El asesino de la capa

Veronica Caballero Sanchez · Capítulo 19 de 53

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El asesino de la capa

Capítulo 18

Los agentes de homicidios empezaron a andar por las calles húmedas. El silencio inundaba el ambiente a altas horas de la madrugada.

Soledad llevaba rumiando desde hacía días hacerle una pregunta a Eloy. No se atrevía. Eran amigos, pero no tenía la confianza con él para hacerle una pregunta personal. Pensó que necesitaba desahogarse. Le vendría bien hablar con alguien que contara con su fidelidad. La discreción predominaba en las personalidades del equipo, pertenecía al día a día de su trabajo, por lo que Soledad era la candidata perfecta para contarle un secreto que nadie más necesitaba saber. Después de unos cuantos metros, se decidió a hablar.

Eloy sabía que algo le rondaba la cabeza. Esperó a que tomara las riendas de la conversación, si finalmente se decidía. Quería a Soledad como si fuera una hija. La protegía y cuidaba. A veces, incluso se excedía en que no le ocurriera nada malo. Ella lo sabía. Por eso cuando seguían las pistas para encontrar a un asesino le daba las tareas menos peligrosas o no la dejaba ir sola, sin Alberto o sin él mismo. Soledad le miró con ojos amables. Con un tono cauteloso y repleto de cariño, preguntó:

—¿Está todo bien? En casa me refiero —habló dubitativa.

—No, Sole. Hace muchos años que nada va bien. —Le dedicó una mirada paternal con las manos metidas en los bolsillos—. He tomado una decisión. Mañana empezaré una nueva vida.

—¿Qué pasa, Eloy?

—No me quiero adelantar. Si te necesito, te avisaré, no te preocupes.

Sé que siempre has estado ahí. —Le dio un pequeño golpecito en la espalda.

—De acuerdo. Supongo que cada situación requiere un tiempo. Tú necesitas el tuyo. ¿Estás bien? —insistió.

—Tranquila, de verdad. —Se detuvo y cogió a Soledad por los hombros—. No te preocupes, estoy bien. Gracias de nuevo.

—¿Has dejado el coche aquí?

—Sí, tú primero. —Se apartó para que la agente pasara primero al interior del ascensor del parking.

Fueron hasta la recepción, pagaron y se separaron. Habían aparcado en distintas plantas. Eloy debía buscar un sitio donde dormir una larga temporada. Por primera vez en su tormentosa vida, sentía que iba por el camino adecuado, por el correcto. Aunque, sin lugar a duda, era el más complicado y tortuoso de recorrer. Una larga temporada de chantajes y mentiras era lo que se acercaba como consecuencia de su decisión.

Antes de meter ni siquiera la llave para arrancar el motor, recibió un mensaje. El doctor Manuel posponía su reunión. Le había surgido una conferencia de urgencia para sustituir a un colega y debía viajar a Barcelona. Leyó los mensajes anteriores que tenía sin leer. Alberto le avisaba de que había llegado a casa. Sonia solo escribió una amenaza: «Te lo advierto». Después de leer el mensaje de su mujer, se enfureció y se convenció todavía más de que lo debía hacer. No podía seguir aguantando las amenazas. La verdad debía ganar. Si al contarla perdía la batalla y su trabajo de policía, sería el precio que tendría que pagar por su pasada cobardía.

«Ahora que no tengo que ir a la consulta, seguiré con el caso y la investigación. Es probable que sea mi último caso como policía».

Salió exhausto con el coche y se dirigió a la zona de Tirso de Molina. Buscaría un hostal cercano a la plaza y un parking. Así podría vigilarla de cerca el tiempo que durara el caso. Si necesitaba trasladarse más adelante no tendría inconveniente en hacerlo. Le gustaba conducir porque le ayudaba a ordenar sus pensamientos. A pesar del frío, bajó unos centímetros la ventanilla para que el aire chocara en su rostro lúgubre. Olió el asfalto mojado y la brisa que refrescaba el aire de Madrid. Le sentó bien para sentirse libre y capaz de hacer lo justo. Se lo debía. «Dejaré el coche en la plaza Jacinto Benavente». Estaría cerca de las escenas del crimen y de los posibles altercados que tendrían lugar en los próximos días.

