento y, si se cruzaban, comenzaría a montar un espectáculo con llantos, mentiras y gritos. La interpretación de mujer despechada y maltratada a la que su marido no quiere, la tenía tan ensayada y puesta en escena, que Eloy estaba convencido de que incluso hasta ella misma en algún momento se lo había creído. «Es el ser más horrible de la faz de la Tierra». La gente estaba totalmente equivocada con ella. Creían que era un ser bondadoso, la mejor persona que habían conocido y que la fuerza divina solo la había castigado sin motivo alguno. «Una mujer buena, atormentada por la vida», escuchó una vez en un susurro a una de sus vecinas. «Nada más lejos de la realidad». Esta vez la verdad le daría su merecido. Los

sentimientos se agolparon durante un largo tiempo hasta que decidió salir de la zona de peligro para no encontrarse con ella. Se secó las lágrimas con la manga de la camisa, la única que ahora era de su pertenencia por decisión de Sonia. Conocía cuál sería su siguiente paso: dejarle sin dinero. Le parecía que sacar todo el dinero del banco era un gesto rastrero y lleno de maldad, pero ese era el sello de su mujer. Con los dedos temblorosos, lo comprobó en la banca digital. Confirmado. Había dejado las cuentas en blanco.

El agente de homicidios era buena persona, pero no idiota. Se habían casado en separación de bienes. Así que, pese a que llevaban años juntos, era cuestión de tiempo que este martirio llegara a su vida. Abrió una cuenta a su nombre. La finalidad era ahorrar para pagar la universidad de su hijo. Ese día nunca llegaría, pero la automatización de los ingresos mensuales se seguía llevando a cabo. Tenía grandes ahorros. La finalidad de dejarlo en la ruina no había obtenido los resultados deseados. Echó un último vistazo al contenedor con su ropa. Movió la cabeza a ambos lados y soltó un profundo respiro. Era lo mejor. Sin ser lo que Sonia pretendía, le había ayudado. «Vida nueva. Ropa nueva». Antes de que el espíritu de las compras le poseyera durante horas, iría a tomar una copa. Mandó un correo con el cambio de cuenta de la nómina de Policía. Ella empezó una guerra que no podía ganar desde el principio. Sintió pena por ella, pero estaba en un sitio donde no debía estar desde hacía años. La pena suele no dejar ver las acciones con objetividad, y eso es lo que le ocurrió a Eloy. Arrancó el coche, bajó la ventanilla y se dirigió a un bar cercano del centro comercial más lejano de su vivienda. Poner distancia en kilómetros era lo más prudente.

Conduciendo, se proyectó en la barra del bar, con una copa y pensando en las decisiones que había tomado. Quizás viviendo el presente nunca se perdonaría el futuro. Ya no había remedio y cambiar el pasado era imposible. Compadecerse era lo que más le apetecía, pero no era lo más adecuado para su atormentada alma. El trayecto fue un hervidero de emociones. Las lágrimas y el sentimiento de culpa no le dejaban descansar.

«Me lo merezco». Llegó al aparcamiento y divisó la puerta del bar desde el lugar que ocupaba con su vehículo. Sonrió. Secó las lágrimas, se miró en el espejo del parasol e intentó poner su mejor sonrisa. Alberto se encontraba de pie, apoyado en el umbral de la puerta del bar. Fumaba un cigarro. Eloy

sabía que era mala señal. Hacía años que su compañero había dejado de fumar. Solo fumaba cuando sus nervios estaban a flor de piel y no veía solución. Con paso acelerado, comenzó a andar hacia su fiel amigo. Había ocurrido algo, pero ¿el qué?

—¿Qué haces aquí? —preguntó sorprendido.

—Eloy, tenemos instaladas las aplicaciones de encontrar el móvil el uno al otro. Nos las instaló Sole, ¿no te acuerdas? Por precaución en los casos, por si teníamos algún incidente y no dábamos señales de vida —

resolvió Alberto, fumando con grandes caladas.

—No me acordaba —aclaró dejando de rascarse la nuca—. ¿Qué ha pasado? Ya tiene que ser algo muy malo para que me persigas. No me digas que ha aparecido otra víctima —dijo compungido por la idea.

—No, ¡qué va! Por eso puedes estar tranquilo. Sonia ha venido a mi casa. —Alberto provocó un silencio para que empezara a desembuchar lo que estaba ocurriendo. Tiró el cigarro.

Pasó al interior del bar, Alberto le sujetó la puerta para comenzar con la confesión de secretos delante de la barra con una copa en la mano.

Anduvieron sin decir ni una palabra. Alberto pidió la bebida y se quedó de pie con la espalda pegada en la barra.

—¿No vas a decir nada?

—Ya te lo he dicho, nos separamos. Acabo de venir de allí. Me ha tirado toda la ropa. —Suspiró profundamente.

—Era de esperar, ¿no?

