El asesino de la capa
Capítulo 35
La comisaría era un hervidero de ruido, como todos los días. Los gritos, los teléfonos sonando, la gente que iba y venía y los delincuentes, hacían que la migraña de Martín fuera cada vez a un dolor más inmenso.
Soltó el ratón y dejó de mirar la pantalla del ordenador. Los ojos necesitaban descansar y su mente parar. Cerró los ojos y apartó el teclado colocando los brazos en el escritorio para después apoyar la cabeza. La oscuridad y apretarse la sien ayudaba a que los pinchazos pararan. Intentaba aislarse del jaleo que había fuera, pero era una tarea imposible. No dejaba de pensar en «El caso de las capas». Había saltado a la prensa y no dejaban de presionarle para que hablara. Creyó que quizá le vendría bien para que le ofrecieran uno de los puestos que los políticos daban a dedo dentro de la Policía. Le haría crecer a pasos agigantados y ascender a otro puesto mayor en breve. Intentar ganarse a los políticos era la mejor estrategia para tener más dinero en el bolsillo y un estatus social privilegiado. Antes debería hablar con los agentes de homicidios. Era un mal presagio que las víctimas fueran enfermos mentales. Esos casos nunca acababan bien. Martín llevaba demasiados años siendo comisario y tenía una experimentada intuición en la resolución de los casos. Cuando la primera víctima apareció y Lisardo le comunicó que era un enfermo mental, se le pasó por la cabeza que el asesino también podría serlo, lo cual le fastidiaba, porque sabía que la opción de que alegara en el juicio que sus actos eran motivados a causa de su trastorno sería una defensa muy socorrida y factible. El comisario era una persona trabajadora, la vida le había puesto las cosas difíciles, pero consiguió saltar los obstáculos y llegar a donde se había propuesto con mucha constancia y dedicación. Al llegar al puesto de comisario de un distrito de Madrid comenzó a relajarse, pero su ambición seguía latente. Era como un virus, esperando su momento para encontrar el huésped perfecto y aprovecharse de él. Había llegado. No había nada más llamativo y rocambolesco que lo que estaba pasando en el distrito del centro. Sonaba mal decirlo en alto, pero era el caso perfecto. Le estaba llevando a la palestra y llamaba la atención de los políticos. Esperaba que el departamento de homicidios hiciera bien su trabajo y poder llevarse los méritos. Lo único que tenía que hacer era mantener reuniones con los agentes. No le caía bien ninguno de los tres, pero haría de tripas corazón
para aparentar que colaboraba. Después daría una rueda de prensa en la comisaría. Su imaginación había estado volando mientras él se encontraba con la cabeza tendida en la mesa del escritorio. Se había divisado dando entrevistas en la televisión acerca de los comportamientos criminales. Se llevaría a Soledad, que era criminalista y mujer. Con el revuelo que se había montado en los últimos años sobre el papel de la mujer y su techo de cristal quedaría como el hombre perfecto para ascender.
Un golpe en la puerta de su despacho le deportó de nuevo a la realidad. Levantó la cabeza y sintió que le corría un hilo de baba por la comisura de la boca. Con la mano se la secó rápido para contestar a la intrusión. Esperaba que no fuera ninguno de los recién llegados que quería hacer que trabajaba con esmero e intentaba ganarse la simpatía del jefe.
Odiaba a los pelotas que lo único que hacían era perseguirle para buscar que los adularan por la obediencia y saber hacer en el cuerpo.
—¿Sí? —contestó el comisario moviendo el ratón con rapidez para que la pantalla de su ordenador dejara de estar en negro.
—Tania. Traigo un paquete —respondió al otro lado de la puerta.
—Pasa.
Se incorporó en la silla. El gesto se terció en un comisario ajetreado con el ordenador. No dejaba de mirar la pantalla, asintiendo para parecer interesante a los ojos de aquella muchacha. Tania era una de las pocas policías que había en comisaría. Era muy guapa para haber escogido aquella profesión. Era lo que solían decir los agentes cuando pasaba. Su apariencia era de chica de oficina con un alto cargo, según Martín, al lado de un gran director que pudiera sacar provecho a su genética natural. Solo pensaba cómo podría engatusarla para quedar fuera de la comisaría y llevársela a la cama. Era complicado, pero estaba convencido de que merecía la pena correr el riesgo. Martín estaba casado. Incluso antes de ascender. Conoció a su mujer cuando era un patrullero con aspiraciones para convertirse en un gran inspector. Lo consiguió. El papel de padre de familia y perfecto esposo lo tenía depurado. Nadie sospechaba que de vez en cuando tenía sus escapatorias con las agentes que se marcharían a otras comisarías. No quería que sus aventuras afectaran al trabajo, por eso le gustaba tenerlas lejos de su comisaría. La nueva presa era Tania, que ya había dicho en diversas conversaciones que quería que la destinaran a una comisaría de un
municipio. Estar en la gran urbe del distrito centro no era de su completo agrado. El traslado no tardaría en llegar.
—Tienes un paquete. —Extendió la mano.
—Está bien. —Lo cogió—. Gracias. ¿Algo más?
—No. —Se giró y se marchó.
Martín leyó el remitente y se le pusieron los pelos de punta. No estaba seguro de qué significaba, pero decidió que era mejor esperar a abrirlo. Sintió que el caso iba más allá de un loco que estaba reproduciendo el Motín de Esquilache por Madrid. Se reía de la Policía. Prueba de ello era el sobre que tenía en la mano. Lo soltó como si le diera calambre cuando leyó quien lo mandaba. «No puede ser». Cogió el teléfono de encima de la mesa y llamó a Lisardo para comprobar sus sospechas. La piel se le había erizado. Cada uno de los poros del cuerpo comenzaron a sudar. Sintió cómo el calor había llegado hasta la cabeza. La migraña había desaparecido milagrosamente. Miró la mano que no sujetaba el teléfono y observó cómo su pulso se había convertido en inestable.
—¿Qué significa esto? —balbuceó entre murmullos mientras esperaba escuchar la voz de Lisardo al otro lado del auricular.
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