El asesino de la capa

Veronica Caballero Sanchez · Capítulo 23 de 53

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El asesino de la capa

Capítulo 22

El cielo encapotado los acompañó hasta el museo donde Nina los esperaba. Le había impactado el símbolo del carnero dorado en la carta de Javier. Al abrir el correo que le había mandado Soledad con el dibujo, no daba crédito a lo que estaba viendo. Sus ojos se abrieron de par en par, víctima del nerviosismo. No comprendía el motivo que había llevado a incluir aquel símbolo tan enigmático en la historia con una confesión del miedo que sentía por su vida. Era el trabajo de los agentes encontrar la conexión y cada vez se les estaba complicando más la labor de llegar a una teoría con coherencia a través de las pistas que iban encontrando. Ella solo les contaría la historia. No quería meterse en asuntos policiales y que de alguna manera resultara perjudicada. Cada una de las pistas confirmaba un nexo entre el reinado de Carlos III y el asesinato. La poesía ratificó el inicio de la investigación al hallar la frase tan famosa y archiconocida del

«despotismo ilustrado». Nina se encontraba ensimismada e inmersa en sus cavilaciones sobre su vida cuando escuchó los nudillos de los agentes golpear la puerta de su despacho. Esa mañana había salido antes de casa.

No había podido dormir por la noche. El insomnio le había provocado deambular por su casa de un lado para otro sin control. Fueron varias las ocasiones en las que se trasladó de la cama al sofá y viceversa. Tomó varias infusiones relajantes sin que ninguna hiciera lo que prometía en la caja. Los nervios fueron aumentando estrepitosamente y decidió, desesperada, tomarse un par de pastillas que prometían lo mismo que las infusiones y que, de la misma manera, fallaron. Alrededor de los ojos se habían instalado unas bolsas marrones que le conferían un tono cansado y lastimero. Al escuchar el golpe dio un leve respingo en la silla. «Ya están aquí». Con la punta de los dedos se intentó peinar la melena para estar, con suerte, un poco más presentable. Sin embargo, la falta de sueño no se podía suplir con nada y dejaba huella irremediablemente. Se levantó circunspecta para recibirlos cumpliendo el protocolo y haciendo alarde de su educación y entrega a la investigación.

—¡Pasad! —gritó mientras caminaba los pocos pasos que la separaban de la entrada.

El inspector que encabezaba la marcha giró el pomo y abrió con un movimiento rápido y curioso por saber cuál era la información que la directora guardaba aquella mañana. Se topó de frente con la cara maquillada de Nina. En un intento de disimular las ojeras había utilizado un exceso de corrector que a cortas distancias se podía apreciar que no se había tomado el tiempo necesario de extender con delicadeza.

—Ya estáis aquí. ¡Genial! Perdonad mi entusiasmo, puede que esté fuera de lugar, pero siento cosquillas en el estómago al formar parte de un caso tan importante —expuso sin dejar de rascarse la cabeza.

—Te agradecemos tu disposición en ayudarnos —agradeció Soledad.

—Por favor, sentaos. —Estiró una de las manos en dirección a las sillas vacías.

—Gracias.

—Deberías vestir con más colores. Solo vistes de negro y así atraes energía negativa —apreció la agente mientras se acomodaba.

—¿Ya estás otra vez? ¡Qué pesada eres con las energías y todo el rollo! —Se quejó Alberto con los ojos en blanco.

—Perdónala, es así, aprenderás a quererla o a odiarla.

—Tienen razón, ha estado fuera de lugar, perdona. —Sacó el papel del bolso para enseñárselo.

—Tranquila, tienes razón. —Sonrió levemente—. Siempre voy de negro. Debería escoger otro color. —Extendió la mano y cogió el papel con sus dedos largos y delgados.

Escudriñó el folio de arriba a abajo, por delante y por detrás. Leyó en varias ocasiones por encima de las gafas de pasta. Gesticulaba de manera constante, a lo cual los agentes reaccionaban entre sí con gestos de nerviosismo y desesperación por el silencio y la carencia de impresiones inmediatas. Les pareció que tardaba demasiado en articular palabras sobre lo que sus ojos veían. Eloy se acomodó inquieto y se contuvo de ser mal educado. La impaciencia le llevó a cambiar de pierna de apoyo en varias

ocasiones, hasta que el poder de contención se le agotó. «Tenemos prisa y no podemos perder tiempo en un despacho con los brazos cruzados».

