El asesino de la capa
Capítulo 19
La agente de homicidios llegó a su apartamento minutos antes de que comenzara, de nuevo, a chispear. «Justo a tiempo». Vivía en un piso de una habitación en el puente de Vallecas. A los compañeros patrulleros siempre les daba miedo hacer rondas por esa zona, lo que provocaba en ella multitud de carcajadas sonoras a costa de ellos. Se había criado en el barrio y le encantaba. Para ella era como vivir en un anuncio de Benetton, era multicultural y la gente, a pesar de lo que dijeran los medios de comunicación o las lenguas viperinas de individuos que nunca habían pisado el barrio, era excepcional, simpática y amable. Cuando ocurría un incidente en la calle, no eran pocos quienes bajaban de sus casas para ayudar. No les gustaban los problemas y, menos aún, problemas que estigmatizaran sus calles ni a sus vecinos.
La razón por la que odiaba llegar a altas horas de la noche era porque no tenía garaje. Era imposible encontrar sitio. Tuvo que dar varias vueltas por el barrio hasta que finalmente encontró un hueco cerca del Mercado de doña Carlota. Vivía en la calle Santa Marta. Por lo que tuvo suerte al encontrar un sitio tan cercano a su casa. Había un hombre sentado en un banco cerca del Colegio de Ciudad de los muchachos. «No le he visto nunca». Le pareció rara la presencia de un chico solo a esas horas de la noche con un tiempo tan desagradable. La madera de los bancos estaba mojada por la tormenta que había hecho acto de presencia durante largas horas. Soledad tenía la pistola siempre consigo. Nunca tenía miedo. No era su especialidad. Sin darle más importancia siguió andando hasta su portal.
Antes de llegar metió la mano en el bolso para sacar las llaves y no perder tiempo. «Aquí están». Con las llaves en la mano se dio cuenta de que el hombre del banco caminaba detrás de ella. Se paró y giró la cabeza. El caminante iba con una capucha en la cabeza. Las primeras gotas estaban apareciendo en el cielo.
—¿Me estás siguiendo? —preguntó desafiante con la mano en la parte de atrás del pantalón. Rozó la pistola.
—Claro que no. —Se quitó la capucha para que viera su rostro—.
Perdona. Esta tarde dijiste que vivías por aquí… —se disculpó avergonzado
—. Necesito hablar contigo.
—Por supuesto. Pero no hacía falta que me siguieras, y menos hasta mi casa. Venga, vamos, te invito a un café. Hace mucho frío.
—No, tranquila. Si quieres vamos a un bar cercano.
—¿Estás de broma? Aquí a las once ya no hay ningún bar abierto.
—Sonrió. Movió su mano para que la siguiera—. Es aquí mismo. —Señaló el portal que se encontraba a unos metros.
—De acuerdo. No te quería molestar, pero es importante. —Agachó la cabeza.
—Está bien. No te preocupes.
Soledad abrió el portal. Sujetó la puerta para que su acompañante improvisado entrara detrás de ella. No le conocía de nada, pero supuso que lo que tenía que decirle debía de ser importante para presentarse aquella noche en su busca. Juan se encontraba aparentemente asustado. El miedo se podía respirar en cada poro de su piel. Estaba involucrado de cierta manera en el asesinato de su hermano. Sus ojos trasmitían la culpabilidad de no haberse dado cuenta de que corría peligro. «Pensaba que no le creería por su enfermedad mental y no se lo contó. Estaría muerto de miedo durante días, o quizá meses», caviló la agente mientras subía a su apartamento.
—Pasa. Quítate el abrigo. Te puedo dejar una sudadera que tengo de mi hermano, ¿quieres? —preguntó Soledad parada delante de la puerta.
—No te quiero molestar, de verdad.
—No es molestia. Estás empapado, te la traigo. Supongo que no querrás ponerte enfermo. —Desapareció al entrar en la habitación.
Juan no sabía qué hacer. Se encontraba incómodo por su manera de actuar. Parecía un acechador nocturno. Lo único que le consolaba era la reacción de la agente. Halló un haz de tranquilidad cerca de ella. No sabía qué pensaría de él. Soledad volvió aparecer con ropa seca y la sudadera que le había prometido.
—Toma. —Extendió la ropa con un movimiento lento—. Puedes ir al baño si quieres secarte. ¿Café o tila? —Se dirigió hacia la cocina sin esperar la respuesta.
