El asesino de la capa
Capítulo 25
Cuando las chicas desaparecieron de camino al museo con la firme intención de descifrar el mensaje, Alberto y Eloy se quedarían para echar un vistazo a la zona que hacía pocos minutos estaba en llamas. Los agentes sabían cuáles eran las reglas del juego que más les gustaban a los psicópatas
«listillos», como el que les había tocado en este caso. Así que se propusieron echar un último vistazo donde habían encontrado la mochila con el mensaje. No se encontraban lejos del primer estallido que había ocurrido en la calle Atocha. Arrastraban los pies por la carretera calcinada y custodiada por coches patrulla a ambos lados. Se había desplegado un dispositivo policial en la zona hasta que la científica recogiera las pruebas.
El aire que se respiraba era denso y se percibía el olor a combustible quemado con solo entrar por los orificios de la nariz, lo que hacía que incluso se impregnaran de aquel desagradable olor las papilas gustativas. La acera y la carretera estaban infestadas de agentes enfundados en monos de plástico de color blanco. Multitud de maletines con un catálogo de instrumentos adornaban la escena flambeada. Las herramientas de recogida de pruebas por parte de la científica eran variadas y amplias, y cada una con una utilidad específica y fundamental.
Eloy se describía a sí mismo como una persona sensitiva. Le encantaba alardear de ello. Aunque en su vida privada no hubiera tomado las decisiones que el destino le decía claramente que escogiera, sabía que el asesino estaba ahí. Lo presentía. Estaría mirándolos y riéndose de ellos en ese preciso momento. Se esforzaban al máximo, pero los resultados que estaban obteniendo eran nulos, al menos de momento.
Llegaron al primer alumbrado público que estalló en llamas. Eloy se agachó y tocó el suelo. Se tiznó de negro el dedo índice y lo acercó a la nariz. Esperaba encontrar un olor a gasolina característico, pero uno diferente se le presentó en las fosas nasales. No era ningún acelerante del fuego, era otra cosa. Insistió en aquel olor. Su compañero, extrañado por aquel extravagante gesto, se colocó a su lado.
—¿Qué pasa?
—No sé, hay un olor diferente. —Se encontraba de cuclillas con los dedos pegados a la nariz sin dejar de olerlos.
—¿Un olor a qué? —Imitó la postura de su amigo. Se agachó y manchó sus dedos—. Tienes razón. Además, conozco perfectamente este olor. —Sonrió—. Hace algunos años yo también fui joven. Es espray para grafitis.
—¿Estás seguro?
—Segurísimo. Mira. —Extendió su mano y señaló el suelo donde había escrito una frase corta—. Ahí está.
Se levantaron rápido para volver a agacharse al lado del nuevo mensaje. «VIRTUTI ET MERITO».
—¿Qué quiere decir? —preguntó Alberto.
—Virtud y mérito. ¿Por qué habrá escrito esto? —Señaló el mensaje con gesto incrédulo.
—Está claro que quería que lo viéramos, por eso lo ha escrito en la primera zona del estallido. —Miró hacia ambos lados disimuladamente—.
¿Crees que nos estará observando?
—Por supuesto. Tiene que asegurarse de que estamos leyendo las pistas que nos está dejando. Juega con nosotros como si fuera una especie de juego de rol. Nosotros somos sus fichas. —Se levantó y comenzó a andar con la mirada clavada en el suelo—. Hay que comprobar que no nos ha dejado ningún mensaje más.
—El hecho de que se esté riendo de nosotros constantemente está comenzando a superarme —refunfuñó.
—A mí también. No me gusta que nos traten como inútiles, pero de momento no tenemos nada. —Hizo una pausa para continuar a los pocos segundos—. Así que supongo que ahora pertenecemos al grupo de policías tontos que él tanto se empeña en demostrar.
—A ver, no seas tan pesimista. Pruebas hay, pero un pelín —Movió sus dedos haciendo un gesto de cantidad irrisorio entre sus ellos—
desordenadas.
Eloy se colocó delante de la frase: «VIRTUTI ET MERITO».
