El asesino de la capa
Capítulo 12
Estaban en el momento más interesante de la conversación cuando comenzaron los gritos en el exterior del bar. La gente corría y chillaba de manera ahogada. Uno de los chicos de las mesas colindantes salió corriendo para ver qué era lo que ocurría. Nada más asomarse, dio la noticia en el interior. La expresión de su rostro se convirtió en pánico. Los agentes vieron el miedo en sus ojos.
—¡Han matado a alguien! —gritó a todo pulmón. El iris de sus ojos se empequeñeció.
Los agentes se miraron acompañando un movimiento de cabeza de angustia y desesperación. Ahí estaba la escena del crimen que esperaban.
No querían tener razón y que ocurrieran más crímenes, pero con el nuevo hallazgo la hipótesis del motín cogía más fuerza. Se pusieron los abrigos y salieron a la máxima velocidad que sus piernas les permitían. Debían llegar lo antes posible. La cojera de Alberto no impedía que el agente hiciera alarde de su estado físico. Se esforzaba en que su debilidad no fuera un obstáculo. Sin embargo, ya no era un chaval que pudiera correr varios metros sin que el aire llegara con tanta facilidad a sus pulmones como en otras épocas de su juventud. Estaba en forma a pesar de no estar al máximo.
Llegaron con la respiración entrecortada y con la lengua casi fuera. Alberto se paró unos segundos, apoyó sus brazos sobre las rodillas flexionadas para intentar retomar el aliento de forma apresurada. Sus compañeros, tras comprobar que estaba en perfecto estado, se abrieron camino a empujones para llegar al lugar donde estaba la víctima.
—¡No me lo puedo creer!
Soledad se echó las manos a la cabeza. Eloy se acercó a la fuente, que se encontraba próxima a La casa de las siete chimeneas al grito de
«¡Policía!» con placa en mano. Sus compañeros imitaron el gesto a pocos segundos detrás de él.
—El edificio estaba cerrado, por eso ha tomado la decisión de hacerlo en las intermediaciones —supuso Alberto.
—Es una opción. Sin embargo, está cumpliendo su plan. Parece que no vamos tan desencaminados —confirmó Eloy.
—¡No me puedo creer que estuviéramos tan cerca y no nos hayamos enterado! —Se recriminó Soledad—. ¡Somos unos estúpidos! —La mala conciencia le hizo sentirse culpable, pero a su vez la llenó de ánimos para atrapar al asesino a la máxima brevedad que les fuera posible.
—Vamos, ya no tiene solución. —Dio una ligera palmada en la espalda—. Llama a los compañeros, que vengan. Hay que evacuar a la gente de la escena del crimen para que trabaje la científica —ordenó Eloy.
—Sí, tienes razón. Vamos. —Movió la mano para que Alberto le acompañara a despejar la zona de la fuente.
Hablaron con los curiosos que se habían acercado ante el revuelo que se había formado en la plaza del Rey. Los agentes no estaban seguros de qué significaba el asesinato en aquel lugar. No sabían si el rumbo del asesino se guiaba por los pasos de los madrileños en el Motín de Esquilache, o bien estaba siguiendo una ruta enigmática de leyendas por Madrid. No podían descartar ninguna línea de investigación hasta estar completamente seguros. Sin embargo, tras leer el texto, encontrar el mensaje encriptado y analizar cada una de sus estrofas, tenían más claro que el pasado había cambiado el futuro de alguien y no había sido de su agrado.
Se podría confirmar que había tramado un plan de venganza y lo estaba ejecutando en las calles madrileñas.
Los compañeros de la científica tardaron más tiempo que los coches patrulla que se encontraban por la zona. Fueron un apoyo fundamental para despejar la plaza. El equipo trabajó en completo silencio y sin dejar de pensar en lo que estaba ocurriendo. No podían perder ni un segundo, ya que el instinto policial les decía que la siguiente víctima ya se encontraba en el punto de mira del asesino. Volverían a evaluar la situación cuando la privacidad se lo permitiera. No querían ningún tipo de filtración ni oídos ajenos que escucharan las cavilaciones sobre lo que estaba ocurriendo con los asesinatos. Toda precaución era poca.