—¿Nos puedes ayudar, o no? No quiero ser desagradable, pero… —

Pensó unos segundos sus siguientes palabras con la intención de no herir sus sentimientos—. Bueno, está muriendo gente y nuestro trabajo es buscar a un asesino, no estar en un museo —espetó Eloy, carente de tacto.

—¡Oh, disculpadme! ¡Claro! —Se percató de la urgencia—. Las pistas corroboran mi teoría de que nos remite a la época del reinado de Carlos III. El dibujo del carnero lo hace una vez más. —Se aclaró la garganta antes de continuar, mordiendo, como de costumbre, una de las patillas de las gafas—. Es el emblema de la Orden del Toisón de Oro. Sin embargo, me descuadra la intención. Es una orden que se fundó por el duque de Borgoña y conde de Flandes, Felipe III de Borgoña en 1429. Está ligada con la dinastía de los Habsburgo y a las coronas de Austria y España.

—¿Qué tiene que ver con Carlos III? Si se fundó antes.

—Es una de las órdenes de caballería más antiguas en Europa.

Sabéis que Carlos III tuvo un vínculo anterior con Italia. Así que trasladó la orden a su reinado. Es un símbolo de realeza. Quien posea el vellocino de Oro es quien ostenta el poder del trono.

—¿Qué es un vellocino? —preguntó con el ceño fruncido.

—Es la piel del carnero, la cual Jason y los argonautas buscaban en sus viajes.

—Un momento. Explica eso de Jason y los argonautas —preguntó Eloy sacando una libreta para apuntar lo que sabía que se le olvidaría en pocos minutos.

—Sí, eso. ¿Qué dice esa historia y qué tiene que ver con los crímenes?

—En primer lugar, dejar claro que no es orden de méritos del Estado, sino que va vinculada a la familia reinante. El Gran Maestre es el Rey de España. A su vez, la condecoración del Toisón solo puede ser nombrada por el rey, y no por los gobiernos, a diferencia de otras órdenes.

—Vale. Entendido. —Asintió con premura para que continuara sin florituras la explicación—. Orden de caballería vinculada a la dinastía. Solo los reyes pueden nombrar a otros miembros —repasó en alto con palabras aceleradas y un movimiento de muñecas para que avanzara—. ¿Y la leyenda de Jason y los argonautas? —insistió rotundo para que Nina no se fuera por las ramas y contestara a las preguntas.

El inspector se inquietaba con gente que tenía la personalidad de Nina. Solían hablar mucho, pero decían muy poco. Levantaba las cejas y sus ojos viajaban a la desesperación cuando narraba historias carentes de sentido para la investigación. De manera disimulada suspiró como ejercicio de contención. Esa mañana se encontraba especialmente nervioso.

—Es mitología griega. Jason era el futuro heredero de Yolco, pero su tío fue nombrado rey. Este temía peligrar su trono y consultó a un oráculo. Le advirtió que tenía que tener cuidado con un extranjero que se presentaría ante él descalzo. No conocía a su sobrino, y cuando se presentó ante él sin zapato y con una lanza, reclamando su trono, le retó a que lo ostentaría si conseguía el vellocino de oro. Ese fue el viaje con los argonautas para hacerse con él.

—¿Y qué tiene que ver con el crimen? —masculló.

—Ni idea. El vellocino es un símbolo del poder que está relacionado con la zona en donde se creó: Brujas. Para conseguir el vellocino debía dejar secar la piel en un árbol que estaba custodiado por una serpiente que nunca dormía —resumió al percatarse de la desesperación del inspector por salir del despacho—. También debemos de tener en cuenta que esta es la historia más popular, pero, como en casi todo, existen multitud de historias de cómo lo consiguió.

—Me he quedado igual que al principio —soltó confuso Alberto al cruzarse de brazos.

