El asesino de la capa

Veronica Caballero Sanchez · Capítulo 17 de 53

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El asesino de la capa

Capítulo 16

Comenzó a chispear cuando el agente se encontraba cerca de las instalaciones del encuentro improvisado con el equipo. «Soledad ha dicho que es urgente. ¿Qué habrá ocurrido?». La mente curiosa del inspector no dejaba de trabajar. Las gotas golpeaban los cristales de manera intermitente y con fuerza. Las calles estaban carentes de transeúntes cuando el agente accedió al bar. Las personas corrían ahuyentadas de un sitio a otro ante la inesperada llegada de la prominente lluvia. Le llamó la atención una pareja de enamorados escondidos de las gotas bajo el refugio de un portal.

Abrazados, se regalaban besos y palabras de cariño. De manera inconsciente se preguntó si aquella relación sería para siempre. Les deseó que su vida juntos fuera mejor que la tortuosa que le había tocado a él.

Abrió la puerta del bar y con un simple golpe de vista localizó a sus compañeros, que hablaban a susurros con Nina. La mujer no dejaba de gesticular expresando su pesadumbre y premura ante la situación. Sintió la corazonada de que Nina había encontrado la línea de investigación más razonable para explicar los sucesos que habían desembocado en dos asesinatos, de momento.

—Buenas noches —saludó quitándose el abrigo y limpiándolo de las gotas que lo decoraban. Lo colocó detrás del respaldo de la silla que le habían reservado sus compañeros.

El interior del local estaba prácticamente vacío. El ambiente sombrío que había dejado a su paso la meteorología y los asesinatos no colaboraban a la economía de los hosteleros de la capital. Había un psicópata suelto del que la Policía no conocía la identidad y el miedo irracional había recluido aparte de la población en sus hogares.

—Me ha llamado Nina, tenía que hablar con nosotros de manera urgente —se excusó Soledad por la llamada a esas horas.

—No te preocupes.

—Verás, ya se lo he explicado a ellos antes de que llegaras. Creo que está haciendo una reproducción del Motín de Esquilache, pero a la inversa.

—Ha empezado por el lugar del asesinato, luego por la búsqueda del ministro italiano, ¿y ahora?

—Ahora lo que debería ocurrir sería el motivo que hizo a los madrileños amotinarse. El origen del conflicto tuvo lugar en la plaza de Tirso de Molina, donde los guardias les cortaron las capas a unas personas que paseaban y no habían cumplido la orden —argumentó Nina nerviosa, moviendo las manos al ritmo de sus palabras.

—Vale. Pero ¿cómo podemos adelantarnos? —intervino Alberto.

—Ese es el problema. No está siguiendo una línea paralela en el tiempo. Puede ocurrir hoy, mañana o pasado. —Suspiró.

—Nos lo está poniendo complicado. ¿Crees que debemos hacer guardia en la plaza? —preguntó Soledad mirando a Eloy.

—No lo sé. Tengo la sensación de que ya lo tenía planeado. Cada uno de sus pasos juega al despiste. —Alberto se levantó—. ¿Queréis algo de beber?

—Yo quiero un café solo, lo voy a necesitar —respondió Eloy.

—Lo mismo —dijo Nina.

Soledad negó con la cabeza y levantó su taza, que aún estaba repleta de café humeante. Alberto siguió su destino a la barra y esperó pacientemente a que el camarero le atendiera a pesar de estar prácticamente vacío.

—Llevo dándole vueltas a la idea de que quizá los enfermos mentales solo sean unos títeres y los haya utilizado para despistarnos —

reflexionó Eloy.

—¿Tú crees? —Soledad entrecerró los ojos, perpleja.

—Puede ser. Mientras os tiene entretenidos con las víctimas él puede ir preparando su siguiente escenario. —Nina miró a los agentes tras decir la conclusión en alto. Sus manos rodeaban la taza caliente.

—Tiene sentido. Aunque no podemos dejar de investigar el entorno de las víctimas. Puede que no sean parte del plan, pero estoy seguro de que sí conocían a su agresor. Necesitamos conocer la identidad de la siguiente.

Quizá sí estamos equivocados y la victimología nos está dando pistas del asesino. —Eloy miró el reloj. El estómago le estaba rugiendo—. Voy a pedir comida. ¿Queréis algo?

—Yo sí. No he cenado nada —respondió Nina tímidamente.

—No, gracias. Comí un sándwich de camino —dijo Soledad.

—Me tengo que ir en cuanto acabemos, mi señora me estará esperando cabreada. Llegar a casa y darme la vuelta… Que la dejen plantada no lo lleva bien —agregó Alberto con los cafés en la mano—. Me tomo esto y me voy.

—Tiene razón, nos estamos entreteniendo. Mañana haremos guardia en la plaza. A primera hora todos allí. —Eloy dirigió sus ojos a Alberto para que confirmara su decisión.

—Me parece correcto. Es lo mejor. Sole, llévate el ordenador.

Trabajaremos mientras esperamos. La guardia nos puede llevar varios días.

No creo que actue tan rápido. Por lo que hemos visto es una persona prudente. Lleva tiempo preparando esta masacre. Ahora no se la va a jugar de manera precipitada. —Alberto se bebió el café de un sorbo. Su mujer estaría esperando que llegara.

—Vale, me llevo el portátil. Vete, Alberto, nos quedamos nosotros.

Mañana te lo contamos. —Soledad movió la mano varias veces para que su compañero se marchara.

—Está bien. Si necesitáis localizarme, ya sabéis. —Agitó el móvil que segundos antes había sacado para comprobar que su mujer no le había llamado. Cogió el casco que tenía debajo de la mesa.

Eloy levantó las cejas.

—Ahora sí entiendo por qué tu mujer está esperando. —Agitó la cabeza símbolo de la incomprensión de Alberto al coger la moto después del accidente tan grave que sufrió y lloviendo.

—¿Qué quieres que haga? Solo ha sido un momento para venir aquí.

Era la manera más rápida de llegar. La verdad es que se ha quedado en casa enfadada, mirándome por la ventana. —Imitó la cara de enfadada de su mujer—. Ahora lo soluciono.

—Más te vale que lo arregles. Ten cuidado, que ha llovido.

—Descuida, siempre lo tengo. —Levantó el pulgar y salió por la puerta del bar, apresurado.

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