El jefe de la científica, Lisardo, se les acercó después de dar las órdenes al personal bajo su mando. Eloy siguió sus pasos con la mirada hasta que se situó a su altura. Sabía que no traía buenas noticias. Tras echar
un vistazo al nuevo cadáver, Lisardo sacó sus propias conclusiones. Aunque faltaba verificarlas. Se equivocaba pocas veces con sus ideas iniciales, pero le gustaba que los datos le respaldaran. «Objetividad ante todo», era su frase preferida.
—Hemos terminado con la autopsia de la primera víctima. Parece, según he podido comprobar con la segunda víctima, que han sido ahorcados y de manera posterior los han desplazado a los lugares donde han aparecido.
Tenemos que analizar la soga. —Señaló a la nueva víctima—. Pero creo que nos ha dejado la prueba de los asesinatos.
—Coincido contigo —confirmó Soledad con los brazos cruzados y una mirada de impotencia.
El resto del equipo asintió las palabras de su compañera. Los agentes de los coches patrulla habían hecho un trabajo eficaz y rápido dejando en un tiempo record la plaza vacía de curiosos y viandantes despistados. Las calles cercanas estaban vigiladas por más agentes que se habían sumado a la causa y había patrullas que habían cortado el acceso.
Eloy dio orden de que solo los residentes, previa comprobación con el DNI, podrían pasar.
—Los dos llevan el mismo vestuario y han muerto por asfixia.
Después de hacer la autopsia os mandaré los informes. —Lisardo se dio la vuelta para marcharse y comenzar con el arduo trabajo que le esperaba.
Los agentes miraban cómo se alejaba cuando paró en seco y volvió a acercarse.
—Por cierto, chicos, no sé si es importante, pero Javier Romero se estaba tomando la medicación. Lo confirma su sangre. Objetivamente no ha sido un brote psicótico. No se quitado la vida ahorcándose él mismo. —
Levantó las cejas simbolizando la idea descabellada de que alguien hubiera pensado que había sido así.
—De acuerdo. Obviamente no era un suicidio, pero había que estar seguros de ello. A partir de la información, y con la nueva víctima, seguiremos otros caminos para coger a ese psicópata —dijo Eloy apretando los puños con furia.
—Una cosa más, no sé si será importante, pero se había hecho un tatuaje de la Inmaculada Concepción hacía menos de cinco días —susurró Lisardo.
—¿La Inmaculada Concepción? —dijo sorprendida al escuchar aquella afirmación.
—Sí, eso es. —Se encogió de hombros—. Os pasaremos unas fotos del tatuaje con el informe. Yo no soy creyente, tuve que buscar en internet para saber la identidad de la virgen. Podéis seguir mis pasos para encontrar su devoción a esa virgen en concreto.
—Muchas gracias, Lisardo. Ya sabes que nos urgen las autopsias. Si puedes acelerar el proceso, te lo agradeceríamos. Nos preocupa que tenga en mente matar a más gente, y sin pistas no podremos atraparle —añadió desesperado Alberto.
—Claro, pero ya sabéis que esto necesita sus tiempos para no pasar ningún detalle por alto. No soy psiquiatra, pero creo que la mente humana es compleja, y quizá hablar con la familia de la víctima os pueda dar más información de sus hábitos sociales y cómo terminó muerto en la Puerta del Sol —agregó Lisardo con un tono cansado.
—Estamos en ello. Pero la gente miente, los datos no —afirmó contundente el inspector.
Lisardo asintió. Estaban de acuerdo en esa afirmación. Era una de las razones por las que siempre quiso ser científico. La objetividad era su bandera.
Los agentes echaron un último vistazo a la víctima. Estaba hundida en el agua de la fuente, vestida con la capa y el sombrero flotando. Se encontraba de espaldas, así que no pudieron verle la cara hasta que la científica, con el atuendo apropiado, entró para sacar el cuerpo. Esperaron pacientemente hasta que descubrieron el rostro. No era conocido. Debían esperar a que Lisardo les diera la identidad de aquel hombre que había sido ahorcado y del que la soga aún rodeaba su cuello.
—Vamos, tenemos mucho trabajo que hacer. Hay que ir a ver a la familia de Javier Romero.
Bajaron las escaleras del parking para poner rumbo al destino de la casa familiar. Eloy se sentó de copiloto al ver que Soledad se había apropiado del volante. Sacó el móvil. Vio las llamadas perdidas de su mujer.
Luego la llamaría, ahora era urgente buscar la dirección a donde se dirigían para introducirla en el GPS.
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