—¿Alguna desgracia que le pasara a Jason? —preguntó Eloy esperando obtener una ínfima relación con las pistas que tenían en su poder.

—Su mujer, Medea, fue quien le ayudó a conseguir el vellocino de Oro. Después de diez años y tener dos hijos, la abandonó para irse con Creúsa, hija del rey de Corinto. —Nina se acomodó en su asiento para

resolver el triste final—. Medea, para vengarse, mató a sus dos hijos, Mérmero y Feres. Bueno, y ya que estaba puesta, también mató a Creúsa.

—¿Cómo murió? —preguntó intrigada Soledad. Se acercó a la mesa para apoyar el codo y que la barbilla descansara sobre la palma de su mano.

La historia estaba atrayendo su atención.

—Hay distintas versiones. La primera es que se suicidó por lo que le hizo Medea, y la otra, es que le pegó con un trozo de madera de la nave Argo y murió. Vete tú a saber cuál es la verdad. —Nina levantó los brazos ante las diferentes versiones y se apoyó en el respaldo del asiento.

—¿Dónde está Yolco?

—En Grecia, así que no creo que tenga mucho que ver con los asesinatos. No le encuentro coherencia a la pista. —Se encogió de hombros.

—Un momento, ¿quiénes son los integrantes de la Orden del Toisón dorado? —Eloy intentaba, incansable, encontrar una relación con las víctimas.

—Gente perteneciente a las clases altas, como duques, señores, reyes o con título nobiliario.

—¿Te podían desposeer de la orden?

—Por supuesto, y tenías la obligación de devolver la distinción igual que a la muerte del caballero.

—¿Sugerencias? —suplicó una lluvia de ideas entre los presentes.

Un abrupto silencio en forma de pensamientos se instaló en el despacho después de escuchar el relato de Nina. El equipo intentaba encajar mentalmente la relación que podría existir. Sin embargo, en un primer momento les pareció que era inexistente. Soledad barajó el hecho de que fueran ideas aleatorias para despistarlos. Una forma de entretenerlos y que él pudiera continuar con el macabro plan que tendría en mente desde el principio. Ladeó la cabeza y apretó los labios para continuar reflexionando y hallar la pieza que se les escapaba. Alberto la miró. Conocía el gesto de su compañera cuando estaba pensativa y comenzaba a discurrir y analizar situaciones.

Los teléfonos móviles de los agentes comenzaron a sonar de manera simultánea. Se encontraban absortos en la historia de la Orden del Toisón de oro cuando el estruendo les hizo volver a la realidad. El primero en descolgar fue Eloy.

—¿Qué pasa? Estamos juntos. —Se quedó en silencio para escuchar los acontecimientos—. ¡¿Qué?!

Soledad se levantó nerviosa del asiento.

«Algo está pasando. ¿Otro asesinato?».

«¡No puede ser!».

—¿Qué pasa?, ¿qué pasa? —repitió Alberto al levantarse.

El gesto del inspector cambió en cuestión de segundos. Con la mano libre se cubrió el rostro como símbolo de la desesperación.

—¡No puede ser! —exclamó con un grito.

—¿Qué pasa? —Alberto le cogió del brazo.

Nina contemplaba la escena con una mirada compungida. Tragó saliva sin apartar sus ojos cansados.

—¡Están ardiendo las farolas de la calle Atocha! —alzó la voz mientras colgó el teléfono y abrió la puerta con un movimiento rápido y atormentado.

Comenzó a correr abrumado por la noticia que acababa de escuchar.

Los demás siguieron sus pasos sin mediar palabra. La recepción de lo ocurrido había provocado la rigidez de los músculos del equipo. La magnitud de la quema llevaba aparejado consecuencias caóticas. «Por favor, que no haya ninguna víctima, por favor», pensó mientras avanzaba raudo por el pasillo sombrío.

—¡Vamos, rápido! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Corred! —gritó Alberto, atormentado, sin dejar de avanzar.

—Voy con vosotros.

—No, de eso nada, puede ser peligroso —ordenó Eloy.

—Me da lo mismo. Creo que se está cumpliendo la historia del Motín. Me vais a necesitar —espetó siguiendo el paso a los agentes.

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