—Creo que es mejor una tila. La voy a necesitar para dormir esta noche. —Con la sudadera todavía en la mano, fue al baño para secarse el pelo. Se había empapado mientras esperaba bajo la lluvia.
Soledad cogió dos vasos de cristal transparente con círculos de colores. La decoración en su apartamento trasmitía felicidad y optimismo.
Había multitud de colorido en cada rincón. Llenó uno de los vasos con agua para meterlo a continuación en el microondas. Ella prefirió café. Por las mañanas preparaba el líquido marrón en una de las antiguas cafeteras de acero inoxidable. Para ella era el mejor café. No había comparación con los nuevos inventos de las cápsulas. Vertió un poco en su vaso y agregó leche.
Abrió uno de los estantes de arriba para sacar el azúcar. Cogió una cuchara pequeña que luego echó en su vaso. El microondas le avisó del tiempo.
Sacó el vaso de agua y metió su café. Se aseguró de que seguía en el baño sacando la cabeza por la puerta. Nada. Volvió a su tarea. Metió la bolsita de tila en el agua y salió de la cocina con las dos tazas llenas. No estaba segura de qué se le pasaría por la mente para presentarse de aquella manera tan tétrica en casa de una agente de homicidios. Después de unos minutos, le pareció que tardaba en exceso. La apariencia de aquel hombre le dio mala espina. Parecía que se sentía perdido y desolado. «Espero que no haga ninguna locura. Puedo ayudarle en lo que necesite». Corrió rápido cuando la idea de que se suicidara paseó por su mente. Aporreó la puerta al no escuchar ningún ruido.
—¿Juan? ¿Estás bien? —preguntaba dando golpes suaves para no preocuparlo.
—Sí, tranquila. Me estoy secando. —Abrió la puerta.
—Vale. Perdona. —Comprobó que había estado llorando hacía unos segundos—. No sé qué pasa, pero vamos a solucionarlo. —Le acarició el hombro.
Juan dejó la toalla. Caminaron hasta el sofá donde se sentaron. Las tazas calientes les estaban esperando. Juan giraba la cuchara para enfriar la tila.
—Perdóname, no sabía a quién acudir.
—Tranquilo, puedes confiar en mí. ¿Qué ha pasado? —La voz trasmitía un mensaje de paz y esperanza.
—Lo sé. —Asintió—. Cuando os fuisteis me puse a buscar la foto de Navidad y el diario de mi hermano. Me resultó extraño que no estuviera en su sitio. Tuve malas sensaciones de lo que estaba ocurriendo. —Se movió en el sofá para que sus ojos se cruzaran con los de la agente—.
Revolví la habitación entera buscando por los cajones, el armario e incluso en el resto de la casa. Nada. No encontré nada. Me senté en la cama de mi hermano, desesperado. No sabía qué hacer, dónde buscar. Se lo debo. —Un llanto silencioso y pausado apareció en la conversación—. Me tumbé sin dejar de llorar. Fue entonces cuando encontré esto. —Se ahuecó en el sofá y del bolsillo trasero del pantalón sacó un papel doblado.
Soledad abrió los ojos de par en par ante la sorpresa que se estaba desplegando ante sus vivaces ojos. En un folio con claras marcas de haber estado escondido, Javier había escrito lo que le atormentaba. Además, les había dejado una pista en clave para comprender parte de los sucesos. Había dibujado un carnero dorado rodeado de fuego. Javier estaba en peligro. Lo sabía. La agente cogió la hoja entre sus manos temblorosas. Leyó en alto con la voz quebrada.
«Ahora vienen a por mí. Tenemos miedo, pero nadie nos creerá porque somos enfermos mentales. Estamos perdidos. He intentado huir, pero siempre nos encuentra. Probablemente me mate por no unirme a su plan. No tengo elección. Estoy cansado».
Al terminar la lectura sintió cómo un escalofrío recorría sin piedad su esbelto cuerpo. Javier conocía a su agresor. Las miradas se cruzaron infundiendo sorpresa y a la vez un atisbo de esperanza con las palabras que la víctima había dejado plasmadas antes de su asesinato. Los nervios provocaron que Soledad se levantara y sentara de nuevo en cuestión de segundos. Inhaló profundamente tanto aire como sus pulmones le permitieron ante el mutismo de su visita.
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