Colocó la mano derecha en la barbilla y, con los ojos entrecerrados, se quedó observando aquellas letras una a una, sin prisa. Pensó en la frase que acababa de decir Alberto y extrajo una conclusión clara. Se quedó pensativo ante la mirada de su compañero. Llevaban años trabajando codo con codo y Alberto sabía que la mente de Eloy estaba trabajando sin descanso. La mirada sesgada del inspector estaba siguiendo la estela de un hallazgo que, si no era fundamental, sin duda le llevaría a otro más importante. Le dejó que continuara sin interrumpirlo y en silencio. Arrastró los pies en dirección a la calle Atocha para comprobar que no había ninguna prueba más. A su vez, inicio un proceso de búsqueda y reconocimientos de mirones allí plantados. Quizá este momento le sirviera en un futuro para dar con una cara conocida a lo largo de la investigación en las diferentes escenas que tendrían lugar. No había nada en firme, por lo que decidió archivar caras de posibles sospechosos en su mente. A veces su capacidad de reconocimiento visual les había sido de gran ayuda. Eloy nunca olvidaba una. Su memoria nunca fallaba. Tenía un archivo de rostros, del cuándo y el dónde los había visto por primera vez. Alberto le seguía sin descanso mientras él continuaba analizando los rostros de quienes los observaban. Era incomprensible que un asesino estuviera en la escena del crimen, pero era más frecuente de lo que la gente suele creer. El placer de contemplar su «obra de arte» y a los agentes desesperados era mayor que el miedo de ser capturados.
—Tenemos que hablar. He descubierto una conexión importante.
—Dime.
—No, vamos a otro sitio. No estamos seguros de que el zumbado que ha hecho esto no esté mirando ahora mismo.
Eloy asintió.
—De acuerdo. Vamos andando a la plaza de Tirso de Molina.
—Tengo un presentimiento.
—¿Cuál?
Previamente a continuar la conversación, Eloy observó que no existían oídos cercanos a su posición para intercambiar impresiones de lo que ambos estaban analizando.
—Nina dijo que el asesino seguía los hechos ocurridos en el Motín,
¿no? —Alberto asintió—. Bien, pues una de las zonas en las que nuestro siniestro amigo no ha dejado ninguna pista es en la plaza de Tirso de Molina. Si tan listo es, no se habrá podido saltar esa zona, ¿no crees?
—Tiene sentido. Es el inicio. Se podría decir que fue la zona donde se produjeron los hechos desencadenantes del motín —dijo analizando la importancia del lugar—. Vamos a comprobarlo. No perdamos más tiempo, estamos demasiado cerca para perder la oportunidad —susurró.
—Estate atento, puede que alguien de los que están mirando nos empiece a seguir. No podemos perder detalle de nuestro alrededor. En cuanto empecemos a andar y estemos lo suficiente alejados, me dices lo que has descubierto. —Eloy buscó desde la lejanía a Lisardo y con un levantamiento de mano le avisó de su salida de la escena.
La marcha en silencio llegó hasta la plaza de Jacinto Benavente para terminar en la plaza de Tirso de Molina, bajando por la calle doctor Cortezo. Alberto observó la entrada al Teatro Calderón. Le encantaba la fachada de ese teatro. Pensó que sería buena idea llevar un día a su mujer.
Sonrió al recordarla. Después de tantos años juntos continuaban igual de enamorados que el primer día. Divisaron la plaza y se detuvieron justo en la esquina para iniciar una conversación repleta de descubrimientos y susurros. Alberto tuvo un momento de lucidez que cambiaría el rumbo de la investigación.
«Un momento. ¡Claro! ¿Cómo no nos hemos dado cuenta antes?».
—¿Qué es lo que has visto? —preguntó Eloy, inquieto.
—Mira. —Alberto sacó el móvil con la foto del mensaje encriptado y la nota de Javier Romero—. ¿No ves parecido?
Eloy abrió los ojos y cogió el teléfono de su amigo.
—¡Es verdad! Parece el mismo trazado. Esto no significa nada bueno. Ahora sí que estamos perdidos. —Suspiró—. Entonces las notas que nos ha dejado no son suyas, el plan era premeditado. ¿Crees que le hizo escribirlas antes de morir?
—¿Existe otra opción? —respondió Alberto con otra pregunta.
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