Bajó por la calle del doctor Cortezo. Observó la gran vista del Teatro Calderón y llegó paseando hasta la plaza de Tirso de Molina. La zona no era de las mejores de Madrid. Hacía muchos años que había ido empeorando poco a poco. Cada día eran más frecuentes los altercados, los robos y las peleas. Estar a pocos metros de Lavapiés había perjudicado

gravemente el centro de la capital. Cruzó la plaza poniendo especial atención a las farolas que iluminaban la zona hasta donde su vista alcanzaba de la calle Atocha. «Parece que está correcto. La calle está iluminada. No hay farolas rotas». La comprobación le había dado cierta esperanza de que no se cometiera ningún crimen en un periodo corto de tiempo. Ello supondría que la investigación no sería contra reloj y trabajarían con márgenes de tiempo suficientes para no cometer errores. No había que confiar en que fuera así, pero al menos ese día le reconfortaba pensarlo.

Dormiría mejor o lo intentaría.

Tras pasear durante un largo tiempo por la noche madrileña, se cercioró de que los crímenes habían hecho mella en la sociedad. Las calles estaban más vacías que de costumbre. La gente tenía miedo. Un loco que vestía a las víctimas con capa y sombrero los había asustado. La prudencia y la cautela se tomarían como los valores más predominantes en la mente de los individuos. Finalmente, y cansado de escuchar sus pensamientos arrollándose unos a otros, optó por tocar al telefonillo del siguiente hostal que se encontrara. Había vagado sin rumbo y tuvo que volver sobre sus pasos para no alejarse de la que se convertiría en la zona cero para el próximo crimen. Subió las escaleras que conducían al hostal. No tenía una decoración digna de mención ni un ambiente acogedor. Sin embargo, a Eloy le parecía que olía a liberación. Una sensación de libertad y conciencia tranquila hizo que una sonrisa se dibujara en su rostro. Creía que era el hostal en las peores condiciones que había visto, pero a la vez era donde su conciencia dormiría en paz. Se registró en la recepción con un chico al que parecía molestarle su presencia. Había interrumpido su sueño. Intentó darse la máxima prisa posible para poder dormir durante más tiempo. El hospedaje elegido fue aquel cuya ventana daba a la calle Atocha y a la vez se veía la plaza de Tirso de Molina. Se alegró de la elección. Tenía una ubicación excelente para su propósito. Con la llave en la mano, abrió la puerta. Tras entrar, se quedó quieto unos segundos. Respirando la paz y el aire eléctrico de la habitación.

Sonrió como hacía tiempo que no recordaba. Se descalzó, se quitó el abrigo y se estiró en la cama con la mirada hacia el techo. Cerró los ojos mientras repasaba las escenas de los crímenes. «¿Qué puede llevar a una persona a matar de esa manera?».

El móvil no dejaba de vibrar de manera continuada. Eloy sabía que era Sonia. En muchas ocasiones utilizaba la técnica de la extorsión con él.

Cuando observó cómo se daba el golpe contra la encimera, sabía que lo que vendría después serían continuas amenazas. Llevaba años atormentándole para que no la abandonara. Si lo hacía, le denunciaría por malos tratos. Si presentía que iba a dejarla, se autoinfligía daño para poder denunciarle si no volvía. Una denuncia de malos tratos para un policía suponía la inmediata expulsión del cuerpo hasta que se demostrara que era mentira. Le arruinaría la vida. En esa ocasión era diferente. No se doblegaría ante ella nunca más, el sometimiento del imperio de Sonia había llegado a su fin. Se levantó de la cama repleto de energía positiva y con el coraje que llevaba tantos años sin sentir en su propia piel. Observó su reflejo en el espejo. «Ya no te reconozco, querido amigo. Ya no.

»Tienes que luchar. No puedes seguir así.

»Deja tu miedo atrás. Continúa. A pesar de las consecuencias. La verdad es el único camino».

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