—Tienes razón. Pero supongo que no has venido por eso. Cuando quieras, puedes empezar con la batería de preguntas que hayas traído en la cabeza.

—Ha venido a mi casa, Eloy. Mi mujer estaba muy asustada. Nunca ha estado bien de la cabeza, pero ahora da miedo. ¿Te ha hecho algo? Dime la verdad.

—¿Te refieres físico?

—Psicológico, seguro. ¿Y físico? —preguntó acercándose aún más.

—No. Hace meses que no.

—¿Qué? ¡No me lo puedo creer! —exclamó con cara de asco.

El camarero colocó los vasos y echó la bebida que habían pedido.

Dejaron de hablar hasta que el trabajador salió de la órbita de escucha.

—Eso no es una depresión, lo que tiene es una enfermedad mental

—aseguró Alberto.

—Ya lo sé. Esta semana ha cambiado de psiquiatra y tengo una reunión pendiente con él. La ha pospuesto. Yo ya no puedo estar más tiempo viendo su cara. —Bebió un gran sorbo—. Tengo miedo, Alberto. En cualquier momento puede acabar conmigo. No solo me refiero a intentar clavarme un cuchillo o a quitarme la pistola. Ese sería el mejor de los casos.

—Se sentó en una de las banquetas de la barra. Agarró el vaso y, con los ojos sin vida, los clavó en el fondo de la bebida—. Son demasiadas cosas.

No sé, ya no sé lo que hago, siento que he perdido el norte…

—Escúchame. Diana y yo estamos aquí. Lo hemos visto con nuestros propios ojos. ¿Te ha dicho el psiquiatra qué enfermedad tiene? —

Eloy negó—. Bueno, no te preocupes, ya te lo dirá. Lo importante es que no hables con ella.

—No te ofendas, pero no conocéis de lo que es capaz. El día que me fui se golpeó con la encimera de la cocina. Me amenaza con denunciarme por malos tratos para acabar con mi carrera de agente hasta que salga el juicio. —Se tocó la sien con la mano libre de la bebida.

—Eso no es un problema. Sabes que luego la examina el forense —

animó sin dejar de observarle—. La he advertido, no quiero que esté cerca de nosotros.

—Insisto, es capaz de cualquier cosa —afirmó con voz segura y rotundidad.

—¿A qué te refieres?, ¿hay algo que no sepa? —preguntó intrigado.

Cogió el vaso y se lo bebió de un sorbo.

—Te agradezco que hayas venido hasta aquí solo para comprobar que estoy bien, pero tengo que comprar ropa. —Aireó la camisa y se tapó la

nariz—. Es urgente que me cambie. —Tocó el hombro a su amigo para darle las gracias sin palabras.

—Te acompaño a la puerta. —Dejó dinero en la barra e inició el paso.

Se despidieron en la entrada del centro comercial. Eloy necesitaba comprar ropa de manera urgente. Sonia se había encargado de dejarle sin nada. Ni siquiera unos tristes calzoncillos. Diana estaba preocupada, así que había llamado a su marido en varias ocasiones. Alberto había tomado la decisión de ir a ver a su compañero en moto, lo que provocaba una alteración de nervios en su mujer, a lo que se sumaba el suceso de Sonia.

No tardó mucho en llegar de nuevo a casa. Diana le esperaba impaciente en el sofá. Al entrar la encontró mordiéndose las uñas por puro nerviosismo de lo que estaba ocurriendo. Sabía que su marido debía ir a ver a Eloy, pero la cara de Sonia se le aparecía una y otra vez. Volver a recordarla con aquella mirada siniestra le provocaba una oleada de sentimientos de terror. Alberto le dio un beso en un intento de tranquilizarla y se fue al despacho improvisado. Debido a la profesión de policía, el matrimonio decidió instalar una caja fuerte en la habitación. Dentro guardaba la pistola, pero no solo eso. Como cada día, la abrió para dejar descansar el arma hasta el día siguiente. La carpeta que desde hacía años estaba guardada bajo llave hoy tenía especial sentido. Alberto suspiró antes de extender la mano y rescatarla. Sabía lo que ese movimiento conllevaba.

Era la primera vez que se sentía preparado. La cogió fuerte con las dos manos. «Eloy», leyó en voz alta. Anduvo como si cada uno de los pasos fuera más pesado que el anterior. Llegó al escritorio y se sentó. Suspiró más profundo que nunca. Necesitó unos segundos antes de abrirla y revivir la escena. «Es de lo más doloroso que había vivido nunca». Lo ocurrido hacía que su paz fuera perturbada con fuerza. Agitaba su corazón y su conciencia.

Desplegó la solapa e inició lo que tiempo atrás debía haber destapado.

Las fotografías que escondían en su interior le atormentaban diariamente en sus noches de insomnio. Desde entonces nunca más volvió a conciliar el sueño sin perturbarse.

OceanofPDF.com