El asesino de la capa
Capítulo 33
Dejaron el coche de la Policía sin rótulos en el aparcamiento de la plaza Santa Ana. Debían llegar a la tienda de capas antes de que cerraran.
Cogieron la calle Nuñez de Arce y llegaron a la calle de la Cruz para girar a la izquierda y subir la calle hasta la tienda de capas. Se detuvieron observando sus reflejos en los cristales del escaparate. Sentían un cosquilleo en el estómago ante la incertidumbre que los había llevado hasta allí. Si tenían razón sobre la frase, significaba que estaban más cerca de atraparlo, pero si no la tenían, se encontraban francamente perdidos.
—¿Estáis seguros? —preguntó escéptico—. No creo que exista ninguna relación.
—Tiene que haberla, no puede ser otro lugar. —Alberto apoyó la cara en el cristal, cubriéndose con las palmas de las manos en un intento de ver el interior—. No hay nadie.
—También es sastrería, estarán en la parte de atrás, cosiendo —
supuso positiva Soledad.
—¡Venga! No quiero perder el día en la calle. Entramos y a ver qué pasa. —Apoyó la mano en el picaporte.
—Sí, venga. Es lo mejor y la única manera de salir de dudas.
Soledad y Alberto se encogieron de hombros. Asintieron para que Eloy abriera la puerta. Al entrar sonó la campana que tenían arriba, colgada del techo. La función del tintineo era avisar de la entrada de clientes. Esta vez no eran compradores, sino agentes de homicidios.
Un hombre de mediana edad con una sonrisa salió del interior a los pocos segundos.
—Buenos días. Díganme.
—Buenos días, somos agentes de homicidios. Venimos por el tema de los asesinatos…
El hombre no medió palabra, pero sus facciones trasmitieron un gesto de sorpresa y alivio a la vez para, a continuación, girarse e
introducirse al interior de la trastienda. Cuando volvió, el asombro de los agentes se plasmó en sus rostros.
—Pensé que era una broma, pero ahora veo que no. —Les enseñó una pequeña caja—. Hace unos meses una prostituta de esta calle a la que conocemos desde hace muchos años, porque somos vecinos del barrio, no por sus servicios, no me malinterpreten, nos trajo esta caja. —Levantó el objeto—. Me dijo que le daban dinero si yo le hacía el favor de guardarla.
Pensé que era una broma, la verdad, pero como no abulta y conocía a la mujer, la guardé. Me dio lastima. —Extendió la mano y Eloy la cogió.
—Perdone, pero no entiendo nada.
—No hay mucho que entender. Me la dieron para guardar hace unos meses y me dijo que cuando vinieran unos policías de homicidios, que se la diera. Ya está. No sé ni qué hay y ni siquiera si serán ustedes a los policías a los que se referirían.
Los agentes se miraron impertérritos.
—¿Abro? —preguntó Eloy.
—Digo, ya que hemos venido hasta aquí.
El hombre los miraba con curiosidad. Eloy quitó el papel y abrió la pequeña caja negra. Era de terciopelo, igual que las que utilizan en las joyerías.
—¡No me lo puedo creer! —exclamó Alberto—. ¿Hace cuánto se lo dieron?
—Un mes por lo menos. Si es de ayuda, les puedo decir quién es la prostituta. Está en la plaza de Jacinto Benavente. Es rubia, con el pelo muy rizado. Siempre viste con colores llamativos y es mayor. Se reconoce fácilmente.
—Es una medalla de la Orden de Carlos III, ahora lo sabemos. Pero
¿por qué?
—¿Y la foto del monarca?
—Es la foto del monarca vestido con las ropas de la orden. Llama a Nina. Vamos a comisaría, rápido —dijo Eloy saliendo de la tienda.
—Hay que buscar a la mujer.
Salieron de la tienda y subieron acelerados hacia la plaza. El hombre de la tienda de capas tenía razón, era fácil reconocerla. Se acercaron a ella con precaución, no querían espantarla. Aunque dudaban de que siquiera pudiera correr. La prostituta en cuestión tendría al menos sesenta años.
Alberto dudó que tan mayor tuviera clientes, pero si seguía allí sería porque los tenía de tantos años atrás. Soledad se quedó unos pasos atrás, intentando localizar a Nina.
Se acercaron a la prostituta, que reaccionó asombrada. «Nunca pensó que fuera a pasar». Al verlos dedujo por qué iban a hablar con ella.
—No sé quién era. Me dio cien euros por convencer al dueño de la tienda de las capas. Conozco a su familia y, como nos pareció una broma, aceptó. No le vi la cara. Llevaba una máscara de esas con las que llevan a los niños al colegio, ya saben, de monstruos de Halloween —explicó la prostituta.
—¿Cuándo fue?
—Hace mucho, al menos un mes —dijo nerviosa sin dejar de tartamudear—. Cuando vi las campanadas por la televisión me asusté. Sabía que tenía algo que ver con la dichosa caja. Nunca pensé que estaba haciendo algo malo, solo me pareció raro. Ver a ese hombre con la capa y después a la siguiente víctima con el mismo atuendo en la fuente de la Casa de las siete chimeneas… —Aguantó el llanto—. Entonces supe que era el asesino de esos pobres enfermos mentales. No hay otra explicación de que llevara puesta una máscara y con tanta antelación. Lo cogerán, ¿verdad?
—Tranquila —Alberto la intentó calmar tocándole el hombro—, lo cogeremos.
—No le vi la cara, lo siento. Soy incapaz de reconocerlo, pero creo que la siguiente soy yo. No sé, intuición, supongo. —Se tapó la cara.
—Intente recordar alguna característica de ese hombre, algo peculiar, forma de andar, hablar…
La mujer negó con la cabeza.
—Va a venir a por mí, ¿verdad? Por eso están aquí. ¡Dios mío!, ¡soy la siguiente! —Comenzó a moverse de un lado a otro con las manos en la cabeza y sin dejar de gritar—. ¡Soy la siguiente! ¡Soy la siguiente! —Un llanto profundo e histérico salió del interior de la prostituta.
—Está bien, tranquilícese. —La agarró de los hombros con la mirada fija para que se centrara en ellos y no en una suposición sin fundamento—. Intente no salir en unos días, hasta que sepamos quién ha sido. Seguro que todo volverá a la normalidad en breve, pero hasta entonces, por su integridad, es mejor que se quede en casa, ¿de acuerdo?
Los agentes cogieron los datos de la mujer y se marcharon después de conseguir que se calmara. De camino al aparcamiento se fueron alternando la caja con el fin de observar la insignia. Las extremidades y los pensamientos cada vez eran más pesados. El cuerpo era víctima del cansancio y la presión. El inspector sentía que cada vez el desarrollo de las ideas en su cabeza actuaba de manera más intermitente y menos sagaz que hacía un par de días. Su situación personal le había trastocado más de lo que hubiera pensado o hubiera sido capaz de admitir.
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